miércoles, 11 de febrero de 2015

Gilipolleces

Estos días, el papa anda reunido con sus cardenales en santa congregación con el propósito de evaluar la situación de la Iglesia y, por ende, la del mundo. Y qué es lo primero que se les ocurre a tan sesudos varones: ¿acordar la sustitución de los obispos montaraces que van por el mundo apropiándose de cosas que no le pertenecen?; ¿poner de verdad coto a la pederastia?: ¿utilizar sus inmensas riquezas para acabar de una vez con la pobreza? Nada de eso. Lo primero que se les ha ocurrido es hablar de la mujer y, más en concreto, de las operaciones de estética a las que, según sus eminencias, esta se somete, un problema, como se sabe, monstruoso, hasta el punto de que dichas operaciones han sido calificadas por sus eminencias como encasquetarse un burka de carne. Con la gracia misericordiosa de la que están dotados tan angelicales seres, uno de los cardenales, cuyo nombre es mejor silenciar porque no hacía más que expresar el pensamiento de todos ellos, comentaba a la salida de la reunión cómo hasta jovencitas de no más de dieciocho años corren en manada a los quirófanos de todo el mundo para operarse ¡los pechos! Y dicen las crónicas que al buen cardenal hasta se le saltaban las lágrimas al pronunciar esta palabra.
Don Cecilio de la Barga-Hernández y López de Vitigudino caminaba por la calle Escañuela rumbo a María Auxiliadora. Había oído la noticia por la radio aquella mañana y en su interior experimentaba un entusiasmo inenarrable. Es fantástico -pensaba- si unos venerables ancianos, que tienen línea directa con Dios y que, en teoría, no se han comido en su vida un rosco, condenan de un modo tan contundente las operaciones de estética a las que se someten las mujeres, es indudable que en este momento no existe en el mundo un asunto de mayor gravedad. Entrado en la cincuentena y con dos hijos de un matrimonio de casi treinta años, don Cecilio se reunía cada noche con media docena de amigos en un reservado de la Sociedad de Plateros, donde se encasquetaba un par de medios de Platino junto con alguna de las ricas y variadas especialidades de la taberna. Iba con algo de retraso, porque un vecino inoportuno lo había entretenido con no sabía qué lista de defraudadores que guardaban su dinero en un banco suizo.
-Es importante -le había dicho el vecino, notando su deseo de salir corriendo.
-¿Comparado con qué? -había replicado don Cecilio, dejando al vecino con la palabra en la boca.
En efecto -pensaba don Cecilio apretando el paso- comparado con las sólidas preocupaciones del papa y sus cardenales, qué importancia tenía un batallón de hombres de negocios, de deportistas, de actores, etc., ocultando sus dineros a la hacienda pública. ¡Una gilipollez!
Cuando llegó a la taberna, ya estaban allí sus amigos y en el reservado no se hablaba de otra cosa.      -¿De los defraudadores a la hacienda pública?
-¡Qué disparate, hombre! Cómo se nota que no me presta atención: de las operaciones de estética de las mujeres y su condena por parte del papa y los cardenales.
Todos los reunidos en el reservado, próceres cordobeses de las más viejas estirpes, estaban de acuerdo en que este era, sin duda alguna, uno de los problemas más peliagudos, si no el que más al que se enfrentaba la humanidad en el día de hoy y el papa y sus cardenales mostraban un enorme valor al encararlo sin eufemismos ni rodeos.
-Es natural -afirmaba don Segundino Gutiérrez de los Ríos- si el cuerpo y la cara que tenemos nos han sido dado por Dios que nos ha creado, quiénes somos nosotros para rectificar su obra, por horrenda que, en nuestra ignorancia, pueda parecernos.
-Muy cierto, muy cierto -confirmaba don Luis Abarca-, pero todos los aquí presentes sabemos muy bien quien es la mujer, un ser artero y manirroto que vive en, por y para la apariencia. Y ahí, justamente ahí, es donde el papa y sus cardenales aciertan plenamente en su diagnóstico, porque, ¿qué ocurre cuando la mujer se engolosina con el quirófano? -y don Luis paseó por la concurrencia su mirada de águila perdicera experta en miles de acechos-, ocurre que olvida su misión en este mundo, que no es otra que la de esposa y madre.
Pero estando de acuerdo, no todos se encontraban en la misma onda. Allí estaba don Justo Hernán de la Parra, el rancio de turno, al que el grupo no encontraba el modo de darle esquinazo.
-Hombre, sí, don Luis, tiene usted razón -replicó a la exposición del Abarca-, ¿pero no le parece un pelín exagerado comparar una operación de estética a la que la sujeto en cuestión se somete voluntaria y libremente con el saco de estameña con mirilla con que las mujeres de ciertas sociedades islámicas deben cubrir no sólo la cara, sino todo el cuerpo?
-Todo lo contrario, señor mío -se anticipó don José María Velludo de la Rocha, que era el más joven del grupo-, esa comparación resulta de una impagable lucidez, porque es justamente ahí, en la libertad donde se localiza el meollo del problema, ya que dicha libertad se le concede, y de qué modo, a seres que, como muy bien sostiene el papa y aunque sea de modo indirecto, carecen de criterio para tomar las decisiones adecuadas. En el mundo occidental, nuestro mundo, a la mujer se le ha concedido la oportunidad de elegir y qué es lo que elige: ¡Cambiar su cara! ¡Cambiar su cuerpo! Una verdadera aberración
Don Cecilio se encontraba en su salsa. Salvo de política, porque hasta el rancio estaba de acuerdo en que no debía mezclarse el trabajo con el entretenimiento, en la tertulia no había vedado tema alguno. En general, todas las noches la conversación ascendía a cotas intelectuales que muy pocos imaginarían en una ciudad de provincias, cuya, en otra época, colosal historia había quedado desteñida con el paso del tiempo, pero don Cecilio se entusiasmaba sobre todo cuando tocaban temas tan sublimes y elevados como el de esta noche, temas que apuntaban directamente a los inmensurables abismos de la creación. La conversación proseguía profundizando cada vez más y más en el asunto. Alguien mencionó el nombre de Uma Thurman y todos convinieron en que se trataba de un ejemplo impagable de la profunda maldad que encerraba el asunto, hasta el rancio estaba de acuerdo.
-Pese a ser argentino, el papa en esta ocasión nos ofrece una prueba preciosa de su amor por la democracia -sostenía en aquel momento don Rafael de la Nava Ferraller- Como todos ustedes saben, Francisco I, igual que todos sus antecesores, goza de infalibilidad tanto en materia de fe como de moral, es decir, de costumbres. En el uso de esta capacidad, el solito podía emitir un decreto anatematizando tales prácticas, sin embargo, ha preferido reunirse con sus cardenales para mostrar al mundo la faz más pura de la Iglesia.
-Desde luego, una cosa sí que no puede negársele al papa y a los cardenales -afirmó don Justo Hernán-, que no buscan amigos entre los cirujanos plásticos.
Se produjo un silencio que don Cecilio aprovechó para alargar la mano, coger el medio y dar un breve trago de vino. ¡Ah, qué bien se estaba en aquel reservado! En la calle haría un frío de perros y, probablemente, hasta empezara a llover. Del otro lado de la puerta llegaba el rumor de las conversaciones de los numerosos clientes que aquella hora llenaban la taberna. Pero el reservado era un oasis en el que se respiraba purísima intelectualidad.
-He leído un libro -exclamó exultante don Cecilio, tratando de dar un leve giro a la conversación. Todas las pupilas de los presentes se volvieron dilatadas hacia él.
-¡Un libro! -exclamó don José María Velludo-. ¡Eso sí que es una noticia!
-Se trata de un libro fantástico -se restregó las manos don Cecilio-, Milenio. El fin del mundo y el origen del cristianismo. En él, su autor, Tom Holland, un inglés que lo mismo escribe libros de historia que de vampiros, afirma textualmente que el Califato en España fue un proyecto imperial y a los judíos y a los cristianos se les concedió una cierta tolerancia a cambio de un sumiso reconocimiento de su inferioridad.
-¡Bravo! -exclamó don Segundino Gutiérrez de los Ríos-. ¡Ya era hora de que alguien dijera las cosas por su nombre! ¿Qué es eso de la Ciudad de las Tres Culturas? ¡Una patraña de buenistas que no les importa deformar la verdadera historia con tal de imponernos a todos su falsa visión del mundo!
-Exacto -intervino de nuevo don Cecilio, ansioso por exponer su tesis- En primer lugar, ¿quienes eran esos tan renombrados Omeyas bajo cuyo reinado Córdoba fue llamada la Perla de Occidente?: unos miserables fugitivos que en esta tierra encontraron a los tontos útiles que les permitieron encubrarse a lo más alto. A saber siquiera si existieron de verdad, o no son más que otro invento de esos buenistas que usted ha mencionado, don Segundino. Pero, admitiendo por un momento su existencia, ¿qué se puede decir de ellos, que no eran unos tiranos y permitieron en su territorio la libertad de cultos, que en tiempos de Abderramán III había en la ciudad setenta bibliotecas, así como una universidad de medicina y otra de traductores del griego y del hebreo al árabe, que Alhakem II llegó a tener una biblioteca de más de 40.000 volúmenes, buena parte de los cuales había leído y anotado personalmente, que nos legaron esa que dicen maravilla arquitectónica de la Mezquita, de la que ahora, en sabia decisión, se ha apoderado por fin nuestra Iglesia, que sabios, científicos, médicos y poetas llenaban las calles de la ciudad? Muy bien, todo lo que quieran esos eruditos de pacotilla que se hacen llamar arabistas, ¿y qué? -exultante ante el embeleso de la concurrencia, don Cecilio hizo un alto, bebió un nuevo trago de vino y prosiguió de inmediato-: Vale que luego los cristianos se apresuraron a expulsar a los judíos y, un poco después, también a los moriscos o musulmanes que habían seguido viviendo en lo que ellos llamaban Al-Andalus y que tenían la desfachatez de pretender seguir practicando su religión. Pues, naturalmente, ¿es que alguien conoce otro modo de conseguir la unidad de una nación? ¡Un país, una religión! -casi gritó don Cecilio-. ¡Todo lo demás son gilipolleces!
-¡Bravo! ¡Sí, señor, así se habla! ¡Eso es coger el toro por los cuernos! -exclamaban los contertulios, incapaces de contenerse por más tiempo-. Es usted un verdadero sabio, el lider indiscutible de esta tertulia -precisó don José María Velludo. Y hasta el rancio don Justo Hernán estuvo de acuerdo con esta apreciación.
Aquella noche la tertulia se prolongó bastante más de lo habitual. Volvieron al tapete las mujeres y los cirujanos plásticos, volvieron los moros y los cristianos, volvió el papa y sus cardenales, los dos medios de cada noche se convirtieron en cuatro, luego en seis, creció y creció la euforia, tanto que cuando los próceres cordobeses abandonaron la taberna ni uno solo dudaba de que vivían en la mejor ciudad del mundo.



19 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Muy divertida tu recreación de la tertulia de prohombres cordobeses. Aún así, sin ánimo de crítica improcedente en ese contexto, esta nueva tontería no parece que sea achacable al Papa, quien, de momento, me está resultando bastante esperanzador, sobre todo comparado con sus dos predecesores.

Numeros dijo...

Francisco I, igual que todos sus antecesores, goza de infalibilidad tanto en materia de fe como de moral, es decir, de costumbres

Me sumo al comentario de Miroslav.

Solo una pequeña puntualización (ya sabes que soy una jodía mosca cojonera) el Papa solo es infalible cuando habla ex-cátedra.

Ozanu dijo...

Me he reído mucho. Es interesante señalar que en el tema de Uma Thurman han saltado diversos individuos, algunos de ellos poco sospechosos de religiosidad, que demuestran su sexismo criticando sin piedad a una mujer por hacerse una operación de estética.

"Pero estando de acuerdo, no todos se encontraban en la misma honda."
Esa "onda" es sin hache. ¡A no ser que sean la munición de una honda gigante!

ben dijo...

Numeros se me ha adelantado.El Papa es infalible cuando habla excátedra,sólo en
esos casos.Es un error que tú cometes muchas veces,cuando criticas el catolicismo
y el comportamiento de los católicos creyentes.Que si hay que ir a misa todos los
domingos,que si no hay que ser gordo,que si no hay que hacer el amor...En fin que
para ti ser católico es ser un verdadero amargado.Menos mal que no terminastes el
sacerdocio,hubieses sido un fundamentalista católico,jejej.

Molón Suave dijo...

Miroslav: La noticia la he oído yo por la radio, incluso dieron el nombre del cardenal de los pechos, nombre que no apunté inmediatamente y que con mi mala memoria para los nombres olvidé.
Este papa, en efecto, es más simpático que los dos anteriores y que otros muchos, hace declaraciones preciosas, pero hacer, lo que se dice hacer yo no lo veo por parte alguna. Tengo para mí, pero yo no soy infalible, que su elección tiene que ver con el auge de la competencia en Sudamerica y la necesidad de frenarla. Ha hecho, sí, algunos cambios en el Banco Vaticano, pero ni de lejos tiene que ver con lo que se proponía Juan Pablo I.

Molón Suave dijo...

Números: Tienes toda la razón con lo de honda (nada de mosca cojonera), paso a rectificarlo.
Por mí, las mujeres (y los hombres) pueden hacer lo que quieran en materia de estética, aunque es verdad que las modas son a menudo "impuestas" y las siguen quienes la siguen. Dicho esto y sin ninguna animosidad por mi parte, hay que reconocer que a la pobre Uma la han dejado fatal. O a mi, por lo menos, me gustaba más antes.

Molón Suave dijo...

Ozanu: Perdona, el comentario dirigido a Números es para ti.

Molón Suave dijo...

Números: En efecto, no desconozco que la infalibilidad papal es excátedra, es decir, desde la cátedra o, lo que viene a ser lo mismo, solemne. ¿Me quieres decir que el papa no puede emitir una declaración de tal tipo sobre esta materia?

Molón Suave dijo...

Ben: Parte de mi contestación para ti va en la de números. Tú insistes una y otra vez en que los católicos podéis vivir como os de la gana. Pues muy bien. Pero, por ejemplo, no cumplir con el precepto dominical de la misa sin causa grave que lo impida sigue siendo al día de hoy pecado mortal; lo mismo que no confesar y comulgar, al menos, una vez al año. Como siguen siendo pecados mortales los siete capitales, etc., y siguen prohibidos los métodos anticonceptivos, salvo el ogino, incluido el condón. Te recuerdo que Juan Pablo II declaró que mirar con lujuria a tu propia mujer (no dijo nada si la es la mujer la que mira a su marido) era pecado, y nadie hasta hoy lo ha desmentido. Cierto que no lo dijo excátedra, pero para que algo sea pecado (el trabajo que me cuesta escribir esta palabra) no es necesaria una declaración de tal solemnidad. Si yo hubiese sido cura lo que sí puede garantizarte es que no sería un pederasta. Y si hubiera llegado a obispo (¡ja,ja,ja!), te aseguro que podría en manos de la justicia al cura que tal fuese y estuviese bajo mi jurisdicción. Lo que no te puede garantizar es que no fuera un mujeriego, pero esto creo que es más normal.

Lansky dijo...

Los pecados dan más morbo a los placeres

Francisco es argentino

Uma ha quedado fatal

No estoy seguro de no ser un robot

ben dijo...

¡AY!.Por Dios,si es que me parece que no sabemos de lo que escribimos.Pues yo
estoy de acuerdo con lo que dicen esos cardenales,lo único es que deberían
pasar sus conclusiones al organismo competente del Vaticano(no recuerdo cual),
se convocara un concilio y el papa dictara acto de fe,de obligatorio cumplimento para los creyentes:la mujer y el hombre debe dejar tranquilo su
cuerpo de siliconas y otros materiales.Claro que no se si mi nuera,ante el
miedo a ser excomulgada dejaría de ponerse silicona,que me tiene arruinado.Silicona en las tetas,silicona en el culo,un pastón.
Que no,que no molón,que para ser un buen creyente,sólo basta creer en lo que
se dice en el Credo:Creo en Dios Padre,Todopoderoso.....Fe es cosa de fe.Las
practicas alimenticias,placeres sexuales...Es sólo consejos.Si fuera lo que
tu dices,no habría ni un cura,ni un obispo,ni un papa que llegara al cielo.

Numeros dijo...

El papa puede hablar y dar su opinión, como cualquier hijo de vecino, sobre lo que le plazca; y como cualquier hijo de vecino puede estar errado (y a veces hasta herrado). ¡¡ Faltaría más !!

Lo que digo es que el papa solo es infalible cuando habla ex-catedra, de manera que si mañana al papa afirma que mirar a la propia esposa con deseo carnal es pecado, esa es su opinión y de acuerdo a la doctrina católica vale lo mismo que la mía. Para hacerlo pecado oficial tendría que hacer lo que ya ha comentado Ben.

Numeros dijo...

Más aún en el caso que decía Juan Pablo II,mirar con lujuria a tu propia mujer, el pecado está en la lujuria (deseo sexual desordenado e incontrolable), no en que sea tu mujer.

Del mismo modo el papa podría haber afirmado que:

"El comer vorazmente y de forma desordenada a sabiendas de que comes más de lo que necesitas y solo por el placer de comer en compañía de tu mujer e hijos es pecado"

porque el pecado estaría en la gula y no en quien te acompañe a comer.

Molón Suave dijo...

Lansky: La pobre Uma ha quedado hecha un adefesio.
Yo tampoco estoy seguro de no ser un robot, pero si lo soy no estoy programado para no pecar; nunca me sentí mejor que cuando me quité de encima la idea de pecado, con su correspondiente culpa.

Molón Suave dijo...

Ben: Basta la fe es lo que sostenía Lutero y ya vez la que se lio. San Pablo, sin embargo, se pregunta: ¿de qué sirve la fe si no tengo caridad?; entendiendo por caridad no la limosna que se da al pobre en la puerta de la iglesia, sino el amor.
Por cierto, a mí me importaría un pimiento como viváis los católicos si os decidierais de una vez a sostener a la Iglesia con vuestras aportaciones y dejaráis de sacarnos los cuartos a los demás. Eso es lo que hago yo con un par de clubes a los pertenezco. En concreto, en España, ya estaría bien con que la Iglesia (y el Estado) cumpliera con el concordato de 1978 y se autofinanciara. De esto hace ya casi 37 años y ahí estamos, manteniendo la institución todos los españoles.

Molón Suave dijo...

Números: El papa puede hablar excátedra y cada vez que le de la gana, faltaría más. Para ello no necesita reunir un concilio ni nada que se le parezca. Ahora bien, si así lo hiciera, su infalibilidad quedaría bastante en entredicho, puesto que en más de una ocasión se equivocaría, cosa que sería fácilmente comprobable. Por eso reserva esta facultad sólo para sancionar los dogmas.
Por supuesto, no ignoro que cuando Juan Pablo II pronunció la frase de la lujuría estaba condenando el pecado capital. Pero la frasecita revela en primer lugar el acendrado machismo de la Iglesia, ya que, al parecer, somos los hombres los únicos que miramos con lujuria a las mujeres, condenadas siempre a ser causa de nuestros pecados. En segundo lugar, al nombrar específicamente a la esposa y no a una mujer cualquiera, el papa señalaba indirectamente que el sexo sólo está tolerado cuando se dirije directamente a la procreación, que sigue siendo la doctrina oficial de la Iglesia, apenas suavizada en los últimos tiempos. Aclararé una vez más que para mí la Iglesia es esencialmente la jerarquía, los fieles, aparte de obedecer, poco pintan en ella y si además son mujeres, menos.

Numeros dijo...

Bueno Molón, por lo visto al menos coincidimos en alguna que otra cosa. Cualquier organización de índole privada, desde la Iglesia hasta el Club de amigos de la Petanca pasando por bancos, organizaciones políticas, sindicales o empresariales debería financiarse única y exclusivamente con el dinero de sus miembros.

Respecto al resto de tu interpretación, bueno pues es eso tuya. Yo tengo por costumbre no leer más allá de lo escrito para equivocarme lo menos posible.

ben dijo...

Molon,repites una y otra vez lo de la financiación de la Iglesia.Primeramente,tú eres tan cató
lico como yo y por lo que te he leído haces uso de ello,asistiendo a bodas y entierros.No sé lo que tú haces,pero menda en la declaración de renta, mía y de mi mujer, ponemos la cruz en la
Iglesia y en la de las ONGs,por lo que no me siento que haga uso de dinero de otros,máximo
que pago impuestos que se aplican a cosas que no me interesa,pero la cosa va así.La Iglesia
y los poderes públicos,son los que se ponen de acuerdo en el asunto de la financiación,lexe
no hagas sólo culpable a una de las partes,ellos sabrán porque la cosa es así.Por supuesto que
lo ideal sería una financiación al 100% y que la Iglesia no estuviera relacionada con el estado
en nada,esa es mi opinión,que no coincide con la de muchos católicos y no católicos.
Lo tuyo es curioso,un católico,que iba para prefesional y cobrar y ahora que no crees,pero
usas,no quieres pagar nada.Eso sería estupendo,no pago un impuesto porque ahora no uso.Ya sabes la
próxima vez que vayas a una boda,paga la entrada sino pones cruz debida en la renta.
Molon,la caridad,el amor al prójimo,va implícito en todas las religiones.Pero el Credo católico es
diferencial,un musulmán no cree en la Trinidad ni en Jesús Hijo de Dios.Es que eso es de bachillerato.
Todo esto es hablar por hablar,bueno escribir por escribir.Tú sigue dando caña.


Paco Muñoz dijo...

Enhorabuena Rafael, yo que conozco la taberna, y algunos personajes que la frecuentan, y hasta en alguna ocasión he escuchado algunas tertulias que se las
traen, es como estar allí con un medio y una tapa de bacalao. Muy graciosa la comedia y como se ve que hay oficio.
Un abrazo.