martes, 28 de abril de 2015

El asunto de la fe

Creer es fácil. Y barato. Uno oye una afirmación de cualquier índole que no puede o no quiere corroborar personalmente y dice: lo creo. Y lo cree. Sin más. 
En este sentido, cada cual puede creer lo que le parezca oportuno. Por ejemplo, en este momento, mientras escribo, el 25% de los españoles de todas las edades, según una encuesta reciente, sigue creyendo sin la más mínima ambigüedad que el sol gira alrededor de la tierra y no, como se sabe con la misma firmeza desde hace más de quinientos años, que es la tierra la que gira alrededor del sol.
Bien, que ese 25 % de españoles crea en lo que cree, a pesar de ser una absoluta falsedad, no debería, en principio, importarle a nadie, ni siquiera para lamentar la supina ignorancia que tal creencia representa. Tampoco importa la mayor o menor irracionalidad que tenga la creencia. Si alguien quiere creerme cuando le cuento que he visto a un elefante volando que además hablaba en arameo, es asunto suyo. Credo quia absurdum, creo porque es absurdo, afirmaba Tertuliano (160-220), el gran polemista cristiano que se pasó al montanismo y, posteriormente, creó su propia secta rigorista. El escritor inglés Chesterton entró en cierta ocasión a la iglesia católica de una aldea rural y se quedó pasmado al escuchar el sermón del sacerdote. Al salir exclamó: Si con todas las tonterías que he escuchado, la Iglesia lleva dos mil años existiendo, su mensaje tiene que ser forzosamente verdad. Y poco después se convirtió al catolicismo. De acuerdo, cada cual puede opinar lo que quiera, pero tanto la postura de Tertuliano como la de Chesterton es cuestión que compete exclusivamente a ellos y, desde fuera, nadie tiene el más mínimo derecho a enjuiciarlos, ni favorable ni desfavorablemente.
Todo rodaría, por tanto, sobre ruedas si las personas con fe se limitaran a creer y a comportarse de acuerdo con lo que les dicta su creencia. Pero en la realidad, no es esto lo que ocurre. La fe y, en concreto, la fe religiosa, termina plasmándose y, al mismo tiempo, diluyéndose en normas de conducta y en organizaciones que las fijan y velan por su cumplimiento. A lo largo de la historia y salvo contadas excepciones, tales organizaciones no se limitan a acoger a sus acólitos y a controlar su vida, sino que, al mismo tiempo, ejercen una labor de proselitismo, con el propósito de aumentar su grey, como si la fe del individuo resultase tan endeble que para sostenerla fuese necesario el concurso de grupos cada vez más numerosos. Ya no estamos simplemente ante la fe, estamos ante la religión. Y aquí empieza el problema.
Si las organizaciones religiosas se limitaran al proselitismo y a mantener en orden su redil, estaríamos ante un problema no demasiado grave, pues claro está que, del mismo modo que un individuo, un grupo tiene todo el derecho a creer y a practicar lo que le parezca oportuno, aún sabiendo que el grupo puede ejercer y de hecho ejerce una coacción mayor o menor sobre el individuo particular.
En tiempos de Roma esta era más o menos la situación. La multiplicidad de dioses, de ritos y de creencias permitía al individuo adscribirse libremente al grupo que mejor le parecía, incluso adscribirse a varios o no hacerlo a ninguno. Pero la aparición del cristianismo supuso un atentado en toda regla a este régimen de lo que con palabras de hoy podríamos denominar como de libertad religiosa. El cristianismo, una secta separada del judaísmo, adoptó el tic exclusivista de éste, magnificándolo hasta el punto de considerarse los cristianos no ya el pueblo elegido por Dios, sino los practicantes de la única religión verdadera y, por tanto, posible sobre la tierra.
Si en un principio la nueva religión aprovechó para propagarse la libertad existente en el Imperio, predicando la fe en el Cristo resucitado, la igualdad, el amor, la inmortalidad, la salvación, etc, bien pronto se dejó de tiquis miquis y pasó resueltamente a la ofensiva. Templos e ídolos fueron destruidos y muchos de los sacerdotes de las distintas religiones asesinados sin piedad. Véase, por ejemplo, la actuación del patriarca Cirilo de Alejandría y sus parabolanis, hordas de clérigos a su órdenes que campaban por sus respetos en la ciudad, o la del papa Dámaso en Roma.
Para el siglo IV, bien asentadas las raíces en la tierra, el cristianismo era ya la religión del Estado. Todas las demás religiones fueron prohibidas y sus seguidores, que todavía quedaban, convertidos en delincuentes. ¿Hay mayor muerte del alma que la libertad del error?, se preguntaba retóricamente San Agustín, uno de los grandes defensores de la conquista del Estado por parte de la Iglesia.
Ya desde antes de que Constantino elevara el cristianismo a religión del Estado, la fe, la simple fe dentro de la Iglesia pasó a un segundo plano en favor del encuadramiento. ¿Una prueba? El bautizo de los recién nacidos, costumbre que se mantiene hasta el día de hoy. La Iglesia necesita del número, porque el número de fieles, de encuadrados constituye la base de su fuerza. Pero el encuadrado pierde la capacidad de pensar por sí mismo. Tiene que aceptar y cumplir las directrices que emanan de la jerarquía. Se inician así por primera vez en la historia de la humanidad las luchas teológicas, luchas que no se limitan a la dialéctica, sino que, en muchas ocasiones, acaban en enfrentamientos físicos y que siempre llevan aparejada la condena inexorable del contrario, circunstancia que puede observarse todavía hoy, por ejemplo, en el apartamiento de los llamados teólogos de la liberación,
Pronto llegará la conversión masiva de pueblos enteros a partir de la conversión de sus jefes, una prueba más de la supremacía del encuadramiento sobre la fe, puesto que los súbditos de estos pueblos eran bautizados en masa, sin mayor conocimiento de la nueva religión a la que se adscribían. Llegarán las guerras de religión, otro invento que la humanidad no había conocido hasta la aparición del cristianismo.
La fe ya no importa propiamente nada. Hay que estar en la Iglesia, porque fuera de ella no hay salvación. Este es el dogma en el que acaba resumiéndose toda la doctrina cristiana, hasta el punto de que, por mor de la exclusividad, quien está fuera de ella se convierte en un enemigo a batir. Y están fuera de ella no sólo los llamados paganos o los fieles de otras religiones, como los judíos, enemigos principales hasta prácticamente el nazismo, sino también los cristianos que no siguen fielmente las directrices de la jerarquía. En 385 Prisciliano será ejecutado en Tréveris, por hereje. Será el primer fiel que pagará con su vida pensar de modo autónomo, lejos de las disposiciones de la jerarquía. Luego llegará la Inquisición, que no sólo producirá miles de víctimas, sino que durante siglos dará lugar en los territorios en los que actúa, principalmente España, a un clima de terror y secretismo que todavía estamos pagando. Las expulsiones en masa de musulmanes y judíos de España, por él único hecho de practicar una religión diferente, representan una prueba más de cómo quienes no están dentro de la Iglesia no merecen vivir.
Mi reino no es de este mundo, había asegurado el Maestro. Pero a la Iglesia no le satisfacía este aserto. Cuando tuvo la suficiente fuerza, ya no se contentó con compartir el poder con las autoridades civiles, sino que se propuso conquistar el Estado para sí, convertir el mundo en un reino autárquico bajo la soberanía del papa. Para ello se valió del arma de la excomunión, que si en un principio constituía sólo la expulsión de la Iglesia, bien pronto significó la absoluta exclusión social de quien la recibía, hasta el punto de que incluso reyes y emperadores quedaban privados de la obediencia de sus súbditos. La penosa marcha de Enrique IV hasta Canossa para suplicar el perdón de Gregorio VII (1073-1085), que pasa por ser uno de los grandes campeones de la Iglesia, constituye la prueba más elocuente de esta situación.
Doscientos años más tarde, Bonifacio VIII (1294-1303) llegó más lejos aún. En la bula Unam Sanctam afirmaba textualmente: Existen dos gobiernos, el espiritual y el temporal, y ambos pertenecen a la Iglesia. El uno está en la mano del papa y el otro en la mano de los reyes, pero los reyes no pueden hacer uso de él más que por la Iglesia, según la orden y con el permiso del papa.  Si el poder temporal se tuerce, debe ser enderezado por el poder espiritual... Así pues decidimos y pronunciamos que es de absoluta necesidad para salvarse que toda criatura humana esté sometida al pontífice.
Toda criatura humana. Ya no sólo los fieles cristianos, sino cualquier individuo de cualquier país, raza o creencia tenía que vivir bajo la jurisdicción del pontífice romano. Fue el punto culminante en las aspiraciones eclesiásticas. ¿Pero dónde había quedado ya la fe? Perdida en el maremágnum legal que se había ido desarrollando a lo largo de la historia. Nunca más volvió a tener la Iglesia un poder tan grande como entonces, pero hoy como ayer la principal preocupación de los poderes eclesiásticos es el cumplimiento de las normas por parte de los fieles, dando por sentado que la fe consiste precisamente en eso, en cumplir fielmente con ellas.

P.D. 1.- Una vez más repetiré que para mí la Iglesia es la jerarquía. Los fieles no tienen el más mínimo poder en ella, ni siquiera el de elegir con sus votos al simple sacerdote que ha de regir su parroquia.
2.- Algunas de las fuentes utilizadas para redactar esta entrada:
-Historia de los papas.- Juan María Laboa
-Diccionario de los papas.- Juan Dacio
-El antijudaísmo cristiano occidental.- Raúl González Salinero
-Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica.- Pepe Rodríguez
-Los pecados de la Iglesia.- Juan G. Atienza
-Historia criminal del cristianismo.- Karlheinz Deschner

miércoles, 22 de abril de 2015

¡Gooool!

¿Es aconsejable volver a los lugares de la infancia en los que fuimos felices? Hace poco yo he vuelto a los Ángeles, al antiguo seminario de Santa María de los Ángeles. Lo hice por la senda que progresa bordeando el pantano del Bémbezar y que unos amigos de Hornachuelos han recuperado felizmente no hace mucho tiempo, acompañado de unos familiares y de un conocido que charlaba hasta por las axilas. El camino es cómodo, a ratos umbrío y a ratos deslumbrante. La construcción del pantano ha restado ferocidad al paisaje, al menos, tal y como yo lo recordaba, pero sigue siendo abrumador.
A medida que avanzábamos, yo experimentaba una emoción creciente y, al mismo tiempo, el temor a quedar defraudado por la imagen real que iba a encontrarme, enfrentada a la que mantenía viva en la memoria. Desde la Fuente de los Deseos, que continúa manando como si el tiempo no hubiera pasado por ella, descubrí a lo lejos el edificio posado en la falda de la montaña como un extraño y prodigioso navío, y mi corazón aceleró su marcha. Hacía más de cincuenta años que había tenido la misma visión exactamente desde el mismo sitio y, como entonces, volví a experimentar el mismo asombro, idéntica fascinación.
Poco después, alcanzamos la enorme cruz de granito que, según cuentan, labró un cantero que murió tras dar el último golpe y, enseguida, después de una breve, pero empinada cuesta, alcanzamos el cortado en el que se alza la edificación. Todo el entusiasmo con el que había emprendido la marcha se derrumbó a mis pies, mientras un nudo seco se me clavaba en la garganta. Abandonado desde su clausura allá por los primeros años setenta del siglo pasado, el edificio se mantenía orgullosamente en pie, pero el tiempo y la incuria de la gente que hasta él tiene acceso le habían producido lastimosas heridas, desgarros tristísimos por los que se desangraba sin remedio. Me pareció más grande y al mismo tiempo más pequeño. El llano que hay delante de la entrada y el patio, por ejemplo, se me antojaban ahora ridículos, comparados con los espacios que yo conservaba en la memoria; el edificio, en cambio, en su conjunto, con su imponente altura, me desconcertaba, en modo alguno recordaba que fuese tan enorme.
El cruel abandono del lugar, a cuyo propietario, el obispado de Córdoba, parece traerle sin cuidado, sin duda porque no tiene que pagar ni un solo impuesto por él, confiere a la construcción un aspecto tan desolador que raya en lo siniestro. Hasta fantasmas cuentan que se aparecen, no el de don Álvaro, el protagonista de la tremebunda obra del Duque de Rivas, cuyo desenlace se desarrolla en este lugar, pero sí el de los penitentes que se retiraban a las cuevas que existen aún en la ladera que baja hasta el río, una mujer joven, el copero de Carlos V, un tal hermano Diego, al que encontraron muerto, de rodillas y con un rosario en las manos, etc. Tal estado, acentuado por una bandada de buitres que no cesaban de girar y girar casi sobre nuestras cabezas, me producía un profundo desconsuelo, un pesar tan hondo que apenas podía contener las lágrimas. Porque yo viví en este caserón. Yo inauguré aquel seminario que llamaron Menor, debido a que estaba destinado a los seminaristas de los primeros cursos. Y fui feliz aquí durante un curso entero como no he vuelto a serlo más que en contados momentos de mi vida.
Éramos ciento seis jovenzuelos de entre once y doce años, de Córdoba capital y de la provincia, la inmensa mayoría de familias extremadamente humildes. No se rezaba mucho, misa diaria y poco más. Claro que estábamos dirigidos por tres sacerdotes seculares, don Salvador, al que tiempo después vi un día por Ciudad Jardín,  de paisano y acompañado de la que debía ser su mujer; don Juan, que llegaría a formar parte del consejo de administración que firmó la sentencia de muerte de Cajasur, y don Antonio, al que le perdí la pista, aunque creo que fue párroco de Santa Marina o, al menos, coadjutor. Teníamos una hora de estudio y una hora de clase, así durante buena parte del día, desde la nueve de la mañana hasta las ocho de la tarde, con lo que resultaba fácil asimilar a buen ritmo las distintas materias del curso.
El lugar era entonces un paraíso. Aficionado a la escopeta, don Antonio cazaba venados, de los que entonces poblaban los cerros por todas partes, y raro era el día que no teníamos su carne en la mesa. Durante los largos recreos de después de comer o de la tarde podíamos abandonar el edificio y extraviarnos por las veredas de los alrededores. Muchos nos dedicábamos a lanzar aviones de papel desde el murete que cerraba el llano ante la puerta de acceso, aviones que planeaban sobre el barranco compitiendo con los buitres que nunca faltaban en el cielo. Los domingos subíamos a un gran llano que había en los alto del monte en el que se encuentra el seminario y jugábamos al fútbol. Con tanto seminarista, fue posible hasta organizar un campeonato con su primera y segunda división. Yo, que era un niño enclenque y pataleto, jugaba, naturalmente, en segunda división, de medio, de medio estorbo, si es que no de estorbo entero. Cuando llegó el buen tiempo, los curas nos bajaban al río a bañarnos a alguna de las preciosas charcas, piscinas naturales, que parecían excavadas ex profeso para nosotros. El agua estaba helada, pero era maravilloso demostrar que, a pesar de mi delgadez yo, que había vivido cuatro años a la vera del mar, ya sabía nadar y no mal del todo.
Hornachuelos es un pueblo precioso, más que nada por la posición que ocupa, encima de grandes roquedos y al borde de un profundo barranco. El seminario dista del pueblo unos cinco kilómetro, pero la gente acogió su inauguración como si se encontrara en la plaza del castillo, que es su zona más antigua y más noble. A primeros de mayo, nos llevaron a todos a la iglesia de Santa María de los Flores para asistir a una misa cantada. Los cantores éramos, yo también pertenecía a él, un coro formado por un grupo de seminaristas (aún faltaba tiempo para que don Félix, el de los Salesianos, me diera el bofetón que me apartó de la música para siempre), y el acto resultó muy colorista, con tanto chavalín ensotanado mezclándose entre la gente endomingada del pueblo.
Poco antes del final del curso y como muestra de su contento por la existencia del seminario los vecinos nos invitaron a todos los seminaristas a comer por grupos en su casas. Yo, con dos compañeros más, fuimos a una casa bastante suntuosa, o eso me pareció, aunque hoy no sabría situarla. A la mesa, en el comedor, nos sentamos el matrimonio anfitrión, un señor y una señora ya maduros, y sus dos hijos, de unos dieciocho a veinte años de edad. De primero nos pusieron sopa. De segundo un par de huevos fritos con chorizo. Durante el curso habíamos estudiado urbanidad, que incluía el comportamiento en la mesa, pero, claro, la mayor parte sólo en teoría. El chorizo estaba bastante duro y uno de mis compañeros, recuerdo perfectamente su cara, aunque no su nombre, cortó un trozo con tanto ímpetu que éste saltó del plato y fue a estrellarse en el pecho del dueño de la casa. Se produjo un instante de sorpresa, un instante brevísimo, un segundo, o menos, pero tan largo que yo, al menos, tuve tiempo de experimentar el sentimiento de lo que podía ser la eternidad. Inmediatamente el buen hombre gritó: ¡Goooool! y se arrancó con una carcajada que puso fin a la tensión y nos arrastró a todos a acompañarlo, incluido el autor de la fechoría.
¡Gooool!, estuve a punto de gritar yo también, saliendo de mi ensimismamiento, al tiempo que todos mis recuerdos se esfumaban.
-Vámonos, dije -ya hemos visto bastante.
Y emprendimos el regreso, mis compañeros contentos, yo con el peso de la decadencia que se había apoderado del lugar, una decadencia semejante, aunque de otra índole, a la que ya me viene corroyendo a mí también.

lunes, 13 de abril de 2015

Sermón de Pascua

Queridos hermanos: Diligencias ineludibles y alguna contrariedad relacionada con la salud me han mantenido alejado de vosotros durante algún tiempo. Pero ya estoy aquí de nuevo, con la moral alta y las fuerzas y el tiempo recobrados para seguir con la tarea de escribir estas cosillas.
Hermanos acabamos de pasar la semana de Pasión, de pasión doliente, sangrante, de sangre pura y verdadera, no la pasión que algunos incluyen dentro del territorio del amor y que no es más que ardentía y desenfrenado deseo de tocar pelo y penetrar en mojado. Durante una semana se ha celebrado con todo lujo de pompa y esplendor la muerte de un hombre, un hombre del que se afirma que resucitó al tercer día de dejar este mundo. Cristos maniatados, coronados de espinas, amarrados a una columna, cargados con la cruz, chorreando sangre, crucificados, han recorrido las calles de todas las ciudades del país, seguidos de cerca por un igual sinnúmeros de vírgenes aplastadas por el dolor, pero más aún por el peso del joyerío con el que la cubren sus devotos.
Seis días celebrando la muerte y luego, cuando la gente ya está ahíta de tanta sangre y tanto sufrimiento, ¡un solo día para celebrar o conmemorar la resurreción! ¿Cómo puede ser esto? ¿No constituye una deplorable incongruencia tal desequilibrio en la balanza? ¿No debería ser justamente al revés?  Salvo que uno esté loco, como el conejo de Lewis Carroll, que día tras día celebraba su no cumpleaños, lo que los humanos acostumbramos a celebrar es lo extraordinario, lo que se sale de lo común y se aleja de la norma. Y no hay que ser muy listo para entender que la resurrección es un suceso bastante más raro que el de la muerte.
Pero la Iglesia es sabia, hermanos. La Iglesia, lo repetiré una vez más aún con el riesgo de que me llamen pesado, es la Jerarquía. Salvo contados especímenes dotados de una habilidad especial, los fieles no tienen otra misión encomendada que la de obedecer. Los fieles, y esta es una metáfora bien grata incluso al hombre de la cruz, son ovejas a las que el pastor lleva a triscar la hierba adonde le parece. Cuando un obispo, por ejemplo, se apropia de un bien que fue siempre público y, legal pero ilegítimamente, lo inscribe en el Registro de la Propiedad a nombre de la Iglesia, o cuando decide construir en una parte de un viejo seminario un hotelito de cuatro estrellas para los pobres sacerdotes que se encuentran solos en su ancianidad por mor del celibato, ¿le pide opinión a los fieles? Es posible que más de uno de estos fieles no esté de acuerdo con tales decisiones, si es así, ¿le concede el obispo la oportunidad siquiera de exponer lo que piensa?
Ya, ya sé que eso es exactamente lo mismo que hacen los políticos cuando consiguen el poder en un Ayuntamiento, en una Comunidad o en el Gobierno del Estado. Es lo mismo, sí. También ellos hacen lo que les parece y actúan con harta frecuencia a beneficio de los suyos. Pero existe una diferencia nada desdeñable: a los políticos los eligen los ciudadanos con su voto, ¿pero quién nombra a un obispo, por seguir con el ejemplo, de qué asamblea de fieles o de qué urna sale su elección?
La Iglesia, hermanos, como ya he dicho, es sabia y no da un solo paso que no esté perfectamente medido. Esgrimiendo la coartada de la salvación eterna, lo que ella pretende ante todo es mantener sujeto al rebaño. En primer lugar, con la orgía de sangre, de muerte y de abalorios que acabamos de vivir se exacerban dos de las más despreciables taras del ser humano: el sadismo y el masoquismo, bien que, en muchos casos, disimulados bajo la capa de la admiración, la piedad o la compasión, dos taras que, en último término, sirven a quien los provoca para exacerbar el miedo a la muerte, medio, sin duda, el más perfecto para el fin que se persigue.
Pero en esta exaltación del dolor y de la muerte y en este casi ocultamiento o, al menos, en esta apenas celebración de la resurrección hay más, hermanos, mucho más. Para comprobarlo, tenemos que recurrir a la Biblia, en concreto, al Nuevo Testamento. La Iglesia es sabia, lo sostengo una vez más, y sabe a la perfección cómo organizar las piezas para que el agua, todo el agua, vaya directamente a su molino. Aquí la organización es admirablemente sutil. Los primeros escritos que se conocen del cristianismo son las epístolas de San Pablo. A continuación, el evangelio de Marcos. Y luego, los evangelios de Mateo, Lucas y Juan. Sin embargo, en la biblia el orden en el que figuran es Mateo, Marcos, Lucas y Juan y, tras estos, las epístolas de Pablo.
Para los cristianos, San Pablo es, en primer lugar, un converso; para los judíos, en cambio, no puede dejar de ser un traidor. Como judío converso, de haber vivido en España tras los Reyes Católicos, hubiera tenido graves problemas. A nadie extrañaría que hubiera incluso acabado en la hoguera. No obstante, dada la época en que vivió, se convirtió en el primer gran padre de la Iglesia. San Pablo no cuenta nada de la vida de Cristo, por lo que su ubicación tras los evangelistas representa ya una clara manipulación, pues el lector no avisado creerá sin ninguna duda que San Pablo no dice nada de la vida de Cristo porque lo da todo por sabido, cosa que no es en modo alguno cierta. Otra clara manipulación consiste en la división de los textos en epígrafes con titulos adecuados, división y títulos que no existían en los textos originales y que mueven al lector a entender lo leído en la dirección que apunta el título.
San Pablo, en efecto, no dice nada de la vida de Cristo, sin embargo, sí que sostiene su resurrección, dándole a este hecho, como no puede ser menos, la importancia que tiene, hasta el punto de convertirlo en la piedra angular de su doctrina. Si Cristo no hubiera resucitado, llega a afirmar, la fe no tendría el más mínimo sentido. Es evidente, por los resultados obtenidos, que quienes escuchaban sus sermones o leían sus cartas creyeron la afirmación de Pablo. Pero tal creencia no significa que el llamado Apóstol de los Gentiles dijera la verdad.
Los evangelios por su parte narran extensamente la vida publica de Cristo. Sin embargo, a la resurrección, que, sin duda alguna, es el acontecimiento más portentoso de la historia, apenas le dedican unos escuetos párrafos, siendo precisamente Marcos, de cuya pluma salió el primer evangelio, el que menos espacio le dedica, menos del uno por ciento de su texto. Y no sólo le dedicaron poco, sino que narran el portento con un cúmulo de vaguedades y de contradicciones entre unos y otros absolutamente impensables en quien pretende dar cuenta de un suceso real. Las cuentas no cuadran si a todo esto se añade el hecho más inexplicable aún de que un hombre que basaba sus predicaciones en la derrota de la muerte, un hombre que había afirmado públicamente que resucitaría tres días después de muerto no hiciera acto público de presencia para demostrar sin riesgo de error, tanto a sus perseguidores como a sus seguidores, que su desafío no constituía una mera baladronada.
¿Qué se puede deducir de todo esto, hermanos? Que la resurrección de Cristo entra de lleno en el terreno del mito, lo cual no significa que estemos ante una falsedad, pero sí ante un hecho difícil, si es que no imposible de admitir sin otra prueba que la palabra de quien lo afirma, un hecho, por tanto, que queda recluido en el bagaje de la simple creencia, motivo por el que a la Iglesia no le conviene insistir demasiado, sino pasar por él de puntillas, como si se tratase de un asunto tan elemental y cotidiano que no valiera la pena resaltar.
Si existen otras razones para que la resurrección en sí tenga tan poca relevancia en esta enorme semana que acabamos de vivir, si existen otras razones para que apenas se encuentren en los templos imágenes del Resucitado y las pocas que existen se ubiquen en lugares irrelevantes y casi escondidos, cuando debieran presidir todos los altares mayores de todas los templos del mundo, que venga un obispo y me lo explique, porque, hasta hoy, los curas con los que he tratado del tema no lo han sabido hacer.