miércoles, 22 de abril de 2015

¡Gooool!

¿Es aconsejable volver a los lugares de la infancia en los que fuimos felices? Hace poco yo he vuelto a los Ángeles, al antiguo seminario de Santa María de los Ángeles. Lo hice por la senda que progresa bordeando el pantano del Bémbezar y que unos amigos de Hornachuelos han recuperado felizmente no hace mucho tiempo, acompañado de unos familiares y de un conocido que charlaba hasta por las axilas. El camino es cómodo, a ratos umbrío y a ratos deslumbrante. La construcción del pantano ha restado ferocidad al paisaje, al menos, tal y como yo lo recordaba, pero sigue siendo abrumador.
A medida que avanzábamos, yo experimentaba una emoción creciente y, al mismo tiempo, el temor a quedar defraudado por la imagen real que iba a encontrarme, enfrentada a la que mantenía viva en la memoria. Desde la Fuente de los Deseos, que continúa manando como si el tiempo no hubiera pasado por ella, descubrí a lo lejos el edificio posado en la falda de la montaña como un extraño y prodigioso navío, y mi corazón aceleró su marcha. Hacía más de cincuenta años que había tenido la misma visión exactamente desde el mismo sitio y, como entonces, volví a experimentar el mismo asombro, idéntica fascinación.
Poco después, alcanzamos la enorme cruz de granito que, según cuentan, labró un cantero que murió tras dar el último golpe y, enseguida, después de una breve, pero empinada cuesta, alcanzamos el cortado en el que se alza la edificación. Todo el entusiasmo con el que había emprendido la marcha se derrumbó a mis pies, mientras un nudo seco se me clavaba en la garganta. Abandonado desde su clausura allá por los primeros años setenta del siglo pasado, el edificio se mantenía orgullosamente en pie, pero el tiempo y la incuria de la gente que hasta él tiene acceso le habían producido lastimosas heridas, desgarros tristísimos por los que se desangraba sin remedio. Me pareció más grande y al mismo tiempo más pequeño. El llano que hay delante de la entrada y el patio, por ejemplo, se me antojaban ahora ridículos, comparados con los espacios que yo conservaba en la memoria; el edificio, en cambio, en su conjunto, con su imponente altura, me desconcertaba, en modo alguno recordaba que fuese tan enorme.
El cruel abandono del lugar, a cuyo propietario, el obispado de Córdoba, parece traerle sin cuidado, sin duda porque no tiene que pagar ni un solo impuesto por él, confiere a la construcción un aspecto tan desolador que raya en lo siniestro. Hasta fantasmas cuentan que se aparecen, no el de don Álvaro, el protagonista de la tremebunda obra del Duque de Rivas, cuyo desenlace se desarrolla en este lugar, pero sí el de los penitentes que se retiraban a las cuevas que existen aún en la ladera que baja hasta el río, una mujer joven, el copero de Carlos V, un tal hermano Diego, al que encontraron muerto, de rodillas y con un rosario en las manos, etc. Tal estado, acentuado por una bandada de buitres que no cesaban de girar y girar casi sobre nuestras cabezas, me producía un profundo desconsuelo, un pesar tan hondo que apenas podía contener las lágrimas. Porque yo viví en este caserón. Yo inauguré aquel seminario que llamaron Menor, debido a que estaba destinado a los seminaristas de los primeros cursos. Y fui feliz aquí durante un curso entero como no he vuelto a serlo más que en contados momentos de mi vida.
Éramos ciento seis jovenzuelos de entre once y doce años, de Córdoba capital y de la provincia, la inmensa mayoría de familias extremadamente humildes. No se rezaba mucho, misa diaria y poco más. Claro que estábamos dirigidos por tres sacerdotes seculares, don Salvador, al que tiempo después vi un día por Ciudad Jardín,  de paisano y acompañado de la que debía ser su mujer; don Juan, que llegaría a formar parte del consejo de administración que firmó la sentencia de muerte de Cajasur, y don Antonio, al que le perdí la pista, aunque creo que fue párroco de Santa Marina o, al menos, coadjutor. Teníamos una hora de estudio y una hora de clase, así durante buena parte del día, desde la nueve de la mañana hasta las ocho de la tarde, con lo que resultaba fácil asimilar a buen ritmo las distintas materias del curso.
El lugar era entonces un paraíso. Aficionado a la escopeta, don Antonio cazaba venados, de los que entonces poblaban los cerros por todas partes, y raro era el día que no teníamos su carne en la mesa. Durante los largos recreos de después de comer o de la tarde podíamos abandonar el edificio y extraviarnos por las veredas de los alrededores. Muchos nos dedicábamos a lanzar aviones de papel desde el murete que cerraba el llano ante la puerta de acceso, aviones que planeaban sobre el barranco compitiendo con los buitres que nunca faltaban en el cielo. Los domingos subíamos a un gran llano que había en los alto del monte en el que se encuentra el seminario y jugábamos al fútbol. Con tanto seminarista, fue posible hasta organizar un campeonato con su primera y segunda división. Yo, que era un niño enclenque y pataleto, jugaba, naturalmente, en segunda división, de medio, de medio estorbo, si es que no de estorbo entero. Cuando llegó el buen tiempo, los curas nos bajaban al río a bañarnos a alguna de las preciosas charcas, piscinas naturales, que parecían excavadas ex profeso para nosotros. El agua estaba helada, pero era maravilloso demostrar que, a pesar de mi delgadez yo, que había vivido cuatro años a la vera del mar, ya sabía nadar y no mal del todo.
Hornachuelos es un pueblo precioso, más que nada por la posición que ocupa, encima de grandes roquedos y al borde de un profundo barranco. El seminario dista del pueblo unos cinco kilómetro, pero la gente acogió su inauguración como si se encontrara en la plaza del castillo, que es su zona más antigua y más noble. A primeros de mayo, nos llevaron a todos a la iglesia de Santa María de los Flores para asistir a una misa cantada. Los cantores éramos, yo también pertenecía a él, un coro formado por un grupo de seminaristas (aún faltaba tiempo para que don Félix, el de los Salesianos, me diera el bofetón que me apartó de la música para siempre), y el acto resultó muy colorista, con tanto chavalín ensotanado mezclándose entre la gente endomingada del pueblo.
Poco antes del final del curso y como muestra de su contento por la existencia del seminario los vecinos nos invitaron a todos los seminaristas a comer por grupos en su casas. Yo, con dos compañeros más, fuimos a una casa bastante suntuosa, o eso me pareció, aunque hoy no sabría situarla. A la mesa, en el comedor, nos sentamos el matrimonio anfitrión, un señor y una señora ya maduros, y sus dos hijos, de unos dieciocho a veinte años de edad. De primero nos pusieron sopa. De segundo un par de huevos fritos con chorizo. Durante el curso habíamos estudiado urbanidad, que incluía el comportamiento en la mesa, pero, claro, la mayor parte sólo en teoría. El chorizo estaba bastante duro y uno de mis compañeros, recuerdo perfectamente su cara, aunque no su nombre, cortó un trozo con tanto ímpetu que éste saltó del plato y fue a estrellarse en el pecho del dueño de la casa. Se produjo un instante de sorpresa, un instante brevísimo, un segundo, o menos, pero tan largo que yo, al menos, tuve tiempo de experimentar el sentimiento de lo que podía ser la eternidad. Inmediatamente el buen hombre gritó: ¡Goooool! y se arrancó con una carcajada que puso fin a la tensión y nos arrastró a todos a acompañarlo, incluido el autor de la fechoría.
¡Gooool!, estuve a punto de gritar yo también, saliendo de mi ensimismamiento, al tiempo que todos mis recuerdos se esfumaban.
-Vámonos, dije -ya hemos visto bastante.
Y emprendimos el regreso, mis compañeros contentos, yo con el peso de la decadencia que se había apoderado del lugar, una decadencia semejante, aunque de otra índole, a la que ya me viene corroyendo a mí también.

22 comentarios:

Ozanu dijo...

Hermosa entrada. Desde luego, cuando somos niños somos más generosos con el entorno en el que crecemos.

Lisístrata dijo...

Un relato muy emotivo y lleno de sentimientos fluyen entre tus muy bien descrito recuerdos.

harazem dijo...

En el verano del 68, contando yo 12 años, permanecí quince días en la colonia infantil de Torrox. No recuerdo si fue capellán o se presentó allí a captar vocaciones,, pero un cura joven calzado con perennes gafas oscuras, llamado, creo, don Pedro, me convenció para que me incorporara al Seminario menor de Los Ángeles. Cuando llegué a mi casa mi padre, que era un católico progresista, se mosqueó mucho porque hubieran usado las armas del encandilamiento de la vida seminaril para arrancarme una vocación que yo no tenía. Me propuso que una vez terminado el bachillerato elemental hiciera lo que quisiera si seguía en mis trece. En vista de que yo no me bajaba del burro del encandilamiento llamó en su ayuda a un cura amigo suyo, uno de los curas comprometidos con la causa del obrerismo de la época, Antonio Granadino, quien usando armas muy sibilinas y eficaces consiguió arrancarme la promesa esa de esperar hasta el final del bachillerato para hacerlo. De vez en cuando me lo encuentro aún en las movidas políticas y sociales y nunca dejo de recordarle mi agradecimiento por haberme devuelto la sensatez que pretendió robarme aquel tipo siniestro negriengafado abusando de mi sencillez. Aunque algunas veces pienso qué tal de feliz hubiera sido allí, como dices tú, Molón, que fuiste...

Miroslav Panciutti dijo...

Tuvo que se serte muy emocionante esta visita medio siglo después. El relato me ha gustado mucho.

ben dijo...

Vaya,fuiste feliz de niño en el seminario.Que cosas,tiene la vida.A mi me parece,que como a todos
nos pasa en el ciclo de la vida,volvemos hacía atrás,hacía la niñez.Recordamos los que no hacía
feliz y queremos gozar otra vez de aquellos momentos.
Si ya te veo gritar:¡Rosebud!,como Ciudadano Kane.¿Cual és tu Rosebud?,mira que si es una sotana
perdida,la que te daba seguridad.
Me hace gracia,que el ciudadano harazem,también sintió la llamada.Nunca se sabe,aún tiene tiempo
de seguirla,los caminos del Señor son inescrutables.
Saludos y suerte.

Molón Suave dijo...

Ozanu: Es que esa zona era y es, pues no está degradada, una maravilla, al menos para mí, un urbanita, lo era.

Molón Suave dijo...

Lisis:
Muchas gracias. Eres tan amable como buena lectora.

Molón Suave dijo...

Manuel:
A mí no intentó captarme nadie. Simplemente, tenía un tío cura (tío de primos) y de ver el respeto que todo el mundo le tenía, supongo, a mí me dio por decir que quería serlo también. Soy mayor que tú y entonces que cuando un mocoso de casa pobre mostraba, aunque fuese mínimamente, este deseo todo eran facilidades familiares. No veas, tú el carrerón. Ser cura era más importante que ser abogado o médico o hasta ministro, porque a los ministros los echaba el enano, pero a un cura... A mi madre, que por aquel entonces era una católica de lo más tibio, pero tibio, tibio, se le caía el culo buscando la pasta necesaria. Porque, aunque estoy seguro de que la gente no lo sabe, estudiar para cura costaba (no sé si sigue costando) un pastón, que pagaba la familia del seminarista o alguien en su nombre. Desde la Diputación al obispado, creo que se recorrió media Córdoba. Al final, ¿Sabes quién aflojó la guita, en forma de beca? Un Carbonell, creo que su nombre era Alfonso, que vivía en la plaza de Aguayos. Algún día haré una entrada contando el asunto, porque es pa mearse.

Molón Suave dijo...

Miroslav: Muy emocionante, sí. Tal vez, si el edificio hubiera seguido funcionando, aunque fuese como hotel, mismamente, la visita hubiera resultado más trivial. Pero aquel abandono... Aunque ya me había avisado cómo estaba, verlo en la realidad me dolió más de lo que esperaba. Y menos mal que el paisaje apenas ha cambiado, pues la zona está bastante controlada y se conserva en buen estado.

Molón Suave dijo...

Ben:
No, hombre, no arrimes el ascua a tu sardina. Yo tenía sólo doce años y aquello no era "el seminario", sino un seminario, es más, ni siquiera era propiamente un seminario, sino más bien un internado. El seminario llegó al año siguiente, en San Pelagio, con los jesuitas. Allí había tres curas bisoños que, como digo en la entrada, no apretaban las clavijas con los rezos. Si no recuerdo mal, ni ejercicios espirituales hicimos. ¿Qué quisiera volver? A la infancia, en modo alguno. ¿A aquel sitio y aquel año? Pues claro, a pasármelo bien, como me lo pasé. Pero no tengo ningún Rosebud guardado en la recámara. Al menos, no por el camino que tú crees.

Lansky dijo...

Hornachuelos, lo conozco bien, situado sobre un impresionante "jalón", una 'muela' caliza. Bonito relato, en miinfancia, por fortuna pienso, no hubo curas cerca.

ben dijo...

Molon,ya ves me ha emocionado lo que dices de tu madre,buscando dinero para que
pudieras estudiar,porque efectivamente la carrera de cura valía dinero y era una
buena carrera.No creas que mi emoción,tiene que ver porque tu madre quisiera que
fueras cura,me da igual si es para ingeniero,pero en este caso nadie le hubiera
dado dinero.Recuerdo,que había una "revista",editada por el Obispado donde muchas
madres ponían anuncios resaltando los valores de sus hijos y su deseo en entrar
en el sacerdocio.Pedían,que alguna alma caritativa,corriera con los gastos y que
ya el Señor se lo pagaría.
Saludos

Molón Suave dijo...

Lansky: ¿Conoces también el antiguo seminario? Si es así, verías que es un sitio espectacular.
Y sí, tuviste suerte en no tener curas cerca.

Molón Suave dijo...

Ben: Mi madre era analfabeta, yo la enseñé a leer y a escribir, había tenido una infancia dura y todo su interés era que sus hijos estudiaran, lo que fuera, pero que estudiaran. Claro que, como tampoco había un duro en casa, yo me tuve que conformar con la Universidad Laboral. Mi hermana, más joven que yo, sí pudo hacer magisterio. Luego acabó de monja y nada menos que de las Esclavas. Ya he contado algo de esto por aquí.

Melastregues dijo...

Precioso e intimista. Yo también fui feliz en los campamentos de la OJE donde nos mandaban de vacaciones a falta de otros posibles... Sin que por eso dejaran de ser unos mierdas.

Melastregues dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Antonio de Castro dijo...

Bonito relato, y qué fuerza tienen la narración de los recuerdos y la presencia del paisaje.
(Y se agradece también la ausencia de los horrores habituales cuando se rememoran vivencias infantiles con curas de por medio.)
Un saludo.

Molón Suave dijo...

Melastregues:
Naturalmente, éramos niños y en cuanto que teníamos ocasión disfrutábamos, a pesar de las condiciones adversas del momento.

Molón Suave dijo...

Antonio de Castro: Bienvenido. Gracias por tus elogios. La verdad es que yo no tuve nunca ni conocí ninguno de esos horrores que insinúas. Rigor, sí, mucho, después de aquel año, en los salesianos, donde continué mi educación, en los "de balde" como se decía, pláticas en las que se nos inculcaba el miedo, sobre todo el miedo al infierno, también. Pero cochinadas, no. Sólo ya de jovenzuelo, en la que sería mi última confesión, el sacerdote trató de sobrepasarse de palabra, pero yo no se lo permití, me levanté, le dije un taco y me alargué. Hasta hoy. Lo he contado por aquí. Un saludo.

ben dijo...

Es curiosa tu formación:seminario,salesianos,Universidad Laboral.Religiosas y la última además
franquista.Pienso que el motivo sería el económico,pero lo más curioso es el resultado.
Me falta,donde acabas trabajando en Telefónica,una empresa del estado de entonces:franquista.
Cuidado,no entiendas que quiero atacarte con esto,es simplemente entender ese modelo de aque
llos tiempos.

Lansky dijo...

No sé, creo que sí

Molón Suave dijo...

Ben: Esa fue mi educación oficial, extraoficial es mucho más extensa y bien distinta. Pero la oficial me permitió conocer el paño de primera mano.