miércoles, 14 de junio de 2017

¿Algo?

Un Estado dentro de otro Estado es como tener un roncha en la mismísima rabadilla: por mucho que te rasques, no sólo no consigues aplacar el picor, sino que la vejiga se te alborota y, si no paras pronto, acabas literalmente meándote encima (podría decir miccionándote encima, pero creo que el verbo mear se entiende mucho mejor y yo, modestamente, aspiro a que todo el mundo entienda mis sermones).
El papa Francisco habla y habla y no para de hablar. Es argentino, no vamos a pretender que sea mudo. Cuando salió elegido y empezó a largar esas cosas tan lógicas y razonables que echaba por su boca, yo me dije: "¡Joder, vaya infarto de miocardio que va a sufrir el buen hombre! Este va a durar menos que Juan Pablo I, al que no tuvieron empacho en infartar a los treinta y tres días de pontificado alarmados por los cambios que se proponía realizar de forma inmediata." Pero mi alarma estaba injustificada: Francisco morirá naturalmente cuando le llegue su hora, porque lo suyo es exclusivamente el verbo o, lo que viene a ser lo mismo, puro humo. Por ejemplo: en más de una ocasión ha zaherido con fuerza el dinero negro: bien, pues ya podía decirle al obispo de Córdoba, por poner un caso, que declare cuánto ingresa al año por la visita de los turistas  a la Mezquita y que pague el correspondiente IVA por el monumental negocio que tiene montado. Porque el obispo cordobés se empeña cada día en borrar el nombre de mezquita y llamar al edificio sólo catedral, aunque con lo que gana una pasta, un mínimo de nueve millones de euros al año, es con la Mezquita, que es lo que vienen a ver los turistas; la catedral, dicho en francés llano para no herir los castos y susceptibles oídos católicos es, a pesar de su grandiosidad, una solemne merde; y no lo digo yo, lo dijo Carlos I de España y V de Alemania cuando descubrió el error que había cometido al autorizar al obispo Manrique la construcción del armatoste catedralicio dentro de la Mezquita: "Habéis destruido una obra única para levantar un edificio de los que hay un follón en toda Europa mucho mejores que ese" (más o menos, porque cito de memoria).
Pero hablábamos de un Estado dentro de otro Estado. El catolicismo puede que sea una religión (hay quien sostiene que es un formidable negocio), pero el Vaticano, del que depende todo el tinglado, es un Estado, minúsculo, el más pequeño de la tierra, pero Estado, cuyo jefe, como bien se sabe, es el papa. Desde muy antiguo, este Estado, que en otro tiempo fue bastante mayor, aunque nunca demasiado grande, siempre ha pretendido no sólo actuar dentro de los demás Estados, sino, además, estar por encima de ellos. En este sentido fue, probablemente, Bonifacio VIII el que más lejos llegó, cuando afirmó sin cortarse que el papa estaba por encima del rey, pues no en vano el papa era el vicario de Dios, es decir, el vicediós, en tanto el rey no pasaba de ser un mandado. La historia ha corrido mucho desde entonces y la mayoría de los Estados occidentales, que es donde el catolicismo ha tenido tradicional y principalmente su adeptos, se sacudieron este auténtico yugo, poniendo a la Iglesia en su sitio. España, sin embargo, prefirió y prefiere seguir uncida a la carreta, como un perfecto buey incapaz de revolverse contra el carretero que no deja de aguijonearlo.
En efecto, entre las muchas pruebas que pueden aportarse para autentificar esta afirmación, hay una que, a mí juicio, resulta sobrecogedora: El Instrumento de Ratificación de España al Acuerdo entre la Santa Sede (tiene guasa llamar Santo al Estado Vaticano) y el Estado Español, firmado ¿en España?, no hombre, no, en el Vaticano, que hasta aquí llega nuestra calidad de bueyes, el 28 de julio de 1976. Según este instrumento, los miembros del Estado Vaticano en España no pueden ser juzgados por jueces españoles, sin contar con la anuencia de las autoridades vaticanas, de modo que si un sacerdote comente un delito, se debe comunicar tal hecho a su obispo, y si es un obispo o un cardenal los que lo cometen, se debe poner en conocimiento del papa. O sea, un Estado campando a sus anchas dentro de otro Estado.
Sin embargo, en honor a la verdad, algo parece estar cambiando últimamente: en este momento hay varios obispos a punto de sentarse en el banquillo de los acusados por diversos supuestos delitos, entre otros, el obispo de Cuenca, José María Yanguas, y el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, por el caso Lumen Dei; el arzobispo de Zaragoza, Vicente Jiménez, por el espionaje a una exnotaria del Tribunal Interdiocesano, y el obispo emérito de Cádiz, Antonio Ceballos, por el caso ERE, sí, también la Iglesia pringada en este caso que mantiene a Andalucía en la división de honor de la corrupción. Y van a ir a juicio, sin más, no porque el Estado Español, bien humillada la testuz, no haya comunicado los presuntos delitos al Vaticano, sino porque éste ha respondido con el silencio, sin hacer uso de sus atribuciones.
 "Algo es algo", dice mi amigo Sancho Dávila, que, entre otras cosas, tiene que soportar el paso por la puerta de su casa de más de cien procesiones al año, "claro que, aunque el silencio se interprete como una afirmación, nada habrá cambiado mientras no se ponga fin a todo este tipo de acuerdos, incluido el Concordato del 78. Pero tengo para mí que al paso que vamos eso no lo vamos a alcanzar por lo menos hasta el siglo XXX. Claro que para entonces a lo mejor ya no existen ni la Iglesia ni España."


P.S.- Las imágenes corresponden, arriba a abajo, al arzobispo de Oviedo, el obispo de Cuenca, el arzobispo de Zaragoza y el obispo emérito de Cádiz.

6 comentarios:

capolanda dijo...

Donde has escrito "no hombre, no en el Vaticano", falta una coma entre el segundo "no" y "en el Vaticano". Aparte, magnífico texto. Desde luego, es la Iglesia Católica un ente que extiende sus tentáculos por todo el mundo, aunque en algunos sitios están cortando las cabezas de la hidra y cauterizándolas correctamente.

Ayer mismo leí un Twitter algo curiosísimo: en cierta ocasión, unos turistas estaban en Marruecos y llegaron un grupo de nativos a pedir que respetaran el Ramadán y que no llevaran biquinis, entonces llegó la poli de Hassán II y se liaron a palos con los nativos. Además, la poli obligó a los nativos a pedir perdón y dejaron muy claro que el único que puede prohibir el biquini en Marruecos es el rey.

Molón Suave dijo...

Capolanda: Gracias por leerme y más gracias por la corrección, que ya está realizada. Releo el texto veinte veces, pero siempre se me escapa algo. No sé si será cierto lo que cuentas de Marruecos, pero no me extraña que lo sea, porque la del dinero, en este caso el procedente del turismo, fue desde su invención la religión más potente, aunque sean muchísimos los que no quieran darse cuenta.

Numeros dijo...

Y es que hay veces que ni se leen su propio libro:

Y le preguntaron: "Maestro, sabemos que hablas y enseñas con rectitud, y que no tienes en cuenta la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios: ¿Nos es lícito pagar tributo al César o no?". Pero Él, habiendo conocido su astucia, les dijo: 24. "Mostradme un denario. ¿De quién lleva la imagen y la inscripción?".
Ellos dijeron: "Del César".
Él les dijo: "Pues bien, lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios".

capolanda dijo...

En realidad, comentaba la anécdota sobre Marruecos por el hecho de que la situación de la Iglesia Católica es un tanto inusual. La mayoría de las religiones no suelen tener un "Papa", en el sentido de un señor que tiene un poder opuesto al del gobernante de un país (el llamado "poder terrenal") y hasta le hace sombra sin vivir siquiera allí. Lo más habitual es que el rey o cómo se llame sea el auténtico gobernante y los distintos clérigos de cada religión tengan qeu negociar con él para que el ascua se arrime a su sardina, pero siempre tienen claro que manda quien empuña la espada. Incluso el Dalai Lama o los ayatolás no dejan de ser teócratas que representan a la vez ambos poderes en unidades políticas bien definidas.

Molón Suave dijo...

Números: ¿Tú crees que el Libro les interesó alguna vez?

Molón Suave dijo...

Capolanda: ¡Ya! Lo entendí de otra manera. Y, claro, tienes razón, por ahí es por donde va mi entrada: se trata de un Estado dentro de otro y pretendiendo además tener la primacía. Hay un ejemplo candente ahora mismo en Córdoba: Han cambiado este año la carrera oficial de la Semana Santa. El Ayuntamiento (de izquierdas) lo ha permitido, pero ahora acaba de anunciar que para consolidar esta nueva carrera o no la va a someter a referéndum entre los cordobeses. Pues bien, la Agrupación de Cofradías inmediatamente afirmando que las procesiones son un asunto religioso y que, por tanto, dependen de la autoridad episcopal y no del Ayuntamiento, de modo que éste no tiene por qué meterse en nada y mucho menos organizar ningún tipo de referéndum. Y ello sin tener en cuenta que utilizan el espacio público, que es espacio de todos. Luego, si a alguien se le ocurre protestar, inmediatamente hablan de ataque a la libertad religiosa o a los sentimientos religiosos. Y así estamos.