viernes, 28 de julio de 2017

Trampas

Si los católicos abren esa Biblia que tienen en casa y que nunca han leído por el Deuteronomio, capítulo cinco, verán que entre los versículos siete a veintiuno se relacionan los diez mandamientos que Yahvé entregó a Moisés escritos en dos tablas de piedra.
La Iglesia católica asumió como propia la Biblia judía en la traducción conocida como de los setenta, por el número de sabios que la tradujeron (en realidad fueron setenta y dos.), llegando incluso a dictaminar que se trataba de un conjunto de escritos realizados por hombres, pero inspirados, si es que no dictados, directamente por Dios. A esta Biblia la llamó y la llama Antiguo Testamento, en contraposición al Nuevo Testamento, constituido por los cuatro evangelios, que recogen las enseñanzas de Jesús. 
En esta asunción, la Iglesia reconoció como propios dichos diez mandamientos, que constituyen las normas primordiales que todo fiel está obligado a cumplir bajo pena de pecado mortal. Sin embargo, a la hora de transcribir el texto, la Iglesia cometió dolosamente varias trampas que desvirtúan por completo el sentido de tales de mandamientos. Vamos a detenernos hoy exclusivamente en el primero y el segundo. En la Biblia de Jerusalén, que es la que habitualmente sigo, el primero de los mandamientos dice: No habrá para ti otros dioses delante de mí (otras Biblias traducen: No habrá para ti otros dioses que yo). La Iglesia, sin embargo, anotó para el primer mandamiento: Amarás a Dios sobre todas las cosas, que, como se ve y no hace falta ser un lince para ello, no tiene nada que ver con el texto bíblico, pues en el mandamiento de Moisés Dios no pide que se le ame, sino únicamente que se le tenga por el único, cosa bien distinta.
Pero es en el segundo mandamiento donde la trampa prueba que el repudio del paganismo por parte de la Iglesia encerraba una feroz ambición de hegemonía y de absolutismo, así como la intención de formar parte de los órganos del Estado, al que aspiraba a controlar por completo una vez que el cristianismo fue declarado por Constantino la religión del imperio. En efecto: tal y como aparece en la Biblia, el segundo mandamiento es más largo que el primero y dice textualmente así: No te harás esculturas ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto. Porque yo, Yahvé tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y tengo misericordia por mil generaciones con los que me aman y guardan los mandamientos. Este fundamental mandamiento, la Iglesia sencillamente lo suprimió.
Durante los primeros tiempos la Iglesia guerreó duramente no sólo contra los dioses paganos, sino también contra las imágenes que los representaban. Basta recordar a Cirilo de Alejandría y sus parabolanos, monjes fanáticos que, entre otras salvajadas, se llevaron por delante la Biblioteca de Alejandría, después de asesinar violentamente a la filósofa Hipatia, o a Ambrosio de Milán apostrofando al emperador por la estatua de la Victoria de Samotracia existente en el senado romano. 
No obstante, una vez liquidado el paganismo, destruidos la práctica totalidad de sus templos y de sus imágenes, la Iglesia, uncida ya al carro del poder y conocedora de como las emociones pueden mover a las masas, dio paso libre a la erección de imágenes cristianas, llegando, con la osadía y el descaro del triunfador, a representar al mismo Yhavé, al que ahora llamaba Dios Padre. Y no solo a erigirlas, sino a pasearlas por las calles en procesión. Incluso se produjo un grave enfrentamiento entre la Iglesia occidental, con centro en Roma, y la Iglesia oriental, con centro en Constatinopla por razón de las imágenes, toda vez que a partir del emperador León III (726) hasta Teodora (843) la Iglesia oriental fue iconoclasta o, lo que es lo mismo, se negaba a admitir imágenes, en cumplimiento de ese segundo mandamiento suprimido por Roma.
Ya en la Edad Media existieron hermandades o cofradías acogidas a la veneración de un Cristo o de un santo que procesionaban sus correspondientes imágenes por las calles de las ciudades cristianas. Pero fue después del Concilio de Trento (1545-1563), convocado contra la Reforma Protestante y por ello conocido como el de la Contrarreforma, cuando tales hermandades se multiplicaron, azuzadas por la jerarquía, así como se institucionalizaron las procesiones callejeras, no sólo en Semana Santa, sino a lo largo de todo el año. ¿No quieres caldo?, vinieron a decir los padres conciliares al rebelde Lutero, pues toma: ¡tres tazas! Y en mayor o menos proporción según qué países, el mundo católico se entregó con pasión a esta proliferación imaginera.
¿Pero, aún con distintas advocaciones, no son tales imágenes ídolos también exactamente iguales a los de los antiguos paganos? Con un cinismo rayano en la altanería, la Iglesia responde que en modo alguno, porque en tanto los paganos adoraban directamente la imagen, a la que, siempre según los doctos varones de la Iglesia, tenían por divina, para los católicos las imágenes no son más que una representación de la santidad o de la divinidad. A tal efecto, inventó tres palabrejas: latría, dulía e hiperdulía, que significan, respectivamente, el culto que se le da a Dios, el que se le da a los santos y el que se le da a la Virgen. Pura falsedad, como tantas cosas en la Iglesia Católica, porque basta ver cómo los fieles que acuden los martes a pedirle algún favor al Rescatado, en Córdoba, no se lo piden a Cristo, sino directamente a la imagen, o mejor, al ídolo de palo que tienen ante los ojos, o el fanatismo con el que se lanzan a por su imagen los mozos de Almonte seguidores de la Virgen del Rocío, por poner sólo dos ejemplos de los miles que pueden aducirse.

lunes, 17 de julio de 2017

EL CASO PERO LÓPEZ

En el siglo XV, los cristianos españoles de toda la vida, también llamados cristianos viejos, los pura sangre del cristianismo, inflamados del amor que tan melodiosamente predica el evangelio, no podían consentir que cristianos nuevos, conversos principalmente judíos que había sido empujados al bautismo tras diferentes progromos y persecuciones, o hijos de éstos, fueran considerados sus iguales y menos aún que muchos de ellos ocuparan puestos de preeminencia en los reinos de Castilla y Aragón. Así, no cesaban de presionar a los monarcas para echar a un lado a estos nuevos cristianos, acusándolos de  judaizar, es decir, de seguir practicando su religión en secreto.
¿Hizo efecto esta presión o tenían los monarcas la misma percepción que los cristianos viejos? Sea como fuere, lo cierto es que en 1478 los Reyes Católicos consiguieron de Sixto IV una bula por la que se creaba la Inquisición Española, dependiente de los monarcas. Sin embargo, aún habrían de pasar dos años antes de que la nueva institución se pusiera en marcha. Cuando por fin arrancó lo hizo con inusitada ferocidad, actuando especialmente en Zaragoza, con el célebre Pedro de Arbués, en Córdoba, en Granada y en Toledo. En un primer momento se trataba de perseguir a los conversos que seguían practicando su religión en la intimidad de sus hogares. Sin embargo, pronto empezaron a caer conversos cuyo único delito consistía en mantener las normas dietéticas del judaísmo, más por la fuerza de la costumbre que por motivos religiosos y, al poco, la persecución se cebó contra todos los conversos independientemente del lugar que ocupaban en la sociedad, así como de si judaizaban  o no, y casi a la par también contra los numerosos profetas que aparecieron por aquellos días y que abogaban por la regeneración de la Iglesia española, carcomida por el acomodamiento y la corrupción.
Hay un aspecto de la Inquisición por el que la práctica totalidad de los historiadores pasan de puntillas. Nuestro país es especial. Como en tantas ocasiones entonces y con posterioridad hasta el momento presente, se creó una institución a la que no se dotó de medios económicos para el ejercicio de su función, sino que se confió en que obtuviera dichos medios mediante la incautación de los bienes de los condenados. Con este condicionante quedaba abierto el camino de la corrupción. Así, en menos de lo que tarda en caer un rayo la Inquisición perseguía ya a sus víctimas no tanto por su supuesta herejía, sino para conseguir los bienes con los que seguir subsistiendo y, ya puestos, no sólo para subsistir, sino también para enriquecerse, de modo que no encontrando herejes, judaizantes o profetas la Inquisición los inventaba. La actuación del célebre Lucero en Córdoba y Granada pone suficientemente de relieve qué cimas de infamia podía escalar la nueva institución para conseguir este objetivo. En este sentido, no importaba que el acusado huyera antes de ser apresado: se le juzgaba en ausencia, se le condenaba e, igualmente, se le incautaban sus bienes, que era lo que de verdad interesaba.
En el camino de la pura economía, la Inquisición alcanzó cotas verdaderamente asombrosas de depravación y de miseria. El caso de Pero López es paradigmático. Una noche, mientras ejercía el sacerdocio en Cabeza de Buey, provincia de Badajoz, Pero López vio una cruz en llamas en el cielo. Fuera aparición real o simple alucinación, el caso es que a partir de aquel momento Pero se dio a profetizar el fin de la Iglesia castellana y su completa renovación, libre de la corrupción y la podredumbre que la corroían. Bien pronto fue detenido por la inquisición, acusado de hereje y condenado a prisión perpetua en las mazmorras inquisitoriales de Toledo. Como era la norma, el condenado no sólo perdía la libertad, sino que debía correr con los gastos de su manutención, así como el pago del salario a sus guardianes. El buen Pero López, un hombre ya de edad avanzada, disponía de escasos caudales, que muy pronto llegaron a su fin. No importa, la Inquisición dispuso que abandonara su encierro tres días en semana con el objeto de que pidiera limosna en la calle para seguir pagando su encarcelamiento y así lo hizo Pero hasta unos días antes de su muerte.
No fueron uno ni dos, sino cientos, miles, los condenados, hombres y mujeres, casados y con hijos en la mayoría de las ocasiones, a los que se les arrebata la totalidad de sus bienes, dejando a la familia en la más absoluta miseria. Un robo legal llevado a cabo por la Iglesia española semejante, aunque mucho peor, porque afectaba directamente a las personas, al que llevado a cabo recientemente apoderándose de miles de edificios y de terrenos que durante siglos han sido públicos, como, por ejemplo, la Mezquita de Córdoba, seguramente el robo más grandioso, famoso y simple llevado a cabo nunca por la peor banda de ladrones.

jueves, 6 de julio de 2017

Coños

Volvamos una vez más al coño. Últimamente no nos están dejando otra salida. Como organización regida por sesudos y patriarcales varones cobijados oficialmente bajo el manto del celibato, la Iglesia Católica no sólo margina a la mujer, sino que la desprecia olímpicamente, considerándola un ser inferior y sin capacidad de iniciativa. Todavía en la Edad Media, es decir, mil doscientos o mil trescientos años después de la muerte de Cristo, eminentes teólogos católicos discutían acerca de si la mujer tenía o no alma y no eran pocos los que se la negaban, olvidados, sin duda, de sus propias madres y lo que resulta peor, en el ámbito de la propia doctrina católica, olvidados de la madre del Nazareno, sin cuya voluntaria aceptación de la maternidad no hubiera podido producirse el nacimiento del Salvador y, por tanto, no hubiera existido la redención, tan cacareada y publicitada por estos mismo teólogos. Todavía hoy, y en la senda de la más pura tradición católica, no son pocos los clérigos que siguen considerando a la mujer un instrumento de Satanás para inducir al pobre e inocente hombre al pecado y a la perdición. Tales clérigos, y con ellos legiones de laicos educados en su doctrina, consideran a la mujer no un ser humano, sino sólo un coño siempre ansioso de atrapar entre sus fauces una solemne y masculina polla (para qué vamos a andarnos con tecnicismos ni refinamientos si el lenguaje soez es el que mejor entienden estos elementos.) Es indudable que para unos y para otros, especialmente para los clérigos, una mujer constituye una maldición del averno, en tanto es una verdadera bendición del cielo, un regalo recibido directamente del propio Dios, el culo lampiño y virginal de un tierno infante. Incluso para los sectores más progresistas de la clerecía el puesto de la mujer en el mundo no es otro que el de esposa sumisa y madre abnegada, madre doliente, con siete espadas clavadas en el corazón, las mismas que atraviesan el pecho de la tres veces virgen: antes del parto, en el parto y después del parto.
En este marco absolutamente real y descrito sin la más mínima exageración, sino más bien al contrario, lo extraño no es lo que piensa el clero católico, sino que todavía haya mujeres que sigan formando parte de una organización machista y misógina y continúen aceptando resignadamente sus directrices. Algunas, ciertamente, abandonan la barca y otras, fuera ya del cotarro, incluso se atreven  a alzar la voz contra una institución omnímoda que no se limita a controlar la vida de sus fieles, sino que sigue pretendiendo controlar la vida y aun hasta el último pensamiento de la totalidad de la sociedad. Como se sabe, porque ha sido ampliamente difundido por la prensa y yo mismo ya he hablado por aquí del asunto, un grupo de estas mujeres, para mí valientes, se atrevió a organizar en Sevilla la Cofradía del Coño Insumiso y a montar una procesión con la imagen de un hermosísimo coño majestuosamente abierto, evocación, sin duda, de la que no puede ser sino la auténtica puerta del paraíso, si es que éste definitivamente existe.
A los españoles nos preocupa mucho el paro, la corrupción, el estado de la economía y los partidos políticos. Últimamente, a muchos les preocupa también Cataluña y a bastantes, a mi juicio más bien hipocondríacos, Venezuela, país del que no tienen ni puñetera idea más allá de que, al parecer, la gobierna un tío maduro. Sin embargo, lo que debería preocuparnos por encima de todo es la Justicia, porque es en sus lóbregos pasadizos, repletos de ratas que conservan sus nidales desde los tiempos de la dictadura, donde cristaliza y encuentra sus vías de escape y, por tanto, su impunidad, la corrupción, raíz y madre nutricia de la que emanan principalmente todos los problemas que sufre hoy el país.
Por otra parte, yo estaba convencido de que los abogados, como cualquiera de los seres humanos, tenían cada uno su propia ideología, de la que, sin embargo, hacían caso omiso a la hora de defender a sus clientes. ¡Jo, pues no estaba yo equivocado ni nada! Resulta que existen manadas de abogados que no abandonan su ideología jamás. Una de estas manadas es la piadosa Asociación de Abogados Cristianos, que me imagino yo que a la hora de defender a un acusado empezarán por el "Yo pecador", con lo que se habrán ganado ipso facto la voluntad de los jueces. Bien pues, como se sabe, esta Asociación se sintió tremendamente ofendida por la citada procesión del Coño Insumiso y no dudó en interponer la correspondiente denuncia ante el juez. Tal denuncia fue archivada en primera instancia, pero ahora la Audiencia Provincial de Sevilla desestima el fallo de la primera jueza y ordena reabrir el caso, con la justificación de que nadie tiene derecho a cuestionar la virginidad de una señora después de un parto, como hicieron las desalmadas de Sevilla.
Con el permiso de la autoridad judicial, yo tengo para mí que el motivo de la denuncia y de su aceptación es otro; tengo para mí que lo que a esta muchachada le ha molestado de verdad no es la procesión en sí, sino que hayan paseado un coño y, más aún, un coño insumiso. Tengo para mí que si hubieran sacado una polla de semejantes dimensiones y la hubieran llamado la Polla Gloriosa, seguro que, aunque hubieran mantenido idénticos eslóganes contra la virginidad, ellos, eran los primeros que iban detrás del paso, deleitándose con el humo del incienso y dándose sin parar piadosos golpes de pecho.