lunes, 27 de octubre de 2014

La noche más hermosa

De noche, cuando me acuesto, acostumbro a poner la radio y la escucho un ratito mientras me voy adormilando. No es tarea fácil, porque hay que ver la cantidad de emisoras que a eso de las veinticuatro o de los cero horas se dedican a hablar de deportes. Bah, de deportes no, de fútbol. Y ni siquiera de fútbol: a cotillear del Madrid y del Barcelona en parrafadas más o menos largas, interrumpidas con brusquedad por estridentes eslóganes publicitarios que le alejan a uno el sueño por lo menos un par de horas.
Últimamente, he encontrado en Canal Sur un programa algo más acogedor, que empieza justamente tras las noticias de las doce de la noche. Se trata de La noche más hermosa, que presenta y dirige un tal Luis Baras, acompañado de dos acólitos, un tal José Manuel y un tal Jesús (perdónenme si no digo sus apellidos, pero es que, aunque no son complicados, no consigo quedarme con ellos). Estamos ante un programa veterano que anteriormente tenía un horario más tardío, por cuyo motivo yo sólo escuchaba algún trozo cuando el insomnio hacía presa de mí, cosa no poco frecuente.
Estamos también ante un programa tipo revista, en el que se tocan asuntos más o menos relacionados con lo paranormal, casos misteriosos, psicofonías, fantasmas, etc., y también noticias y asuntos de carácter científico con ánimo divulgativo. Destila ese aroma algo cutre que en mayor o menor medida emana de prácticamente toda la programación de la radio y la televisión andaluzas, como si estuviera dirigido no a gente con una cultura general, sino, específicamente, a marujas y semi analfabetos. Pero, por lo demás, se trata de un programa ameno, fácilmente audible y que, puesto al volumen adecuado, te permite coger el sueño con facilidad.
En las últimas semanas, sin embargo, el director se ha permitido en repetidas noches lanzar una serie de soflamas que, cuando menos, resultan chocantes en el marco general del contenido. Varias de sus intervenciones, al comienzo del programa, estuvieron relacionadas con el Ëbola y el contagio de la enfermera Teresa Romero. Con todo lo que estaba cayendo y tras declararse apolítico, el presentador se dedicó en noches sucesivas a exaltar una y otra vez la calidad científica de los médicos españoles, no tanto olvidando, sino negándose a hablar de todo lo demás. No voy a juzgar esta intervención, que se juzga por sí misma.
Hace unas noches, sin embargo, la soflama estuvo relacionada con la Iglesia católica y específicamente con la española. El sermón, pues de tal cosa se trataba en realidad, vino a concluir en la suerte de desgraciado cataclismo que representaría para el país la desaparición de la Iglesia. Los hechos lo prueban, repetía don Luis -le gusta hacer hincapié en esto de los hechos, ya lo hizo con lo del Ébola-: la Iglesia desarrolla una importantísima labor social a través de Cáritas. ¿Y en la educación? ¿Cuántos colegios regenta la Iglesia? La enseñanza en este país depende grandemente de la Iglesia. Y luego, los hospitales, esa gran labor humanitaria. Hechos, estos son hechos. Y así siguió durante un rato, repitiendo y repitiendo.
No es poca la gente en España que cree lo mismo que el señor Baras. Bien, en primer lugar, ¿quién está diciendo en este país que la Iglesia debe desaparecer? Lo que se pide, antes de nada, es que se cumpla el Concordato de 1978 y que la Iglesia proceda a autofinanciarse de una vez, dejando de recibir la asignación que le pasa el Estado y que satisfacemos por igual católicos, protestantes, hebreos, musulmanes, escépticos, ateos, etc., es decir, todos los españoles que pagamos impuestos. Que empiece a abonar el IBI por todos los bienes inmuebles y solares que posee, que no son pocos. Igualmente que satisfaga el IVA en todas sus operaciones comerciales, que, igualmente, constituyen una importante partida. Que abandone su pretensión de imponer sus dogmas a todos los españoles y los reserve únicamente para sus seguidores. Que, olvidando leyes manifiestamente ilegales, y vale la contradicción, deje de apoderarse de bienes que tradicionalmente han formado parte del patrimonio público, como, por ejemplo, la Mezquita de Córdoba. En una palabra, que viva de acuerdo con el contenido del evangelio que predica y afirma seguir. ¿Es exigir mucho? Pues todavía podía acordarse de pedir perdón por su colaboración necesaria con los crímenes de la dictadura franquista, cosa que todavía, tanto tiempo después, estamos esperando que haga.
¿Pero, aparte de esto, qué ocurriría en España si la Iglesia desapareciera? Pues mira usted, don Luis Baras, no ocurriría cataclismo alguno. Para empezar, Cáritas sólo recibe de la Iglesia el dos por ciento de su presupuesto, el noventa y ocho por ciento restante procede de las aportaciones del Estado y de particulares, que es posible que sean católicos, pero también es posible que muchos no lo sean, de modo que si la Iglesia desapareciese, Cáritas podría seguir ejerciendo tranquilamente su labor. Esto es un hecho. Sólo que es un hecho verdadero, frente a la manipulación del mismo que realizaba el señor presentador. Los colegios, por su parte, pertenecen en su mayoría a órdenes religiosas y son, en primer lugar, un negocio para las mismas. Pero, además, y esto es lo grave, pues están subvencionados por el Estado, es decir, de nuevo por todos los españoles, constituyen un marco privilegiado para el adoctrinamiento de los niños, y no sólo por la asignatura de religión, ya que como indican la estadísticas, y este es otro hecho, a los templos acude cada vez menos gente. De modo que si la Iglesia desapareciera, el Estado podría asumir sin problemas una labor que, en realidad, es a él al que le pertenece. ¿Y qué decir de los hospitales, sino que son, igualmente, otro negocio? ¿Queremos un hecho? Ahí está, por ejemplo, el de San Juan de Dios de Córdoba. Basta ver la ampliación que acaban de acometer para darse cuenta de la envergadura del negocio que regentan los otrora caritativos hermanos de la Orden.
Estos son sólo algunos datos. Para el pueblo español serían tan innumerables los beneficios si la Iglesia desapareciese que uno se pregunta cómo es que no hay nadie que reclame su desaparición.

P.S. Mientras redacto esta entrada me entero de que el señor Luis Baras acaba de recibir en Sevilla el premio de la Prensa Cofrade por su labor informativa durante veinticinco años de la Semana Santa de Sevilla. Este sí que es un hecho, un hecho que lo explica todo.

martes, 21 de octubre de 2014

El chorizo y la manzana

Recuerdo bien la anécdota, a pesar de mi corta edad cuando ocurrió. Pero, además, se la oí contar después tantas veces a mi madre que es imposible que pudiera olvidarla. Eran tiempos oscuros. Tiempos en los que el hambre se cebaba sobre buena parte del país. Mi padre, sin trabajo, llevaba meses desaparecido. Pronto recibiríamos una carta suya desde un pueblo de Huelva, Cartaya, donde había encallado su sueño de emigrar a América. Mi madre, una buena modista, a pesar de ser analfabeta, se había visto obligada a cerrar su taller de costura, en el que había llegado a tener una docena de operarias, cuando, tras su segundo embarazo, el de mi hermana, las clientas se esfumaron casi de repente. Y en la casa no entraba una peseta. Como tantas familias hoy, otra vez, después de tanto tiempo, logramos sobrevivir durante aquellos meses, casi un año. gracias, sobre todo, a la ayuda familiar, con la diferencia de que entonces, casi todas las familias vivían a la cuarta pregunta y la ayuda era bastante menos que la justa.
El caso es que uno de aquellos días su hermana le dio a mi madre una tripa de chorizo semejante a la de la foto. No había en casa aquel día nada para comer más que aquella tripa. Mi madre llegó con ella tan contenta, la dejó encima de la mesa de la cocina, rebuscó en el monedero, donde encontró unas perras gordas y salió a comprar un poco de pan, dejándonos en la casa a mi hermana y a mí, no sin advertirnos, especialmente a mí, que no se nos ocurriera tocar el embutido. Yo tenía cuatro años, mi hermana dos y la panadería estaba a la vuelta de la esquina. ¿Cuánto tiempo tardó mi madre? No lo sé. Ella aseguraría más tarde que no más de siete u ocho minutos. Pongamos diez minutos, no más. En cualquier caso, cuando mi madre llegó el chorizo había desaparecido.
Por razones que tienen que ver únicamente con el más puro azar, yo siempre viví con mis padres en casas que estaban muy por encima no de nuestras posibilidades, pero sí de nuestra posición económica. En aquel entonces, vivíamos aún en la planta alta de la casa en que nací, en la plaza de San Pedro, marcada hoy con el número veinte. Cuando mi madre vio que el chorizo no estaba donde lo había dejado dio un grito. Yo estaba, como siempre, en mi rincón preferido: el descansillo de la escalera que llevaba a la azotea, entretenido con un libraco enorme repleto de fotografías que había pertenecido a mi abuelo. Y mi hermana... Mi hermana había desaparecido también.
En un primer momento, más que de ésta, mi madre se preocupó del chorizo. Me llamó y me interrogó, severa, como yo bien la recuerdo. Y yo, saliendo a duras penas de mis ensoñaciones:
              -¿Chorizo? ¿Qué chorizo, mamá?
              -¡El que hemos traído de casa de la tita, ¿qué has hecho con él?
              -¿Yo? Yo no he visto ningún chorizo.
              -Pero si lo dejé aquí, encima de la mesa. ¡Tienes que haber sido tú!
              -Mamá... -medio llorando-, yo no lo he visto.
Mi madre salió de la cocina, volvió a ella y se puso a rebuscar entre los cacharros, salió al comedor, miró por todas partes sin dejar de farfullar: "pero si lo dejé aquí, aquí..., un chorizo no sale volando".Y yo detrás de ella, cabizbajo, mohíno, como un pasmarote.
Sólo después de un buen rato cayó en la cuenta de la ausencia de mi hermana.
              -¿Dónde está? -exclamó. Y ante mi cara de pasmo-: ¡Tu hermana! ¿Dónde está? ¿Qué has hecho con ella? ¿Ha entrado alguien en la casa?
                -No sé, mamá, yo...
                -Tú... Tú... ¡Tú nunca sabes nada!
Estaba encendida. Los ojos le brillaban como si de ellos fueran a brotar rayos. Ahora, además del chorizo, buscaba también a mi hermana, sin dejar de lamentarse: "¡Ay, Dios mío! ¡Era todo lo que teníamos para comer! Y esta niña, ¿dónde está? ¡Mari Carmen, Mari Carmen! ¡No puede haberse esfumado!" Bramaba sin alzar la voz para que no la oyera la vecina de abajo, rebuscando por todas partes, en la escalera de la terraza, en el aparador, en el armario de su dormitorio, en la despensa de la cocina... Hasta para mi resultaba evidente que la desesperación se estaba apoderando de ella. Corrió a la puerta del piso, convencida de que había entrado alguien. Y yo detrás de ella, embobado mucho más que asustado.
               -¿No la habrás abierto tú, no? -gritó silenciosamente, agarrando la manilla.
               -Yo... no. Yo...
               Al fin, cuando mi madre se encontraba ya al borde del colapso, apareció mi hermana. Salió de debajo de la cama de mi madre, con sus ojos redondos como platos y aquella expresión de infinito asombro que habría de aparecerle tantas veces a lo largo de su vida ante sucesos inesperados. Mi madre casi se desploma cuando la vio, la tomó en sus brazos y la estrechó con fuerza, llenos de lágrimas sus ojos. Pero fue sólo un momento, enseguida se rehízo, puso a mi hermana en el suelo, se agachó a su lado y le preguntó:
               -¿Y el chorizo? ¿Has visto tú el chorizo? -obsesionada por su desaparición mucho más que convencida de encontrar una respuesta.
Mi hermana esbozó una mueca que, quizás, podría ser una media sonrisa, se llevó las manos a la boca y farfulló en su medio lenguaje:
                -Choizo... Yo... ico, ico.
Se lo había zampado ella. Enterito. Sólo había dejado el cordelillo, que mi madre encontró un instante después debajo de su cama.
Nadie nace con fe. Salvo casos excepcionales, que conocemos sólo por la propia narración del sujeto y, en consecuencia, resulta cuando menos poco creíble, la fe se aprende y, por tanto, también se desaprende. Bien lo sabían los sacerdotes que llevaban a cabo nuestra educación religiosa cuando nos insistían una y otra vez en que debíamos rechazar enérgicamente la menor duda que acudiera a nuestra cabecita como una incitación del propio Satanás en persona.
Mucho tiempo después habría de recordar aquella anécdota del chorizo, cuando las dudas acudían una y otra vez a mi mente y yo no me esforzaba nada en rechazarlas. Ella me produjo no sólo una duda, sino también un convencimiento. ¿Cómo se le ocurrió a mi madre dejar solos en la casa, aunque no fuese más que un momento, a un niño de cuatro años con tendencias a las ensoñaciones y a un niña de dos? ¿Cómo se le ocurrió, además de dejarnos solos, colocar nada menos que todo un chorizo a la vista de los dos infantes? Yo era un melindres, pero mi hermana... A ella, algún tiempo más tarde, yo terminé llamándola zampabollos, porque desde que nació era una tragona de mucho cuidado, mote por el que me llevé más de un buen zapatillazo en salva sea la parte. Conociendo a sus hijos y siendo muy consciente del hambre que pasábamos, ¿no pensó que aquel chorizo constituía una tentación irrechazable? ¿Lo hizo para probarnos? ¿Para saber hasta donde llegaba nuestra obediencia, mi obediencia, en realidad, ya que al ser el mayor yo estaba obligado a controlar las idas y venidas de mi hermana?
En cualquier caso, y esto era lo realmente importante, quién era responsable de que mi hermana se hubiera zampado la tripa. El día en que ocurrió la anécdota mi madre me culpó a mí. Yo era el mayor y en lugar de viajar como siempre al país de la inopia, tenía que haber vigilado a mi hermana, demasiado pequeña para saber lo que hacía. A los cuatro años yo acepté aquella culpa sin apenas rechistar, convencido de que, en efecto, tenía que haber estado más atento. Pero a los trece o catorce años la cosa ya no estaba tan clara. O mejor, sí que estaba clara: ¿qué culpa había tenido yo? Aunque hubiera participado en el festín y aunque hubiera tenido yo la iniciativa y hubiera compartido la tripa con mi hermana, ¿qué culpa tenía yo?, ¿la de tener hambre? Más todavía: aunque la tripa me la hubiera zampado yo solito, quizás se me podría haber acusado de olvidarme de mi hermana, ¿pero de habérmela comido, de haber saciado mi hambre? ¡En modo alguno! ¡La culpa era enterita de mi madre! Ella no debió dejarnos solos bajo ningún concepto y mucho menos con aquella tentación ante nuestros ojos.
La Historia Sagrada que nos veíamos obligados a estudiar año tras año contaba cómo Dios había creado al hombre a su imagen y semejanza y lo había situado en un maravilloso jardín, permitiéndole comer del fruto de todos los árboles menos de uno, el de la Ciencia del Bien y del Mal, situado en el centro del espacio. Al parecer, aquel árbol producía manzanas y un día, empujado por Eva, que a su vez había sido tentada por Satán en figura de serpiente, el hombre, cuyo nombre era Adán, comió del fruto prohibido, un pecado terrible, a decir de los benditos padres que nos educaban, el pecado original, por culpa del cual había entrado la muerte en el mundo y todos los males conocidos y por conocer.
Mis primeras dudas se relacionaban con esta historia. Las explicaciones de los sacerdotes ya no me satisfacían. Qué significaba realmente que Dios hubiera creado al hombre a su imagen y semejanza. Significaba, así empecé a verlo yo, que el hombre tenía la capacidad de pensar y por tanto de desear. O, en otra palabra, con hambre, con hambre de saber. Ahora bien, la distancia de los hombres con respecto a Dios era infinitamente superior, un infinito real, no metafórico, que la mi hermana de dos años y yo de cuatro con respecto a mi madre. Y si yo concluía, creo que con bastante exactitud, que tanto mi hermana como yo éramos inocentes de que el chorizo hubiera desaparecido, ¿qué culpa podía tener Adán de haber comido la manzana? Como nosotros, ninguna. Toda la culpa era de Dios, al poner a prueba al hombre con una tentación tan miserable, del mismo modo, pero en un infinito mayor grado, que mi madre era culpable de haber dejado el chorizo a nuestra vista y alcance. Este convencimiento me llevó a una conclusión: o Dios era un malvado o un imbécil. Y a partir de aquel momento, aunque no sin dolor, empecé a dejar de creer.

jueves, 16 de octubre de 2014

Manual de torturadores

En punto a herejía se ha de proceder llanamente, sin sutilezas de abogado, ni solemnidades en  el proceso. Quiero decir que los trámites del proceso han de ser lo más corto que posible fuere, dejándose de dilaciones superfluas, no parándose su sustanciación ni en los días que huelgan los demás tribunales, negándose toda apelación que sólo sirva para diferir la sentencia.

Así comienza uno de los libros más infames que se hayan escrito nunca, el Directorium Inquisitorum o Manual de Inquisidores, del catalán Nicolás Eymerich (1320-1399), cuyo título real debiera ser el que lleva esta entrada, puesto que lo que el libro recoge son las normas que deben seguir los inquisidores ante los acusados (imputados, diríamos hoy) de un delito de herejía, normas que constituyen todo un repertorio de torturas, además de la específica con los instrumentos correspondientes.

Eymerich fue un fraile dominico, sin duda, uno de los más fanáticos de los muchos que a lo largo de la historia ha producido esta Orden, empezando por su fundador, y sabía bien de lo que hablaba, pues no en vano llegó a ser Inquisidor General de Aragón en la Inquisición primera, anterior a la refundada posteriormente a instancias de los Reyes Católicos.

Hacia el final de su pontificado el inefable Juan Pablo II, cuya elevación a los altares ha sido meteórica, pedía perdón por el comportamiento de la Inquisición. Lo hizo con gran solemnidad, pero también con la boca pequeña, ya que, a continuación de pedir perdón, justificaba tal comportamiento aparándose en que no era ajeno a las costumbres y la cultura de la época, toda vez que las autoridades civiles venían a actuar de un modo semejante. El papa, sencilla y llanamente, mentía. Mentía con esa sutil hipocresía de la que con tanta habilidad hacen uso las autoridades eclesiásticas. De acuerdo con el contenido del citado Manual, existían numerosas diferencias entre la jurisprudencia civil y los métodos empleados por los esbirros de la Inquisición. El propio Eymerich las especifica con detalle y es más que evidente que Juan Pablo II, todo un intelectual, no podía desconocer ni la existencia de este Manual, por otra parte famosísimo, ni su contenido. Veamos algunas de esas diferencias, con palabras del propio Eymerich:

1.- Los nombres de los testigos (en realidad, acusadores) no se deben publicar ni comunicarse al acusado, siempre que resulte algún riesgo a los acusadores, y casi siempre hay este riesgo, porque si no es temible el acusado por sus riquezas, su nobleza o su parentela, lo es por su perversidad (O sea, el simple acusado ya es perverso, sólo por el hecho de ser acusado. Pero, además, los tribunales civiles no trabajaban con este secretismo.)

2.- (Se comunicaba) la acusación suprimiendo las circunstancias de tiempo, lugar y personas, y cuanto pueda dar luz al reo para adivinar quienes son sus delatores (más secretismo, impensable, por supuesto, en los tribunales civiles)

3.- Puesto que la práctica de los jueces de los demás tribunales sea carear los testigos con el acusado para averiguar la verdad -anota la diferencia el propio Eymerich (toda la cursiva son sus palabras)-, no se debe proceder así ni hay semejante estilo en los tribunales de la inquisición.

4.- (El inquisidor puede mentirle al reo. así dice Eymerich): Puede preguntarse acerca de la palabra dada por el inquisidor al reo de usar con él de misericordia, perdonándole si confiesa su delito, lo primero sí puede usar de esta treta para averiguar la verdad... ( aunque algunos jurisconsultos) desaprueban esta ficción en el foro ordinario, creo que se puede usar en los tribunales de la inquisición, y la razón de esta diferencia es que un inquisidor tiene facultades más amplias que los demás jueces.

5.- Cuando confiesa un acusado el delito por el que fue preso por la inquisición, es inútil diligencia otorgarle defensa (¿para qué un abogado defensor?), sin que obste que en los demás tribunales no sea bastante la confesión del reo, cuando no hay cuerpo de delito formal.

6.- (Tampoco es posible recusar testigos) No se han de figurar los reos -dice Eymerich- que se ha de admitir con facilidad la recusación de testigos en causa de herejía, porque nada importa que sean estos abonados o infames, cómplices del acusado, excomulgados, herejes, reos de las más graves culpas, perjuros, etc. (incluso los perjuros, como se ve, pueden acusar y ser creídos sin posibilidad de que sean recusados.)

7.- (Mucho menos es posible la recusación de los jueces inquisitoriales) (porque) la recusación de jueces extraordinarios y ordinarios esté admitida, tanto en las causas civiles como en las criminales, no pueden ser recusados como sospechosos los inquisidores, porque siempre se presume que para el empeño de este cargo tan alto solo se nombran varones justísimos, prudentísimos y en quien no pueden recaer sospechas. (¡Toma ya!)

8.- (Tampoco tiene el hereje la posibilidad de apelar) Todas las leyes -asegura Eymerich- fallan que no compete a los herejes la facultad de apelar, como lo decide la del emperador Federico, y lo practicó el concilio de Constanza, desechando por ilusoria y vana la apelación hecha por Juan Hus. (Hus fue asesinado por los miembros del concilio, al que había acudido con el salvoconducto del emperador Segismundo.)

9.- (Es necesario aplicar la tortura, a pesar de que): No es la tortura medio infalible para apurar la verdad. Hombres pusilánimes hay que al primer dolor confiesan hasta delitos no cometidos; otros valientes y robustos que aguantan los más crudos tormentos. (Y el señor inquisidor se queda tan fresco)

10.- (No importa que en determinados casos o lugares la justicia civil no aplique la tortura, los inquisidores tienen que practicarla) El fuero otorgado por las leyes a los nobles de no ser puestos a cuestión de tormento en las demás causas no es aplicable a delitos de herejia; y en Aragón, donde no está admitida la tortura en los tribunales seculares, se manda en el Santo Oficio.

11.- (La Inquisición no practicaba propiamente juicios. Véase:) Aunque en el foro ordinario no permitan las leyes oír testigos ni fallar sentencia sin que se contravierta el punto por ambas partes, y oír al reo, siendo el fundamento de la determinación, según los jurisconsultos, los alegatos y las réplicas respectivas de las partes, no se sigue esta máxima en materia de herejía, estando autorizados los inquisidores a la omisión de formalidades, procediendo simpliciter et de plano, en beneficio de la fe. De suerte que la declaración de testigos, aunque esté ausente el reo o su procurador, hace fe, puesto que no es así en las causas de otra naturaleza.

Es decir, que la práctica de la época y, por tanto, el pensamiento, iban por un lado y la Santa Inquisición por otro. No se puede ser más infame. Ni, en el caso de Juan Pablo II, mentir con más finura y desfachatez. Y encima pidiendo perdón.

Volveremos sobre el librito, porque no tiene desperdicio. Por hoy me parece suficiente con esta muestra de cómo se las gastaba una institución siniestra que, a la antigua o a la moderna, atormentó a los españoles durante más de quinientos años y cuyos efectos perduran todavía en muchos de nuestros comportamientos.

PD.- Las negritas son mías.