lunes, 14 de agosto de 2017

HOGUERAS

La condena al fuego por algún tipo de delito no era corriente en la antigüedad. Los ejércitos incendiaban aldeas, pueblos, ciudades enemigas y, lógicamente, en tales incendios perecían numerosos seres humanos. Pero, en líneas generales, el fuego como condena judicial no existía. La leyenda cuenta el martirio de San Lorenzo (225-258) durante la persecución de Valeriano (200-260), pero el diácono cristiano no fue propiamente quemado, sino asado a la brasa en una parrilla. Al parecer, fue Diocleciano (284-305) quien en su legislación incluyó la pena de fuego para los condenados por maniqueos, pena que tuvo una aplicación mínima durante el mandado de este emperador, siguiendo en desuso después.
Bien puede decirse, pues, que la introducción del fuego como medio para poner fin a la vida de un condenado a muerte se debe a la Iglesia católica y, en concreto, a los papas Inocencio III (1198-1216) y Gregorio IX (1227-1241) El primero, Lotario Conti, conde de Segni, tenía sólo treinta y siete años cuando accedió al trono papal. En la homilía ritual, durante el acto de su coronación, declaró, entre otras lindezas: Dios me ha colocado sobre reinos y pueblos para extirpar y aniquilar, pero también para edificar y plantar. A mí es a quien van dirigidas estas palabras: "Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que atares sobre la tierra quedará atado en el cielo." Me encuentro entre Dios y los hombres; más pequeño que Dios, pero más grande que el hombre... Y para demostrar su capacidad de extirpar y de aniquilar decretó tres cruzadas, una, violentísima, contra los cátaros o olbigenses; otra contra los mulsumanes de Tierra Santa cuyo objetivo era la conquista de Egipto, pero que terminó con el asedio y conquista de Constantinopla, entonces cristiana, y el paso por las armas de sus habitantes; y la tercera contra los musulmanes de España que culminó con la batalla de las Navas de Tolosa en la que los cristianos derrotaron a los almohades. Inocencio creó la Inquisición Legaticia (1198), encomendada a los cistercienses con el propósito de atajar la herejía cátara. Como esta inquisición no consiguió su objetivo, Gregorio IX, de nombre Ugolino Segni, creó la Inquisición monacal (1233), cuya dirección confió a los dominicos. Ambas instituciones gozaron por primera vez de la autorización para condenar al fuego a los herejes como el castigo más idóneo que para su delito. Hubo tres inquisiciones más, la Inquisición episcopal (1184), que fue la primera de todas, creada por Lucio III (1181-1185), encomendada a los obispos; la Inquisición española (1478), creada por Sixto IV (1471-1484) a petición de los Reyes Católicos, y la Inquisición papal (1542), creada por Pablo III (1534-1549), que todavía perdura con el nombre de Santo Oficio, aunque ya sin las extremas y sanguinarias funciones de antaño. Aunque en su configuración tradicional la más duradera fue la española, pues se prolongó hasta 1834, es decir, un total de 356 años, la más tremenda tanto por su intensidad como por su brutalidad fue la de Gregorio IX contra los cátaros. El Languedoc y la Provenza, en Francia, territorios por los que se extendía principalmente el catarismo, se llenaron de hogueras en las que en muy poco tiempo perecieron miles de personas.
La Iglesia no hace nada sin previamente apoyar su acción en algún texto de las llamadas Sagradas Escrituras. En el caso de la condena al fuego, los teólogos católicos encontraron su justificación en el versículo seis del capítulo XV del evangelio de San Juan, que dice lo siguiente: Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego, los recogen, los echan al fuego y arden. Son palabras del propio Cristo, según el evangelista, palabras duras, ciertamente, incluso infames, que los teólogos aprovecharon a la perfección.
Contra los cátaros, la Inquisición fue especialmente sanguinaria. Más adelante, la Inquisición española permitiría ejecutar al reo arrepentido mediante garrote antes de proceder a quemarlo. En bastantes casos también tenían el rasgo piadoso de apilar leña verde para que el reo muriera por asfixia a consecuencia del humo desprendido, antes de que le llegara el calor de las llamas. En el Languedoc, a los cátaros los quemaron siempre vivos. El cumplimiento de la sentencia, dictada en el caso de los cátaros por frailes dominicos (domini cani = perros de Dios), lo llevaba a cabo la autoridad civil, pues, en el colmo de la hipocresía, la Iglesia sostiene que los clérigos jamás se manchan las manos de sangre. Del mismo modo, eran verdugos laicos los que practicaban físicamente la tortura, siempre bajo la dirección de los frailes, quienes procedían a hacerle al reo las preguntas que consideraban pertinentes.
Aunque no existen testimonios directos de cómo se llevaba a cabo el ajusticiamiento (habría que decir asesinato), sí que contamos con la descripción que hace el historiador norteamericano Henry Charles Lea (1825-1909) en su monumental Historia de la Inquisición Española de las ejecuciones en España, similares, salvo en los detalles apuntados más arriba, a las practicadas en el Languedoc. El hereje, cuenta Lea, era atado a un madero lo suficientemente alto como para que sobresaliera por encima del material que iba a ser quemado. Los creyentes (público que masivamente asistía al evento) debían tener la posibilidad de ir siguiendo hasta el final cada uno de los actos de la cruel tragedia. Hasta el último momento estaban junto a él los servidores de la Iglesia a fin -si fuera posible- de arrancar de las garras del demonio su alma. Si no era relapso podía de este modo salvar su vida en el postrer instante. Incluso en este último servicio podemos ver la singular inconsecuencia de una Iglesia que se imaginaba poder eludir su responsabilidad de haber enviado a la muerte a una criatura humana. Los clérigos que acompañaban a la víctima tenían órdenes rigurosas de no exhortarle en absoluto, de contemplar impertérritos la muerte.
Para dar mayor solemnidad a la ejecución se elegía un día festivo, con el propósito de que acudiera gente no sólo del lugar, sino de aldeas y pueblos próximos, aumentando así tanto el clima de temor como la eficacia del escarmiento. Se obligaba además al reo a guardar silencio, con el fin de evitar la aparición entre los asistentes de sentimientos de piedad o de conmiseración.
En su precioso libro Cruzada contra el Grial, Otto Rahn describe la muerte en la hoguera del checo Juan Huss, atraído mediante engaño al Concilio de Constanza y apresado y ejecutado tan pronto como llegó a la ciudad (1415):  Una vez que todo se hubo quemado (la leña), relata Rahn, cogieron el cadáver semicalcinado, lo hicieron pedazos, rompieron sus huesos y arrojaron despojos y entrañas en una nueva hoguera para que no quedara absolutamente nada. Como se temía que iba a suceder con Huss lo mismo que había ocurrido con Arnoldo de Brescia, con algunos franciscanos espirituales como Savoranola y otros, es decir, que iban a coger los restos mortales y guardarlos como reliquias de mártir tuvieron especialísimo cuidado, una vez consumido el fuego, en coger las cenizas del hereje y arrojarlas al río.
¡Y no terminaba todo con un acto tan brutal, execrable y canallesco! Todavía había que pasarles a los familiares del difunto los gastos acarreados por la ejecución. Existe un minucioso cálculo de dichos gastos por la cremación de cuatro cátaros en Carcassonne llevada a cabo el 24 de abril de 1323, que, según Otto Rahn, detallaba en sus relatos Arnaud Assalit (uno de los muchos trovadores que existieron en la bella tierra francesa). Tales gastos fueron los siguientes:

       Madera gruesa................................................  55 soles,  6  denarios
       Sarmientos......................................................  21    "      3       "
       Paja.................................................................    2    "      6       "
       Cuatro postes..................................................  10    "      9       "
       Cuerdas para atar............................................    4    "      7       "
       Verdugos, cada uno 20 soles..........................   80   "
                                                                             
       Total: 8 libras, 14 soles, 7 denarios. Algo más de dos libras por condenado.

Absolutamente bestial. Y todavía hay historiadores que sostienen que a la Inquisición y temas semejantes hay que acercarse objetivamente, es decir, sin tomar partido.

domingo, 6 de agosto de 2017

PEDIR PERDON

Muchas personas excelentemente intencionadas llevan tiempo en España clamando para que la Iglesia pida perdón por su participación en el golpe de Estado que dio lugar a la guerra civil y su posterior connivencia con los crímenes de la dictadura. Vano empeño: ni el Vaticano ni la Iglesia española pedirán perdón por lo menos hasta dentro de quinientos o seiscientos años, cuando, quizás ni la Iglesia ni España existan ya, si es que queda algo de la humanidad en este nuestro maltratado planeta. No lo pedirá porque con su proverbial hipocresía la Iglesia se sigue considerando una víctima.
"El paqueo (así se llamaba en el frente a la actuación de los francotiradores) se producía en las trincheras donde había regimientos de gente muy radicales, como batallones de Anarquistas entre ellos (los republicanos) o de Regulares entre nosotros (los franquistas). Me acuerdo del cura de mi Batallón, que muchas tardes venía a mi trinchera a practicar paqueo, pero de una manera muy particular. Llevaba unos prismáticos y se dedicaba a mirar la trinchera enemiga y en cuanto veía a uno a tiro me llamaba y me pedía que le tirara. Yo le contestaba diciendo que le dejaba el fusil y que le tirara él, pero me respondía que no podía por su condición (de sacerdote), pero que le tirara yo. ¡Que le tirara! Posiblemente tenía sus razones." (Sí, la hipocresía eclesiástica que afirma que los clérigos no se manchan las manos de sangre)
Esto no lo escribió ninguno rojo fanático, sino, en 1937, Eduardo Sánchez de Badajoz, soldado de la segunda compañía de falangistas de Málaga, destinado en el frente de Peñarroya, tal y como relata en su libro EN EL FRENTE DE PEÑARROYA, uno de los textos más ecuánimes sobre el día a día de la guerra que he tenido ocasión de leer, en el que, además de contar las deplorables condiciones de las trincheras (suciedad personal, piojos, ratas, chinches, barro, frío etc.) llega a afirmar: Una guerra es siempre una sinrazón. Es el resultado de la flaqueza humana de dejarnos llevar por las pasiones que nos inculcan los poderosos, los proféticos, los ambiciosos y los fanáticos. Los que castizamente llamamos mangantes."
Mientras tanto, el cardenal Gomá (1869-1940), arzobispo de Toledo y primado de España, iba publicando una serie de furibundas pastorales, así como procedía a la redacción de la famosa CARTA COLECTIVA DEL EPISCOPADO ESPAÑOL, compendio el mayor de embustes y de hipocresía que haya producido nunca la jerarquía española, y ya es decir. Grande y orondo (no se puede negar que estos señores están bien alimentados, desde luego mucho mejor que la mayoría de sus fieles), el señor cardenal produjo un conjunto de extensos y prolijos escritos de los que podrían extraerse, al menos, las tesis que se exponen a continuación, con el comentario de quien esto escribe.
1.- La Iglesia no participó en el complot del golpe militar.- Directamente es posible que no, pero sí indirectamente mediante el rechazo de la República desde el mismo momento de su implantación. Basta recordar la demoledora pastoral del cardenal Segura, entonces arzobispo de Toledo, en contra del régimen recién instaurado, de fecha tan temprana como el 1 de mayo de 1931, o las proclamas del obispo de Vitoria Mateo Múgica, o los sermones desde el púlpito de la mayoría de los párrocos del país.
2.- La Iglesia no tenía culpa alguna de la situación en que se encontraba el país antes de la llegada de la República.- Esta tesis la expone en HORAS GRAVES, el primero de sus escritos tras su ascenso al arzobispado, en el que afirma sin el menor rubor que la nueva situación la han traído, en primer lugar, ¡el demonio!, y luego, la masonería, "el intelectualismo descarriado"; "la falta de convicciones religiosas de la gran masa del pueblo cristiano" (gran contradicción, pues la encargada de inculcar tales convicciones quién era, si no la Iglesia); y, por último, el marxismo y "las huestes socialistas:"
3.- La Iglesia era una víctima.- Y aquí expone con detalle la quema de templos y el asesinato de clérigos y de monjas. Olvidando que la violencia anticlerical ya se había producido en diversas ocasiones a lo largo del siglo XIX y, luego, en la llamada Semana Trágica.
4.- La República recibió una ingente cantidad de ayuda exterior para afrontar la guerra.- Esto es rigurosamente falso y el señor cardenal no podía desconocerlo. Aparte de las brigadas internacionales, voluntarios que llegaban al país sin armas, la República sólo contó con la paupérrima ayuda de Rusia. El señor cardenal calla, además, como una zorra, la ayuda esta sí cuantiosa en armamento y militares recibida por los golpistas de parte de la fascista Italia y la nazi Alemania.
5.- Lo mismo que hoy los obispos callan ante la tremenda corrupción que sufre sobre el país, los contratos basura, los desahucios, etc., el señor cardenal calla en todos sus escritos acerca de la absoluta miseria que sufrían, por ejemplo, los jornaleros andaluces, o la inhumana explotación de los mineros asturianos y, en general, la postración en que se encontraba la clase trabajadora en todo el país.
6.- Y, por supuesto, ni ni el más mínimo asomo de autocrítica, ni siquiera la sombra de la pregunta obligada ante un anticlericalismo que se prolongaba ya casi siglo y medio: ¿por qué las turbas queman templos y casi nada más que templos?, ¿por qué no queman bibliotecas, teatros, cines, casinos, etc. etc.? Nada: la Iglesia es una sociedad perfecta, aseveración que el cardenal repite en más de una ocasión, y, por tanto, son los demás los que se equivocan, ella no puede equivocarse nunca. Y se olvida, qué memoria tan frágil, de la eterna connivencia de esa "sociedad perfecta" con el poder y con los poderosos.
7.- En el fondo de todo los escritos late sólo una preocupación: el mantenimiento de los privilegios de la Iglesia y el temor a perderlos: el catolicismo como una única religión del país, control de la enseñanza, mantenimiento del clero por parte del Estado, inviolabilidad de las propiedades eclesiásticas, etc. Si se leen detenidamente tanto las pastorales como la Carta, uno se da cuenta de que todo lo demás le trae sin cuidado al señor cardenal, se la suda, como diría hoy un castizo. Privilegios que no sólo la Iglesia consiguió mantener, sino que vio aumentados con el triunfo del general Franco, un militar medio ateo hasta que descubrió que el catolicismo le ofrecía carta blanca para sus ansias de poder y para llevar a cabo sus asesinatos, tanto en la guerra, como, luego, en la larga posguerra.
Con estos antecedentes, ¿todavía cabe preguntarse si la Iglesia pedirá perdón? No, no lo pedirá nunca. Todo lo contrario, se revolverá como una rata acosada contra todo aquel que ose siquiera poner en duda sus privilegios que al día de hoy son aún más cuantiosos que en tiempos de la Dictadura. Eso es lo que debemos tener presente.