viernes, 25 de septiembre de 2015

El nacimiento de la Inquisición

A principios del siglo III, cuando el creciente cristianismo se enfrentaba aún al acoso de los emperadores romanos, el escritor Tertuliano escribía: Es un derecho, un privilegio de la naturaleza, el que cada uno rinda culto según su deseo.
Un siglo más tarde, en medio de la persecución de los emperadores Diocleciano y Maximiano, la más contundente de todas, según los historiadores, el también apologista y gran orador Lactancio afirmaba en su Divinae Institutione: Nada pertenece tanto al reino de la libertad como la religión... Ofrendar a los dioses sin desearlo es una injuria. Nosotros, por el contrario, aunque nuestro Dios es el Dios de todos los hombres, tanto si ello les place como si no, nos abstenemos de forzar a nadie a que le adore, y no nos enfurecemos contra quienes no lo hacen. Y algo más adelante, añadía: Sólo en la religión anida la libertad, pues ante todo atañe al libre albedrío.
A la Iglesia sólo le ha preocupado la libertad cuando se ha visto en una posición de inferioridad; cuando su situación es de preeminencia, la libertad pasa a un segundo plano y lo que se impone es la persecución y el exterminio del disidente, de todo el que por acción un omisión se oponga a los directrices de la jerarquía y se atreva a pensar por su cuenta. El catolicismo no se impuso por la fuerza de los argumentos, sino por la del garrote, un garrote que se empleaba tanto para atacar al paganismo como a los miembros de las facciones opuestas. 
Todavía en el mismo siglo IV, en el marco de la lucha entre el papa Dámaso y su contrincante Ursino, el historiador pagano Amiano Marcelino escribe: Las fieras no son tan enemigas del género humano como lo son los cristianos en el odio mortal que sienten los unos por los otros. Sólo en un día del año 366, el enfrentamiento entre estos dos bandos de cristianos produjo 137 muertos únicamente en la basílica lateranense.
Los pregoneros del amor hasta al enemigo, que hasta poco antes eran las víctimas, se estaban convirtiendo rápidamente en verdugos. Hacia el final del siglo, una vez que el emperador Teodosio, que había nacido en Coca, cerca de Segovia, España, mire usted que casualidad, proclamara al catolicismo como religión oficial del Estado, otro pagano, Símaco, se veía obligado a escribir: Todas las cosas están llenas de Dios. Todos alzamos nuestras miradas a las mismas estrellas; un mismo cielo se extiende sobre nosotros; el mismo universo nos circunda. ¿Qué importa cual sea la forma de buscar la verdad? No es un solo sendero el que nos lleva a tan gran secreto. Para entonces, los católicos, facción cristiana triunfadora en la pugna con las distintas tendencias cristianas, perseguían a los paganos con mayor empeño aún que el que los emperadores habían empleado con ellos.
El pensamiento inquisitorial es casi tan antiguo como el propio cristianismo católico, pero será en este siglo IV cuando haga su aparición de forma explícita, a través, principalmente, de San Agustín, considerado por no pocos historiadores como el verdadero padre de la Inquisición. Tanto en sus sermones como en sus obras, esa enorme eminencia de la ortodoxia católica, se muestra taxativamente partidario de la intervención del Estado contra los no cristianos. Persigo porque soy hijo de la Iglesia, llegó a afirmar en un sermón pronunciado en Cesarea, cuyo tema era la imposibilidad de salvación fuera del catolicismo, un argumento que la Iglesia ha defendido por todos los medios a su alcance hasta prácticamente nuestros días, cuando la realidad social del mundo de hoy la empuja de nuevo a enarbolar la bandera de la libertad. Apoyándose en el Antiguo Testamento e interpretando a su capricho la parábola del banquete que Lucas consigna en su evangelio (14, 1-24), San Agustín sostenía la opinión de que donde fracasaba la persuasión, podría ser eficaz la persecución.
Pero la Inquisición como organización establecida específicamente para perseguir y condenar al disidente tardaría aún bastante en llegar y sería obra del cristianismo occidental, ya que el oriental, denominado ortodoxo, seguiría su propio camino alejado de Roma a partir de 1054. Simoniacos, marcionitas, gnósticos, maniqueos, donatistas, arrianos, son algunos, sólo algunos de los cristianismos considerados heterodoxos a los que la facción católica se fue enfrentando a lo largo de los primeros siglos, pero, aparte hechos puntuales, no por ello menos llamativos, tales disputas, con la Iglesia aún en una posición no suficientemente consolidada, se fueron resolviendo mediante el concurso de los concilios y/o la ayuda del emperador y sus fuerzas coercitivas.
Más adelante, extinto ya el imperio romano y con la Iglesia como su práctica heredera en Europa la jerarquía encontró un arma formidable que le vino de perilla para acallar a los respondones individuales, incluidos príncipes, reyes y emperadores que buscaban con ahínco despojarse de la tutela de una institución que pretendía tener no sólo las llaves del cielo, sino también las de la tierra.  Dicha arma fue la excomunión, que constituía no sólo la expulsión del excomulgado del seno de la Iglesia, sino también su exclusión social y, en el caso de reyes o emperadores, la desafección de sus súbditos.
Sin embargo, con el paso del tiempo, este arma fue quedando obsoleta cuando aquellos que la recibían empezaron a hacer caso omiso de ella, importándoles una higa la condena, apañándose al mismo tiempo para superar sus efectos. De este modo, entre los siglos XII y XIII harán su aparición dos grupos que se oponían frontalmente al dominio absoluto que pretendía ejercer la Iglesia, tanto en el orden puramente religioso como en el moral y hasta en el económico: los valdenses y los cátaros o albigenses, nombre que también recibieron por encontrarse en la ciudad de Albi (Francia) el grupo más numeroso.
Ambos grupos, tachados inmediatamente de sectas por las autoridades religiosas, conocieron un rápido crecimiento, especialmente los cátaros, que no conseguían atajar ni concilios, ni excomuniones ni medidas tan extremas como la proscripción o la pena de muerte. Tanto y tanto crecieron los cátaros que, al final, se organizó contra ellos una cruzada que duró de 1209 a 1229 y que produjo decenas de miles de muertos. Aun así, no se acabó con ellos, de modo que entonces dio comienzo una búsqueda sin tregua de elementos heréticos, con la consiguiente detención de muchos de ellos, seguida de los correspondientes juicio y condena.
En 1228, el papa Lucio III, emitió la bula Ad abolendam mediante la que procedía a la creación de una primera Inquisición, al determinar el procedimiento jurídico para interrogar, enjuiciar y, en su caso, condenar al acusado, un acusado, por otra parte, que tenía escasísimas posibilidades de escapar con bien, pues la misma bula ofrecía una recompensa de dos marcos por cada cátaro capturado. Siguiendo el dictado papal, el concilio de Tolosa de 1229 creó un tribunal eclesiástico controlado por los obispos, nombrando como presidente del mismo al francés y fraile dominico Robert Brugue, que sería el primer inquisidor de la historia. Esta inquisición estuvo limitada a los países en que se había manifestado la herejía con mayor intensidad, Francia e Italia, principalmente.
Los dominicos, cuyo nombre no deriva del de su fundador, santo Domingo de Guzmán, como creen muchos, sino de la expresión latina Domini Canes, que en castellano corriente y moliente significa los Perros del Señor, tendrían un nunca bien ponderado protagonismo en la nueva institución que acababa de nacer, convirtiéndose, efectivamente, en verdaderos perros, pero perros de presa dispuestos siempre a lanzarse al cuello de sus víctimas, con el único propósito, eso sí, de conseguir su salvación eterna.
Las hogueras en que ardían los herejes alcanzaron tal magnitud que en 1231 el papa, en este caso Gregorio IX, en un intento de moderar el celo de los inquisidores, dispuso que cada inquisidor dominico tuviera un colega franciscano, con el fin, afirma el propio papa de que la dulzura de este último temple la demasiado grande severidad del otro. Al mismo tiempo, dio a la institución un carácter general, poniéndola exclusivamente bajo control del papado. Así nació la llamada Inquisición Pontificia.
Los franciscanos debieron poner tanta miel en el interrogatorio de los acusados, a los que no se les permitía tener abogado, que en 1252 Inocencio IV, mediante la bula Ad extirpanda, introdujo el uso de la tortura, que, por supuesto, era ejecutada por elementos seglares, ya que como bien se sabe, porque la Santa Sede y sus teólogos no se han cansado de repetirlo, la Iglesia aborrece la sangre.
El Interrogatorio debía desarrollarse entonces, más o menos, del modo siguiente: un verdugo iría moliendo a vergajazos al acusado, mientras el dominico le iba haciendo preguntas y el franciscano untaba algún menjunje balsámico en sus heridas. Luego, a la hoguera con él, que, quién lo duda, dispondría y encendería el mismo verdugo, sólo o en compañía de otros. Los que se salvaban del fuego no se iban de rositas, sino que solían ir condenados a prisión. En aquellos primeros tiempos hubo tres tipos de condenas: largus, en la que el preso disponía de cierta libertad de movimientos; strictus, en la que el reo era encadenado en un espacio reducido y con poca comida, y strictissimu, que era peor que la hoguera, porque el reo era encadenado en un espacio reducido, sin luz y con un mendrugo que le arrojaba el carcelero cuando se acordaba, de modo que en poco tiempo era presa de la locura, de la que sólo lo libraba la muerte. Todo, como se ve, perfectamente pautado y regulado, que en esto no existe ni ha existido una organización humana que se acerque siquiera a la Iglesia católica.

Para saber más: Historia de la Inquisición española. Joseph Martin Walker
                          Historia Crítica de la Inquisición española. Juan Antonio Llorente
                          Henry Charles Lea. Historia de la Inquisición.
                          Diccionario de los papas. Juan Dacio
                          

10 comentarios:

Ozanu dijo...

Me has hecho recordar el éxito que en su día tuviera El código Da Vinci con tu nombramiento de los templarios. El éxito de este librejo sólo se explica por la ignorancia generalizada de los orígenes de las religiones mayoritarias.

Miroslav Panciutti dijo...

Creo que ya te lo recomendé hace tiempo, pero vuelvo a hacerlo: "Los orígenes de la Inquisición Española" de Benzion Netanyahu; absolutamente absorbente.

Lansky dijo...

Creo que mi último post te interesará particularmente, amigo Molón, dado el contenido de tu propio blog, un abrazo, y disculpa la propaganda, aunque no se trata de eso:

http://www.lansky-al-habla.com/2015/09/este-ateo-y-la-religion.html

ben dijo...

Molon,que pena,que ya que te gusta tanto leer y estudiar la historia,solo busques el morbo
en la Inquisición,la foto de la chica desnuda,los aparatos...Todo,para lo de siempre.El tema
de la Iglesia.Hombre hay más facetas,la económica,la política,la propiamente religiosa.

Molón Suave dijo...

Ozanu: En esta entrada no se menciona a los templarios. Supongo que habrás querido decir los cátaros.

Molón Suave dijo...

Miroslav: He tenido en cuenta lo de ese libro que me recomendaste. Justo acabo de hacerme con él y este fin de semana le meto mano.

Molón Suave dijo...

Lansky: No me pierdo ni una de tus entradas, aunque no siempre comente. Esta que citas está calentita. Ahora la leo.

Molón Suave dijo...

Ben: Es que la Inquisición tiene mucho "morbo", sí. A las infamias es lo que suele ocurrirles.

Lansky dijo...

Curioso el reparto de papeles de franciscanos y dominicos, me recuerda el clásico moderno de policia bueno y policia malo interrogando al detenido con distintas tácticas pero igual propósito: la condena.

Desgraciadamente no creo que la crueldad de la Inquisición española no tenga parangón; lamentablemente hay muchos otros casos, antecedentes y posteriores, pero no viene al caso empezar a citarlos aquí.

Paco Muñoz dijo...

Rafael como siempre muy bien documentado e interesante. El otro día estuve con un compañero tuyo de Hornachuelos, más joven que nosotros, es miembro de Andalucía Laica. Ya hablaremos.
Un fuerte abrazo.