jueves, 22 de octubre de 2015

La última hoguera

Si habéis estado alguna vez en Sevilla, seguro que no habéis dejado de visitar el barrio de Triana, siquiera sea para conocer los talleres en los que se fabrica la bellísima cerámica sevillana. En este barrio, al pie del puente de Isabel II, nombre oficial que todo el mundo cambia por el de Triana, aquel que tanto lucía cuando lo engalanaban con la bandera republicana, se encuentra desde hace algunos años el mercado de abastos. Este mercado se sitúa en el lugar en el que en su tiempo se levantó un castillo almohade, al que, tras la conquista de Sevilla en 1248, los cristianos dieron el nombre de San Jorge. El castillo, de infame recuerdo, fue sede de la Inquisición desde 1541 hasta 1785.
De este lugar, cubierta la cabeza con la coroza o capirote cónico característico con que adornaban a los reos inquisitoriales, saldría camino de la muerte el 24 de agosto de 1781, a las ocho de la mañana, la sevillana María Dolores López, apodada la Beata Ciega, acusada de molinosista, esto es, seguidora del sacerdote, escritor y teólogo Miguel de Molinos (1628-1696), creador del quietismo, doctrina cercana al budismo que proclama la inmovilidad del alma, su quietud, como el mejor medio para acercarse a Dios.
¿Pero quién era esta Beata Ciega? Desde que en la Edad Media se fue generalizando la confesión auricular, o privada, en sustitución de la penitencia pública, han sido incontables los casos de sacerdotes que trataban de conseguir favores carnales de las damas que se acercaban al confesionario, que no sólo los tiernos infantes son del gusto de la clerecía. Tales sacerdotes, a los que se les daba el apelativo de solicitantes, eran repudiados por la jerarquía, siendo perseguidos y castigados con severidad por la Inquisición, una vez que ésta fue creada, aunque, salvo casos excepcionales, sin llegar a la hoguera. En cualquier caso, el pecador era siempre el solicitante, es decir, el sacerdote. Con el paso del tiempo, así como ahora hay obispos que afirman sin el menor rubor que la culpa de los abusos sexuales es de los niños, que provocan al sacerdote que los comete, la culpa de que los confesores pasaran a mayores con sus confesantas se fue inclinando cada vez más hacia las mujeres, terribles colepoterras que se arrodillaban en el confesionario con el único propósito de provocarlos.
María Dolores López, además de ciega, era, por lo que cuentan las crónicas, una mocita extremadamente fea, eso sí, con un cuerpo de verdadera diosa. Lo único que tenía de beata y por lo que recibió este apodo era porque tocaba el órgano, el que produce música, en algunas iglesias de la capital. La lectura de las actas del proceso al que fue sometida por la Inquisición resulta repugnante por las forma en que se detallan los cargos que contra la muchacha se aducen. Todo en ellas gira, prácticamente, alrededor del sexo, y siempre es la mocita la culpable.
Niña aún, de sólo doce años, sus padres le permiten que se vaya a vivir con su confesor, con quien dormía todas las noches -cuentan las actas- por espacio de cuatro años, con el pretexto caritativo, según decía ella, de quitarle el frío, desorden que apreciaría muy bien el confesor cuando, en su lecho de muerte, suplicaba a los circundantes que evitasen que la ciega se acercase a su cama porque mortificaba su conciencia.
Muerto el confesor, un pobre inocente, cuya salud se quebrantaría con los calentones que le provocaba la experta niña, María Dolores ingresó en un convento de Marchena, donde, según las actas, trataba frecuentemente también con su confesor, al que persuadía de que se hallaba en muy elevado estado de santidad (él) y que era voluntad de Dios que él la ayudase a una rara mortificación como su único remedio y camino para el cielo. Tal era el arrojarse ella en tierra y, descubriendo las carnes, le ponía un pie el confesor en la garganta, mientras rezaban maitines. Y él pobre confesor, tan cándido como un pichoncillo de paloma, qué iba a hacer ante aquella expertísima campeona del vicio, pues rezar y rezar maitines hasta que se le despellejaba el alma.
María Dolores, a la que las actas tratan ya de arpía, no se conformaba con seducir a sus confesores, sino que, en el mismo convento, pervirtió a una monja inocente de costumbres, cometiendo con ella muchas indecencias, diciéndole que nada era pecado siendo sana la intención, de modo que la monjita, completamente entregada, agradecía al Altísimo que le diera la posibilidad de ponerse morada sin tener que pasar después por el confesionario.
Todavía en el mismo convento, la ciega se acercó a la cama de otra monja enferma y la acarició con liviandad, de lo que, resentida ésta, le dijo la tal Dolores que no fuera tan esquiva, que Cristo hubiera agradecido que en la Calle de la Amargura le hiciesen un cariño semejante a aquel, con lo que, como es natural, la inocente enferma no tuvo más remedio que entregarse a la malvada pecadora.
La ciega probaría todos los palos de la baraja. De Marchena, pasó a Lucena (Córdoba), donde otro confesor la admitió en su casa, sin duda, con la misericordiosa intención de dar posada al peregrino. Pero la hábil María Dolores volvió a engañar al confesor haciéndole creer que era voluntad divina que él la azotase para que con cada azote sacase un alma del Purgatorio. Y el confesor, que no tenía nada de sádico y todo de inocente, hale, allá que se sacaba el vergajo y se pasaba la noche entera dándole muchos golpes por todo el cuerpo, de lo que resultó mucho escándalo.
Las actas prosiguen narrando hechos de este tenor. Ya con veinticuatro años se asentó en Sevilla, donde con aquel cuerpazo que estaría en su plena sazón, la ciega, cómo no, engañó a otros dos inocentes confesores, y hubiera precipitado a otros muchos de no haberla examinado el último, a quien tuvo reducido por espacio de doce años, porque, claro, con lo que la muchacha tenía detrás el examen debía ser bien concienzudo, no fuera que el cándido varón se precipitara en el juicio. De nuevo en plan masoquista, María Dolores le pedía que la azotara, asegurándole que, aunque vivía en casa de vecindad, Dios, por su hermanito el Ángel de la Guarda, haría que nadie oyese los azotes. Y el confesor, que no tenía nada de lúbrico y sí mucho de examinador meticuloso, pues, hale, azote va y azote viene y, aunque no se oyesen los ayes de la ciega ni los gemidos del confesor, los vecinos pudieron ver estos ejercicios por las rendijas de la puerta, como también las indecencias y posturas provocativas en que se ponía para que la azotasen, de todo lo cual, como queda de manifiesto, no podía culparse al sacerdote, sino, tal y como cuentan las actas, a la rijosa Dolores, ya que en sus declaraciones confesó que había fingido muchas revelaciones para engañar al confesor.
María Dolores sería detenida mucho tiempo después, el 16 de julio de 1779, ya mayor y, al parecer, retirada de sus pecaminosas actividades, pues se dedicaba a la venta de huevos en su domicilio de la actual calle Puente Pellón, de donde sería trasladada de inmediato al castillo de San Jorge. Aquí permanecería veinticinco meses, siendo sometida a continuos interrogatorios, tortura incluida, por supuesto, hasta que el 24 de agosto de 1781, saldría para el lugar de su ejecución. Los seres humanos tenemos tendencia a disfrutar con la desgracia ajena, a hacer leña del árbol caído, a burlarnos del débil y, en fin, a arrojar nuestras miserias a los que se encuentran en inferioridad de condiciones, de modo que aquel día, desde antes de amanecer, una multitud inmensa, venida incluso de los pueblos de los alrededores de Sevilla, abarrotaba el recorrido que debía realizar la condenada. Tal era el gentío que tuvo que intervenir el ejército para impedir que se hundiera el puente de barcas que existía en el lugar antes de la construcción del de Isabel II, primero fijo de los que actualmente tiene la capital andaluza. La comitiva, con toda la parafernalia que con tanta sabiduría organizaba la Inquisición, cruzó el puente, entró por la puerta de Triana y se detuvo en el convento de San Pablo, desaparecido tras su desamortización, del que queda la iglesia, denominada hoy de la Magdalena. Allí se realizó un simulacro de juicio, con el fiscal leyendo detenidamente las acusaciones y el juez, posteriormente, dictando la sentencia, que no podía ser otra que la quema de la hereje en la hoguera. Desde este lugar, María Dolores, emprendió el camino hacia el quemadero, que se encontraba en el Prado de San Sebastián, a espaldas del actual Pabellón de Portugal, levantado para la Exposición Universal de 1929.
La apabullante comitiva, con el público abarrotando las aceras y, sin duda, zahiriendo a grito pelado a la condenada, pasó a la plaza de San Francisco y de ella a la calle Tetúan. Hasta aquí, María Dolores se había mostrado altiva, permitiéndose incluso el lujo de insultar a quienes la condenaban, pero al alcanzar esta calle, se vino abajo, manifestando entre lágrimas su arrepentimiento y solicitando el perdón. Pero ya no había vuelta atrás, si es que en algún momento del proceso existió esa posibilidad, y a lo más que accedieron los jueces fue a proporcionarle la muerte mediante garrote, antes de proceder a la quema de su cuerpo, ofreciéndole también la oportunidad de confesar en la Capilla de la Cárcel Real, situada por entonces en la esquina de la calle Sierpes.
En esta capilla estuvo la condenada durante tres horas y ya a la taurina hora de las cinco de la tarde, cuando más calor hacia en Sevilla y sin que hubiera disminuido el número de los que seguían el cortejo, María Dolores llegó al quemadero tras recorrer las calles Tundidores, Hernando Colón. Alemanes, Mateos Gago y traspasar la Puerta de Jerez. Allí, entre cánticos y rezos, el verdugo, naturalmente, un seglar, le aplicó el garrote, que, como se sabe, consiste en el estrangulamiento producido mediante un aro aplicado al cuello y un torniquete que presiona en la nuca, y, tras comprobar su defunción, sería subida a la pira donde su cuerpo estuvo ardiendo hasta las nueve de la noche.
Ni la condenada, ni quienes llevaron a cabo la bárbara ceremonia, ni nadie de entre el público pudieron imaginar que aquella sería la última hoguera que encendería la Inquisición en Sevilla. Tampoco pudo imaginarlo Blanco White (1775-1841), quien, con sólo seis años, salió tan asqueado del espectáculo, a pesar de su corta edad, que, tiempo después, su recuerdo resultaría pieza importante para su apostasía de la Iglesia Católica, como cuenta en su Autobiografía, un testimonio que nada tiene que ver ni con la narración profesoral de los historiadores, ni con las actas frías y más o menos asquerosas de los procesos.
Reinaba Carlos III. Faltaban sólo nueve años para que en París se produjera la Toma de la Bastilla, con la que se inició la Revolución Francesa.


6 comentarios:

Ozanu dijo...

Pues precisamente el otro día oí sobre el último quemado de la Inquisición en España, Cayetano Ripoll.

Lansky dijo...

¡Qué tendencioso eres! (¡Aviso!: es ironía). Aquí siempre hemos sido grandes defensores de las tradiciones —que los enemigos de España llaman atraso—, sean estas tradiciones la quema de herejes o el Toro de la Vega (Impresionante lo tardío de la fecha, cuando el siglo XVIII ya estaba en otras cosas, pero entonces Francia no era “un país de nuestro entorno”, sino sólo un vecino, envidiado y envidiable)

Molón Suave dijo...

Ozanu: Cayetano Ripoll (1778-1826) no fue quemado, sino ahorcado, tampoco fue condenado exactamente por la Inquisición que, en ese momento, no existía, ya que fue suprimida durante el trienio liberal, aunque luego Fernando VII la restauró. Fue condenado por la Junta de la Fe de Valencia, creada por el obispo de la ciudad para sustituir a la Inquisición. En todo caso, fue la última víctima producida en España por motivos estrictamente religiosos y, efecto, suele achacarse su muerte a la Inquisición. Su muerte produjo un enorme escándalo en toda Europa, aunque en España no se enteró casi nadie, gracias a la censura de la prensa, que, como se ve hoy, es algo bien antiguo en este país

Molón Suave dijo...

Lansky: Lo mejor es que en lo que había sido el quemadero hasta la desaparición de la Inquisición, se montó, poco después el real de la feria de Sevilla. Allí, sobre el solar en el que tantas iniquidades se cometieron, se divirtieron los sevillanos en su singular feria durante más de un siglo, exactamente desde 1847 a 1973. Bien pronto perdieron los sevillanos la memoria de lo que allí había venido ocurriendo durante casi tres siglos.

Numeros dijo...

Leyendo esta historia y la del "coño de la Bernarda" uno aprecia lo estrecha que es la linea que separa la santidad de la hoguera.

Molón Suave dijo...

Así es, Números, así es, caminamos sobre el filo de una navaja.