domingo, 30 de agosto de 2015

Los cojones de mi tío

Agosto. Un año más el mes termina dejando en mi ánimo una oscura zozobra. No ha sido grato el verano, este año no, y quizás debiera estar deseando que acabara a ver sin con él se van también las interminables dolencias que no matan, pero que aplanan y llenan de turbiedad la vida. Sin embargo, los días se van acortando inexorablemente, la luz pierde su brillo a ojos vista, pronto llegará el tiempo de los mal arropaos, que repetía año tras año mi madre tan pronto como, hacia el ocho de septiembre, empezaban las tormentas, como si nosotros anduviéramos sobrados, y a mí me embarga ya, antes de su llegada, la melancolía de todos los otoños y, como en ninguna otra época del año, reaparecen una y otra vez en mi memoria recuerdos unas veces alegres y otras tristes de la infancia. O es que me estoy haciendo viejo y ya casi sólo empiezo a encontrar placer en recordar.
Por aquel entonces no había reunión familiar durante la que en algún momento de la charla alguno de los adultos no exclamara con voz de alarma: ¡shiii, que hay ropa tendida!
La ropa tendida éramos nosotros, los niños, mis primos y yo que, apartados de la reunión, jugábamos, los varones, al parchís o a los botones en la mesa grande con tablero de formica que había en la galería, y las niñas a las casitas o a los cromos.
Era oír aquella expresión y, al menos los varones, ya teníamos las orejas como las liebres; seguíamos jugando como si tal cosa, pero a partir de aquel momento no perdíamos palabra de la conversación. Alguien contaba el último chascarrillo verde oído en el bar o se hacía eco de algún chismorreo subido de tono referido a algún vecino o conocido del barrio. A veces las historias venían de lejos, de cuando ellos eran jóvenes y nosotros ni siquiera existíamos. Casi siempre eran los hombres los que hablaban, mientras las mujeres escuchaban, con caras en las que se mezclaban casi por igual la expectación, el asombro, la burla y la incredulidad, notas que acababan sustituidas por carcajadas en sordina, esto es, con las manos en la boca y conteniendo el aliento.
Hablaban con medias palabras, de modo que muchas cosas se nos escapaban, aunque tratábamos de entenderlas a fuerza de imaginación. Tal nos ocurrió, por ejemplo, con el término molongo, que, al parecer, era algo que los negros de una tribu africana le daban a los blancos que caían en sus manos, sin duda, algún tipo de fruta o algo así. La palabreja surgió de un chascarrillo que contó mi tío Rufino y llegó a alcanzar una enorme celebridad en la familia. Que le den molongo, escuchábamos una y otra vez de boca de alguno de los adultos, refiriéndose a algún vecino, a algún conocido o algún compañero del trabajo. Eso, que le den molongo, remachaban casi todos los presentes sin dejar de reír, de donde acabamos por deducir que debía tratarse de una cosa muy agradable. Cuando no estaba delante, al cura le daban molongo casi todos los días y no una vez, sino muchas.
Un término que entendimos enseguida fue el de trastivaya. No cabía duda, aquello era una moneda que los hombres les daban a sus mujeres para que la echaran a la alcancía. También lo repetían a menudo. ¡Y esta noche, trastivaya!, exclamaba alguno de mis tíos, a lo que su señora replicaba: ¡no será verdad!
Sin embargo, había expresiones más enrevesadas que no conseguimos entender. Por ejemplo, quitarse el fraile la capucha. Cuando la empleaban se referían siempre a hombres, pero a hombres normales y corrientes, no a frailes, que hubiera sido lo correcto. Decían: Ese, pero si ese el fraile ya no puede quitarse la capucha, y nos quedábamos completamente a dos velas. Tampoco conseguimos averiguar entonces qué quería decir que el marido de Manolita Maldonado, una vecina muy dicharachera de la calle Alcántara, usaba sombrero con mangas, porque el hombre, desde luego, iba siempre con sombrero, pero con un sombrero absolutamente normal.
Aquellas reuniones tenían lugar mayormente en verano, a la caída de la tarde y hasta la hora de la cena, allá sobre las once de la noche. En agosto, cuando mi tío el cura venía a pasar quince días con nosotros, acompañado de su sobrina, de mi tía Carmela, la hermana de mi madre, de su marido, Servando, y de mis primas Laura y Adelaida, la familia se reunía prácticamente al completo. Sólo faltaba mi tío Eulogio, que había muerto joven, de tuberculosis, causada por una vida disipada, esto es, para mis primos y para mí, que se había ido evaporando hasta convertirse en una sombra.
El cura era el señor de Linares. ¿Qué edad tendría? Cincuenta años, no muchos más. Alto y muy derecho, con las gafas de cristales ahumados cabalgando sobre una nariz recta y bien proporcionada, la voz ronca de fumador empedernido, la impecable sotana y las manos como si acabara de salir de la manicura. Cuando se envolvía en el manteo y se calaba el sombrero de teja adquiría un aire aristocrático que impresionaba. Durante aquellos días, los adultos sólo hablaban de él, cuando él no estaba.
El cura salía todas las tardes para reunirse con algunos canónigos de la catedral, amigos, al parecer, desde los tiempos del seminario. Entonces las bocas de los mayores echaban pestes, eso sí, siempre con el cuidado de la ropa tendida, lo despellejaban a conciencia, hasta dejarlo en los puros huesos. Allí salían trapos llenos de verdadera pringue que se remontaban a los años de la prehistoria. Y el que más largaba era mi tío Servando. Qué boquita tenía el hombre. Bajito, casi escuchimizado, el pelo bien pegado al cráneo a base de brillantina, tenía todo el tipo de un saltimbanqui. ¡Y cómo rajaba del primo de su señora! No podía decirse que lo odiara, pero lo que es afecto no le tenía ninguno. En realidad largaba de todo el mundo y en todas partes. Se iba al bar Azul con mi padre y dos de mis tíos, se zumbaba un par de medios y cuando volvía no había quien lo parara. Durante la guerra, a punto estuvo de que se lo llevaran en el coche de don Bruno por culpa de la agilidad de su mojarra. Un milagro de la Virgen del Perpetuo Socorro decían que lo salvó. Eso y la rápida intervención de su padre, jefe de no sé qué en el Ayuntamiento.
-Ya está bien, Servan, ya está bien -le decía mi tía Carmela, su mujer.
-Vamos, hermana -intervenía mi tío Rufino, que había conseguido reunir una fortunita gracias a la platería, por lo que pasaba por ser el listo de la familia- deja que se desahogue, que el curita tiene tres días con pasado mañana -y soltaba una carcajada de puro cachondeo que el único que no captaba era mi tío Servando.
Aquel año, 1958, cuando llegó agosto, los de Linares hicieron su aparición puntualmente, como siempre, pero no eran los mismos de todos los años. Parecían mustios y como envueltos en un halo de tinieblas. El cura, mostraba un gesto desencajado que no cuadraba con su otrora imagen reposada y señorial. Los demás, incluidas mis primas y la sobrina del cura, no le iban a la zaga, aunque en ellos el gesto era más bien huraño.
Durante el día, los silencios predominaban sobre las animadas conversaciones y las risas casi continuas de otros años. Mi madre y mi tía Carmela cuchicheaban en la cocina y cuando yo aparecía callaban y hacían como si estuvieran trajinando con la comida. Mi tío Servando se iba al bar y cuando volvía, después de zumbarse sus dos medios de rigor, no decía esta boca es mía, sino que se sentaba en un extremo de la galería y se quedaba allí muy quieto y muy serio, como si se le hubiera muerto alguien muy querido y encima le hubieran cortado la lengua. ¡Él, que no callaba ni debajo del agua!
A medio día, un rato antes de comer, el cura y él se encerraban en la habitación del cura y allí se pasaban los dos sus buenos veinte minutos que, a mí, sobre todo, que andaba con un mosqueo de tres pares de narices, me resultaban una eternidad. Al cabo de ese tiempo, salía mi tío Servando, pálido, descompuesto, tal que si hubiera visto a un fantasma. El cura salía después, ya para sentarse a la mesa, visiblemente relajado, como si le hubieran quitado un peso de encima.
Yo no salía de mi asombro. ¿Qué hacían allí los dos? ¿Por qué salía mi tío Servando con aquella cara de ratón angustiado? ¿Habían invertido los papeles y era mi tío el que confesaba al cura? Imposible preguntarle a los mayores, y mis primas o no sabían nada o, mejor, se negaban a informarme, en una especie de raro pudor que a mí me parecía percibir en sus evasivas.
Por la tarde, el cura no salía y las reuniones con toda la familia se tornaron tan lánguidas como aburridas. Algo flotaba en el ambiente, una especie de piñata invisible, a la que trataba de golpear mi tío Rufino con sus sonrisitas de medio lado y a la que no acertaba consiguiendo que su contenido saltara por los aires no por falta de puntería, sino por la presencia del cura.
Esta situación duró exactamente seis días. Al séptimo, el cura salió y además salió temprano, a ver a sus canónigos, de modo que la reunión familiar se inició antes de que llegara mi tío Rufino con su mujer y sus tres hijos y aquella tarde nadie levantó la voz para avisar que había ropa tendida.
-¡A ver a sus canónigos! -bramó mi tío Servando nada más el cura desapareció por la puerta de la calle-. ¡A la Virgen de Fátima es a la que va a ver!
-¡Cómo que este hombre...! -se lamentó mi tía Carmela-. ¡No le tiene ningún respeto ni a la tonsura ni a la sotana!
Y allí se lío la gorda. ¿Tonsura? ¿Sotana? Un crápula, eso era lo que era. La tonsura y la sotana no eran más que un disfraz, cebos para atrapar incautas. Incautas y menos incautas. En cierta ocasión tuvo que saltar una tapia con la sotana a medio poner para escapar de un marido regresado inesperadamente de un viaje. Eso lo sabía todo el barrio del Alcázar viejo. Y mi padre añadió que lo había visto salir, y no una vez, de una casa, ya me entendéis, de la calle Fitero, con la teja calada hasta los ojos y el manteo cubriéndole la cara. Iría a dar la comunión a algún enfermo. Sí, con el fraile. O a que le dieran molongo, de aquel golfo se podía esperar cualquier cosa.
¡Madre del divino consuelo! Nunca había disfrutado yo tanto en ninguna de aquellas reuniones. Cuando más ásperas, más iracundas eran las voces hizo su aparición mi tío Rufino con su mujer y con sus hijos.
-Caramba, cuñao -exclamó a modo saludo, dirigiéndose a mi tío Servando-, me he enterado que estás hecho todo un experto en reparaciones nabales -y soltó una estruendosa carcajada.
-¡Un experto...! ¡Maldita sea! ¿Es que tú también vas a venir con cachondeos?
-Pero, a ver, hombre, cuéntame qué es lo que le pasa exactamente al cura.
-¡Que te lo cuente tu hermana, que es la que tendría que estar haciendo la faena!
-Sí, hombre -replicó mí tía Carmela-, que me voy a meter yo en ese berenjenal.
-¿No es tu primo? ¡Pues tu eres la que tendrías que estar haciéndolo!
-¿Pero qué le pasa, hombre? -insistió mi tío Rufino, como si no lo supiera
-¿Que qué le pasa? -bramó mi tío Servando elevándose sobre la punta de los pies- ¡Qué a saber dónde se ha metido que le han salido unos granos en los cojones y tengo que ser yo, yo, el que lo cure!
-¡Ja, ja, ja, ja! -la carcajada de mi tío Rufino se elevó sobre los muros del patio y debió de oírse hasta en la estación del ferrocarril- ¿Y cómo lo curas, con los deditos o con la lengua? ¡Ja, ja, ja!
-¡Con la punta del nabo, con eso lo curo! ¡Pero se acabó, se acabó, desde mañana se va a curar él o que lo cure su tía!
-Tonto, no -siguió con el cachondeo mi tío Rufino-, aprovecha y de paso le das un poquito de molongo.
Al día siguiente, a la hora de siempre, el cura se metió en su habitación. Detrás de él, como un corderillo indefenso, volvió a entrar una vez más mi tío Servando.  Y hasta que se fueron yo no dejé de preguntarme si, además de curarlo, mi tío Servando le daría también el molongo que le había recomendado mi tío Rufino.

domingo, 9 de agosto de 2015

Así se estableció la existencia del vacío

El vacío, la nada, han constituido un grave problema para los filósofos y pensadores occidentales, es decir, europeos desde los tiempos más remotos. Hasta el número cero, a fin de cuentas expresión de una nada o vacío, hubo de esperar largos siglos para que fuera asumido por la aritmética europea. Cuesta creer que los griegos, tan lógicos, inventores de teoremas como el de Pitágoras, o la geometría euclidiana, no contaran con este número que hoy entienden sin la menor dificultad hasta los niños más pequeños.
Tal y como lo conocemos hoy día, el cero, con el símbolo correspondiente 0, fue creado por los hindúes, siguiendo la estela de los babilonios, que habían introducido el concepto con anterioridad. Este hecho se debió, sin duda, a una lógica menos formalista que la griega que les permitía pensar libremente en la nada y no sólo pensarla, sino aspirar a ella a través del nirvana, que viene a ser un estado de felicidad completa en el que no existe nada que nos conmueva o nos inquiete o, lo que es lo mismo, un no ser, la vaciedad total de uno mismo.
La filosofía griega negó desde sus principios, en los siglos VI y V antes de nuestra Era, el concepto de nada. Tales de Mileto y sus seguidores sostenían que algo no puede surgir de nada o desaparecer en nada. De este modo negaban que el universo hubiera aparecido de la nada. Platón, seguramente el filósofo más influyente del mundo occidental, enseñaba que todo lo que vemos son imágenes imperfectas de formas ideales perfectas. Estas formas son eternas, inmutables e indestructibles, por lo que en su sistema no tenían cabida ni la nada ni el vacío. Parménides aseguraba que el universo era limitado, esférico y ocupaba todo el espacio, de modo que el vacío resultaba imposible. En su afán de clasificación y ordenación del mundo en categorías, causas y atributos irreducibles y finales, a Aristóteles le resultaba imposible aceptar un agujero siquiera mínimo en el tejido natural del ser. Ante la estructura granular de muchos de los elementos que podía observar, Empédocles imaginó que los poros de dichos elementos estaban ocupados por un misterioso elemento al que denominó éter; todo antes que aceptar el vacío. Leucipo de Mileto, Demócrito y, posteriormente, Epicuro de Samos, defendían que la materia estaba compuesta de átomos, minúsculas partículas indivisibles. Tales átomos, que tendrían un largo recorrido en el mundo científico, podían diferir en concentración, forma y posición, pero ni aparecían de la nada ni desaparecían en ella. En resumen, encerrados en sus racionalismo formalista, los griegos se mostraron incapaces de admitir el vacío, la nada, ni siquiera como remota y brumosa posibilidad. Para ellos el mundo, tal y como lo veían, tenía su origen en un caos primordial ordenado por los dioses.
El cristianismo, sobre el que tras los griegos recayó la responsabilidad de entender y explicar el mundo, se encontró con la creación a partir de la nada, que literalmente exponía la Biblia y, al mismo tiempo, sus mejores pensadores, educados bajo la pauta de la filosofía griega, no estaban en condiciones de imaginar siquiera la existencia del vacío, aunque tampoco pudieran aceptar la idea de un Dios arquitecto que se limitaba a organizar los materiales de un caos preexistente desde la eternidad.
San Agustín, el pensador más ilustre de la época y uno de los más influyentes en la historia de la Iglesia, trató de zanjar el problema reconociendo en la nada un estado anterior a la intervención de Dios o, lo que es lo mismo en el pensamiento agustiniano, un estado sin Dios o apartado de Dios. De este modo, Agustín terminó equiparando la nada al demonio, ser que representaba la separación completa de la divinidad, antítesis absoluta de la gracia y la presencia de Dios. Con tales argumentaciones, el obispo de Hipona se metió en un jardín que era más bien un laberinto, pues al introducir la nada en el domino del ser admitía que había algo de lo que Dios carecía antes de crear el mundo. Creyó escapar del enredo aseverando que al mismo tiempo que la creación del mundo, Dios creó también el tiempo, por lo que antes del primer instante del universo no hubo un tiempo en que Dios necesitara cambiar un estado de cosas insatisfactorio.
Tales artificios de malabarismo teológico, que trataban de explicar con meros argumentos verbales lo que sólo puede explorarse mediante la observación y el experimento, únicamente podían convencer a los convencidos o a los ignorantes. Aún así, se mantuvieron durante largo tiempo, concretamente hasta Tomás de Aquino. Con la dialéctica escolástica, heredera directa de Aristóteles, Tomás argumentaba que la creación es obra de Dios y no de ninguna propiedad latente del vacío. Si no hay absolutamente nada, concluía, negando la existencia del vacío, nada puede aparecer, pues para causarse a sí mismo, un ser tendría previamente que existir para darse a sí mismo la existencia, lo que es un absurdo.
A lo largo de la Edad Media prosiguieron las discusiones en el territorio cristiano, ahora ya toda Europa. Algunos pensadores, imbuidos del espíritu de la ciencia, apoyaron la discusión en determinados experimentos, como el célebre de las dos placas paralelas que se deslizan con una superficie de contacto y que ya había llamado la atención del romano Lucrecio, quien sostenía que la materia estaba formada por átomos y espacios vacíos. Si dos placas en contacto -concluían los defensores del experimento- se separan bruscamente, todo el espacio interpuesto debe estar vacío hasta que es ocupado por el aire.
Ahora bien, con el cristianismo aparecieron los herejes. El término herejía deriva del griego hairesis que viene a significar diferencia de opinión, expresión que para los griegos no tenía nada de peyorativo. Con el cristianismo la diferencia de opinión respecto al criterio ortodoxo se hizo punitiva, motivo por el cual pensadores y científicos debían andarse con pies de plomo a la hora de expresar sus conclusiones, pues, siguiendo el maldito silogismo aristotélico, el pensamiento dominante seguía sosteniendo, sin hacer caso alguno a los experimentos, que la naturaleza rechaza expeditivamente la presencia del vacío.
Un hecho singular en el curso de las discusiones se produjo el 7 de marzo de 1277 cuando el obispo de París, Etienne Tempier, firmó un decreto en el que condenaba 219 proposiciones filosóficas de Singer de Bravante y de algunos maestros de la Faculta de Artes de la Universidad de París que se sustentaban en el pensamiento aristotélico, averroísta y tomista. Libros de Aristóteles, de Averroes, de Avicena y del propio Singer fueron quemados públicamente en las calles parisinas y, ante la amenaza que sobre él se cernía, Singer tuvo que huir de la ciudad.
Tanto Aristóteles como Averroes, Avicena y Tomás de Aquíno ponían limitaciones a la omnipotencia divina, cosa que no podía tolerar el obispo parisino. Dios, por ejemplo, no podía, según estos pensadores, hacer que dos más dos fueran cinco; tampoco podía crear un círculo cuadrado o un triángulo de cuatro lados. Del mismo modo a Dios le resultaba imposible crear una pluralidad de mundos y, en consecuencia, no podía crear un vacío mediante el movimiento de elementos. Montado en cólera, el obispo contrargumentaba que la omnipotencia divina era absoluta y que, por tanto, Dios podía hacer lo que le viniera en gana, entre otras cosas, crear varios mundos o, si lo creía conveniente, trasladar nuestro mundo adonde le apeteciese. Pero si existían varios mundos, ¿qué había entre ellos? Y si Dios movía nuestro mundo, ¿qué quedaba detrás? Naturalmente, el vacío. De manera que haber quién osaba alzar su voz para poner un freno a las capacidades divinas. De este modo, quedó establecida la existencia del vacío, pues cualquier intento de negarlo equivalía a poner limites al poder de Dios, con las consecuencias nada agradables  y hoy suficientemente conocidas que se derivarían para el negador.

P.D. Para saber más: El libro de la nada. John D. Barrow