lunes, 1 de junio de 2015

Deicidas y traidores III

Durante los primeros siglos de nuestra Era, el odio hacia el judío, que como semilla aparecía en el relato de Marcos, quedó limitado a la jerarquía y a los Santos Padres de la naciente Iglesia. Estos pusieron todo su empeño en desterrar de la sociedad el judaísmo y a los judíos como sus practicantes. Para ello no dudaron en utilizar todos los medios a su alcance. 
En primer lugar, la palabra, tanto escrita como oral. Libros, tratados, opúsculos, diálogos y sermones, estos desde los púlpitos, invadieron de forma creciente los territorios por los que, cada vez en mayor número, se extendían los cristianos. En ellos y de manera igualmente creciente aparecen continuamente no ya el menosprecio, sino la condena explícita del judío, desgranando toda clase de epítetos denigrantes, de infamias y de calumnias. Hilario de Poitiers, Nicetas de Remesiana, Eugipio, Juan Casiano, Orosio, Mario Victorino, Cesáreo de Arlés, Eusebio de Cesarea, Juan Crisóstomo, Próspero de Aquitania, Lactancio... Multitud de obispos, de poetas y de escritores en general arrojaron sobre los judíos toda la bosta que almacenaban en sus amorosas mentes. Dos destacaron ampliamente sobre todos ellos: Ambrosio de Milán y Agustín de Hipona.
Obviando que Cristo era judío, que su madre también lo era, lo mismo que lo eran sus discípulos, no tuvieron empacho en afirmar que los judíos eran un pueblo de dura cerviz, irracionales, duros de corazón; que constituían un pueblo rebelde e impío; que arrastraban el deicidio como un pecado oríginal; que este pecado era una deuda de sangre que se transmitía colectivamente de generación en generación; que eran perros rabiosos, serpientes, lobos, zorros, escorpiones que atacaban constantemente a la Iglesia. Hasta que olían mal llegó a afirmar, ya en el siglo VI, Venancio Fortunate, obispo de Potiers. En el Ambrosiaster, un libro anónimo que durante bastante tiempo se creyó de Ambrosio de Milán, se llega a afirmar que los judíos merecían la muerte. No obstante, lo que más destacaron casi todos ellos fue la perfidia, no había judío que no fuera un cochino y mendaz pérfido. Hasta tal punto destacaron este epíteto que el Viernes Santo se rezaba en las iglesias pro perfidis judaeis, para lograr su conversión, piadosa costumbre que se prolongó a lo largo de los siglos, hasta que fue derogada por el papa Juan XXIII ¡en 1959! Sin embargo y a despecho de los que piensan que tanta inquina la originaba principalmente la economía, en aquellos primeros siglos prácticamente ningún tratadista endosó la avaricia a los judíos. Por ejemplo, Salviano de Marsella, un autor ya del siglo V que escribió un tratado específico contra este vicio, Advsersus avaritian, no menciona para nada a los judíos. Esta acusación aparecería mucho después.
Es cierto que todas estas invectivas quedaban encuadradas en el marco de la teología, pero tanto por su insistencia, como por la agresividad de la retórica, la argumentación teológica antijudía, acabaría con el tiempo cristalizando en el conocido prejuicio antisemita, es decir, lo que se establecía como un rechazo religioso, se transformaría a no mucho tardar en un rechazo étnico.
En el siglo IV, tras el Edicto de Milán (313) que declaraba la libertad de cultos, existían en el Imperio unas mil quinientas sedes episcopales y alrededor de seis millones de cristianos, de una población de unos cincuenta millones. Podría decirse que la Iglesia estaba lo suficientemente asentada como para no tener ya nada que temer de los judíos. Pero la jerarquía eclesiástica no lo veía así. Seguía temiendo que los cristianos judaizasen, por lo que los ataques no sólo no cesaron, sino que arreciaron. Para empezar, los concilios se lanzaron a decretar prohibiciones. El de Elvira (314), celebrado en una ciudad muy próxima a la actual Granada, prohibía los matrimonios mixtos entre cristianos y judíos, cosa que podía considerarse casi normal, teniendo en cuenta que los judíos tampoco admitían el matrimonio con gentiles, pero prohibía también, tanto a clérigos como a laicos, compartir mesa con ellos, lo que significa que tanto unos como otros continuaban haciéndolo, a pesar de los sermones de los Padres. Concilios posteriores, continuaron repitiendo estas prohibiciones, prueba de que entre los fieles no se producía el distanciamiento que la jerarquía pretendía ni, por supuesto, se había extendido entre aquellos el odio que estos profesaban.
Ante esta situación, la jerarquía cristiana inició un proceso de presión al poder político, con el fin de conseguir su propósito de arrinconar a los judíos. Más o menos como no han dejado de hacer a lo largo de la historia para los fines que han estimado oportuno, como, por ejemplo, en este tiempo, en España, contra el divorcio, contra el aborto, contra el matrimonio homosexual, inventando, además, todo tipo de falacias, como, otro ejemplo, hace en este momento y cada vez que le viene en gana, el obispo de Alcalá con respecto a los homosexuales. San Agustín sostenía en su tiempo que el poder civil debía garantizar con el uso de la fuerza la ley contra los desobedientes, herejes, paganos y,
claro está, judíos
Las presiones de los jerarcas católicos comenzaron a hacer efecto muy pronto. Nueve años después del Edicto de Milán, el propio Constantino dictó la primera ley contra los judíos. A partir de este momento, prácticamente todos los emperadores emitieron leyes en el mismo sentido, leyes que en el 438 quedaron recogidas en el Código Teodosiano y cuya influencia eclesiástica queda de manifiesto en el uso de idénticos epítetos contra los judíos que los que empleaban los escritores y apologistas cristianos. Muchas de estas leyes, además, surgieron tras la celebración de un concilio, cuyos cánones recogen casi textualmente, como, por ejemplo, la prohibición de acusar y/o de actuar como testigos contra cristianos en actos jurídicos, tal y como dictaban los correspondientes cánones de los concilios de Cartago y de Hipona de 419 y 427, respectivamente. Nunca hasta entonces el Estado romano había inhabilitado a nadie para estos menesteres por motivos exclusivamente religiosos.
Con las sucesivas leyes que se fueron emitiendo, además de esta prohibición, los judíos, ciudadanos libres de pleno derecho, quedaron inhabilitados para ejercer cargos públicos, poseer esclavos cristianos, acceder al ejército o ejercer la abogacía. Al final, de ser una religión respetada y aun admirada, pasó a ser considerada una secta y los judíos poco más que unos parias.
El triunfo de la Iglesia sobre el judaísmo estaba cantado. Sin embargo, la jerarquía eclesiástica no se dio aún por satisfecha, como veremos en la próxima entrada, que será también la última.



4 comentarios:

Ozanu dijo...

Hace poco, he leído en la novela escrita por el padre de un amigo una mención a la matanza contra judíos ocurrida en Sevilla en 1391. ¡Terrible, hasta donde llegó la absurda "deuda de sangre"!

Numeros dijo...

Deseando que llegues a explicar como la Iglesia Católica es culpable de los progromos rusos o de la prohibición del asentamiento de los judíos en la Rusia medieval.

Molón Suave dijo...

Ozanu: Tengo una entrada antigua en mi blog que habla de cómo acabaron con los judíos de Córdoba, dentro de esto progrom.

Molón Suave dijo...

Números: Como decía el mexicano en la barra del bar: no se me adelante, compadre, no se me adelante.