sábado, 31 de octubre de 2015

Mi padre estuvo allí

Hace unas semanas, en una subcomisión del Senado relacionada con la ley de la Memoria Histórica, un senador del PP, tipo verriondo, gran carota de pan abogado, cuajado de edad, se retorcía en el asiento sin ocultar su ira mientras le pedía a sus señorías de la izquierda que -cito textualmente- dejarán de dar la murga con la Memoria Histórica, y añadió que ya no quedaban fosas que abrir en España, a no ser -vuelvo a citar textualmente- que pretendan ustedes buscar a García Lorca en los cuatro puntos cardinales del país.
El señor senador mentía y lo hacía a sabiendas, se limitaba a defender mediante la consabida técnica del ataque la inclusión por parte del gobierno de cero euros en el presupuesto de 2016 para la ejecución de esta ley. En España quedan todavía más de mil quinientas fosas pendientes de apertura y entrega de los restos correspondientes a sus familiares, que es lo único que vienen reclamando éstos desde hace décadas, como muy bien se expone en el escalofriante documental de Jordi Gordon Dejadme llorar, estrenado recientemente en el Gran Teatro de Córdoba. Restos, por cierto, porque hay muchos españoles que no lo tienen claro, originados no en acciones de guerra, sino en asesinatos indiscriminados no sólo durante la contienda, sino con posterioridad a la misma.
Al mismo tiempo que el señor senador despotricaba a sus anchas, burlándose airadamente de las víctimas del bando perdedor, en Santander, un cardenal de la Iglesia Católica, venido expresamente de Roma, procedía a elevar a los altares, con la categoría de santos, a otro puñado de sacerdotes asesinados en el bando republicano. Tal consagración pone de relieve que cuarenta años después de la muerte del dictador la Iglesia Católica, pregonera de un evangelio de amor, no sólo no está dispuesta a pedir perdón por su participación en el golpe de Estado que dio ocasión a la guerra, así como, lo que es mucho peor, a mi juicio, su respaldo a la represión que se prolongó en el país durante los treinta y seis años que pervivió el tirano, sino que sigue cavando triunfalmente la trinchera que separa a unas víctimas de las otras.
Yo no tengo ningún familiar asesinado ni durante ni después de la guerra, tampoco he tenido ningún represaliado de algún modo durante la interminable posguerra. Es decir, no tengo el más mínimo interés personal en favor de esas víctimas cuyos restos permanecen aún en fosas clandestinas. Más aún, mi padre hizo la guerra en la legión, un cuerpo de choque conocido por su brutalidad, por lo que mi interés personal, si lo tuviera, estaría más bien a favor del bando vencedor, aunque no fuera más que para justificar a mi progenitor. Sin embargo, no soy neutral, no puedo serlo, entiendo que este país no conocerá la reconciliación en tanto los familiares de esas víctimas enterradas, víctimas también, algunos ya en tercera generación, no reciban, al menos, la mísera reparación que piden, que no es otra, repito, que la de dar un entierro digno a los restos de de sus deudos.
Mi padre, murió en el año 2000, a punto de cumplir ochenta y nueve años. Como he dicho, hizo la guerra en la legión. Lo traigo hoy aquí porque creo que debieron ser muchos los que vivieron una experiencia semejante a la suya, como creo que si esa generación se hubiera decidido a contar sencillamente lo que sentían en lugar de emborronar su conciencia con toda clase muletas y de coartadas, quizás este país fuera hoy muy diferente.
Cuando se produjo el golpe militar que, como se sabe, en Córdoba triunfó rápidamente, mi padre era un ebanista autónomo que tenía un taller en la calle Lucano, tenía veinticuatro años y carecía de adscripción política. Rápidamente fue movilizado y enviado a Sevilla, donde, como tenía el servicio militar reciente, fue enrolado en regulares sin instrucción alguna. Él no hablaba nunca de la guerra. Sólo, después de que yo, ya adolescente, hubiera descubierto una fotografía suya conservada por mi madre, contó vagamente que había desertado de su destino pasándose a la legión, porque los legionarios iban mejor equipados que los regulares, siendo así que éstos estaban en la misma línea de combate que aquéllos y, por tanto, expuestos a idéntico riesgo. De ser cierta esta historia y no tengo por que ponerla en duda, debió producirse, y esto sería deducción mía posterior, en pleno avance de los golpistas sobre Extremadura.
En la legión, mi padre llegó a sargento por méritos de guerra, o sea, que no debió ser ningún pusilánime, sino todo lo contrario. Odiaba a los falangistas. El siguiente hecho me lo contó mi abuelo: mi padre, que escribía con decoro y con una letra preciosa, tenía unas cuantas madrinas de guerra, seis o siete, que le mandaban continuos paquetes, principalmente, de comida. Mi padre les tenía dada la dirección de su casa en Córdoba, que era también la de mi abuelo, a la que llegaban los paquetes con pasmosa cadencia. Tanto paquete llamó la atención de los falangistas, quienes se presentaron un día en casa de mi abuelo pidiendo groseramente explicaciones y exigiendo ver el contenido de los paquetes. Poco después, llegó mi padre con un permiso y al enterarse de lo ocurrido no tuvo más que presentarse en el puesto de mando de los falangistas, que entonces estaba en la calle de la Feria, y pistola en mano armar la de Dios, hasta el punto de que mi abuelo no volvió a ser molestado por nadie. No sé cuánto hay de exageración en este relato, pero en la foto antes mencionada, que sigo conservando, con el uniforme de la legión, capote sobre los hombros, un machete en el frontal de la cintura y el pistolón en el costado, la imagen de mi padre resulta ciertamente imponente.
Con el mismo fervor que a los falangistas odiaba a Franco, nunca supe exactamente por qué. Siendo yo adolescente, recuerdo muchos inicios de discusiones con él en las que, paradójicamente y en mi candidez, yo defendía frenéticamente a Franco, mientras él me interrumpía más o menos rápidamente con un tú qué sabes, seca expresión con la que, mucho tiempo después lo advertiría, me señalaba no sólo mi ignorancia, sino también el deseo de que ojalá no tuviera que saberlo nunca.
Desde que yo puedo recordarlo, mi padre bebía. No era el borracho que llega a su casa dando tumbos y va en busca  de la cama. Él se limitaba a colocarse, lo que resultaba peor, porque el alcohol le cambiaba el carácter y se transformaba en un imbécil de cuya boca no salían más que imbecilidades que muchas veces desembocaban en tremendas discusiones con mi madre. Esta circunstancia me hizo sufrir mucho durante mi niñez, pero con quince, con dieciséis, con diecisiete años yo le montaba unas broncas fenomenales con las que conseguía que durante un tiempo, incluso meses, se olvidara de la bebida. Un día, ya bien cumplidos los sesenta años, inesperadamente, dejó de beber. Se convirtió entonces en un hombre, entrañable, cariñoso, desprendido, el hombre que realmente era. Ya era tarde para mí, porque eran demasiados los desencuentros que había tenido con él, además ya me había casado, no vivía en su casa y no sentía la menor necesidad de acercarme a él.
Bastante antes, yo ya había empezado a leer y a enterarme de la realidad del país, descubrí en una caja de zapatos que mi madre guardaba en el altillo de su armario papeles de mi padre de la época de la guerra. Había allí cartas dirigidas a sus padres, copias, sin duda, de cartas dirigidas a sus madrinas de guerra y, lo más sorprendente, algunos poemas dedicados a la unidad con la que había participado en la guerra: la cuarta bandera de la legión. Aquel descubrimiento me llenó a un tiempo de asombro y de ansias de saber.
Investigando por mi cuenta, puesto que él se negaba a hablar del asunto, tanto que ni siquiera le hice partícipe de mi descubrimiento, puede decirse que logré establecer, creo que con bastante exactitud, el itinerario militar que mi padre había hecho durante la contienda. No fue fácil y me llevó su tiempo, tanto que no lograría completarlo hasta bastante después de la muerte del dictador. Así supe que, entre otras muchas acciones, aquella cuarta bandera había protagonizado la toma de Badajoz e imaginé, lleno de horror, que había participado también en la matanza posterior.
Pasó y pasó el tiempo y, poco a poco, el rencor que yo había acumulado contra mi padre se fue suavizando, ya charlábamos con naturalidad, aunque siempre de temas más o menos intrascendentes, de mi trabajo, alguna anécdota del suyo, cuando aún trabajaba, que yo le había oído ya seis o siete veces, de la muerte de algún conocido y cosas así.
Recuerdo muy bien cómo sucedió: un día, en que fui a visitarlo a su casa nos quedamos él y yo sólos en la habitación, él mencionó como de pasada la guerra, lo dura que había sido la vida después de ésta, dijo, y cómo había tenido que empezar de nuevo, porque, cuando regresó, del taller que un día tuvo no quedaba nada. Al oír en sus labios la palabra guerra, el recuerdo de los papeles que yo había descubierto hacía tanto tiempo en aquella caja de zapatos acudió bruscamente a mi memoria. Entonces, sin pensármelo y movido por no sé qué extraño resorte se lo dije: Tú estuviste allí, ¿verdad?, estuviste en Badajoz y participaste en la matanza. Por eso bebías, ¿no es cierto? Y es por eso que también odiabas a Franco. Mi padre se envaró, desvió su mirada de la mía y la dejó extraviada en un rincón de la habitación, de sus ojos brotaron dos lágrimas que rodaron mansamente por sus mejillas. Era la primera vez en mi vida que lo veía llorar y yo no sabía qué hacer. El silencio podía cortarse con un cuchillo, tal era su intensidad. Por un momento pasó por mi mente recriminarle que no hubiera hablado nunca de aquello, que no hubiera descargado el peso que, a la vista de sus lágrimas, debía lastrar su conciencia, pero era tan intensa mi emoción que no podía articular palabra. Por fin, después de un tiempo largo, largo, conseguí levantarme de mi asiento, me acerqué a él, puse mi mano en su hombro y lo besé en la frente. Mi padre tenía ya más de ochenta años y aquel era el primer beso que le daba desde mi lejanísima infancia.


jueves, 22 de octubre de 2015

La última hoguera

Si habéis estado alguna vez en Sevilla, seguro que no habéis dejado de visitar el barrio de Triana, siquiera sea para conocer los talleres en los que se fabrica la bellísima cerámica sevillana. En este barrio, al pie del puente de Isabel II, nombre oficial que todo el mundo cambia por el de Triana, aquel que tanto lucía cuando lo engalanaban con la bandera republicana, se encuentra desde hace algunos años el mercado de abastos. Este mercado se sitúa en el lugar en el que en su tiempo se levantó un castillo almohade, al que, tras la conquista de Sevilla en 1248, los cristianos dieron el nombre de San Jorge. El castillo, de infame recuerdo, fue sede de la Inquisición desde 1541 hasta 1785.
De este lugar, cubierta la cabeza con la coroza o capirote cónico característico con que adornaban a los reos inquisitoriales, saldría camino de la muerte el 24 de agosto de 1781, a las ocho de la mañana, la sevillana María Dolores López, apodada la Beata Ciega, acusada de molinosista, esto es, seguidora del sacerdote, escritor y teólogo Miguel de Molinos (1628-1696), creador del quietismo, doctrina cercana al budismo que proclama la inmovilidad del alma, su quietud, como el mejor medio para acercarse a Dios.
¿Pero quién era esta Beata Ciega? Desde que en la Edad Media se fue generalizando la confesión auricular, o privada, en sustitución de la penitencia pública, han sido incontables los casos de sacerdotes que trataban de conseguir favores carnales de las damas que se acercaban al confesionario, que no sólo los tiernos infantes son del gusto de la clerecía. Tales sacerdotes, a los que se les daba el apelativo de solicitantes, eran repudiados por la jerarquía, siendo perseguidos y castigados con severidad por la Inquisición, una vez que ésta fue creada, aunque, salvo casos excepcionales, sin llegar a la hoguera. En cualquier caso, el pecador era siempre el solicitante, es decir, el sacerdote. Con el paso del tiempo, así como ahora hay obispos que afirman sin el menor rubor que la culpa de los abusos sexuales es de los niños, que provocan al sacerdote que los comete, la culpa de que los confesores pasaran a mayores con sus confesantas se fue inclinando cada vez más hacia las mujeres, terribles colepoterras que se arrodillaban en el confesionario con el único propósito de provocarlos.
María Dolores López, además de ciega, era, por lo que cuentan las crónicas, una mocita extremadamente fea, eso sí, con un cuerpo de verdadera diosa. Lo único que tenía de beata y por lo que recibió este apodo era porque tocaba el órgano, el que produce música, en algunas iglesias de la capital. La lectura de las actas del proceso al que fue sometida por la Inquisición resulta repugnante por las forma en que se detallan los cargos que contra la muchacha se aducen. Todo en ellas gira, prácticamente, alrededor del sexo, y siempre es la mocita la culpable.
Niña aún, de sólo doce años, sus padres le permiten que se vaya a vivir con su confesor, con quien dormía todas las noches -cuentan las actas- por espacio de cuatro años, con el pretexto caritativo, según decía ella, de quitarle el frío, desorden que apreciaría muy bien el confesor cuando, en su lecho de muerte, suplicaba a los circundantes que evitasen que la ciega se acercase a su cama porque mortificaba su conciencia.
Muerto el confesor, un pobre inocente, cuya salud se quebrantaría con los calentones que le provocaba la experta niña, María Dolores ingresó en un convento de Marchena, donde, según las actas, trataba frecuentemente también con su confesor, al que persuadía de que se hallaba en muy elevado estado de santidad (él) y que era voluntad de Dios que él la ayudase a una rara mortificación como su único remedio y camino para el cielo. Tal era el arrojarse ella en tierra y, descubriendo las carnes, le ponía un pie el confesor en la garganta, mientras rezaban maitines. Y él pobre confesor, tan cándido como un pichoncillo de paloma, qué iba a hacer ante aquella expertísima campeona del vicio, pues rezar y rezar maitines hasta que se le despellejaba el alma.
María Dolores, a la que las actas tratan ya de arpía, no se conformaba con seducir a sus confesores, sino que, en el mismo convento, pervirtió a una monja inocente de costumbres, cometiendo con ella muchas indecencias, diciéndole que nada era pecado siendo sana la intención, de modo que la monjita, completamente entregada, agradecía al Altísimo que le diera la posibilidad de ponerse morada sin tener que pasar después por el confesionario.
Todavía en el mismo convento, la ciega se acercó a la cama de otra monja enferma y la acarició con liviandad, de lo que, resentida ésta, le dijo la tal Dolores que no fuera tan esquiva, que Cristo hubiera agradecido que en la Calle de la Amargura le hiciesen un cariño semejante a aquel, con lo que, como es natural, la inocente enferma no tuvo más remedio que entregarse a la malvada pecadora.
La ciega probaría todos los palos de la baraja. De Marchena, pasó a Lucena (Córdoba), donde otro confesor la admitió en su casa, sin duda, con la misericordiosa intención de dar posada al peregrino. Pero la hábil María Dolores volvió a engañar al confesor haciéndole creer que era voluntad divina que él la azotase para que con cada azote sacase un alma del Purgatorio. Y el confesor, que no tenía nada de sádico y todo de inocente, hale, allá que se sacaba el vergajo y se pasaba la noche entera dándole muchos golpes por todo el cuerpo, de lo que resultó mucho escándalo.
Las actas prosiguen narrando hechos de este tenor. Ya con veinticuatro años se asentó en Sevilla, donde con aquel cuerpazo que estaría en su plena sazón, la ciega, cómo no, engañó a otros dos inocentes confesores, y hubiera precipitado a otros muchos de no haberla examinado el último, a quien tuvo reducido por espacio de doce años, porque, claro, con lo que la muchacha tenía detrás el examen debía ser bien concienzudo, no fuera que el cándido varón se precipitara en el juicio. De nuevo en plan masoquista, María Dolores le pedía que la azotara, asegurándole que, aunque vivía en casa de vecindad, Dios, por su hermanito el Ángel de la Guarda, haría que nadie oyese los azotes. Y el confesor, que no tenía nada de lúbrico y sí mucho de examinador meticuloso, pues, hale, azote va y azote viene y, aunque no se oyesen los ayes de la ciega ni los gemidos del confesor, los vecinos pudieron ver estos ejercicios por las rendijas de la puerta, como también las indecencias y posturas provocativas en que se ponía para que la azotasen, de todo lo cual, como queda de manifiesto, no podía culparse al sacerdote, sino, tal y como cuentan las actas, a la rijosa Dolores, ya que en sus declaraciones confesó que había fingido muchas revelaciones para engañar al confesor.
María Dolores sería detenida mucho tiempo después, el 16 de julio de 1779, ya mayor y, al parecer, retirada de sus pecaminosas actividades, pues se dedicaba a la venta de huevos en su domicilio de la actual calle Puente Pellón, de donde sería trasladada de inmediato al castillo de San Jorge. Aquí permanecería veinticinco meses, siendo sometida a continuos interrogatorios, tortura incluida, por supuesto, hasta que el 24 de agosto de 1781, saldría para el lugar de su ejecución. Los seres humanos tenemos tendencia a disfrutar con la desgracia ajena, a hacer leña del árbol caído, a burlarnos del débil y, en fin, a arrojar nuestras miserias a los que se encuentran en inferioridad de condiciones, de modo que aquel día, desde antes de amanecer, una multitud inmensa, venida incluso de los pueblos de los alrededores de Sevilla, abarrotaba el recorrido que debía realizar la condenada. Tal era el gentío que tuvo que intervenir el ejército para impedir que se hundiera el puente de barcas que existía en el lugar antes de la construcción del de Isabel II, primero fijo de los que actualmente tiene la capital andaluza. La comitiva, con toda la parafernalia que con tanta sabiduría organizaba la Inquisición, cruzó el puente, entró por la puerta de Triana y se detuvo en el convento de San Pablo, desaparecido tras su desamortización, del que queda la iglesia, denominada hoy de la Magdalena. Allí se realizó un simulacro de juicio, con el fiscal leyendo detenidamente las acusaciones y el juez, posteriormente, dictando la sentencia, que no podía ser otra que la quema de la hereje en la hoguera. Desde este lugar, María Dolores, emprendió el camino hacia el quemadero, que se encontraba en el Prado de San Sebastián, a espaldas del actual Pabellón de Portugal, levantado para la Exposición Universal de 1929.
La apabullante comitiva, con el público abarrotando las aceras y, sin duda, zahiriendo a grito pelado a la condenada, pasó a la plaza de San Francisco y de ella a la calle Tetúan. Hasta aquí, María Dolores se había mostrado altiva, permitiéndose incluso el lujo de insultar a quienes la condenaban, pero al alcanzar esta calle, se vino abajo, manifestando entre lágrimas su arrepentimiento y solicitando el perdón. Pero ya no había vuelta atrás, si es que en algún momento del proceso existió esa posibilidad, y a lo más que accedieron los jueces fue a proporcionarle la muerte mediante garrote, antes de proceder a la quema de su cuerpo, ofreciéndole también la oportunidad de confesar en la Capilla de la Cárcel Real, situada por entonces en la esquina de la calle Sierpes.
En esta capilla estuvo la condenada durante tres horas y ya a la taurina hora de las cinco de la tarde, cuando más calor hacia en Sevilla y sin que hubiera disminuido el número de los que seguían el cortejo, María Dolores llegó al quemadero tras recorrer las calles Tundidores, Hernando Colón. Alemanes, Mateos Gago y traspasar la Puerta de Jerez. Allí, entre cánticos y rezos, el verdugo, naturalmente, un seglar, le aplicó el garrote, que, como se sabe, consiste en el estrangulamiento producido mediante un aro aplicado al cuello y un torniquete que presiona en la nuca, y, tras comprobar su defunción, sería subida a la pira donde su cuerpo estuvo ardiendo hasta las nueve de la noche.
Ni la condenada, ni quienes llevaron a cabo la bárbara ceremonia, ni nadie de entre el público pudieron imaginar que aquella sería la última hoguera que encendería la Inquisición en Sevilla. Tampoco pudo imaginarlo Blanco White (1775-1841), quien, con sólo seis años, salió tan asqueado del espectáculo, a pesar de su corta edad, que, tiempo después, su recuerdo resultaría pieza importante para su apostasía de la Iglesia Católica, como cuenta en su Autobiografía, un testimonio que nada tiene que ver ni con la narración profesoral de los historiadores, ni con las actas frías y más o menos asquerosas de los procesos.
Reinaba Carlos III. Faltaban sólo nueve años para que en París se produjera la Toma de la Bastilla, con la que se inició la Revolución Francesa.


sábado, 10 de octubre de 2015

Un monasterio protestante

Si viajáis a Sevilla, haced un hueco en vuestras actividades y acercaos a ver el Monasterio de San Isidoro, en Santiponce, donde está también la célebre ciudad romana de Itálica, a unos diez minutos de la capital
Cuéntase que se cuenta, pero Alá es el más sabio, que en tiempos del rey Almutamid, tan buen poeta como rey -célebre fue su matrimonio con la también poeta Rumaikyya-, andaban los cristianos deseosos de hacerse con los restos de las santas Justa y Rufina, al parecer martirizadas en Sevilla en tiempos de los romanos. A tal efecto, Alfonso VI, rey de Castilla y León, le envió a Almutamid una embajada encabezada por el arzobispo de León, Alvito, hombre piadoso, que tenía fama de santo.
Almutamid recibió al embajador con todos los honores, le ofreció alojamiento en el Palacio de la Barqueta, en cuyo solar se levanta hoy el Monasterio de San Clemente, dándole todas las facilidades para el cumplimento de su misión. Durante un año Alvito  buscó con ahínco en los templos de la época visigoda que aún se conservaban en la ciudad y en cuanto lugar le pareció oportuno. Al cabo de este tiempo y no hallando vestigio alguno de las santas, comunicó a Almutamid que regresaría de inmediato a León, no sin antes agradecerle las atenciones que con él había tenido.
No obstante, la noche anterior a su partida, Alvito tuvo un sueño en el que se le apareció nada menos que San Isidoro, arzobispo de Sevilla durante la dominación visigótica, quien le participó el lugar hasta entonces ignorado donde se encontraban sus restos. Alvito comunicó este sueño a Almutamid, quien, de inmediato, se ofreció a acompañar al obispo al lugar señalado por el santo. Una comitiva partió al punto de la ciudad hacia lo que es hoy el pueblo de Santiponce, levantado sobre parte de las ruinas de la ciudad de Itálica, entonces medio enterrada y cubierta de maleza. Rápidamente localizaron el sitio y, en efecto, allí encontraron una lapida bajo la cual hallaron el sepulcro del santo con su cuerpo dicen que incorrupto.
Almutamid dio su autorización para que aquellos restos fueran trasladados a León. Sin embargo, Alvito no llegó a culminar su embajada, pues, tal y como también le había comunicado el santo, murió al tercer día del descubrimiento de su sepulcro.
Sea o no verdadera esta historia, que lo más seguro es que no lo sea, lo cierto es que un par de siglos más tarde poco más o menos, en 1301, Alonso Pérez de Guzmán, el célebre Guzmán el Bueno, y su esposa María Alonso Coronel fundaron aquí un monasterio con el nombre de San Isidoro del Campo que dio albergue sucesivamente a los cirtecienses y a los jerónimos. Muy pronto alcanzó amplia fama, atrayendo, en primer lugar, a numerosos hijos de judíos conversos que pretendían hacer carrera en el medio eclesiástico. Más tarde, en el siglo XVI, ocupado ya por los jerónimos, pasaría a ser uno de los centros del protestantismo más importante de España, naturalmente, clandestino, ya que el protestantismo estaba fieramente perseguido por la Inquisición.
Fue su prior, el doctor García de Arias, apodado el Doctor Blanco por el color de sus cabellos, el introductor de las ideas reformistas patrocinadas por Lutero. García de Arias, que pasaba por devoto católico, siendo un excelente predicador, inició la Reforma en el monasterio suprimiendo lo que consideraba prácticas supersticiosas, como las oraciones en el coro, el culto a los santos, las misas por los difuntos, las penitencias, etc., reformas que los monjes aceptaron con extraordinario entusiasmo. Tal fue su éxito, que la Reforma se extendió al convento de monjas jerónimas de Santa Paula, así como a un considerable número de sevillanos de distintas clases sociales.
El grupo sería desarticulado por la Inquisición gracias, primero, a una delación y, luego, a la mala suerte. La delación la realizó la beata María Gómez, que se había hecho luterana y que por desavenencias, podíamos decir, conyugales, denunció al licenciado Francisco de Zafra, con quien convivía, y a otras trescientas personas. Dado que la beata no andaba muy bien de la cabeza, la Inquisición no le hizo mucho caso, aunque inició una investigación rutinaria que no dio resultado.
El segundo hecho fue más rocambolesco. Vivía en Sevilla un tal Julianillo Hernández, quien, como luterano, había formado parte de las iglesias reformadas de París, Escocia y Francfort. Este buen hombre, haciéndose pasar por buhonero, introducía en Sevilla libros protestantes camuflados en barriles de arenques o en fardos de encajes de Flandes y telas de Cambray, especialmente el Nuevo Testamento, en traducción al castellano de Pérez de Pineda. Por un error en el reparto, uno de estos libros, Imagen del Antichristo, fue entregado en el domicilio de una dama católica, quien inmediatamente lo entregó a la Inquisición. Al darse cuenta de su error, Julianillo huyó a toda prisa, pero fue capturado en Adamuz (Córdoba) y, posteriormente, quemado, junto con otros muchos protestantes en el auto de fe llevado a cabo en el Prado de San Sebastián, donde se alzaba el siniestro quemadero, el 22 de diciembre de 1560.
Varios monjes de San Isidoro que, por otra parte, era un gran centro intelectual, consiguieron poner tierra de por medio y salir del país. Entre los más afamados de los fugitivos se encuentran Casiodoro de la Reina, Cipriano de Valera, Juan Pérez de Pineda y Antonio del Corro. Casiodoro fue el primer traductor de la Biblia completa al castellano. El texto, que sería revisado por de Valera y publicado en Amsterdam en 1602, fue uno de los mejores de su tiempo en lengua vernácula, un trabajo que no alcanzaría parangón en el campo católico hasta cuatrocientos años más tarde. Esta Biblia, denominada del Oso, por la imagen de un oso intentando atrapar un panal de miel que figura en su portada, y también Reina-Valera, conserva hoy su carácter oficial entre los protestantes de habla castellana.
Con una estampa espectacular, el monasterio es una joya del gótico y el mudéjar. Cuenta con dos iglesias, denominadas las gemelas por su enorme parecido, una mandada construir por Guzmán el Bueno y la otra, anexa a la primera, por su hijo Juan Alonso, que cuenta con un impresionante retablo, obra de Martínez Montañez. Junto a esta iglesia se encuentra el sobrecogedor Claustro de los Muertos, así llamado por haber servido de enterramiento a los monjes. Luego está el Patio de los Evangelistas y el Refectorio, antiguo comedor de los monjes cuyas bóvedas aparecen decoradas con primorosas policromías, mientras de sus muros cuelgan hasta catorce pinturas, todas copias del original, salvo la Santa Cena. Visitables son también la Sacristía, la Sala Capitular y el Reservado, las tres igualmente con magníficas policromías.
En 1835, con la Desamortización, el monasterio perdió su carácter religioso. Los monjes regresaron en 1956, permaneciendo en él hasta 1978. Durante unos años estuvo abandonado, hasta que de él se hizo cargo la Junta de Andalucía, gracias a la cual y tras una concienzuda restauración, el conjunto recuperó el esplendor de su mejores tiempos. Actualmente sirve de sede para la realización de numerosas y variadas actividades de carácter cultural, estando incluido en la Red de Espacios Culturales de Andalucía.