sábado, 21 de noviembre de 2015

La ética del archivero

En una entrevista publicada en el diario Córdoba el 6 de marzo de 2014, a la pregunta acerca del reconocimiento de las distintas culturas que se reflejan en el bien cultural que constituye la Mezquita-Catedral, causa, una de ellas, por la que la ONU reconoció al monumento como Patrimonio de la Humanidad, el actual archivero de dicho templo respondía textualmente: Los árabes salieron de Arabia, con sus tiendas, y al llegar a Siria descubrieron el arte cristiano. Como no tenían otro arte, utilizaron el cristiano, entonces aquí todo lo que hay es arte nuestro.
El archivero mentía y lo hacía no por error o ignorancia, sino a sabiendas, es decir, cometiendo no un pecado venial, sino, dada las trascendencia del asunto así como la importancia del monumento, un pecado mortal.
Tres cosas se aseguran los individuos que profesan la vida religiosa dentro de la Iglesia Católica: las habichuelas, el colchón y el techo, tres elementos esenciales para la vida por los que los seglares en general han de luchar día tras día en la jungla mundana, sin que ninguno de ellos los tengan regularmente asegurados, por mucho empeño que pongan en la lucha. Ahora bien, la Iglesia Católica es una organización piramidal de invencible jerarquización, pero si uno está dispuesto a pasar por las horcas caudinas del superior y a dejar la personalidad propia en la puerta de la Institución, se acabó el problema.
El archivero, que lo es desde 1973, ha manifestado en alguna que otra ocasión que el clero cordobés, más que obediente, es sumiso al obispo (diario Córdoba, 30-7-2003). Con esa capacidad de sumisión, que se encuentra muy por encima de su indudable capacidad intelectual, el archivero supo moverse con exquisita habilidad en las, en ocasiones, tenebrosas aguas de la diócesis cordobesa hasta conseguir el puesto más conveniente para la satisfacción de sus inquietudes, que no son otras que la defensa, con verdad, con mentira y con lo que haga falta, de quien le proporciona los tres elementos de que hablamos más arriba.
Los Estados, incluso los más herméticos, así como la práctica totalidad de la organizaciones humanas hacen públicos los documentos de sus archivos al cabo de un periodo de tiempo más o menos dilatado. Esto es así, porque, públicos o privados, los archivos son, en último término, de todos, pues constituyen elementos principales para conocer nuestra historia. Haciendo gala de la egolatría y el secretismo que la caracterizan, la Iglesia Católica guarda celosamente sus archivos permitiendo el acceso únicamente a los investigadores de su cuerda y haciendo públicos sólo aquellos que le convienen para la defensa de su intereses. El cabildo catedralicio cordobés no podía ser menos, de modo que el archivero ha convertido el archivo catedralicio en una trinchera a la que sólo tienen cabida él y aquellos que, no teniendo empacho en bailarle el agua, él considera conveniente.
En 1998, el gobierno de José María Aznar realizó una modificación de la ley hipotecaria, vigente desde la dictadura franquista, que convertía a los obispos del país en fedatarios públicos, de modo que con su sola fe podían registrar a nombre de la Iglesia bienes inmuebles y rústicos, de uso religioso o no, que hasta entonces tenían la consideración de públicos. De este modo, como se sabe, la Iglesia Católica se ha venido apoderando desde entonces no sólo de templos y ermitas, sino de terrenos, caminos y plazas públicas, como, por ejemplo, la del Pocito, en la barriada de la Fuensanta de la capital cordobesa. En 2006, valiéndose de esta ley, el obispo Juan José Asenjo registró en el Registro de la Propiedad de Córdoba la Mezquita-Catedral a nombre del obispado, por sólo treinta euros, curiosamente el mismo número de  monedas que, según el evangelio, cobro Judas por traicionar a Jesús.
Desde la cesión de Fernando III a la Iglesia en 1236, el obispado cordobés ha pugnado en diversos momentos por desislamizar la Mezquita. En 1489, el obispo Íñigo Manrique destruyó cuatro tramos de la ampliación de al-Hakem II, el mejor espacio del oratorio musulmán, para construir una miserable nave gótica que se usó como capilla mayor. En 1523, otro obispo Manrique, en este caso Alonso, inició las obras de la actual capilla mayor o catedral cristiana, obras que se prolongarían durante dos siglos. Mientras tanto, se fueron construyendo numerosas capillas para enterramiento, generalmente, de nobles. No obstante, en ningún momento se intentó silenciar el mérito de la construcción islámica, ni siquiera quitarle importancia. Este trabajo se iniciaría tras el registro del edificio a nombre del obispado y, más concretamente, tras la llegada en 2010 del obispo ultramontano Demetrio Fernández, quien anda empeñado hasta en borrar el nombre de Mezquita, dejando sólo el de Catedral, exactamente, Santa Iglesia Catedral.
Pero hablábamos del archivero. La catadura ética de este individuo se pone de relieve ya en el título de su libro La persecución religiosa en Córdoba, 1931-1939. Él que, como va dicho, es un fino intelectual, sabe perfectamente que una persecución requiere un plan, un método y una ejecución, y aquí se asesinaron sacerdotes, sí, pero por grupos incontrolados de gente exasperada por la constante cercanía de estos elementos a los caciques y poderosos explotadores de la provincia. También Franco mató sacerdotes que se mantuvieron al lado del pueblo y al señor archivero no se le ocurrió hablar de ello. Ahora que parece actualizarse otra vez el asunto del Estado laico y que buena parte de la población muestra su hartazgo por los abusivos privilegios de que goza la Iglesia, un buen número de católicos se sienten ofendidos y vuelven a traer de nuevo a la palestra la persecución. Y es que nadie como ellos para hacerse pasar por víctimas en cuanto sienten la más mínima amenaza sobre su status.
En 1995, nuestro archivero publicó un monumental volumen con el título La Mezquita-Catedral de Córdoba. Era el tiempo del obispo Javier Martínez Fernández, gran encubridor de pederastas, como está quedando ahora de manifiesto en su nuevo puesto de arzobispo de Granada. Aunque con algunas reticencias y racanerías, en este amplio trabajo el archivero acepta la enorme importancia artística, así como el genio derrochado por los agarenos cordobeses en la construcción de la Mezquita, una importancia que ha sido valorada a lo largo de la historia por infinidad de intelectuales, críticos e historiadores, desde los musulmanes al-Tazi (s. X), al-Idrisi (s. XII), o Ibn Idari (s. XIV), hasta los europeos Ambrosio de Morales, Pedro de Salazar, Antonio Ponz, David Roberst, Pedro de Madrazo, Pascual Madoz, Jovellanos, Levi-Provençal, Henri Terrasse, Gayangos o Manuel Ocaña, por mencionar a algunos.
Esta obra tuvo un considerable éxito, agotándose rápidamente. Como existía una gran demanda de la misma, se hacía necesaria una segunda edición, pero esta no se produjo hasta trece años más tarde, es decir, en 2008, una vez inscrita la Mezquita en el Registro de la Propiedad. Trece años de raro silencio editorial, si se tiene en cuenta que la edición estaba a cargo nada menos que de Cajasur, un silencio que dio lugar a la propagación por los conventículos de la ciudad de rumores en los que se daba cuenta de auténticos navajeos a cuenta de envidias, vetos eclesiales y, sin duda, de la, a juicio de muchos, postura comedida y casi ecuánime del archivero en su estudio y descripción del monumento.
En 2008 habían cambiado bastante los tiempos. La Mezquita ya era de la Iglesia y es probable que el archivero hubiera visto peligrar en aquellos rumores si no sus habichuelas, su colchón y su techo, si su trincherita tan laboriosamente trabajada, de manera que algún arreglo había que hacerle al libro en esta segunda edición. El archivero empezó por modificar sustancialmente su título. Ya no se llamó La Mezquita-Catedral de Córdoba, como se había llamado siempre desde la conquista cristiana de la ciudad. sino La Catedral de Córdoba. A continuación, en una nueva y esplendorosa demostración de su catadura ética y como no era cosa de renovar a fondo el texto, por otra parte, casi meramente descriptivo, el archivero extrajo del saco de su bien adaptable conciencia un extenso prólogo en el que expuso las más aberrantes supercherías, embustes y tergiversaciones que historiador o estudioso del arte haya imaginado nunca.
En este prólogo, toda la gloria constructiva del emirato, primero, y del califato, después, se va literalmente a hacer puñetas. Más aún, el edificio no tiene propiamente nada de musulmán, por más que fueran alarifes musulmanes los que lo construyeran. Fueron los materiales romanos los que dieron forma a la mezquita de Abd al-Rahmán I; más tarde fueron los bizantinos los que realizaron la ampliación que se adjudica a al-Hakem II, y, en fin, que todo tiene tiene su fundamento en Grecia y en el arte cristiano. Y, para culminar el guiso, que la época musulmana no consistió más que un paréntesis en la historia cristiana de la ciudad, establecido entre la mítica basílica de San Vicente y la reaparición de los cristianos en 1236.
Para comprobar cómo miente, a sabiendas, el archivero, basta un sólo ejemplo, entre los muchos que se podrían aducir. A diferencia de lo que ocurre en el cristianismo, que no es necesaria la visión directa del altar en el que se dice la misa, en los oratorios islámicos se busca que los fieles vean directamente el mihrab. Ello exige que, en lugar de los gruesos pilares de los templos cristianos, se utilicen columnas lo más delgadas posible para sustentar la cubierta. Cuando se forman cuadrados o rectángulos con una columna en cada uno de sus vértices, como se hacía habitualmente, es necesario arriostrar estas columnas o de lo contrario no se sostienen adecuadamente, al encontrarse en un equilibrio inestable. Hasta la construcción del primer tramo de la actual Mezquita, que llevó a cabo Abd al-Rahmán primero, las columnas se arriostraban mediante vigas de madera o barras de hierro. La genialidad del alarife que llevó a cabo este tramo consistió en sustituir estos elementos horizontales por arcos que van de una columna a otra, lo que, además, de arriostrar bellísimamente las columnas, permite elevar considerablemente la altura de la edificación, incluso con la construcción de un nuevo arco sobre el primero que, prodigiosamente, viene a descansar también sobre la delicada columna. Qué más da que el arco existiera ya o que las columnas sean romanas, turcas, o yugoslavas. Lo importante es la solución del problema, que es en lo que, en realidad, ha consistido siempre el arte.
El archivero, por supuesto, conoce esto mucho mejor que yo, que soy un modestísimo aficionado, pero miente, porque lo que le interesa no es la plasmación de la verdad, sino la defensa de su Iglesia sea cual sea el medio que se utilice. Seguramente, se ofenderá mucho si llega a leer esta entradita, como se ofenderá más de un católico que quizás la lea. Al archivero no le hace falta, pero estos católicos no tienen más que consultar cualquier manual de arte para informarse adecuadamente al respecto.




5 comentarios:

Ozanu dijo...

Pues puestos así, muchas Iglesias son en realidad templos mitraicos. Que lo investiguen, si no me creen.

Lansky dijo...

No conozco la obra que criticas, pero por lo que parece lo más grave a mi juicio es la ausencia de matices para demostrar la hegemonía de 'lo' cristiano. Ausencia de matices, que es donde podemos hallar verdades, nunca absolutas, siempre, insisto, redundo, matizadas, Es indudable que el arte musulmán se basó en gran medida en el romano, en el manejo del ladrillo como material constructivo, por ejemplo, pero claro, si todo se reduce al mínimo común se nos presentan reduccionismos absurdos

Molón Suave dijo...

Ozanu: Naturalmente.

Molón Suave dijo...

Lansky: La obra original es bastante buena, porque, como digo en la entrada, asume la singularidad del aporte islámico, independientemente del origen de los materiales o de las formas. En la Mezquita cordobesa los árabes no inventan propiamente nada, lo que sí hacen es añadir soluciones propias con elementos procedentes de otras culturas. ¿Pero, acaso, no es eso lo que viene haciendo el arte desde los tiempos más antiguos? Lo chungo del señor secretario aparece a partir del momento en que el obispado se hace con la propiedad de la Iglesia y se agrava a partir de la pretensión del obispo actual de borrar el nombre de Mezquita y dejar sólo el de Catedral, entonces, el señor archivero cambia de opinión y se pliega por completo a los deseos de su obispo. Córdoba es conocida en toda el mundo como la Ciudad de la Mezquita y también como la Ciudad Califal, a pesar de que mezquitas hay en medio mundo y ciudades con califa hubo más de una. Hoy, precisamente, en la 2 de TVE, en un documental con recortes de diversas procedencias he oído este última título en unos trozos nada menos que del NO-DO. Oiga, a mí hoy el Islam no me gusta ni miajita, pero la historia es la historia y no se debe reescribir a capricho, cosa que están empeñados en hacer estos señores.

Paco Muñoz dijo...

Enhorabuena por la entrada. Luego está la utilización de una inagotable fuente de datos para la publicación de libros.
No obstante, sin menoscabar lo comentado por tí, quiero romper una lanza para alguna parte de la tropa de este ejército. El otro día, a las once de la noche, vi salir de una parroquía a un sacerdote amigo, jubilado (es más o menos de mi edad), que le ha quedado de retiro una pensión que no llega a los setecientos euros, y que casi se deja integra en el alojamiento y la manutención. Es verdad que la cotización por él habrá sido como muchos autónomos, la mínima. Pero no es menos cierto que hay variantes en cuanto a las clases entre esta familia. Por otro lado este amigo sigue al pie del cañon colaborando con su empresa, e implicado en la defensa de los más afectados por los desmanes de este gobierno de derechas.
Un abrazo Rafael.