domingo, 6 de agosto de 2017

PEDIR PERDON

Muchas personas excelentemente intencionadas llevan tiempo en España clamando para que la Iglesia pida perdón por su participación en el golpe de Estado que dio lugar a la guerra civil y su posterior connivencia con los crímenes de la dictadura. Vano empeño: ni el Vaticano ni la Iglesia española pedirán perdón por lo menos hasta dentro de quinientos o seiscientos años, cuando, quizás ni la Iglesia ni España existan ya, si es que queda algo de la humanidad en este nuestro maltratado planeta. No lo pedirá porque con su proverbial hipocresía la Iglesia se sigue considerando una víctima.
"El paqueo (así se llamaba en el frente a la actuación de los francotiradores) se producía en las trincheras donde había regimientos de gente muy radicales, como batallones de Anarquistas entre ellos (los republicanos) o de Regulares entre nosotros (los franquistas). Me acuerdo del cura de mi Batallón, que muchas tardes venía a mi trinchera a practicar paqueo, pero de una manera muy particular. Llevaba unos prismáticos y se dedicaba a mirar la trinchera enemiga y en cuanto veía a uno a tiro me llamaba y me pedía que le tirara. Yo le contestaba diciendo que le dejaba el fusil y que le tirara él, pero me respondía que no podía por su condición (de sacerdote), pero que le tirara yo. ¡Que le tirara! Posiblemente tenía sus razones." (Sí, la hipocresía eclesiástica que afirma que los clérigos no se manchan las manos de sangre)
Esto no lo escribió ninguno rojo fanático, sino, en 1937, Eduardo Sánchez de Badajoz, soldado de la segunda compañía de falangistas de Málaga, destinado en el frente de Peñarroya, tal y como relata en su libro EN EL FRENTE DE PEÑARROYA, uno de los textos más ecuánimes sobre el día a día de la guerra que he tenido ocasión de leer, en el que, además de contar las deplorables condiciones de las trincheras (suciedad personal, piojos, ratas, chinches, barro, frío etc.) llega a afirmar: Una guerra es siempre una sinrazón. Es el resultado de la flaqueza humana de dejarnos llevar por las pasiones que nos inculcan los poderosos, los proféticos, los ambiciosos y los fanáticos. Los que castizamente llamamos mangantes."
Mientras tanto, el cardenal Gomá (1869-1940), arzobispo de Toledo y primado de España, iba publicando una serie de furibundas pastorales, así como procedía a la redacción de la famosa CARTA COLECTIVA DEL EPISCOPADO ESPAÑOL, compendio el mayor de embustes y de hipocresía que haya producido nunca la jerarquía española, y ya es decir. Grande y orondo (no se puede negar que estos señores están bien alimentados, desde luego mucho mejor que la mayoría de sus fieles), el señor cardenal produjo un conjunto de extensos y prolijos escritos de los que podrían extraerse, al menos, las tesis que se exponen a continuación, con el comentario de quien esto escribe.
1.- La Iglesia no participó en el complot del golpe militar.- Directamente es posible que no, pero sí indirectamente mediante el rechazo de la República desde el mismo momento de su implantación. Basta recordar la demoledora pastoral del cardenal Segura, entonces arzobispo de Toledo, en contra del régimen recién instaurado, de fecha tan temprana como el 1 de mayo de 1931, o las proclamas del obispo de Vitoria Mateo Múgica, o los sermones desde el púlpito de la mayoría de los párrocos del país.
2.- La Iglesia no tenía culpa alguna de la situación en que se encontraba el país antes de la llegada de la República.- Esta tesis la expone en HORAS GRAVES, el primero de sus escritos tras su ascenso al arzobispado, en el que afirma sin el menor rubor que la nueva situación la han traído, en primer lugar, ¡el demonio!, y luego, la masonería, "el intelectualismo descarriado"; "la falta de convicciones religiosas de la gran masa del pueblo cristiano" (gran contradicción, pues la encargada de inculcar tales convicciones quién era, si no la Iglesia); y, por último, el marxismo y "las huestes socialistas:"
3.- La Iglesia era una víctima.- Y aquí expone con detalle la quema de templos y el asesinato de clérigos y de monjas. Olvidando que la violencia anticlerical ya se había producido en diversas ocasiones a lo largo del siglo XIX y, luego, en la llamada Semana Trágica.
4.- La República recibió una ingente cantidad de ayuda exterior para afrontar la guerra.- Esto es rigurosamente falso y el señor cardenal no podía desconocerlo. Aparte de las brigadas internacionales, voluntarios que llegaban al país sin armas, la República sólo contó con la paupérrima ayuda de Rusia. El señor cardenal calla, además, como una zorra, la ayuda esta sí cuantiosa en armamento y militares recibida por los golpistas de parte de la fascista Italia y la nazi Alemania.
5.- Lo mismo que hoy los obispos callan ante la tremenda corrupción que sufre sobre el país, los contratos basura, los desahucios, etc., el señor cardenal calla en todos sus escritos acerca de la absoluta miseria que sufrían, por ejemplo, los jornaleros andaluces, o la inhumana explotación de los mineros asturianos y, en general, la postración en que se encontraba la clase trabajadora en todo el país.
6.- Y, por supuesto, ni ni el más mínimo asomo de autocrítica, ni siquiera la sombra de la pregunta obligada ante un anticlericalismo que se prolongaba ya casi siglo y medio: ¿por qué las turbas queman templos y casi nada más que templos?, ¿por qué no queman bibliotecas, teatros, cines, casinos, etc. etc.? Nada: la Iglesia es una sociedad perfecta, aseveración que el cardenal repite en más de una ocasión, y, por tanto, son los demás los que se equivocan, ella no puede equivocarse nunca. Y se olvida, qué memoria tan frágil, de la eterna connivencia de esa "sociedad perfecta" con el poder y con los poderosos.
7.- En el fondo de todo los escritos late sólo una preocupación: el mantenimiento de los privilegios de la Iglesia y el temor a perderlos: el catolicismo como una única religión del país, control de la enseñanza, mantenimiento del clero por parte del Estado, inviolabilidad de las propiedades eclesiásticas, etc. Si se leen detenidamente tanto las pastorales como la Carta, uno se da cuenta de que todo lo demás le trae sin cuidado al señor cardenal, se la suda, como diría hoy un castizo. Privilegios que no sólo la Iglesia consiguió mantener, sino que vio aumentados con el triunfo del general Franco, un militar medio ateo hasta que descubrió que el catolicismo le ofrecía carta blanca para sus ansias de poder y para llevar a cabo sus asesinatos, tanto en la guerra, como, luego, en la larga posguerra.
Con estos antecedentes, ¿todavía cabe preguntarse si la Iglesia pedirá perdón? No, no lo pedirá nunca. Todo lo contrario, se revolverá como una rata acosada contra todo aquel que ose siquiera poner en duda sus privilegios que al día de hoy son aún más cuantiosos que en tiempos de la Dictadura. Eso es lo que debemos tener presente.

6 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Estoy de acuerdo no lo pedirá nunca, porque no tiene capacidad de pedirlo, su soberbia es inconmensurable. En cuanto a la anécdota del frente de Peñarroya (estimando que no sea una excepción de la regla), puede parecer como lo que hacían en la Inquisición, condenaban y no se manchaban las manos, se producía la relajación que era la entrega a la sociedad civil para que ejecutara las condenas. Otra muestra más de la exagerada hipocresía y cinismo que la acompaña. Saludos y contento porque hayas vuelto a deleitarnos con tus textos.

capolanda dijo...

Es que los proféticos, como dice el tal Eduardo Sánchez (me apunto el libro) se creen intocables. A los demás nos pasa algo y nos planteamos defendernos como mejor podamos, hasta Los nobles suelen al menos admitir que otro noble puede tocarlos. No es ese su caso y cualquier cosa que les pase, la exageran mil veces.

Pepe dijo...

Va un cura y juega al tiro al pato y toda la Iglesia a pedir perdón.Eso solo ocurre en los chistes de Gila ..Perdone Vd. Sr. cura que le he quemado la Iglesia,nada hombre a mandar.

Molón Suave dijo...

Paco: Así es, Paco, ellos nunca se manchan las manos de sangre, ¡ni de ná!, siempre tienen a alguien que les hace el trabajo sucio.

Molón Suave dijo...

Capolanda: El libro es interesante porque cuenta el día a día en las trincheras, con las, aparentemente, menudencias que hace la vida en ese lugar tan indeseable y que los historiadores suelen pasar por alto. Además lo hace de forma amena y hasta con una buena dosis de humor, en muchas ocasiones cáustico.

Molón Suave dijo...

Pepe: Usted no leerá nunca esta respuesta a su comentario, seguro, porque ha entrado por aquí en plan simplemente curioso, ¿no es así?. Pero sí lo hace sepa usted que esa expresión suya del "tiro al pato" pone de relieve precisamente la hondísima, la excelente y bondadosa caridad católica, la que usted, sin duda, tiene en lo más profundo de su corazón. Dicho esto, lea usted, hombre, pero lea usted todo, no se limite a los santorales y a los textos de los revisionistas de la historia.