sábado, 31 de octubre de 2015

Mi padre estuvo allí

Hace unas semanas, en una subcomisión del Senado relacionada con la ley de la Memoria Histórica, un senador del PP, tipo verriondo, gran carota de pan abogado, cuajado de edad, se retorcía en el asiento sin ocultar su ira mientras le pedía a sus señorías de la izquierda que -cito textualmente- dejarán de dar la murga con la Memoria Histórica, y añadió que ya no quedaban fosas que abrir en España, a no ser -vuelvo a citar textualmente- que pretendan ustedes buscar a García Lorca en los cuatro puntos cardinales del país.
El señor senador mentía y lo hacía a sabiendas, se limitaba a defender mediante la consabida técnica del ataque la inclusión por parte del gobierno de cero euros en el presupuesto de 2016 para la ejecución de esta ley. En España quedan todavía más de mil quinientas fosas pendientes de apertura y entrega de los restos correspondientes a sus familiares, que es lo único que vienen reclamando éstos desde hace décadas, como muy bien se expone en el escalofriante documental de Jordi Gordon Dejadme llorar, estrenado recientemente en el Gran Teatro de Córdoba. Restos, por cierto, porque hay muchos españoles que no lo tienen claro, originados no en acciones de guerra, sino en asesinatos indiscriminados no sólo durante la contienda, sino con posterioridad a la misma.
Al mismo tiempo que el señor senador despotricaba a sus anchas, burlándose airadamente de las víctimas del bando perdedor, en Santander, un cardenal de la Iglesia Católica, venido expresamente de Roma, procedía a elevar a los altares, con la categoría de santos, a otro puñado de sacerdotes asesinados en el bando republicano. Tal consagración pone de relieve que cuarenta años después de la muerte del dictador la Iglesia Católica, pregonera de un evangelio de amor, no sólo no está dispuesta a pedir perdón por su participación en el golpe de Estado que dio ocasión a la guerra, así como, lo que es mucho peor, a mi juicio, su respaldo a la represión que se prolongó en el país durante los treinta y seis años que pervivió el tirano, sino que sigue cavando triunfalmente la trinchera que separa a unas víctimas de las otras.
Yo no tengo ningún familiar asesinado ni durante ni después de la guerra, tampoco he tenido ningún represaliado de algún modo durante la interminable posguerra. Es decir, no tengo el más mínimo interés personal en favor de esas víctimas cuyos restos permanecen aún en fosas clandestinas. Más aún, mi padre hizo la guerra en la legión, un cuerpo de choque conocido por su brutalidad, por lo que mi interés personal, si lo tuviera, estaría más bien a favor del bando vencedor, aunque no fuera más que para justificar a mi progenitor. Sin embargo, no soy neutral, no puedo serlo, entiendo que este país no conocerá la reconciliación en tanto los familiares de esas víctimas enterradas, víctimas también, algunos ya en tercera generación, no reciban, al menos, la mísera reparación que piden, que no es otra, repito, que la de dar un entierro digno a los restos de de sus deudos.
Mi padre, murió en el año 2000, a punto de cumplir ochenta y nueve años. Como he dicho, hizo la guerra en la legión. Lo traigo hoy aquí porque creo que debieron ser muchos los que vivieron una experiencia semejante a la suya, como creo que si esa generación se hubiera decidido a contar sencillamente lo que sentían en lugar de emborronar su conciencia con toda clase muletas y de coartadas, quizás este país fuera hoy muy diferente.
Cuando se produjo el golpe militar que, como se sabe, en Córdoba triunfó rápidamente, mi padre era un ebanista autónomo que tenía un taller en la calle Lucano, tenía veinticuatro años y carecía de adscripción política. Rápidamente fue movilizado y enviado a Sevilla, donde, como tenía el servicio militar reciente, fue enrolado en regulares sin instrucción alguna. Él no hablaba nunca de la guerra. Sólo, después de que yo, ya adolescente, hubiera descubierto una fotografía suya conservada por mi madre, contó vagamente que había desertado de su destino pasándose a la legión, porque los legionarios iban mejor equipados que los regulares, siendo así que éstos estaban en la misma línea de combate que aquéllos y, por tanto, expuestos a idéntico riesgo. De ser cierta esta historia y no tengo por que ponerla en duda, debió producirse, y esto sería deducción mía posterior, en pleno avance de los golpistas sobre Extremadura.
En la legión, mi padre llegó a sargento por méritos de guerra, o sea, que no debió ser ningún pusilánime, sino todo lo contrario. Odiaba a los falangistas. El siguiente hecho me lo contó mi abuelo: mi padre, que escribía con decoro y con una letra preciosa, tenía unas cuantas madrinas de guerra, seis o siete, que le mandaban continuos paquetes, principalmente, de comida. Mi padre les tenía dada la dirección de su casa en Córdoba, que era también la de mi abuelo, a la que llegaban los paquetes con pasmosa cadencia. Tanto paquete llamó la atención de los falangistas, quienes se presentaron un día en casa de mi abuelo pidiendo groseramente explicaciones y exigiendo ver el contenido de los paquetes. Poco después, llegó mi padre con un permiso y al enterarse de lo ocurrido no tuvo más que presentarse en el puesto de mando de los falangistas, que entonces estaba en la calle de la Feria, y pistola en mano armar la de Dios, hasta el punto de que mi abuelo no volvió a ser molestado por nadie. No sé cuánto hay de exageración en este relato, pero en la foto antes mencionada, que sigo conservando, con el uniforme de la legión, capote sobre los hombros, un machete en el frontal de la cintura y el pistolón en el costado, la imagen de mi padre resulta ciertamente imponente.
Con el mismo fervor que a los falangistas odiaba a Franco, nunca supe exactamente por qué. Siendo yo adolescente, recuerdo muchos inicios de discusiones con él en las que, paradójicamente y en mi candidez, yo defendía frenéticamente a Franco, mientras él me interrumpía más o menos rápidamente con un tú qué sabes, seca expresión con la que, mucho tiempo después lo advertiría, me señalaba no sólo mi ignorancia, sino también el deseo de que ojalá no tuviera que saberlo nunca.
Desde que yo puedo recordarlo, mi padre bebía. No era el borracho que llega a su casa dando tumbos y va en busca  de la cama. Él se limitaba a colocarse, lo que resultaba peor, porque el alcohol le cambiaba el carácter y se transformaba en un imbécil de cuya boca no salían más que imbecilidades que muchas veces desembocaban en tremendas discusiones con mi madre. Esta circunstancia me hizo sufrir mucho durante mi niñez, pero con quince, con dieciséis, con diecisiete años yo le montaba unas broncas fenomenales con las que conseguía que durante un tiempo, incluso meses, se olvidara de la bebida. Un día, ya bien cumplidos los sesenta años, inesperadamente, dejó de beber. Se convirtió entonces en un hombre, entrañable, cariñoso, desprendido, el hombre que realmente era. Ya era tarde para mí, porque eran demasiados los desencuentros que había tenido con él, además ya me había casado, no vivía en su casa y no sentía la menor necesidad de acercarme a él.
Bastante antes, yo ya había empezado a leer y a enterarme de la realidad del país, descubrí en una caja de zapatos que mi madre guardaba en el altillo de su armario papeles de mi padre de la época de la guerra. Había allí cartas dirigidas a sus padres, copias, sin duda, de cartas dirigidas a sus madrinas de guerra y, lo más sorprendente, algunos poemas dedicados a la unidad con la que había participado en la guerra: la cuarta bandera de la legión. Aquel descubrimiento me llenó a un tiempo de asombro y de ansias de saber.
Investigando por mi cuenta, puesto que él se negaba a hablar del asunto, tanto que ni siquiera le hice partícipe de mi descubrimiento, puede decirse que logré establecer, creo que con bastante exactitud, el itinerario militar que mi padre había hecho durante la contienda. No fue fácil y me llevó su tiempo, tanto que no lograría completarlo hasta bastante después de la muerte del dictador. Así supe que, entre otras muchas acciones, aquella cuarta bandera había protagonizado la toma de Badajoz e imaginé, lleno de horror, que había participado también en la matanza posterior.
Pasó y pasó el tiempo y, poco a poco, el rencor que yo había acumulado contra mi padre se fue suavizando, ya charlábamos con naturalidad, aunque siempre de temas más o menos intrascendentes, de mi trabajo, alguna anécdota del suyo, cuando aún trabajaba, que yo le había oído ya seis o siete veces, de la muerte de algún conocido y cosas así.
Recuerdo muy bien cómo sucedió: un día, en que fui a visitarlo a su casa nos quedamos él y yo sólos en la habitación, él mencionó como de pasada la guerra, lo dura que había sido la vida después de ésta, dijo, y cómo había tenido que empezar de nuevo, porque, cuando regresó, del taller que un día tuvo no quedaba nada. Al oír en sus labios la palabra guerra, el recuerdo de los papeles que yo había descubierto hacía tanto tiempo en aquella caja de zapatos acudió bruscamente a mi memoria. Entonces, sin pensármelo y movido por no sé qué extraño resorte se lo dije: Tú estuviste allí, ¿verdad?, estuviste en Badajoz y participaste en la matanza. Por eso bebías, ¿no es cierto? Y es por eso que también odiabas a Franco. Mi padre se envaró, desvió su mirada de la mía y la dejó extraviada en un rincón de la habitación, de sus ojos brotaron dos lágrimas que rodaron mansamente por sus mejillas. Era la primera vez en mi vida que lo veía llorar y yo no sabía qué hacer. El silencio podía cortarse con un cuchillo, tal era su intensidad. Por un momento pasó por mi mente recriminarle que no hubiera hablado nunca de aquello, que no hubiera descargado el peso que, a la vista de sus lágrimas, debía lastrar su conciencia, pero era tan intensa mi emoción que no podía articular palabra. Por fin, después de un tiempo largo, largo, conseguí levantarme de mi asiento, me acerqué a él, puse mi mano en su hombro y lo besé en la frente. Mi padre tenía ya más de ochenta años y aquel era el primer beso que le daba desde mi lejanísima infancia.


13 comentarios:

Ozanu dijo...

Hay veces, cuando estrenan una película sobre la Segunda Guerra Mundial, que se critica que se represente a los nazis como a seres humanos. Historias como la de tu padre nos dan mucho que aprender.

Molón Suave dijo...

Ozanu: Creo que lo de España y lo de Alemania no son exactamente comparables. En Alemania el nazismo fue creciendo a lo largo del tiempo y casi todos los que formaron parte de él lo hicieron conscientemente. En España se trató de un golpe súbito que trajo consigo una guerra igualmente súbita. Muchos hombres jóvenes, como mi padre, sin adscripción política, lucharon en un bando u otro porque les pilló allí. No fueron uno ni dos, sino muchos, me atrevería a decir que la mayoría. Lo que yo le reprocho a la generación que estuvo en el bando vencedor es su silencio, visto el comportamiento de las autoridades franquistas a lo largo de la inmensa posguerra. Ni siquiera les hubiera pedido que hablaran públicamente, pero sí con sus hijos, con sus familiares, con la gente más cercana, que contaran sencillamente lo que habían vivido y cómo se sentían después de tantas atrocidades en las que, directa o indirectamente, habían participado. Estoy convencido de que, si esta gente hubiera hablado, este país no sería hoy el mismo, cabe incluso la posibilidad de que ni el dictador hubiera muerto tranquilamente en su cama.

Lansky dijo...

El post es muy emotivo, y estoy parcialmente de acuerdo contigo en tu comentario al de Ozanu. Al principio fue así, cada cual, la mayoría, lucho en el bando que dominaba la zona, menos las personas más significada (maestros, alcaldes, etc.) en la República o en su oposición a la izquierda, que si les tocaba en la zona del bando enemigo eran inmediatamente fusilados. Y tras la guerra ya no… como alguien dijo muy bien “creíamos que había llegado la paz y lo que llegó fue la Victoria". Y España fue dividida en dos bandos: afectos y desafectos y se generó y mantuvo el clima de odio irreconciliable décadas después.

Miroslav Panciutti dijo...

Impresionante post.

Muchos historiadores sostienen que la crueldad del ejército golpista fue deliberada. Parece probado que la guerra, en vez de los terribles casi tres años que duró, podría haberse acabado en menos de uno, pero Franco y sus compinches no lo querían, “necesitaban” que fuera terrible para poder imponer un régimen sin vuelta atrás. Digo lo anterior porque episodios como la toma de Badajoz no son sino muestras que demuestran que no se pretendía sólo ganar batallas sino aterrorizar a la población, aniquilar cualquier dignidad. Y esto, claro, era intencionado, premeditado. Lo que pone de manifiesto tu post es algo obvio pero que parece olvidarse, que esas tropas “nacionales” estaban en una gran medida formadas por “gente normal”, en absoluto sanguinaria y que, sin embargo, fue inducida y/o obligada a cometer actos de crueldad inhumana. Como bien dices, eso no ocurrió en Alemania; al menos no entre los que cometieron atrocidades (hay abundante literatura sobre la incomodidad de los altos oficiales de la Wehrmacht ante la intromisión en ella de la Waffen-SS).

En lo que no solemos pensar es en los remordimientos que tuvieron que sufrir durante toda su vida hombres como tu padre. Alguien dirá que fueron el castigo merecido, pero es muy fácil juzgar desde la cómoda seguridad de no haber sido puesto en ese trance. Es muy explicable, a mi juicio, que quienes fueron testigos del horror hayan optado por callar. Probablemente, el miedo, durante los peores años del régimen, haya influido en su silencio. Pero, como prueban los hechos, ese no fue el único factor, ni siquiera, creo yo, el más importante. Entiendo tu reproche a toda esa gente que ha guardado silencio, pero también entiendo sus silencios. Mi padre, que también murió en 2000, era sin embargo 17 años más joven que el tuyo, así que se libró de participar en esos horrores. En cambio, no tengo nada claro que hizo mi abuelo en julio del 36, aunque sé que, como jefe de telégrafos de un pequeño municipio gallego en esos días, era una “autoridad local” que se puso inmediatamente del lado golpista.

Por último, nada que comentar sobre la desfachatez de individuos como el senador pepero al que te refieres ni, naturalmente, sobre la evidentísima justicia de que el Estado atienda las elementales reivindicaciones de las víctimas de un régimen cruel. A veces me da la impresión de que el “tiempo de silencio” que fue el franquismo hizo pensar a los muñidores de la Transición (y todavía lo siguen pensando sus herederos) que la mejor estrategia era el olvido. El capullo de Pablito Casado se refirió una vez a los “carcas” de la izquierda que siguen dando la tabarra con la Guerra Civil y la Ley de Memoria Histórica (luego, claro, se disculpó y dijo que habían sacado sus palabras de contexto).

Ozanu dijo...

Lleváis razón, pero no he podido evitarlo porque a nivel global le dan más importancia a los nazis como el Mal con mayúsculas.

Molón Suave dijo...

Lansky: En efecto, fue así, se generó un clima de odio, más en los pueblos que en las capitales, pero lo que nacimos y crecimos en aquel fangal no sabíamos nada y nada entendíamos, sólo conocíamos las falsedades que nos contaban en los colegios, no había libros, no había nada, más que un basto desierto de orden y de represión. Ya cuento en la entrada cómo yo, en mi ingenuidad, con quince, con dieciséis años, defendía las "bondades" del Régimen. Lo que supimos, lo descubrimos después, en libros que llegaron a nuestras manos clandestina y casi milagrosamente, sin duda, demasiado tarde. Hablo desde una ciudad que entonces era un pueblo grande y también un erial. Desde luego mi juventud y buena parte de mi vida hubieran sido muy distintas si mi padre se hubiera abierto y me hubiera contado todo lo que vivió.

Molón Suave dijo...

Miroslav: Que la brutalidad del ejército franquista era algo premeditado y minuciosamente planeado es cosa que basta leer los planes de Mola para descubrirlo. Por eso yo enfermo cada vez que oígo equiparar los desmanes de un bando y del otro. ¡Claro que los hubo en los dos lados! Pero mientras en el bando republicano no hubo planificación, los desmanes fueron descontrolados o como reacción a los que venían cometiendo los golpistas en su avance. En muchos pueblos, antes de huir se cargaban a los derechistas que tenían detenidos, porque fugitivos que iban llegando contaban cómo el ejército rebelde no respetaba a nadie. Y sí, más de un historiador cuenta con datos cómo Franco prolongó la guerra con el propósito de asentarse en el poder.
Yo hago el reproche del que ha sufrido el silencio en su propia carne y no me refiero propiamente a los que se sumaron al golpe, aunque fuera por el puesto que ocupaba y, quizás, la falta de valor, más que explicable. Me refiero a los que, como mi padre, fueron obligados a participar. Lo que les reprocho no es que no hablaran públicamente, sino que no lo hicieran en la intimidad, con sus deudos. Fueron muchos y hubiéramos sido muchos también los que hubiéramos conocido la realidad de primera mano, en lugar de tener que descubrirla por nuestra cuenta y a trompicones. La única excusa que encuentro para este silencio es el temor que pudieran experimentar por la reacción de los que oyéramos contar su historia.

Numeros dijo...

Que la brutalidad del llamado ejército nacional fue algo premeditado y minuciosamente planeada es algo que a estas alturas no duda (casi) nadie. En la memoria de los golpistas vivía el recuerdo de las guerras carlistas (la última había acabado hace solo 50 años y 36 años había habido otra intentona) que a base de querer que acabasen sin "vencedores ni vencidos" lo único se consiguió fue que se prolongasen durante casi cuarenta años. Esta vez decidieron que no. Que habría vencedores y vencidos y que, como dijo Breno, "Vae victis".

Pero Molón que a estas alturas te sigas creyendo que los desmanes del bando republicano no fueron planificados o como reacción a los que venían cometiendo los golpistas en su avance no tiene pase.

A estas alturas pensar que Paracuellos o "el tren de la muerte de Jaén", por poner solo dos de los ejemplos más conocidos, fueron obra de incontrolados es un insulto a la inteligencia.

Pero bueno, si que coincidimos es que los desmanes de uno y otro bando no eran comparables. Mola, Franco, Queipo de Llano et al eran fascistas a los que temas como los derechos humanos, las leyes y el Estado de Derecho se las traían, por ser finos, al pairo. Pero la República era o, presumía de ser, un estado de derecho, una democracia. Y en los estados de derecho, en las democracias, ni se fusila ni se consiente que se fusile a los opositores. No me vale la escusa de la guerra. Inglaterra no fusiló a Mosley pese a su más que evidente cercanía al partido nazi.

Lansky dijo...

Numeros, la República no fue capaz de controlar a los incontrolados, y espero que se me entienda, milicianos, anarcosindicalistas, comunistas de diversas facciones dirigidos por comisarios políticos soviéticos, etc. , no la República; Azaña, tan vilipendiado, lo intentaba en vano, y al fin y al cabo se necesitaban todas las armas para enfrentar a los bien organizados ejércitos rebeldes. Y el bando republicano, o legal, tambie´ns e mató entre ellos: POUM contra PC y anarcos, etc.

Molón Suave dijo...

Números: Si lo que quieres decir es que existió el mismo grado de vesania en un bando y en el otro, conmigo no vas a entrar en discusión; demás saben los revisionistas cual es la verdad. En cualquier caso, las víctimas del bando ganador están bien identificadas y enterradas y bastantes incluso ensalzadas con su subida a los altares y otros honores de menor rango, en tanto la inmensa mayoría de las del bando perdedor se encuentran aún en fosas comunes o en cunetas clandestinas. Que los restos de estas víctimas sean entregados a sus familiares, así como el posible remordimiento de muchos de los participaron en los asesinatos es de lo que trataba mi entrada.

Molón Suave dijo...

Lansky: Completamente de acuerdo. Sólo insistiría en que en la República no hubo planificación alguna para llevar a cabo la eliminación ilegal de nadie. Por lo demás, tú explicas perfectamente lo que fueron grupos descontrolados.

Numeros dijo...

Molón Suave: Que los restos de estas víctimas sean entregados a sus familiares es algo que nadie con un mínimo de decencia y sensibilidad debería poner en duda. Eso no es discutible y por eso no lo discuto.

Sobre lo que en la República no hubo planificación alguna para llevar a cabo la eliminación ilegal de nadie perdona que, cuando menos me sonría.
¿Te imaginas que a día de hoy comenzarán a arder en España mezquitas y que ningún responsable del gobierno hiciese nada por impedirlo o no se detuviese a nadie o que si alguien pidiese que fuese la policía a impedir que grupos incontrolados las quemasen dijese que la vida de un solo policía valía más que la de todas las mezquitas ? Pues eso ocurrió en España, no en la Guerra Civil, si no en el año 1931.

Lisis dijo...

Un placer leer este post así como sus dilectos comentarios a los que poco hay que añadir.