lunes, 1 de mayo de 2017

SENTIMIENTOS
 
 
Últimamente, los católicos se ofenden mucho cuando alguien hace chascarrillos acerca de sus creencias o cuando de manera más  menos humorística o seria protesta por los insultantes privilegios de la Iglesia en un país aconfesional o parodia, sin otro ánimo que el de producir risa, alguna de sus crepusculares y abracadabrantes ceremonias, como, por ejemplo, las procesiones de Semana Santa.
Y el caso es que las leyes los amparan ¡En un Estado aconfesional! Cuando se produce uno de tales hechos, siempre hay una Asociación de Abogados Cristianos o una Asociación de Viudas de la Coruña o una Asociación de Católicos con Escalpelo y Botafumeiro que, quizás hasta las trancas de incienso, salen embistiendo como los toros y se plantan en el juzgado a poner la correspondiente denuncia. Y siempre encuentran un juez o una jueza dispuestos a aceptarla.
Ahí está el asunto de la Procesión del Santo Coño Insumiso. Tras la correspondiente denuncia, la jueza archivó el caso, al considerar que "no creer en los dogmas de una religión y manifestarlo públicamente entra dentro de la libertad de expresión." Sin embargo, hace sólo un par de semanas la Audiencia Provincial de Sevilla ha ordenado reabrir el caso invocando el artículo 525 del Código Penal, porque la procesión, dice textualmente el auto, "constituye un escarnio al dogma de la santidad y virginidad de la Virgen María." 
Me pregunto por qué el sentimiento religioso sigue siendo en este país más importante que, pongamos por caso, el sentimiento poético, o el sentimiento amoroso, o el sentimiento filial. Porque, vamos a ver, señores de la Audiencia, ese dogma al que ustedes se refieren puede ser muy importante para los católicos, pero, sin ánimo alguno de ofensa, para mí y para un cuantioso número de españoles el que una mujer mantenga su himen incólume antes del parto, en el parto y después del parto no deja de ser una superchería o, como mucho, un cuento de hadas y, desde luego, si esta afirmación hiere el sentimiento de algún católico, circunstancia que no entra en mi ánimo, yo debo decirle que su sentimiento me parece infinitamente inferior que los tres que he señalado más arriba.
Cuando don Fermín Epaminondas Juárez, prócer de las montañas cántabras, publicó su primer libro de poesía, un conjunto de cincuenta y dos sentidas odas dedicadas, precisamente, a la Virgen María, los críticos regionales, carcomidos, sin duda, de envidia por la rara perfección de los poemas, pusieron el libro de hojita de perejil, hiriendo con ello profundamente el sentimiento poético de don Fermín, el cual no logró encontrar amparo ante semejante ataque en instancia alguna, mucho menos, señores de la Audiencia Provincial de Sevilla, en ningún juzgado, a pesar de las correspondientes denuncias por él interpuestas.
-Tu mujer te pone los cuernos -le dijo hace un par de meses Alonso Medrano a su vecino Rogelio Martín-. Se está acostando con medio barrio. Te lo digo porque en estos casos el cabrón es el último que se entera.
-¡Mientes! -se revolvió Rogelio, que adoraba a su mujer y sabía que ésta le correspondía plenamente.
-¿Que miento? Yo mismo me he acostado con ella y puedo decirte que tiene...
Tal vez se tratara sólo de una broma, pero Rogelio no pudo oír más; se abalanzó sobre Medrano y le lleno la cara de hostias. Inmediatamente se dirigió al juzgado donde puso una denuncia por ofensa a sus sentimientos amorosos y por calumnias. ¿El resultado? Seis meses de cárcel para el denunciante y seis mil euros de multa por las lesiones inferidas en la cara de Medrano, que la verdad es que al tipo se la había puesto Rogelio como un pan abogado. Este no es un caso lejano, ocurrió aquí mismo, en el barrio de Las Margaritas.
A mi juicio, el sentimiento filial es mucho más sagrado que el sentimiento religioso. El amor que un hijo siente hacia su madre sólo es superado por el que la madre siente por el hijo. Pues bien, el de Luisito Ordóñez, alumno de los Maristas, sufrió grave menoscabo cuando Arturo Marín, hijo de un conocido publicista de la prensa local, le espetó que su madre era puta. No se lo dijo como un insulto, no, sino como una información veraz y contundente.
-Sí, sí -le remachó-, Mientras tú estás aquí, en el colegio, tu madre ejerce su oficio en una casa de la calle Bataneros. ¡Hasta mi padre es cliente suyo! -se recochineó Arturo.
Luisito no dijo ni media palabra, pero del puñetazo que le arreó a Arturo se le quebró la nariz y le saltaron dos dientes. ¿Resultado? Luisito expulsado del colegio, y su sentimiento filial como el mocho de una fregona.
Señores jueces: con toda la tela que hay para cortar en este país y ustedes perdiendo su tiempo en gilipolleces. ¿No les parece que ya va estando bien?
Sin embargo, la pregunta es por qué las ofensas al sentimiento religioso siguen incluidas en el Código Penal español. Pero a esta pregunta trataré de dar respuesta otro día.