lunes, 8 de junio de 2015

Deicidas y traidores IV y última

La persecución
                  
El ataque constante de los Padres de la Iglesia y escritores en general contra el judaísmo, los epítetos utilizados en sermones y escritos, así como las sucesivas leyes dictadas por los emperadores mermando sus derechos acabaron en poco tiempo por inocular el rencor hacia los judíos en los fieles cristianos, extendidos ya por todo el territorio dominado por Roma. Fue entonces cuando las palabras, los insultos, no de otro modo cabe calificar los mencionados epítetos, dieron paso a los hechos, iniciándose una persecución del judío que, con mayor o menor intermitencia, se ha prolongado a lo largo de la historia casi hasta nuestros días.
En su libro Violencia y religión en la historia de Occidente, el teólogo vasco Xabier Pikaza sostiene que ...desde este momento (siglo IV) muchos cristianos inician una política de presión anti-judía que podemos y debemos entender como violencia de fe (pág. 178). Un poco antes, en nota a pie de texto (pág. 158), había afirmado que ...ella (la Iglesia) pactó con el imperio greco-romano, asumiendo un tipo de poder religioso paralelo al poder político del imperio y persiguiendo a los judíos.
Pocos historiadores, incluidos católicos, están hoy en desacuerdo con estas afirmaciones. La persecución no ya ideológica, sino física de los judíos, sus sinagogas y sus bienes fue generalizada y no se llevó a cabo únicamente por grupos de fanáticos, sino que que fue azuzada y estuvo dirigida por la jerarquía cristiana.
El caso de Callinicum resulta paradigmático. El año 388, en esta ciudad, hoy denominada Rakka, en Siria, una turba de fieles y monjes cristianos encabezada por el obispo asaltó y prendió fuego a una sinagoga judía. Una vez informado del hecho, el emperador Teodosio ordenó que el obispo y la iglesia local reconstruyeran a sus expensas el edificio y se castigara a los culpables. Al enterarse de esta orden Ambrosio, arzobispo de Milán, que se encontraba en Aquileya, escribió inmediatamente al emperador reprochándole su conducta, al tiempo que declaraba que el obispo y el clero intentaron calmar a los alborotadores y que sólo tomaron parte en la acción cuando los judíos insultaron a la Iglesia. Aseguraba, además, en su carta que el incendio de la sinagoga no sería ni siquiera un crimen, más bien al contrario, habría que considerarlo un acto heroico, ya que se había destruido un edificio en el que constantemente se negaba a Cristo. No paró aquí la cosa, sino que, poco después, ya en Milán, Ambrosio dirige un sermón en la catedral en el que insiste en reprocharle su medida a Teodosio, ahora presente, amenazando incluso con negarle los sacramentos. Ante estas presiones, el emperador dio marcha atrás y anuló su orden.
A partir de este momento, distintos emperadores, siempre presionados por la Iglesia, dictarán leyes prohibiendo a los judíos bajo graves sanciones la construcción de nuevas sinagogas o la ampliación de las existentes. Pero ya antes de Callinicum se destruyeron sinagogas. La primera noticia que se tiene hasta el día de hoy se encuentra en la Vida de los Santos Inocentes, de autor anónimo. En ella se cuenta como en 350, en la ciudad de Dertona, hoy Tortona, el obispo Inocencio expulsó a los judíos por no aceptar su conversión forzosa, destruyó la sinagoga y levantó en su lugar una iglesia. De forma similar, se destruyeron sinagogas, en Aquileya y en buena parte del norte de Italia, en Roma, en Mauritania y, en general, en todo el imperio, tanto en occidente como en oriente.
En muchas ocasiones, los agitadores llegaban de fuera a una ciudad que hasta aquel momento había vivido en paz. En Mahón (isla de Menorca) habitaba una comunidad judía con la que los cristianos mantenían buenas relaciones. Hacia el final del siglo IV hizo su aparición en la ciudad un sacerdote procedente de Jerusalén con reliquias del mártir Esteban, lapidado por los judíos, según se cuenta en Los hechos de los Apóstoles. Inmediatamente, azuzados por los sermones del presbítero, los cristianos, con su obispo al frente atacaron la sinagoga, desde la que intentaron una débil defensa los judíos, la saquearon y la quemaron. A continuación, regresaron a su iglesia entonando himnos de alabanza a Dios y suplicando que todos los auténticos antros de la perfidia fuesen asolados para que la luz de Cristo brillara en todo su esplendor. Muchos de los judíos huyeron de la isla y los que quedaron acabaron por aceptar el bautismo.
Uno de los ataques más furibundos ocurrió en Alejandría, en el 414. El patriarca de la ciudad, el célebre Cirilo, convocó a los rabinos judíos para tratar de su conversión y la de sus seguidores, hecho que provocó una revuelta judía de protesta. Cirilo, que sólo parecía buscar una excusa, aprovechó la ocasión para, encabezando a sus parabolani, asaltar, destruir la sinagoga y saquear sus propiedades. Muchos judíos perecieron entonces y los que conservaron la vida fueron obligados a exiliarse, en una suerte de decisión final ordenada por el patriarca.
En el siglo V, el Concilio de Vienne insistía de nuevo en la prohibición a los clérigos de comer en la mesa de los judíos, en esta ocasión justificando la medida en que los judíos rechazaban los manjares cristianos, en concreto el pan y el vino de la eucaristía. Poco después, Evagrio y, sobre todo Teófilo, dos polemistas cristianos, amparándose en Isaías 1, 15-16, argumentaron que el pan y el vino que los judíos utilizaban en su pascua estaban hechos con las manos manchadas de la sangre del pecado. De esta nueva falacia nacería la acusación del asesinato ritual, una superstición que se extendería como la pólvora durante el medievo y que señalaba que los judíos asesinaban a una víctima, particularmente un niño, con el propósito de utilizar su sangre en sus ritos pascuales. Esta falsa acusación causó numerosas muertes de judíos en la hoguera en toda Europa. En España son célebres los casos del Niño de la Guardia, de Santo Dominguito del Val o del Niño de Sepúlveda, este último con asalto a la judería incluido, además de la ejecución por el fuego de dieciséis judíos.
Para entonces, hacía ya mucho tiempo que el odio al judío había penetrado no sólo en los cristianos, sino en la población en general, pues, de un modo u otro, la Iglesia no cesó de alentarlo. Las Cruzadas, especialmente la primera y la segunda, produjeron decenas de miles de víctimas judías afincadas en los territorios europeos por donde pasaron los milites Christi. Intermitentemente se producían expulsiones de las poblaciones judías de distintos países europeos. Así, en 1290, de Inglaterra; en 1396, de Francia; en 1421, de Austria; en 1492, de España, todas ellas alentadas por la predicación de franciscanos y dominicos, principalmente. Tristemente célebres fueron los sermones antijudíos del español Vicente Ferrer, dominico, una de cuyas consignas era conversión o muerte, referida a los judíos.
Una de las persecuciones más tremendas de la Edad Media se produjo en España en 1391. Se inició en Sevilla al calor de los inflamados sermones del arcediano de Écija Ferrán Martínez, cuyos seguidores sería conocidos como matadores de judíos. La judería fue destruida y cientos de judíos asesinados. La persecución pasó a Córdoba, con idéntico resultado, extendiéndose a continuación por los reinos de Castilla y Aragón, hasta alcanzar prácticamente toda la España cristiana.
Ambrosio de Milán aseguraba en su tiempo que los judíos debían estar separados de los cuerpos de la Iglesia para que el veneno de la infidelidad no contaminase a la propia Iglesia. Y las autoridades eclesiásticas se esmeraron en materializar esta idea. En 1179, más de siete siglos después de la sentencia de Ambrosio -la Iglesia no tiene prisa, esa es una de sus virtudes-, el III Concilio de Letrán dictaminó que los cristianos no podían convivir con los judíos. Esta disposición condujo en la mayoría de las ciudades europeas a la aparición de barrios específicamente judíos y, con el tiempo, a la creación de los ghetos, de tan triste como infame memoria, barrios cercados y cerrados, cuya puerta se cerraba por la noche y se abría al amanecer.

El primer gheto se creó en Venecia en 1516, para acoger en él a los judíos que habían salido de España tras su expulsión por los Reyes Católicos. En 1555, el papa Paulo V, creó el de Roma, mediante la bula Cun Nimis Absurdum, cuya lectura, convenientemente traducida, debería ser de lectura obligatoria en todas las escuelas del país, donde la Iglesia se afana en mantener las clases de religión.  Este gheto, uno de los más funestos de la historia, perviviría hasta 1870, en que, tras la unificación de Italia, fue clausurado definitivamente. Por ésta época y hasta entrado el siglo XX, la revista Cilvitá Cattolica, editada por los jesuitas y considerada en la época como la voz del pontífice, publicaba continuamente artículos antijudíos en los que se empleaban idénticos epítetos y condenas a los que utilizaban los Padre de la Iglesia en los primeros siglos de nuestra Era.
La Iglesia no cambiaría oficialmente de actitud para con los judíos hasta el Concilio Vaticano II, celebrado en 1963. Ni los zares de Rusia, ni Stalin, ni Hitler tuvieron que estrujarse mucho la cabeza a la hora de buscar un chivo expiatorio sobre el que descargar su ira así como el descontento de sus respectivos pueblos: la Iglesia Católica se lo había puesto en bandeja.

P.D.- Algunas de las fuentes utilizadas para estas entradas:
El Evangelio de Marcos.- Gonzalo Puente Ojea
Violencia y religión en la historia de Occidente.- Xabier Pikaza
El antijudaísmo cristiano occidental.- Raúl González Salinero
El reino de Dios, arquetipo político.- Manuel García Pelayo
Contra los judíos.- San Agustín
Historia de la Iglesia, Tomo I.- Bernardino Llorca
Historia de la Iglesia.- Joseph Lortz

lunes, 1 de junio de 2015

Deicidas y traidores III

Durante los primeros siglos de nuestra Era, el odio hacia el judío, que como semilla aparecía en el relato de Marcos, quedó limitado a la jerarquía y a los Santos Padres de la naciente Iglesia. Estos pusieron todo su empeño en desterrar de la sociedad el judaísmo y a los judíos como sus practicantes. Para ello no dudaron en utilizar todos los medios a su alcance. 
En primer lugar, la palabra, tanto escrita como oral. Libros, tratados, opúsculos, diálogos y sermones, estos desde los púlpitos, invadieron de forma creciente los territorios por los que, cada vez en mayor número, se extendían los cristianos. En ellos y de manera igualmente creciente aparecen continuamente no ya el menosprecio, sino la condena explícita del judío, desgranando toda clase de epítetos denigrantes, de infamias y de calumnias. Hilario de Poitiers, Nicetas de Remesiana, Eugipio, Juan Casiano, Orosio, Mario Victorino, Cesáreo de Arlés, Eusebio de Cesarea, Juan Crisóstomo, Próspero de Aquitania, Lactancio... Multitud de obispos, de poetas y de escritores en general arrojaron sobre los judíos toda la bosta que almacenaban en sus amorosas mentes. Dos destacaron ampliamente sobre todos ellos: Ambrosio de Milán y Agustín de Hipona.
Obviando que Cristo era judío, que su madre también lo era, lo mismo que lo eran sus discípulos, no tuvieron empacho en afirmar que los judíos eran un pueblo de dura cerviz, irracionales, duros de corazón; que constituían un pueblo rebelde e impío; que arrastraban el deicidio como un pecado oríginal; que este pecado era una deuda de sangre que se transmitía colectivamente de generación en generación; que eran perros rabiosos, serpientes, lobos, zorros, escorpiones que atacaban constantemente a la Iglesia. Hasta que olían mal llegó a afirmar, ya en el siglo VI, Venancio Fortunate, obispo de Potiers. En el Ambrosiaster, un libro anónimo que durante bastante tiempo se creyó de Ambrosio de Milán, se llega a afirmar que los judíos merecían la muerte. No obstante, lo que más destacaron casi todos ellos fue la perfidia, no había judío que no fuera un cochino y mendaz pérfido. Hasta tal punto destacaron este epíteto que el Viernes Santo se rezaba en las iglesias pro perfidis judaeis, para lograr su conversión, piadosa costumbre que se prolongó a lo largo de los siglos, hasta que fue derogada por el papa Juan XXIII ¡en 1959! Sin embargo y a despecho de los que piensan que tanta inquina la originaba principalmente la economía, en aquellos primeros siglos prácticamente ningún tratadista endosó la avaricia a los judíos. Por ejemplo, Salviano de Marsella, un autor ya del siglo V que escribió un tratado específico contra este vicio, Advsersus avaritian, no menciona para nada a los judíos. Esta acusación aparecería mucho después.
Es cierto que todas estas invectivas quedaban encuadradas en el marco de la teología, pero tanto por su insistencia, como por la agresividad de la retórica, la argumentación teológica antijudía, acabaría con el tiempo cristalizando en el conocido prejuicio antisemita, es decir, lo que se establecía como un rechazo religioso, se transformaría a no mucho tardar en un rechazo étnico.
En el siglo IV, tras el Edicto de Milán (313) que declaraba la libertad de cultos, existían en el Imperio unas mil quinientas sedes episcopales y alrededor de seis millones de cristianos, de una población de unos cincuenta millones. Podría decirse que la Iglesia estaba lo suficientemente asentada como para no tener ya nada que temer de los judíos. Pero la jerarquía eclesiástica no lo veía así. Seguía temiendo que los cristianos judaizasen, por lo que los ataques no sólo no cesaron, sino que arreciaron. Para empezar, los concilios se lanzaron a decretar prohibiciones. El de Elvira (314), celebrado en una ciudad muy próxima a la actual Granada, prohibía los matrimonios mixtos entre cristianos y judíos, cosa que podía considerarse casi normal, teniendo en cuenta que los judíos tampoco admitían el matrimonio con gentiles, pero prohibía también, tanto a clérigos como a laicos, compartir mesa con ellos, lo que significa que tanto unos como otros continuaban haciéndolo, a pesar de los sermones de los Padres. Concilios posteriores, continuaron repitiendo estas prohibiciones, prueba de que entre los fieles no se producía el distanciamiento que la jerarquía pretendía ni, por supuesto, se había extendido entre aquellos el odio que estos profesaban.
Ante esta situación, la jerarquía cristiana inició un proceso de presión al poder político, con el fin de conseguir su propósito de arrinconar a los judíos. Más o menos como no han dejado de hacer a lo largo de la historia para los fines que han estimado oportuno, como, por ejemplo, en este tiempo, en España, contra el divorcio, contra el aborto, contra el matrimonio homosexual, inventando, además, todo tipo de falacias, como, otro ejemplo, hace en este momento y cada vez que le viene en gana, el obispo de Alcalá con respecto a los homosexuales. San Agustín sostenía en su tiempo que el poder civil debía garantizar con el uso de la fuerza la ley contra los desobedientes, herejes, paganos y,
claro está, judíos
Las presiones de los jerarcas católicos comenzaron a hacer efecto muy pronto. Nueve años después del Edicto de Milán, el propio Constantino dictó la primera ley contra los judíos. A partir de este momento, prácticamente todos los emperadores emitieron leyes en el mismo sentido, leyes que en el 438 quedaron recogidas en el Código Teodosiano y cuya influencia eclesiástica queda de manifiesto en el uso de idénticos epítetos contra los judíos que los que empleaban los escritores y apologistas cristianos. Muchas de estas leyes, además, surgieron tras la celebración de un concilio, cuyos cánones recogen casi textualmente, como, por ejemplo, la prohibición de acusar y/o de actuar como testigos contra cristianos en actos jurídicos, tal y como dictaban los correspondientes cánones de los concilios de Cartago y de Hipona de 419 y 427, respectivamente. Nunca hasta entonces el Estado romano había inhabilitado a nadie para estos menesteres por motivos exclusivamente religiosos.
Con las sucesivas leyes que se fueron emitiendo, además de esta prohibición, los judíos, ciudadanos libres de pleno derecho, quedaron inhabilitados para ejercer cargos públicos, poseer esclavos cristianos, acceder al ejército o ejercer la abogacía. Al final, de ser una religión respetada y aun admirada, pasó a ser considerada una secta y los judíos poco más que unos parias.
El triunfo de la Iglesia sobre el judaísmo estaba cantado. Sin embargo, la jerarquía eclesiástica no se dio aún por satisfecha, como veremos en la próxima entrada, que será también la última.