domingo, 28 de diciembre de 2014

La prueba del vellón

Para plantarlos a ellos, expulsaste naciones,
para ensancharlos, maltrataste pueblos;
no por su espada conquistaron la tierra,
ni su brazo les dio la victoria,
sino que fueron tu diestra y tu brazo,
y la luz de tu rostro, porque los amabas.
Por si no había sido suficiente con la narración del libro de los Jueces, así se expone en sólo seis versos del salmo 44 del Libro de los Salmos cómo los judíos masacraron y expulsaron de su tierra a los pueblos que la ocupaban desde tiempo inmemorial para ocuparla ellos, que para eso eran el pueblo elegido por Yahvé, el único Dios verdadero. (Es lo mismo, más o menos, que han vuelto a hacer a partir de 1948, ahora no con la ayuda de Yahvé, sino del dinero y la influencia del judaísmo internacional, radicado principal, aunque no únicamente, en Estados Unidos.)
En aquel tiempo, el tiempo bíblico de los jueces, Yahvé protegía a su pueblo frente a las amenazas de los pueblos de los alrededores, en cuyas tierras encontraron refugio los pocos supervivientes de sus matanzas. Estos pueblos adoraban a distintos dioses, el más significativo de los cuales era Baal, dios de la lluvia y la fertilidad. Baal era un dios poderoso, a juzgar por el número de sus seguidores y los ritos que a él le dedicaban, aunque, naturalmente, para el cronista bíblico se trataba de un dios falso, de un ídolo nauseabundo y despreciable.
A pesar de ello y a pesar de que era Yahvé y no otro el que les había abierto el camino para la apropiación de su nueva tierra, aquella de la que manaba leche y miel, como señala el cronista, con frecuencia, los judíos se olvidaban de él y se volvían a Baal, para el que erigían cipos y becerros de oro, figura en la que le rendían culto sus adoradores. Yahvé, entonces, como era natural, se cabreaba y se cabreaba mucho, tanto que no sólo agostaba los campos de los israelitas, sino que permitía que los pueblos de los alrededores se alzaran contra ellos y los dominaran durante un tiempo más o menos largo, hasta que los israelitas, arrepentidos de su fechoría, volvían de nuevo sus ojos a Yahvé, suplicándoles clemencia y el fin de su esclavitud, mientras le ofrecían hermosos sacrificios formados principalmente por becerros degollados y achicharrados en el fuego. Derretido de placer por los olorosos humos que subían hasta sus omnipotentes narices, Yahvé se olvidaba de su ira y libraba a su pueblo de quienes lo tenían sometido.
Ocurrió que en una de aquellas ocasiones en que su pueblo preferido se olvidó de Él y se entregó una vez más a la abominación de Baal Yahvé permitió que lo sometieran las gentes de Madián, un pueblo para más humillación árabe que se extendía por las costas del Mar Rojo. ¡Oh, cuánto sufrieron entonces los israelitas! Las cuevas de las montañas constituyeron su refugio durante siete años, mientras que los madianitas, razzia tras razzia, los sometían a la mayor de las miserias. Pueblo veleidoso como ninguno, pues jamás se vio otro que cambiara tantas veces de creencia, Israel se acordó otra vez de su apreciado Yahvé y, reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, una vez más le suplicó que lo librara de tan onerosa esclavitud.
En la llanura de Ofrá vivía por aquel entonces un varón joven y fuerte de nombre Gedeón, que en hebreo viene a significar nada menos que guerrero poderoso y también destructor; es decir, que Gedeón era algo así como un Schawarzenegger en su papel de Terminator. Independientemente de un físico impresionante, Gedeón, hijo Joás de Abiezer, como se cuenta en el capítulo seis del libro de los Jueces, era también un hombre piadoso, aunque poco dado a creer sin más en los prodigios sobrenaturales; era igualmente un tipo avispado, pues se daba prisa en moler y esconder el trigo que acababa de recolectar antes de que se lo arrebataran los madianitas. El caso es que, estando un día majando trigo, se le apareció un ángel de Yahvé, quien lo saludó de este modo: Yahvé está contigo, valiente guerrero. Gedeón, muy amoscado, replicó: Perdón, señor mío. Si Yahvé está con nosotros, ¿por qué nos ocurre todo esto? ¿Dónde están todos esos prodigios que nos cuentan nuestros padres cuando dicen: ¿No nos sacó Yahvé de Egipto? Pero ahora Yahvé nos ha abandonado, nos ha entregado en manos de Madián.
Aquí, ¡oh, milagro!, el interlocutor se convirtió en el propio Yahvé, quien, sin inmutarse, como correspondía a su omnipotente majestad, dijo: Vete con esa fuerza que tienes y salvarás a Israel de la mano de Madián. Gedeón, más amoscado todavía, respondió: Perdón, señor mío, ¿cómo voy a salvar yo a Israel? Mi clan es el más pobre de Manasés y yo el último en la casa de mi padre. Yahvé respondió: Yo estaré contigo y derrotarás a Madián como si fuera un hombre solo. No se extrañe nadie, que en aquellos tiempos Dios hablaba con los hombres como si fuera, digamos, compañeros de dominó o algo por el estilo. No obstante, Gedeón, que si poderosos eran sus músculos mayor era su tozudez, volvió a la carga y le pidió a Yahvé, nada menos que a Yahvé, una prueba de que el que le hablaba era Él y no un producto de su imaginación. Yahvé le dio entonces la prueba que solicitaba y que puede leerse en Jueces, capítulo seis, versículos dieciocho a veinticuatro.
Convencido entonces Gedeón, lo primero que hizo, siguiendo las órdenes de Yahvé, fue derribar el altar de Baal que había levantado su padre, construir otro en honor de Yahvé y sacrificar sobre él un novillo bien cebado. Todo esto lo hizo de noche, de modo que cuando al día siguiente los israelitas descubrieron la fechoría, pretendieron cargarse a Gedeón, el cual sólo encontró la defensa de su padre, gracias al cual quedó a salvo (el relato es confuso, pues primero los judíos se vuelven a Yahvé rogando su clemencia y luego pretenden liquidar a Gedeón por atacar a Baal, pero, señores, es así de clarito como aparece en la Biblia, léanlo y saldrán de dudas.)
En cualquier caso, una vez hecho esto, Gedeón consiguió reunir un poderoso ejército dispuesto a enfrentarse a sus opresores, pero Yahvé, ¡ah, el inefable Yahvé!, dijo a Gedeón: Demasiado numeroso es el pueblo que te acompaña para que ponga yo a Madián en sus manos; no se vaya a enorgullecer de ello a mi costa diciendo: "¡Mi propia mano me ha salvado!" Así es que Yahvé, que como se ve se la cogía con papel de fumar, ordenó a Gedeón que licenciara a parte de la tropa. Tras una primera selección, quedaron diez mil guerreros. Pero todavía le parecieron muchos a Yahvé y le exigió a Gedeón que siguiera licenciando gente.
Aquí, Gedeón ya no pudo más. ¿Qué cachondeo era aquél?, debió pensar. De manera que interpeló a quien  le daba órdenes tan raras: Si verdaderamente vas a salvar por mi mano a Israel -ahora ya hasta lo tuteaba-, como has dicho, yo voy a tender un vellón sobre la era; si hay rocío solamente sobre el vellón y todo el suelo queda seco, sabré que tú salvaras a Israel por mi mano, como has prometido. Así lo hizo y a la mañana siguiente el vellón estaba empapado de rocío, en tanto el campo estaba seco. Pero no se quedó conforme el bueno de Gedeón, de modo que interpeló de nuevo a su interlocutor: No te irrites contra mí -seguía el tuteo- si me atrevo a hablar de nuevo. Por favor quisiera hacer por última vez la prueba con el vellón: que quede seco sólo el vellón y que haya rocío por todo el suelo. Y Dios lo hizo así aquella noche. Quedó seco todo el vellón y por todo el suelo había rocío.
Ahora sí que sí. Dios ordenó que se quedara sólo con trescientos hombres y Gedeón acató puntualmente la orden. Con únicamente estos trescientos hombres atacó a los madianitas y los destruyó por completo, liquidando nada menos que a ciento treinta y cinco mil de sus guerreros, la totalidad de su ejército, y librando de este modo al glorioso Israel del yugo al que había estado sometido.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Colonoscopia y cinismo

LA COLONOSCOPIA

El viernes pasado me han practicado una colonoscopia. Para el que no la conozca, la prueba en sí no es demasiado molesta, entre otras cosas, porque te sedan ligeramente y casi no te das cuenta de nada. Más farragosa es la preparación: un día con sólo un filetito y una rodaja de merluza a la plancha, día y medio después ingiriendo únicamente líquidos transparentes y, por último, lo verdaderamente fastidioso, los dos enormes litrazos de una preparación nauseabunda que tienes que beberte vaso a vaso con un intervalo de diez a quince minutos, y que, al poco de empezar, te obliga a permanecer sentado en el inodoro unas cuantas de horas. 
Con unas cosas y con otras, me pasé dos noches sin dormir, las dos anteriores a la prueba. No tengo miedo a la muerte. La tuve y en alto grado allá por los últimos años de la adolescencia y los primeros de la juventud. Ahora ya no. Si estuviera en mi mano evitarla, quizás siguiera temiéndola como una posibilidad que no quisiera sufrir, pero, puesto que la tema o no, voy morir, ¿de qué me vale temerla? Puro conformismo, seguramente, pero en esto, amigo, poca oportunidad de revelarse queda. Lo que sí me preocupa es el sufrimiento y la lenta consunción que, antes de la muerte, producen determinadas enfermedades, motivo por el que las molestias que, desde hace algún tiempo, venía padeciendo en el colon, me tenían preocupado.
Bien, tengo el colon en su parte descendente como la cámara de una bicicleta de los años cuarenta que hubiera permanecido a la intemperie hasta el día de hoy o como un acordeón desvencijado Pero, aparte de esto, que puede causar molestias más o menos intensas, el señor doctor no encontró vestigio alguno de ninguna de las enfermedades temidas por mí en las semanas previas, por lo que, según él y en lo que a este respecto se refiere, puedo tener cuerda todavía para un rato.

EL CINISMO

La prueba me la hicieron a la hora del Ángelus. Fue una cosa rápida, de modo que, tras recuperarme de la sedación, cogí a mi mujer y me fui con ella a un restaurante para celebrar el resultado. Cuando llegué a casa eran ya casi las cuatro, me senté en mi sillón a la mesa camilla, con el braserito encendido y me quedé frito en un instante. Estaba en lo mejor del sueño cuando, de repente, ¡pataplás!, sonó el teléfono. Sonó y sonó, mientras yo lo oía en la lejanía, hasta que dejó de hacerlo.
Pero ya me había despertado lo suficiente como para no poder seguir durmiendo, de modo que, para despertarme del todo, pinché la televisión. Luego me daría cuenta de que había puesto 13 TV, pero en aquel momento lo que vi fue a un obispo y a un presentador. Hablaban de ese muchacho negro que "empleado" en un semáforo de Sevilla como "vendedor" de pañuelos de celulosa había devuelto un maletín con tres mil euros en billetes y otros quince mil en cheques encontrado en la calle. El presentador le preguntó al obispo si no le parecía aquél un gesto extraordinario, dada la supuesta condición humilde del muchacho. El obispo, bien lustroso él, bien alimentado, sin duda bastante mejor que el vendedor, contestó, palabra arriba, palabra abajo, que eso debía de ser lo corriente, lo normal. Ya sabemos -añadió- que normal viene de norma y que para los cristianos nuestra norma es el Evangelio.
No podía ser más cínica la respuesta del señor obispo, a estas alturas no debería escandalizarme, pues es el cinismo al que nos tiene acostumbrados la jerarquía católica. Podría referir multitud de pruebas, pero voy a exponer sólo una: sin duda, responde total, completa y absolutamente a la norma evangélica, la apropiación de bienes que careciendo de titularidad específica han sido siempre públicos y se han mantenido y se mantienen con aportaciones del Estado, es decir, con los impuestos que pagamos todos. No sólo templos, sino también casas, monumentos, plazas y terrenos rústicos. O sea, mientras con la boca el señor obispo nos dice que, siguiendo el Evangelio, deberíamos devolver lo que no es nuestro, con las manos, él, junto con sus colegas, se apoderan de lo que es de todos.
En este campo la Iglesia, desde luego la Iglesia española, se comporta además con un doble cinismo. En Córdoba es conocido el caso de la Mezquita, hasta a la que el nombre pretenden quitarle, Pero no voy a referirme ahora a la Mezquita. En el siglo XV se instalaron en la ciudad los frailes terciarios regulares de San Francisco. Aquí, después de distintos avatares, consiguieron crear el convento Madre de Dios, cuya iglesia, como muy bien cuenta Manuel Estévez en su blog Luchemos por Córdoba, se edificó entre los últimos años del siglo XVII y el 1715, fecha de su inauguración. La construcción de este templo fue costeada -dice Estévez y es uno de los que mejor conocen en Córdoba esos barrios- en su mayor parte por el Ayuntamiento y el resto por el gremio de hortelanos y las industrias de la Carrera de la Fuensanta, es decir, el obispado cordobés no puso ni un real, aunque el templo terminó cayendo bajo su jurisdicción, que no su propiedad. El convento dejó de existir con la Desamortización del siglo XIX, pero la iglesia siguió funcionando como parroquia hasta 1979. Desde esta fecha, ahí está, completamente abandonada y entrando poco a poco en ruinas, mientras las imágenes que contenían han sido trasladadas al Museo Diocesano. Pues bien, al obispado no se le ha ocurrido inscribirla como propia en el Registro de la Propiedad.
Caso bien distinto es el de la iglesia de San Agustín. Este templo permaneció cerrado y abandonado durante más de veinte años. En 2009 fue reabierta al culto, después de una completa restauración llevada a cabo por la Junta de Andalucía, con un coste de 3,6 millones de euros, que han salido del bolsillo de todos los andaluces que pagan impuestos. El templo es una auténtica joya del barroco andaluz y tras su restauración ofrece una imagen impresionante, con sus cubiertas, muros y pilares enteramente cubiertos de frescos propios del estilo. Sin embargo, mientras la iglesia permaneció cerrada, el obispado cordobés se mantuvo inmóvil, pero tan pronto como fue restaurada, no tardó nada en apoderarse de ella, inscribiéndola a su nombre en el Registro de la Propiedad.
Ante tal grado de cinismo, a quién le puede extrañar que los fieles, siguiendo el ejemplo de sus autoridades, hayan decidido en su abrumadora mayoría hacer también de su capa un sayo y cumplir con los preceptos de su fe como y cuando les viene en gana. Lo malo es que esta situación, que sólo debería afectarle a ellos, nos afecta a todos, querámoslo o no, pues somos todos, no sólo los fieles, los que mantenemos, y de qué modo, a semejante institución.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Sucedió en Almería

Desde que la descubrí, allá por los primeros años setenta del siglo pasado, no dejo de visitar Almería con cierta frecuencia. La ciudad no tiene mucho que ofrecer desde el punto de vista monumental, la Alcazaba, la catedral y poco más. Pero a mí me atrae de ella, principalmente, dos cosas: su maravillosa luz y el carácter afable y parsimonioso de sus habitantes, que de un modo tan profundo contrasta con el hostil territorio en el que la ciudad se asienta.
La última vez que he estado en Almería ha sido para visitar los Refugios Subterráneos construidos durante la guerra de 1936. Aparte de los sevillanos, que en cualquier ocasión ponen a su ciudad por las nubes, a veces incluso en oposición a otras ciudades de la actual Autonomía, los andaluces no sabemos vender nuestra tierra. De fama imperecedera, aunque aciaga, goza Gernika, en el país vasco, a causa del bárbaro bombardeo llevado a cabo sobre ella por la tristemente célebre Legión Cóndor, alemana, y la Aviación Legionaria italiana, que produjeron, además de la destrucción de la villa, entre 120 y 300 muertos, no ha podido concretarse la cifra exacta. Pues bien, a lo largo de la guerra, la capital almeriense, que se había mantenido fiel a la república, sufrió nada menos que cincuenta y dos bombardeos, tanto desde el mar como desde el aire, recibiendo un total de setecientas cincuenta y cuatro bombas de gran tamaño que produjeron daños muy superiores a los de Gernika, en una ciudad considerablemente mayor. Sólo el bombardeo del 31 de mayo de 1937 produjo treintaiún muertos y la destrucción de medio centenar de edificios. Lo llevó a cabo desde el mar una escuadra alemana encabezada por el acorazado Admiral Scheer (qué hubiera sido de Franco sin la ayuda de los nazis alemanes, los fascistas italianos y el repugnante silencio de las democracias europeas, principalmente Francia e Inglaterra) con el lanzamiento sobre la ciudad de un total de doscientos cañonazos. Sin embargo, a pesar de la gravedad y relevancia de estos hechos, son muy pocos los españoles y aún andaluces que los conocen.

Para protegerse de tal diluvio de bombas, los almerienses construyeron en un tiempo record y bajo la dirección del arquitecto municipal Guillermo Langle unos refugios bajo tierra que llegaron a tener cuatro kilómetros de longitud y que contaban con sesenta y siente accesos, ventilación, almacenes y hasta un pequeño hospital de sangre. Franco no perdonó nunca a Almería su fidelidad a la República, por ello, además de mantenerla aislada y sumida en la pobreza durante su larga dictadura, ordenó sellar estos refugios, de modo que, con el tiempo, los almerienses perdieron hasta su recuerdo. Sin embargo, en el año 2001, fueron descubiertos casualmente durante la realización de unas obras y los almerienses recuperaron bruscamente la memoria. Desde entonces se ha rehabilitado un kilómetro, siendo visitable a través de un pabellón situado en la plaza de Manuel Pérez. El túnel, pues de tal se trata, se encuentra a una profundidad de entre ocho y doce metros, con una altura de dos metros y veinte centímetros. De sorprendente robustez, consiste en una bóveda de medio cañón rebajada sobre muros de hormigón de unos ochenta centímetros de espesor, con bancos corridos a un lado y a otro y contrafuertes sucesivos para evitar las ondas expansivas causadas por las bombas.
Ni en España ni en Europa existen en la actualidad unos refugios antiaéreos de la envergadura de estos. Su visita resulta, o al menos a mí me resultó, tan sobrecogedora como emocionante, sobre todo cuando, al final del recorrido, alcancé el pequeño hospital en el que se atendía de urgencia a los heridos que llegaban al refugio. Una tormenta de imágenes a cual más sombría estuvo golpeándome la cabeza durante todo el recorrido.
Cuando salí del refugio, me asomé al Paseo de Almería y me senté en un banco, junto a la Puerta de Purchena.
-Buenos días -oí una voz a los pocos instantes. No había en ella ni el más mínimo asomo de reproche.Volví la cabeza, era un señor mayor, de unos ochenta años, sentado en el otro extremo del banco y en el que, en mi aturdimiento, no había reparado.
-Buenos días -respondí-. Perdone, ni siquiera le he preguntado si podía sentarme. Salgo de visitar el refugio y...
-Y está usted aturdido -me interrumpió-. A casi todo el que lo visita le ocurre lo mismo.
-La verdad es que sí -dije-. No he podido evitar emocionarme.
-Usted no es de Almería
-No, soy de Córdoba.
-¡Ah, Córdoba! Una hermosa ciudad.
Una corriente de simpatía, ligada, sin duda, al nombre de Córdoba, se estableció a partir de aquel momento entre el hombre y yo
-¿La conoce? -pregunté
-La conocí. Hice el servicio militar en ella, en el cuartel de Artillería.
-Ah!
-Ese mismo sentimiento que usted ha experimentado en el refugio, aunque, seguramente, de un orden bien distinto, lo experimenté yo también cuando entré por primera vez a la Mezquita. No podía imaginar algo tan asombroso, aquella inmensidad de columnas, el prodigioso juego de los arcos, la maravilla del mirhab... -el hombre se demoró durante un rato hablándome de las excelencias de Córdoba, del río, de las callejuelas por las que se había extraviado muchas veces sintiéndose como en un delicado y jugoso laberinto-. Una ciudad bien distinta de esta -concluyó.
-Bueno -dije yo, ciertamente halagado por las alabanzas que el hombre le había dedicado a Córdoba-, ustedes tienen el mar y, aunque seguramente no reparen en ella, porque les acompaña desde su nacimiento, tienen la luz, esta increíble luz que remueve los cimientos del alma.
Hablamos durante un rato de la luz de Almería, del tiempo, de los cambios que había sufrido la ciudad en los últimos años, mientras yo reparaba entonces en la Puerta de Purchena, situada prácticamente al lado del banco. Recién restaurada, la plaza, corazón sentimental de la ciudad, en la que se conservan alguno de los edificios más singulares de Almería, como la Casa de las Mariposas, presentaba un aspecto magnífico. De repente, el hombre dijo:
-Yo pasé muchas horas en esos refugios -había en su voz una nota de amarga nostalgia que me estremeció.
-¿Sí? -exclamé-. Debía de ser usted muy pequeño.
-Siete años tenía cuando empezó la guerra. Mi madre murió ahí, al pie de la escalera por la que usted ha bajado, llevándome a mí de la mano. Nos demoramos en llegar al refugio y un cascote lanzado al aire por una de las bombas se le clavó en la espalda destrozándola por dentro un momento antes de entrar -le temblaban la voz y las manos-. No he podido olvidarlo. No pasa un día sin que recuerde cómo se aflojaba la presión de la mano de mi madre en la mía, cómo se desplomaba a mi lado, ¡muerta! ¡Aquello fue espantoso! Caían las bombas por todas partes. Una destrucción metódica, perfectamente planificada por los golpistas, sin importarle lo más mínimo la vida de las personas, civiles en su inmensa mayoría y tan españoles como ellos.¡Nadie que no lo haya vivido puede imaginarlo!
Yo guardé silencio, mientras experimentaba el horror de la escena que acababa de escuchar, aunque ni por asomo podía ponerme en el lugar del niño. Luego, movido por no sé qué inexplicable afán de controversia, dije:
-Debió de ser espantoso, sí, pero ustedes, los almerienses, tampoco se andaban con chiquitas: se atrevieron a asesinar fríamente nada menos que a dos obispos, al de Almería y al de Guadix, además de a otros sacerdotes y seglares.
El hombre me lanzó una mirada llena no de ira, como quizás podía yo temer, sino de compasión.
-Aquello fue lamentable, sí. ¿Pero sabe usted una cosa? La Iglesia fue pieza importante entre los instigadores del golpe militar. Aquí, en Almería, concretamente, los clérigos, junto con los falangistas y la oligarquía, no dejaron de conspirar contra la República desde su implantación hasta que dio comienzo la guerra. Aunque es verdad que el pobre Ventaja (Diego Ventaja, nombrado obispo de Almería unos meses antes del golpe franquista) no tuvo tiempo de conspirar y, por lo que he oído y leído, parecía una buena persona. Sin embargo, ¿no pretenderá usted comparar la actuación de gente exasperada por la actitud de la Iglesia, con el bombardeo sistemático de la ciudad? La célebre carta de los obispos españoles apoyando a los golpistas constituye la prueba más contundente, pero no la única, de la posición de la Iglesia en aquel tiempo, una posición, por cierto, de la que no se ha retractado en ningún momento.
-No parece que le tenga usted demasiada simpatía a la Iglesia -dije, con el propósito ahora de que no dejara de hablar.
-Miré usted -replicó-, yo no querría que se repitiera una cosa así ni aunque con ello consiguiera volver a la niñez y tener a mi madre viva. Sin embargo, eso no es óbice para poner las cosas en su sitio: los que provocaron la guerra con todas sus salvajadas no fueron los republicanos, sino los que se alzaron contra el gobierno legalmente constituido y de ese alzamiento formó parte la Iglesia. Le diré más: el fin de la guerra no trajo consigo la paz, sino el triunfo de los vencedores, que se prolongó durante casi cuarenta años, un triunfo del que la Iglesia disfrutó a sus anchas con el cobro, y de qué manera, del apoyo que había prestado en su día -a pesar de la firmeza de sus palabras, semblante del hombre mostraba una serenidad conmovedora-. Fíjese -añadió, siempre en el mismo tono ecuánime-, la muerte de aquellos clérigos que usted ha citado fue, sin duda, un asesinato, pero, mire, su sacrificio ha sido reconocido, si va usted a la catedral verá su imagen en uno de las capillas, porque hasta han sido elevados a los altares por la Iglesia, en tanto los muertos producidos por los bombardeos siguen en el anonimato y han sido olvidados por completo. Seguramente habrá usted visto el  pequeño monumento que se ha alzado en el parque de las Almadrabillas, frente a la playa. Frente a lo que algunos creen, no se recuerda con él a estos muertos, sino a los 142 que perecieron en los campos de concentración nazis, algunos adolescentes, que tuvieron que huir de España tras la victoria franquista.

Sí, yo había visto aquel monumento, inaugurado en 1999, y sabía al recuerdo de quiénes se había levantado. Y había visto también la capilla catedralicia, la capilla de los mártires, en la que figura un gran pintura con las imágenes de los obispos y sacerdotes asesinados. Es el que realizó el gran pintor almeriense Andrés García Ibáñez (Olula del Río, 1971, donde tiene su casa y un espléndido museo), uno de los grandes pintores españoles de la actualidad, antes de pasarse al agnoticismo, cuando, como él mismo cuenta, mientras pintaba los frescos de la catedral de El Salvador descubrió "la miseria, crueldad y abusos de poder en los que la Iglesia participaba."

El hombre y yo continuamos charlando durante un buen rato, pero ya no de la guerra, sino de su vida después de ésta, una vida compleja, entre el dolor del recuerdo y la necesidad de enfrentarse a la supervivencia, que no de otro modo describía su trayectoria.
-Hoy, Almeria goza de un periodo de bienestar, gracias al enorme esfuerzo de los almerienses. Esperemos que sea por mucho tiempo -fueron sus últimas palabras antes de despedirnos.