domingo, 30 de agosto de 2015

Los cojones de mi tío

Agosto. Un año más el mes termina dejando en mi ánimo una oscura zozobra. No ha sido grato el verano, este año no, y quizás debiera estar deseando que acabara a ver sin con él se van también las interminables dolencias que no matan, pero que aplanan y llenan de turbiedad la vida. Sin embargo, los días se van acortando inexorablemente, la luz pierde su brillo a ojos vista, pronto llegará el tiempo de los mal arropaos, que repetía año tras año mi madre tan pronto como, hacia el ocho de septiembre, empezaban las tormentas, como si nosotros anduviéramos sobrados, y a mí me embarga ya, antes de su llegada, la melancolía de todos los otoños y, como en ninguna otra época del año, reaparecen una y otra vez en mi memoria recuerdos unas veces alegres y otras tristes de la infancia. O es que me estoy haciendo viejo y ya casi sólo empiezo a encontrar placer en recordar.
Por aquel entonces no había reunión familiar durante la que en algún momento de la charla alguno de los adultos no exclamara con voz de alarma: ¡shiii, que hay ropa tendida!
La ropa tendida éramos nosotros, los niños, mis primos y yo que, apartados de la reunión, jugábamos, los varones, al parchís o a los botones en la mesa grande con tablero de formica que había en la galería, y las niñas a las casitas o a los cromos.
Era oír aquella expresión y, al menos los varones, ya teníamos las orejas como las liebres; seguíamos jugando como si tal cosa, pero a partir de aquel momento no perdíamos palabra de la conversación. Alguien contaba el último chascarrillo verde oído en el bar o se hacía eco de algún chismorreo subido de tono referido a algún vecino o conocido del barrio. A veces las historias venían de lejos, de cuando ellos eran jóvenes y nosotros ni siquiera existíamos. Casi siempre eran los hombres los que hablaban, mientras las mujeres escuchaban, con caras en las que se mezclaban casi por igual la expectación, el asombro, la burla y la incredulidad, notas que acababan sustituidas por carcajadas en sordina, esto es, con las manos en la boca y conteniendo el aliento.
Hablaban con medias palabras, de modo que muchas cosas se nos escapaban, aunque tratábamos de entenderlas a fuerza de imaginación. Tal nos ocurrió, por ejemplo, con el término molongo, que, al parecer, era algo que los negros de una tribu africana le daban a los blancos que caían en sus manos, sin duda, algún tipo de fruta o algo así. La palabreja surgió de un chascarrillo que contó mi tío Rufino y llegó a alcanzar una enorme celebridad en la familia. Que le den molongo, escuchábamos una y otra vez de boca de alguno de los adultos, refiriéndose a algún vecino, a algún conocido o algún compañero del trabajo. Eso, que le den molongo, remachaban casi todos los presentes sin dejar de reír, de donde acabamos por deducir que debía tratarse de una cosa muy agradable. Cuando no estaba delante, al cura le daban molongo casi todos los días y no una vez, sino muchas.
Un término que entendimos enseguida fue el de trastivaya. No cabía duda, aquello era una moneda que los hombres les daban a sus mujeres para que la echaran a la alcancía. También lo repetían a menudo. ¡Y esta noche, trastivaya!, exclamaba alguno de mis tíos, a lo que su señora replicaba: ¡no será verdad!
Sin embargo, había expresiones más enrevesadas que no conseguimos entender. Por ejemplo, quitarse el fraile la capucha. Cuando la empleaban se referían siempre a hombres, pero a hombres normales y corrientes, no a frailes, que hubiera sido lo correcto. Decían: Ese, pero si ese el fraile ya no puede quitarse la capucha, y nos quedábamos completamente a dos velas. Tampoco conseguimos averiguar entonces qué quería decir que el marido de Manolita Maldonado, una vecina muy dicharachera de la calle Alcántara, usaba sombrero con mangas, porque el hombre, desde luego, iba siempre con sombrero, pero con un sombrero absolutamente normal.
Aquellas reuniones tenían lugar mayormente en verano, a la caída de la tarde y hasta la hora de la cena, allá sobre las once de la noche. En agosto, cuando mi tío el cura venía a pasar quince días con nosotros, acompañado de su sobrina, de mi tía Carmela, la hermana de mi madre, de su marido, Servando, y de mis primas Laura y Adelaida, la familia se reunía prácticamente al completo. Sólo faltaba mi tío Eulogio, que había muerto joven, de tuberculosis, causada por una vida disipada, esto es, para mis primos y para mí, que se había ido evaporando hasta convertirse en una sombra.
El cura era el señor de Linares. ¿Qué edad tendría? Cincuenta años, no muchos más. Alto y muy derecho, con las gafas de cristales ahumados cabalgando sobre una nariz recta y bien proporcionada, la voz ronca de fumador empedernido, la impecable sotana y las manos como si acabara de salir de la manicura. Cuando se envolvía en el manteo y se calaba el sombrero de teja adquiría un aire aristocrático que impresionaba. Durante aquellos días, los adultos sólo hablaban de él, cuando él no estaba.
El cura salía todas las tardes para reunirse con algunos canónigos de la catedral, amigos, al parecer, desde los tiempos del seminario. Entonces las bocas de los mayores echaban pestes, eso sí, siempre con el cuidado de la ropa tendida, lo despellejaban a conciencia, hasta dejarlo en los puros huesos. Allí salían trapos llenos de verdadera pringue que se remontaban a los años de la prehistoria. Y el que más largaba era mi tío Servando. Qué boquita tenía el hombre. Bajito, casi escuchimizado, el pelo bien pegado al cráneo a base de brillantina, tenía todo el tipo de un saltimbanqui. ¡Y cómo rajaba del primo de su señora! No podía decirse que lo odiara, pero lo que es afecto no le tenía ninguno. En realidad largaba de todo el mundo y en todas partes. Se iba al bar Azul con mi padre y dos de mis tíos, se zumbaba un par de medios y cuando volvía no había quien lo parara. Durante la guerra, a punto estuvo de que se lo llevaran en el coche de don Bruno por culpa de la agilidad de su mojarra. Un milagro de la Virgen del Perpetuo Socorro decían que lo salvó. Eso y la rápida intervención de su padre, jefe de no sé qué en el Ayuntamiento.
-Ya está bien, Servan, ya está bien -le decía mi tía Carmela, su mujer.
-Vamos, hermana -intervenía mi tío Rufino, que había conseguido reunir una fortunita gracias a la platería, por lo que pasaba por ser el listo de la familia- deja que se desahogue, que el curita tiene tres días con pasado mañana -y soltaba una carcajada de puro cachondeo que el único que no captaba era mi tío Servando.
Aquel año, 1958, cuando llegó agosto, los de Linares hicieron su aparición puntualmente, como siempre, pero no eran los mismos de todos los años. Parecían mustios y como envueltos en un halo de tinieblas. El cura, mostraba un gesto desencajado que no cuadraba con su otrora imagen reposada y señorial. Los demás, incluidas mis primas y la sobrina del cura, no le iban a la zaga, aunque en ellos el gesto era más bien huraño.
Durante el día, los silencios predominaban sobre las animadas conversaciones y las risas casi continuas de otros años. Mi madre y mi tía Carmela cuchicheaban en la cocina y cuando yo aparecía callaban y hacían como si estuvieran trajinando con la comida. Mi tío Servando se iba al bar y cuando volvía, después de zumbarse sus dos medios de rigor, no decía esta boca es mía, sino que se sentaba en un extremo de la galería y se quedaba allí muy quieto y muy serio, como si se le hubiera muerto alguien muy querido y encima le hubieran cortado la lengua. ¡Él, que no callaba ni debajo del agua!
A medio día, un rato antes de comer, el cura y él se encerraban en la habitación del cura y allí se pasaban los dos sus buenos veinte minutos que, a mí, sobre todo, que andaba con un mosqueo de tres pares de narices, me resultaban una eternidad. Al cabo de ese tiempo, salía mi tío Servando, pálido, descompuesto, tal que si hubiera visto a un fantasma. El cura salía después, ya para sentarse a la mesa, visiblemente relajado, como si le hubieran quitado un peso de encima.
Yo no salía de mi asombro. ¿Qué hacían allí los dos? ¿Por qué salía mi tío Servando con aquella cara de ratón angustiado? ¿Habían invertido los papeles y era mi tío el que confesaba al cura? Imposible preguntarle a los mayores, y mis primas o no sabían nada o, mejor, se negaban a informarme, en una especie de raro pudor que a mí me parecía percibir en sus evasivas.
Por la tarde, el cura no salía y las reuniones con toda la familia se tornaron tan lánguidas como aburridas. Algo flotaba en el ambiente, una especie de piñata invisible, a la que trataba de golpear mi tío Rufino con sus sonrisitas de medio lado y a la que no acertaba consiguiendo que su contenido saltara por los aires no por falta de puntería, sino por la presencia del cura.
Esta situación duró exactamente seis días. Al séptimo, el cura salió y además salió temprano, a ver a sus canónigos, de modo que la reunión familiar se inició antes de que llegara mi tío Rufino con su mujer y sus tres hijos y aquella tarde nadie levantó la voz para avisar que había ropa tendida.
-¡A ver a sus canónigos! -bramó mi tío Servando nada más el cura desapareció por la puerta de la calle-. ¡A la Virgen de Fátima es a la que va a ver!
-¡Cómo que este hombre...! -se lamentó mi tía Carmela-. ¡No le tiene ningún respeto ni a la tonsura ni a la sotana!
Y allí se lío la gorda. ¿Tonsura? ¿Sotana? Un crápula, eso era lo que era. La tonsura y la sotana no eran más que un disfraz, cebos para atrapar incautas. Incautas y menos incautas. En cierta ocasión tuvo que saltar una tapia con la sotana a medio poner para escapar de un marido regresado inesperadamente de un viaje. Eso lo sabía todo el barrio del Alcázar viejo. Y mi padre añadió que lo había visto salir, y no una vez, de una casa, ya me entendéis, de la calle Fitero, con la teja calada hasta los ojos y el manteo cubriéndole la cara. Iría a dar la comunión a algún enfermo. Sí, con el fraile. O a que le dieran molongo, de aquel golfo se podía esperar cualquier cosa.
¡Madre del divino consuelo! Nunca había disfrutado yo tanto en ninguna de aquellas reuniones. Cuando más ásperas, más iracundas eran las voces hizo su aparición mi tío Rufino con su mujer y con sus hijos.
-Caramba, cuñao -exclamó a modo saludo, dirigiéndose a mi tío Servando-, me he enterado que estás hecho todo un experto en reparaciones nabales -y soltó una estruendosa carcajada.
-¡Un experto...! ¡Maldita sea! ¿Es que tú también vas a venir con cachondeos?
-Pero, a ver, hombre, cuéntame qué es lo que le pasa exactamente al cura.
-¡Que te lo cuente tu hermana, que es la que tendría que estar haciendo la faena!
-Sí, hombre -replicó mí tía Carmela-, que me voy a meter yo en ese berenjenal.
-¿No es tu primo? ¡Pues tu eres la que tendrías que estar haciéndolo!
-¿Pero qué le pasa, hombre? -insistió mi tío Rufino, como si no lo supiera
-¿Que qué le pasa? -bramó mi tío Servando elevándose sobre la punta de los pies- ¡Qué a saber dónde se ha metido que le han salido unos granos en los cojones y tengo que ser yo, yo, el que lo cure!
-¡Ja, ja, ja, ja! -la carcajada de mi tío Rufino se elevó sobre los muros del patio y debió de oírse hasta en la estación del ferrocarril- ¿Y cómo lo curas, con los deditos o con la lengua? ¡Ja, ja, ja!
-¡Con la punta del nabo, con eso lo curo! ¡Pero se acabó, se acabó, desde mañana se va a curar él o que lo cure su tía!
-Tonto, no -siguió con el cachondeo mi tío Rufino-, aprovecha y de paso le das un poquito de molongo.
Al día siguiente, a la hora de siempre, el cura se metió en su habitación. Detrás de él, como un corderillo indefenso, volvió a entrar una vez más mi tío Servando.  Y hasta que se fueron yo no dejé de preguntarme si, además de curarlo, mi tío Servando le daría también el molongo que le había recomendado mi tío Rufino.

23 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Como siempre una delicia leerte Rafael. Yo también estoy en la época de recordar, y coincido en ese misterio con los niños, a que además escuchabamos todo. No se me olvida una conversación "secreta" de mi madre con mi tía Rafaela, hablando de Manolo Escobar y oi a mi madre decir que estaba para acostarse con él. Aquello me sonó fatal, y me costó digerirlo, pero era lógico, los hombres, cuando hablaban, siempre derivaban sus comentarios por similares derroteros. En fin. Al pronto pensé que la palabreja era mondongo, muy en uso cuando la guerra del Congo. En nuestra barbería usaban otra que era "superonía", cuando se referían a una persona homosexual.
Un abrazo y que las "corrientes" (mi madre siempre nos protegía de las mismas) del otoño te sean propicias, nos sean leche que yo me parece soy mayor que tú.

Ozanu dijo...

¡Qué risas! ¡Pues sí! ¡Qué cojones tenía tu tío! ¡JAJAJAJA!

Lisístrata dijo...

ay que me meorrr! llevo ya riéndome 10 minutos y no paro. qué gran narrador! Gracias por eas historias, unas veces ilustradas y otras, como esta, llena de humor del bueno y sacado del natural.

JAJAJAJAJAJA, ME PARTO DE VERDAD!

Molón Suave dijo...

Paco: Aquellas tertulias familiares eran magníficas. Hoy, con la televisión y tanto aparatejo, tengo para mí que se han perdido, aparte que la disposición de las viviendas en forma de colma, aunque quizás nos ofrecen comodidad, nos empujan también al aislamiento. Molongo era de un chiste que contó uno de mis tíos, con toda la ropa tendida del mundo. Era un explorador perdido en la jungla que se tropieza con una partida de 20 negros. Estos le dan a elegir entre molongo o muerte y, claro, el elige molongo. Eso consistía en que le dan los 20 negros por donde amargan los pepinos. Lo sueltan y poco después se encuentra con 50 negros. Y otra vez lo mismo. Cuando se tropieza con una partida de 200 negros, el explorador elige la muerte. Entonces el jefe de los negros dice: Vale, muerte, pero primero un poquito de molongo.
No, no eres mayor que yo. Yo te llevo por lo menos tres añitos, teniendo en cuenta cuando te has jubilado tú y cuando me jubilé yo.

Molón Suave dijo...

Ozanu: ¿Cuál de los dos, el de los granos o el que bramaba que no iba a volver a curarlo?

Molón Suave dijo...

Lisis: La historia es absolutamente verídica. El curita tenía tres días con pasado mañana. Le gustaban las mujeres, que siempre es mejor que los niños. No tenía hermanos, pero tenía una sobrina que vivía con él, aunque yo no logré averiguar nunca de que primo o prima sería. Era primo de mi madre, ese es el parentesco que me unía con él. ¡La de misas que yo le ayudé! Y en latín, que eran las. buenas.

ben dijo...

No sé,se me escapa algo.Disculpa,pero no me cuadra la narración.De otros escritos sobre tu
tío,lo suponía estricto,mandón,franquista.Una persona que incluso os obligaba a ir a misa y
que todos respetabais y temiais.Ahora resulta que era un fornicador empedernido.Tampoco entien
do porqué tenía que curarlo un familiar,que por lo que dices no lo respetaba e incluso se reía
de él,no me cuadra.Supongo que todo sea un escrito imaginado,para disfrute de los lectores.
El bar Azul,era el más cercano,aún recuerdo el balón colgado de la pared,que ya no sé
de que partido correspondía,creo que del ascenso a primera del Córdoba.
Tengo una máxima,"el dolor,se vence con dolor".Este verano me he pegado unas palizas tremendas
de andar y de ir en bicicleta,me siento mucho mejor.Lo mismo te sirve.Para el invierno,tengo
pensado natación en piscina cubierta,hay una en Santa Victoria,pegada al cole,las modalidades
de pago son varias y muy asequibles.
Saludos.

Molón Suave dijo...

Ben: En efecto, mi tío era estricto, mandón y franquista. La familia le temía, el respeto nacía del temor, no había allí el menor afecto. Si repasas las entradas que tengo sobre él, verás que no hay contradicción. Tengo una en que cuento como mi madre, sí, mi propia madre, habiéndose quedado huérfana de padre, se fue a vivir con su tía, hermana de su madre. Allí pasó parte de su infancia y toda su adolescencia, ¡DE CRIADA!, pero no de criada normal, sino engañada y explotada a fondo (estás cosas pasaban en los años veinte en España), durmiendo en el hueco de una escalera. El curita estaba entonces en el seminario y cuando llegaba de vacaciones, ¿ponía algún reparo ante la situación? ¡Ni uno!. La familia rajaba de él cuando no estaba presente, siempre, como digo, con el velo de la ropa tendida. Yo, además, no digo que fuera un putero, sino cuento (y es absolutamente verídico) lo que allí se hablaba y, en concreto, lo que sucedió aquel año. Nadie se reía del cura. Mi tío Rufino se reía de mi tío Servando, el que curaba al cura, y todos, incluidos los niños, nos reíamos también un poco de éste en general, porque era un botarate. No sé por qué lo curaba. Supongo que porque el cura no querría que alguien ajeno le viera sus partes íntimas, o vaya usted a saber. Mala leche tenía para dar y para regalar.
No, yo no tengo dolor, yo estoy la mar de bien, ando todos los días una hora, con calor o con frío, con lluvia o sin ella y media horita de gimnasia. La que tiene un problema de artrosis bastante grave es mi mujer, problema que este verano le está dando la lata más de la cuenta, a pesar de que ella también hace ejercicio, incluida natación.
Por cierto, en la entrada, lo único que he cambiado es el nombre de mis familiares. Los mayores ya no viven, pero mis primos y primas, sí, y, aunque no creo que lleguen a leer esto, no me parece oportuno que vean el nombre de sus padres relacionados con estos hechos. El único nombre correcto es el de mi tía Carmela. Además, al decir que el cuera vivía en Linares y que venía todos los veranos, doy sobradas pitas de quién se trataba. Cuando venía decía misa a las ocho, casi siempre en el Sagrario de San Pedro. Yo se la ayudaba, pero aún así es posible que tú lo conocieras.

ben dijo...

No es posible que yo lo conociera,no recuerdo porqué,pero yo no iba a misa a San Pedro,que
me correspondía,por ser mi parroquia lo hacía en San Pablo,siempre me ha gustado esta iglesia.
Si que me gustaba ir y participar en los actos de la ermita del Socorro,incluso tocar el cam
panillo y recuerdo un chico delgado y tímido que también lo tocaba,que lo mismo eras tú
Tu tío,desde luego tenía gustos exquisitos,lo digo por las putas de la calle Fiteros,que nun
ca se dejaban ver y por las cuales todos deliraban.
Tengo un recuerdo de estudiante de bachillerato,donde a veces nos juntábamos un grupito,para
dejarnos caer por dicha calle,a ver qué pasaba,por supuesto nunca veíamos nada,al final ca
breados lo pagábamos con las pocas luces,que había en la calle a pedradas.Esa calle siempre
fue un misterio,en aquella Córdoba triste y alejada de los 60.
Hubiese sido horrible,si en lugar de ver una de aquellas bellísimas damas que allí decían
daban placer a todos los sentidos,vemos a un cura feo y con su sombrero de teja,salir a es
condidas,vamos para apedrearlo allí mismo.

Lansky dijo...

Como es habitual, yo disiento de ben, a mí me cuadra perfectamente esa doble moral de autoritario, estricto franquista y devaneos hipócritas. Y el celibato sigue siendo una salvajada con consecuencias lamentables ("dejad que los niños se acerquen a mí" "¡No, que les dáis mondongo!)

ben dijo...

Lansky,no disiento de ti.Lo que pasa,es que la figura de su tío en los escritos anteriores no
mostraba sus debilidades sexuales.Incluso,interpreté que su madre lo había tomado como ejemplo
a seguir y luchó porque su hijo siguiera los pasos del tío.En aquella época,por si no lo sabes
muchas madres hicieron lo mismo,pidiendo caridad para que su hijo,con mucha vocación, pudieran
ingresar en el seminario y hacían hincapié en eso,en las cualidades morales del hijo y en su
vocación.Había muchos anuncios,con ese tema, en las hojillas parroquiales.Las madres prometían
muchos rezos del futuro sacerdote a favor de los benefactores y sus difuntos,para alcanzar el
cielo.Lo que pasa es que aquí Molón,por lo que él dice,no llegó.Seguro que su madre sufrió por ello(es lo que se decía entonces).
!Ah!.No esperaba que una persona de tu sensibilidad y nivel cultural,cayera en publicar esa foto del niño en tu blog.¿Qué esperas,que entremos todos diciendo,mea culpa,mea culpa?.

Lansky dijo...

Sé leer, Ben. Has escrito, y te copio textualmente: " no me cuadra la narración.De otros escritos sobre tu tío,lo suponía estricto,mandón,franquista.Una persona que incluso os obligaba a ir a misa y que todos respetabais y temiais. Ahora resulta que era un fornicador empedernido" A mí sí me cuadra: doble moral, tipica de catolicorros

Lansky dijo...

ben. Además de no saber leer, no sabes mirar, yo no he publicado esa foto qué dices

ben dijo...

No se,no se leer,no sabes mirar...Coño,Lansky,el único que sabe leer eres tú,los demás parece que hemos estudiado por correspondencia.Tú a piñón fijo.No
será que lo único que te interesa es eso, demostrar lo de "catolicorros",al precio que sea.Chico se te escapa lo importante...Saber.¿Doble moral?.
El personaje,del escrito,tal como lo describe ahora molón,era un guarro y ya
está.Pero...¿Y él,y su madre,y su familia?.Considerados todos como personajes,
porque yo no los considero reales.No me cuadra.Chico,ahora veo que como
escritor,no llegaras lejos...(con perdón)

Lansky dijo...

¿Y qué pasa con la foto que me atribuyes? O no sabes mirar o al hacer el comentarioni siquiera habías entrado en mi blog. ben, no merece la pena debatir contigo. Llegar lejos como escritor (con perdón), eres patético

ben dijo...

Ya se que la foto no es tuya,vamos para no saberlo,si estos días está en todas
las televisiones y periódicos,pero no esperaba en tu blog.Pero no pasa nada.
Mira,conociéndote un poco virtualmente,esperaba que abrieras un debate,pero
no esperaba que colocaras la foto.Eso es todo.Debatir es sano.
Saludos.

Lansky dijo...

¡QUE NO HE COLOCADO LA FOTO!!!

Lansky dijo...

Debatir es sano si el otro escucha, que no es tu caso

ben dijo...

Mira estoy ahora mismo viendo un paisaje precioso,el mar de la Patacona(Valencia) en frente,las ocho de la mañana y el sol que intenta salir,
pero creo que hoy no podrá,me espera un día duro de canguro interprovincial,co
sas de los tiempos y aún estoy contento que no sea un canguro internacional.
He vuelto a tu escrito y lexe no está,ahora me creas la duda de si estaba
o no estaba la dichosa foto.Lo mismo que te he dicho a ti,lo he dicho en otros
blogs,donde han cometido el error de colocarla y ahora me entra la duda de si
la he visto también en el tuyo.Esto me pone muy nervioso,porque no quiero pen
sar que ya estoy "chocheando".Bueno siempre queda mirar el mar y la lucha del
sol por salir.

Molón Suave dijo...

Lansky y Ben: Interesante diálogo o diatriba.
Creo, Ben que dejaba claro en mi respuesta anterior cual era el sentimiento de la familia hacia mi tío (de primos hermanos o tío segundo) el cura: se le respetaba (cuando estaba delante) porque se le temía, como, en la época, se temía, a todos los curas en general.
Ahora añado que ser cura por aquel entonces tenía un prestigio, era una profesión segura, con poder y, lo más importante, ¡HABÍA MUCHA HAMBRE!, de modo que cuando un niño (de 10, 12 años) decía que quería ser cura a la madre, sobre todo, se le caía el culo buscando quien sufragara los gastos, que eran bien cuantiosos, sin tener en cuenta si el niño tenía vocación o no (¡qué vocación podía tener un niño de esta edad!) La prueba es el ingente número de niños que empezaban la carrera (en mi caso 106) y los que terminaban (de mi promoción no muchos más de media docena). Hoy son muchísimos, pero muchísimos menos los que cursan esta carrera y, además, ya no la inician tan jovencitos.
De todas formas, y abundando en lo dicho en el primer párrafo, para ver cómo era el señor cura y notar que no hay incoherencia alguna basta con repasar las entradas: "En casa del seminarista" y El santo rosario (II). Cierto, en ninguna de las dos se habla del (según los adultos de la familia) su gusto por las mujeres, pero porque no puedo (ni quiero) contarlo todo de una vez. Pero que el curita se las traía y que la familia no lo tragaba está más que claro.

Lansky dijo...

A mí no me parece interesante, puesto que el susodicho va a piñón fijo y no presta atención a lo que se le responde.

Te pido disculpas por ocupar espacio en los comentarios

ben dijo...

A ver,molón,seamos sinceros,sólo sea por ser consecuentes con los recuerdos pasados,que a
todos nos une.
Que los curas tenían un prestigio social,en esa época,por supuesto.
Que muchas madres aspiraban a que su hijo fuera cura también.
Que los curas vivían con sobrinas o "sobrinas",pues vale.
Que muchos curas tenían "sobrinos",que más bien parecían hijos y que ahora ya de mayores,más
bien abuelos han salido del armario y ya dicen mi padre en lugar de mi tío,pues claro.
Pero para entrar en el seminario menor,no entraba cualquiera que no se le veía condiciones.
Vamos,a mi no me dejaban entrar ni loco,era un gamberro.Los chicos que eran seminaristas,eran
diferentes jugaban poco con los demás y se separaban enseguida del grupo,por la cantidad de
tacos y gamberradas que en aquella época hacíamos los niños.Y muchas veces le acusábamos de "mariquitas",osea no podían seguirnos en nuestros juegos.Tú tendrías que tener aquel "sello".
Hoy día,supongo,porque no lo sé,ya no debe ocurrir eso porque para hacer el sacerdocio,se ha
de estudiar Teología,en universidades abiertas.
Tu tío,me cuadra lo de la "sobrina",no me cuadra que se fuera encima a fornicar a la calle
Fiteros,de precios por las nubes.
De tu madre,no me cuadra,que sabiendo el "prenda" de tu tío,según tu historia intentara bus
car,por caridad,una beca a casa de Carbonell.Normalmente las historias de faldas en aquella
época de los curas,se sabían.Muchas de ellas eran "comprendidas",otras no.
En fin a mi me gustan las historias y sobretodo si son de mi niñez,pero no me trago cualquier
cosa.
Se ve que al contrario,al amigo Lansky le encanta cualquier historia,cuyo final sea demos
trar la doble moral de algunos.Yo no entro ni juzgo la moral de nadie,la carne es débil.

Molón Suave dijo...

Ben: Hombre, muchas gracias por llamarme maricón, aunque sea retrospectivamente. ¿Así es que esa era el concepto que teníais alguno de los futuros seminaristas? Pues mira, tú dirás lo que quieras (misa, no, porque ya veo que eso se lo dejas a los especialistas), pero no tienes ni puñetera idea de los requisitos que se exigían para entrar en un seminario. Te los diré: un informe favorable del cura de tu parroquia, superar un examen y la pasta para costear la carrera, sobre todo la pasta. Nada más.
En mi caso, yo era un niño tan gamberro como pudieras serlo tú, quizás con una única diferencia, que mi madre, en su celo por educarme adecuadamente, me ponía todos los obstáculos del mundo para tener amigos, me prohibía, por ejemplo, leer tebeos, aunque yo lo leía, lo hacía en los localillos que había por los alrededores de mi casa, donde los alquilaban, lo recordarás. Y las novelas del oeste, única lectura de mi padre, me las bebía a escondidas. Por lo demás, era un buen estudiante. Estaba en los Salesianos y todos los meses salía en el cuadro de honor. Y de mariquita, nada, las nenas de mi barrio, mis primas y hasta mi hermana, la pobre, si no estuviera muerta, podrían dar fe de mi interés por ellas.
Otro sí: te repito que yo no he dicho en ningún momento que mi tío fuera un putero o que frecuentara la casa de la calle Obispo Fitero. Cuento lo que la familia decía y que aquel verano llegó con un infección en los testículos, que no tenía por que haber cogido en ninguna casa de putas. Cuento lo que vi y lo que oí y ni miento ni me falla la memoria, al menos, todavía. Que te cuadre o no te cuadre a ti, como comprenderás, me la trae al pairo.