domingo, 9 de agosto de 2015

Así se estableció la existencia del vacío

El vacío, la nada, han constituido un grave problema para los filósofos y pensadores occidentales, es decir, europeos desde los tiempos más remotos. Hasta el número cero, a fin de cuentas expresión de una nada o vacío, hubo de esperar largos siglos para que fuera asumido por la aritmética europea. Cuesta creer que los griegos, tan lógicos, inventores de teoremas como el de Pitágoras, o la geometría euclidiana, no contaran con este número que hoy entienden sin la menor dificultad hasta los niños más pequeños.
Tal y como lo conocemos hoy día, el cero, con el símbolo correspondiente 0, fue creado por los hindúes, siguiendo la estela de los babilonios, que habían introducido el concepto con anterioridad. Este hecho se debió, sin duda, a una lógica menos formalista que la griega que les permitía pensar libremente en la nada y no sólo pensarla, sino aspirar a ella a través del nirvana, que viene a ser un estado de felicidad completa en el que no existe nada que nos conmueva o nos inquiete o, lo que es lo mismo, un no ser, la vaciedad total de uno mismo.
La filosofía griega negó desde sus principios, en los siglos VI y V antes de nuestra Era, el concepto de nada. Tales de Mileto y sus seguidores sostenían que algo no puede surgir de nada o desaparecer en nada. De este modo negaban que el universo hubiera aparecido de la nada. Platón, seguramente el filósofo más influyente del mundo occidental, enseñaba que todo lo que vemos son imágenes imperfectas de formas ideales perfectas. Estas formas son eternas, inmutables e indestructibles, por lo que en su sistema no tenían cabida ni la nada ni el vacío. Parménides aseguraba que el universo era limitado, esférico y ocupaba todo el espacio, de modo que el vacío resultaba imposible. En su afán de clasificación y ordenación del mundo en categorías, causas y atributos irreducibles y finales, a Aristóteles le resultaba imposible aceptar un agujero siquiera mínimo en el tejido natural del ser. Ante la estructura granular de muchos de los elementos que podía observar, Empédocles imaginó que los poros de dichos elementos estaban ocupados por un misterioso elemento al que denominó éter; todo antes que aceptar el vacío. Leucipo de Mileto, Demócrito y, posteriormente, Epicuro de Samos, defendían que la materia estaba compuesta de átomos, minúsculas partículas indivisibles. Tales átomos, que tendrían un largo recorrido en el mundo científico, podían diferir en concentración, forma y posición, pero ni aparecían de la nada ni desaparecían en ella. En resumen, encerrados en sus racionalismo formalista, los griegos se mostraron incapaces de admitir el vacío, la nada, ni siquiera como remota y brumosa posibilidad. Para ellos el mundo, tal y como lo veían, tenía su origen en un caos primordial ordenado por los dioses.
El cristianismo, sobre el que tras los griegos recayó la responsabilidad de entender y explicar el mundo, se encontró con la creación a partir de la nada, que literalmente exponía la Biblia y, al mismo tiempo, sus mejores pensadores, educados bajo la pauta de la filosofía griega, no estaban en condiciones de imaginar siquiera la existencia del vacío, aunque tampoco pudieran aceptar la idea de un Dios arquitecto que se limitaba a organizar los materiales de un caos preexistente desde la eternidad.
San Agustín, el pensador más ilustre de la época y uno de los más influyentes en la historia de la Iglesia, trató de zanjar el problema reconociendo en la nada un estado anterior a la intervención de Dios o, lo que es lo mismo en el pensamiento agustiniano, un estado sin Dios o apartado de Dios. De este modo, Agustín terminó equiparando la nada al demonio, ser que representaba la separación completa de la divinidad, antítesis absoluta de la gracia y la presencia de Dios. Con tales argumentaciones, el obispo de Hipona se metió en un jardín que era más bien un laberinto, pues al introducir la nada en el domino del ser admitía que había algo de lo que Dios carecía antes de crear el mundo. Creyó escapar del enredo aseverando que al mismo tiempo que la creación del mundo, Dios creó también el tiempo, por lo que antes del primer instante del universo no hubo un tiempo en que Dios necesitara cambiar un estado de cosas insatisfactorio.
Tales artificios de malabarismo teológico, que trataban de explicar con meros argumentos verbales lo que sólo puede explorarse mediante la observación y el experimento, únicamente podían convencer a los convencidos o a los ignorantes. Aún así, se mantuvieron durante largo tiempo, concretamente hasta Tomás de Aquino. Con la dialéctica escolástica, heredera directa de Aristóteles, Tomás argumentaba que la creación es obra de Dios y no de ninguna propiedad latente del vacío. Si no hay absolutamente nada, concluía, negando la existencia del vacío, nada puede aparecer, pues para causarse a sí mismo, un ser tendría previamente que existir para darse a sí mismo la existencia, lo que es un absurdo.
A lo largo de la Edad Media prosiguieron las discusiones en el territorio cristiano, ahora ya toda Europa. Algunos pensadores, imbuidos del espíritu de la ciencia, apoyaron la discusión en determinados experimentos, como el célebre de las dos placas paralelas que se deslizan con una superficie de contacto y que ya había llamado la atención del romano Lucrecio, quien sostenía que la materia estaba formada por átomos y espacios vacíos. Si dos placas en contacto -concluían los defensores del experimento- se separan bruscamente, todo el espacio interpuesto debe estar vacío hasta que es ocupado por el aire.
Ahora bien, con el cristianismo aparecieron los herejes. El término herejía deriva del griego hairesis que viene a significar diferencia de opinión, expresión que para los griegos no tenía nada de peyorativo. Con el cristianismo la diferencia de opinión respecto al criterio ortodoxo se hizo punitiva, motivo por el cual pensadores y científicos debían andarse con pies de plomo a la hora de expresar sus conclusiones, pues, siguiendo el maldito silogismo aristotélico, el pensamiento dominante seguía sosteniendo, sin hacer caso alguno a los experimentos, que la naturaleza rechaza expeditivamente la presencia del vacío.
Un hecho singular en el curso de las discusiones se produjo el 7 de marzo de 1277 cuando el obispo de París, Etienne Tempier, firmó un decreto en el que condenaba 219 proposiciones filosóficas de Singer de Bravante y de algunos maestros de la Faculta de Artes de la Universidad de París que se sustentaban en el pensamiento aristotélico, averroísta y tomista. Libros de Aristóteles, de Averroes, de Avicena y del propio Singer fueron quemados públicamente en las calles parisinas y, ante la amenaza que sobre él se cernía, Singer tuvo que huir de la ciudad.
Tanto Aristóteles como Averroes, Avicena y Tomás de Aquíno ponían limitaciones a la omnipotencia divina, cosa que no podía tolerar el obispo parisino. Dios, por ejemplo, no podía, según estos pensadores, hacer que dos más dos fueran cinco; tampoco podía crear un círculo cuadrado o un triángulo de cuatro lados. Del mismo modo a Dios le resultaba imposible crear una pluralidad de mundos y, en consecuencia, no podía crear un vacío mediante el movimiento de elementos. Montado en cólera, el obispo contrargumentaba que la omnipotencia divina era absoluta y que, por tanto, Dios podía hacer lo que le viniera en gana, entre otras cosas, crear varios mundos o, si lo creía conveniente, trasladar nuestro mundo adonde le apeteciese. Pero si existían varios mundos, ¿qué había entre ellos? Y si Dios movía nuestro mundo, ¿qué quedaba detrás? Naturalmente, el vacío. De manera que haber quién osaba alzar su voz para poner un freno a las capacidades divinas. De este modo, quedó establecida la existencia del vacío, pues cualquier intento de negarlo equivalía a poner limites al poder de Dios, con las consecuencias nada agradables  y hoy suficientemente conocidas que se derivarían para el negador.

P.D. Para saber más: El libro de la nada. John D. Barrow


5 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Como siempre Rafael, exquisito en el tratamiento y la exposición.
Un fuerte abrazo

Ozanu dijo...

"Cuesta creer que los griegos, tan lógicos, inventores de teoremas como el de Pitágoras, o la geometría euclidiana, no contaran con este número que hoy entienden sin la menor dificultad hasta los niños más pequeños."
Nada tiene de raro (nótese la ironía implícita):

https://empollonintegrista.wordpress.com/2013/07/30/brevisima-historia-de-los-numeros-ii-una-palabra-para-cada-numero/

Si ya los números "naturales" aparecieron tarde y de hecho algunos idiomas cuentan con sistemas no decimales, parece lógico que la nada fuera difícil de numerar.

Sobre el vacío de la materia, lo cierto es que como químico debo decir que es algo sumamente antiintuitivo. La propia idea del átomo empezó un poco como la idea de que las divisiones infinitas parecían inverosímiles, pero si tú miras un trozo de pan, parece absolutamente imposible a no ser que tengas una educación correcta y además hagas cierto esfuerzo. No le damos importancia, pero es fascinante.

Por último, en Twitter he trabado amistad con un filósofo que es políglota y ha estudiado la Biblia en sus idiomas originales. Es interesante decir que Dios, en hebreo, no era omnipotente y por lo visto es un error de traducción. Era, eso sí, muy poderoso, puede que más que Chuck Norris*, pero no omnipotente. Por lo tanto, le era posible crear una piedra tan pesada que él mismo no podría levantarla (de hecho, esta paradoja se planteó ya con Zeus, me parece).

* Perdonad la broma, pero precisamente están emitiendo películas de Chuck Norris en Paramount Channel y no he podido resistirme.

Miroslav Panciutti dijo...

Siempre me ha interesado la nada y también –confieso– siempre me ha aterrado. De hecho, más que al infierno, en mi infancia católica me asaltaban dudas germinales ateas que me angustiaban: si no había vida después de la muerte, nos disolveríamos en nada?

El libro que citas lo he he leído (de hecho, lo compré atraído por el título) pero la verdad es que me decepcionón.

Ozanu dijo...

Ya somos dos, Miroslav, que hemos tenido miedo a la nada.

Lansky dijo...

Al contrario que a Miroslav, a mí sí me gustó el libro de Barrow