domingo, 30 de noviembre de 2014

Refranes y más refranes

Mis padres iban todos los domingos a la misa de ocho de la mañana de mi parroquia. Yo los acompañaba a menudo desde que hice mi primera comunión. Entonces, al contrario que hoy, se madrugaba y lo difícil era que alguien se quedara en la cama hasta las tantas, incluso los domingos. Mi madre se sentaba en la sexta o séptima fila de los bancos de la derecha. Mi padre se situaba estratégicamente detrás de uno de los pilares, más o menos a la altura del banco de mi madre, de modo que casi no veía el altar donde se celebraba la misa, y se pasaba ésta de pie. Nunca se confesaban y, lógicamente, nunca tampoco comulgaban.
¿Eran religiosos mis padres? Yo pienso que no. Cumplían puntualmente el precepto dominical porque en aquellos tiempos era una obligación no sólo religiosa, sino, sobre todo, social y aún política, en el sentido de que si no lo hacías podías quedar fichado y encontrarte, como mínimo, con más de una dificultad en una variada gama de actividades.
Yo creo que el pueblo, la gente en general, en su inmensa mayoría, ni son ni han sido nunca religiosos. Simplemente, en España, en concreto, se han visto forzados durante mucho tiempo a cumplir con los preceptos eclesiásticos. Hoy, cuando vivimos un tiempo de mayor libertad, las iglesias están prácticamente vacías y sólo se acude a ellas en determinadas festividades que, como el día del patrón en los pueblos, las romerías o la Semana Santa, vienen a ser, más que actos religiosos, actos sociales, actos en los que la exhibición personal ocupa un lugar preponderante; o en actos puramente sociales, por más que se celebren en iglesias y bajo el marchamo de lo religioso, como entierros, primeras comuniones o bodas, a los que acuden tanto creyentes como no creyentes. Por cierto, estos últimos con un comportamiento mucho más respetuoso que el de aquéllos, como he podido comprobar últimamente en algunos de los que me he visto obligado a asistir.
Hoy ocurre todavía algo más y es que el que se tiene por creyente sigue su fe a su manera, sin advertir, o sin querer advertirlo, que la religiosidad comporta una serie de normas fijadas por la jerarquía, sin cuyo cumplimiento la religión deja de existir. Tengo un pariente muy cercano y bastante más joven que yo que, antes de casarse, y tuvo un noviazgo de casi diez años, se ponía ciego de hacer el amor con su novia, utilizando, además, métodos anticonceptivos, un doble pecado gravísimo, mortal, de acuerdo con las normas eclesiásticas. Eso sí, no se perdía una misa dominical, en la que incluso comulgaba, supongo que después de pasar por el confesionario. Cuando en alguna ocasión le reproché cariñosamente su incongruencia su respuesta fue que él cumplía con la religión de acuerdo con su conciencia, una manera de pensar que en otro tiempo le hubiera acarreado nada agradables consecuencias.
Es más que posible, yo así lo creo, que esta manifiesta irreligiosidad esté propiciada principalmente por el hecho bien comprobable de que los clérigos, y no digamos ya la jerarquía, han vivido y viven, en general, bastante mejor que los fieles, también en general. Y no sólo han vivido y viven mejor, sino que han podido pecar con una impunidad de la que han carecido y carecen los fieles. Mientras que, por ejemplo, la convivencia marital sin pasar por el matrimonio de los seglares constituía un delito que podía conducirlos incluso a la hoguera, el barraganismo entre los clérigos era tratado con la mayor indulgencia por parte de la jerarquía, una jerarquía que, además de disfrutar también, en muchos casos, de una barragana, gozaba y goza, y de qué manera, con el pecado de la gula. Esta diferencia de trato está ocurriendo hoy con la repugnante pederastia. Y esta ocurriendo en España. Mientras absolutamente toda la prensa ha aireado la vida y andanzas del pederasta de Ciudad Lineal, en Madrid, adjudicándole, con razón, todo tipo de epítetos deleznables, hay que ver el cuidado que ponen bastantes medio de comunicación para tratar la pederastia de los curas de Granada, disimulada, además, por la jerarquía correspondiente.
Tengo aquí un librito, pequeño por su tamaño, pero grande por su contenido, que constituye una excelente prueba de cuanto vengo diciendo. Se trata del Refranero anticlerical, de José Esteban, en el que se recogen decenas de refranes de los siglos XVI y XVII, época en que la Inquisición estaba en pleno vigor, en los que clérigos y clérigas son puestos de vuelta y media.
Los refranes se tienen por sentencias anónimas más o menos ingeniosas, pero, en realidad, constituyen escuetas y, en muchos casos, aplastantes síntesis de la experiencia de la gente, del pueblo, como se decía antes, en su relación con el asunto al que el refrán se refiere, por lo que estos que se recogen en el citado libro, aunque aparezcan en textos de los siglos señalados, proceden de un tiempo como mínimo bastante anterior.
Los hay para todos los gustos, pero, abundan, sobre todo, los dedicados al libertinaje de los clérigos, a su glotonería y al poder que detentan, así como muchos expresan incluso el odio de la gente a unos tipos que, desde que la Iglesia es Iglesia, acostumbran a vivir sin trabajar. Citaré algunos especialmente relevantes:
Fraile que pide pan toma carne si se la dan.
La que huye de un ratón atado no huirá de un fraile arremangado
Sin clérigo y palomar tendrás limpio tu hogar
Vivir junto al cura es gran locura, dirigido como aviso a los recién casados
Ni por lumbre a casa del cura va la moza segura
Al fraile y al cochino no hay más que enseñarles una vez el camino, porque uno y otro aprenden enseguida donde está el dornajo.
Un convento da un limón, pero a cambio de jamón
En casa del cura siempre hay hartura
Cada amén que el cura dice le vale un par de perdices
Lo que no puede nadie lo puede un fraile; lo que no puede un fraile lo pueden dos; lo que no pueden dos no lo puede ni Dios
La cruz en el pecho y el diablo en los hechos
Al fraile en la horca lo menee el aire.
Concluyo con estos versillos de la época:
La viejas se hacen devotas,
los viejos se hacen cofrades,
las desesperadas, monjas
y los holgazanes, frailes.
Los ochavos más roñosos
se dan para los altares,
de modo que en este mundo
la fe del hombre es tan grande
que todos cargan a Dios
con lo que no quiere nadie.

Fuente: Refranero anticlerical. José Esteban. Ediciones Vosa. Madrid, 1994


domingo, 2 de noviembre de 2014

Guerra santa

El cristianismo nació como una religión en la que se privilegiaba el amor, la compasión, la misericordia. El evangelio cuenta cómo Jesús condensó los mandamientos de Moisés en sólo dos: el amor a Dios y el amor al prójimo como a nosotros mismos, poniendo ambos a la misma altura, al no hacer distingos entre ellos.
Sin embargo, este mandato primordial no tardó mucho en olvidarse. Al principio, los cristianos formaron grupos socialistas, como los califica Karen Armstrong en su monumental Historia de Dios. Pero ya en el mismo siglo I y, desde luego, a partir del segundo comenzaron las disputas teológicas entre los propios cristianos y los ataques a los ídolos paganos. San Agustín, en el siglo IV, pasó incluso a la defensa de la guerra, que había repugnado profundamente a los creyentes, calificando de justa la que se practicaba en defensa propia, olvidados ya por completo no sólo el amor, sino aquello de poner la otra mejilla cuando nos dieran una bofetada.
Para el siglo XI, la Europa cristiana era un caos en el que emperador, reyes y señores feudales luchaban entre sí a brazo partido ya no por cuestiones teológicas, sino meramente por la conquista de territorio y por el poder. Estas continuas guerras habían generado multitud de caballeros sin tierra, a los que se unían los segundones, excluidos de la herencia familiar, que pasaba directamente al primogénito. Al mismo tiempo, los campesinos abandonaban sus aldeas para escapar de la miseria y del yugo feudal y muchos de ellos se convertían en bandoleros.
 Entonces se inventó la guerra santa. El primero que tuvo la idea fue el papa Gregorio VII, La iglesia de Oriente se encontraba separada de la romana y el pontífice planeó decretar una guerra, a la que llamó santa, para someter a los orientales, poniéndose él al frente del ejército. El proyecto no cuajó, pero la idea no tardaría en ser llevada a la práctica. El mérito le corresponde al francés Odón de Chatillón, que tomaría el nombre de Urbano II (1088-1099) cuando alcanzó el pontificado.
El proyecto ya no consistiría en someter a los cristianos de Oriente, sino en la conquista de Jerusalén, en manos de los musulmanes desde el siglo VII. Urbano, que reinó a continuación de Víctor III, sucesor de Gregorio VII, había llegado a justificar en una de sus epístolas la muerte de un hereje a manos de un cristiano, porque ese cristiano ejemplar le corta la cabeza a su hermano zelo catholicae matris ardentes ¡con las entrañas abrasadas de amor a la Santa Madre Iglesia! ¡Qué lejos, pero qué lejos había quedado el mandato evangélico.
En 1095 Urbano convoca la que sería primera cruzada en Clermont Ferrand (Francia), una guerra santa para enfrentarse a los musulmanes. En ese momento la cristiandad contaba con tres centros de peregrinación: Jerusalén, Santiago de Compostela y Roma. Algunos historiadores han querido ver el pretexto para la convocatoria del papa en las dificultades que los musulmanes ponían a los peregrinos, llegando incluso al asesinato de muchos de ellos. Pero esto está archidemostrado que no es cierto. Una prueba contundente es la pacífica convivencia que mantenían en la España agarena musulmanes, cristianos y judíos. En aquel tiempo todos los caminos eran peligrosos y los peregrinos corrían el riesgo de ser atacados por salteadores, tanto si iban a Jerusalén, como si se dirigían a Roma o a Santiago, de ahí que solieran realizar la peregrinación en grupo y, frecuentemente, protegidos por gente armada.
En el momento de la convocatoria el papado se encontraba sumamente debilitado. Las sucesivas excomuniones lanzadas contra el emperador Enrique IV no habían dado resultado y el propio papa había tenido que enfrentarse a Clemente III, un antipapa impuesto por el emperador, antes de ocupar el trono de Pedro. La ocasión para recuperar el prestigio perdido y encabezar de nuevo la cristiandad se la dio a Urbano el emperador bizantino Alejo, cuando le envió una embajada solicitando su ayuda para repeler a los turcos selyúcidas que amenazaban seriamente a la antigua Constatinopla. El papa, sumamente halagado porque Alejo se dirigiera a él y no al emperador, no desperdició la ocasión y en menos de cuatro meses había organizado la cruzada, si bien no la encaminó hacia el enfrentamiento con los turcos, sino a la conquista de Jerusalén.
El papa no escatimó recompensas para los cruzados. En primer lugar les aseguró que regna celestia minime negabuntur, esto es, que todo el que muriera luchando contra los infieles tendría el cielo asegurado. Hizo tal promesa también a todo aquel que no pudiendo formar parte de la expedición colaborara con ella aportando una cantidad de dinero, que se fijó al alcance de muy pocos. Se inició así el mercado de las indulgencias, que desde el principio estuvo vedado a los pobres. Pero, por si el cielo no fuera bastante, el papa llegó a exclamar en su sermón: El que aquí está dolido y pobre allí estará alegre y rico. Con ello consiguió que nobles y villanos se sumaran en masa a la empresa.
Aunque a la postre los cruzados conseguirían apoderarse de Jerusalén, esta primera cruzada fue un verdadero desastre. Los participantes estaban convencidos de que Jesús, el Jesús que el papa invocaba era más un señor feudal que el Logos encarnado, como explica en su citado estudio Karen Armstrong, nada sospechosa de anticlerical, sino todo lo contrario, y que el mismo Jesús, por boca del papa, había reunido a sus caballeros para rescatar su patrimonio. Cuando comezaron el viaje, los cruzados -sigue el texto de Armostrong- decidieron vengar la muerte de su señor matando a la población de las comunidades judías del valle del Rin. Esto no formaba parte de la idea original de papa Urbano II... pero a los cruzados les parecía sencillamente perverso emprender un viaje de más de 4.000 kilómetros para combatir contra los musulmanes, de quienes no conocían prácticamente nada, cuando el pueblo que había matado realmente a Cristo -así pensaban ellos- estaba vivo y, además, a las puertas de su casa.
Como se dijo de Atila en su día, por donde los cruzados pasaban no volvía a crecer la hierba, más aún, ríos de sangre corrían a alimentar los de agua. Pero lo peor es que por primera vez una de las religiones del Libro le declaraba la guerra a las otras dos, por primera vez la religión se convertía en bandera que daba cobijo a toda clase de tropelías, siempre que se cometiesen contra los miembros de otra religión o de otra creencia. Aquella primera cruzada fue la puerta que, una vez abierta por Urbano II, permitió a los papas lanzar guerras santas contra todos aquellos a los que consideraban sus enemigos. No sólo las lanzaron contra los musulmanes, también contra los mismos cristianos, a los que el papa consideraba herejes, por ejemplo, los cátaros, cuya sangre empapa todavía las tierras del Languedoc. La última de las cruzadas, hasta hoy, fue la decretada por Pío XI (1922-1939) en 1936 en favor del bando franquista en España y contra las hordas marxistas, que según el papado y, en general los católicos, pretendían acabar con el país y, por supuesto, con su religión.
¡Qué lejos, pero que inmensamente lejos había quedado el mandato evangélico!

Fuentes: Una historia de Dios.- Karen Armstrong
             Diccionario de los papas.- Juan Dacio
             Los círculos del poder.- Antonio Castro Zafra
             Steven Runciman.- Historia de las Cruzadas
            Las cruzadas vistas por los árabes.- Amín Maalouf. Este es un texto especialmente interesante porque ofrece una panorámica de estas guerras santas vedada a los cristianos y, en general, al mundo occidental hasta hace bien poco tiempo.