viernes, 27 de junio de 2014

Hacia Dios

La Iglesia Española no ha pedido aún perdón por su participación directa en el golpe militar que acabó con la II República, ni por su colaboración, igualmente directa, en la represión llevada a cabo durante y con posterioridad a la guerra (in)civil que supuso el extermino de, al menos, doscientos mil españoles, cuyos restos, en su mayoría, continúan aún en las cunetas de las carreteras donde fueron ejecutados.
Lo pedirán. El perdón. Dentro de doscientos o trescientos años (si la tierra, como la conocemos, dura tanto) Pondrán su mejor boquita de liebre para decir: "lo sentimos, no debimos obrar así." Pero añadirán, como excusa, que se trataba del pensamiento dominante de la época y que la Iglesia no hacía nada que no hiciera también el poder civil. No exagero: es lo que ya hizo hace algunos años Juan Pablo II para excusar las torturas practicadas por la Inquisición.
La participación de la Iglesia Española adquirió una dimensión incluso sagrada para el bando golpista cuando la guerra que desató el golpe militar fue sancionada solemnemente como Cruzada por los obispos españoles. La calificación de Cruzada no es un asunto baladí. El término significa guerra santa y tiene su origen en el llamamiento realizado en Clermont (Francia) en 1095 por el papa Urbano II para formar un ejército cristiano que acudiera a luchar contras los musulmanes de Oriente. La palabra como tal nació del hecho de que los soldados estamparon en sus petos o en sus capas una cruz de considerables dimensiones que los identificaba como milites Christi, soldados de Cristo.
La participación en estas guerras sancionadas por la Iglesia tenían, y tienen, puesto que la Iglesia no ha renunciado formalmente a ellas, una alta recompensa para el participante: todos y cada uno de ellos se hacían acreedores a una indulgencia plenaria, con lo que el soldado redimía la pena temporal correspondiente a sus pecados, esto es, dicho en lenguaje llano, se libraba del purgatorio e iba directamente al cielo si moría en lo que se llama gracia de Dios. De ahí que antes de entrar en combate se acostumbrara a organizar confesiones y se procediese a decir una misa de campaña, en la que se repartía la comunión a los combatientes.
La Iglesia española no prestó gratuitamente su colaboración a los golpistas, a la postre vencedores en la guerra. Toda la sociedad cayó bajo la órbita de la moral católica. Las leyes estatales nacían con este marchamo. Sacerdotes entraban a formar parte del ejército como curas castrenses con rangos militares (¿alguien imagina a Cristo con el grado de, digamos, comandante?). Congregaciones de monjas se hicieron cargo de la enfermería hospitalaria, no como enfermeras, sino como jefas de las enfermeras. Aparte de su misión religiosa, los párrocos se convirtieron en una especie de comisarios políticos en sus parroquias, hasta el punto de que, para muchos empeños, por ejemplo, conseguir un trabajo por parte de los parroquianos, era necesario, entre otros documentos, un certificado de buena conducta emitido por ellos. Pero, sobre todo, la iglesia fue recompensada con el monopolio de la enseñanza. Los colegios privados pertenecían en su inmensa mayoría a las órdenes religiosas; los públicos recibían la supervisión de los párrocos, no sólo en lo tocante a la materia de religión, obligatoria, por supuesto, sino también a la moral y las costumbres de los alumnos.
Desde el nacimiento hasta el último suspiro, el control de la vida publica y privada de los españoles por parte de la Iglesia iba a la par con la que ejercía el Estado. Y esta vida era ante todo, oficialmente, un camino de expiación y de penitencia orientado a conseguir la salvación eterna después de la muerte. Todos los viernes del año, por ejemplo, eran días de ayuno y abstinencia de carne. Un periodo especialmente sombrío era la Cuaresma, que alcanzaba su culminación entre el Jueves y el Sábado santos, cuando bares, cines y, en general, todos los centros de diversión estaban obligados a cerrar sus puertas, las emisoras de radio sustituían la música habitual por la religiosa, los comercios cambiaban sus escaparates, especialmente las corseterías, que retiraban aquellos artículos que, como  sujetadores o fajas, podían despertar, siquiera remotamente, la concupiscencia (los jóvenes de hoy no pueden ni imaginar lo que era aquello). Los colegios, pero también otras instituciones, llevaban a cabo por este tiempo los llamados ejercicios espirituales, días tenebrosos en que, azuzados por los sermones de los predicadores, el infierno se convertía en el eje de las preocupaciones de los colegiales, obligados a realizarlos.
Como no podía ser de otro modo, en este clima carcelario y opresivo campaba a sus anchas la hipocresía. Y la Iglesia era, sin duda, el estamento más hipócrita de todo el entramado. Tengo ante mí un librito que allá por los primeros años sesenta del siglo pasado corría por la Universidad Laboral, entregada para su administración y control a los dominicos, en el que se pone de manifiesto tanto la preponderancia de la Iglesia como su capacidad para llevar el agua a su molino. Su título: Hacia Dios. Su autor: Indalecio Hernández Collantes, presbítero, falangista, capellán del ejército, con el que participó en la guerra de Marruecos, en la  guerra civil y en la segunda guerra mundial con la División Azul, en la que consiguió la Cruz de Hierro, otorgada por el régimen nazi.
El libro, con aspecto de misal, es, en realidad, un devocionario repleto de consejos para los jóvenes, pero lo abras por donde lo abras, bajo la capa de la piedad, te encuentras con el afán totalitario y represor de la Iglesia. En la página 287, por ejemplo, el autor define al papa como ...el sucesor de Pedro, el que hace las veces de Cristo, la cabeza visible de la Iglesia... es el Pastor, el Maestro, el Guía, el Jefe supremo... el que, juntamente con los Obispos y los sacerdotes, forma la  Jerarquía Sagrada (obsérvense las mayúsculas), para enseñar, santificar y gobernar a cuantos bautizados profesan la fe cristiana, reciben los Sacramentos y obedecen ciegamente sus mandatos.
La hipocresía está presente siempre, pero uno de los lugares en que reluce con mayor fuerza es al referirse a la Bula de la Cruzada, en la página 9. Recibe el nombre de bula un documento papal por el que se exime a los cristianos de cumplir algunas de sus obligaciones bajo determinadas exigencias, generalmente una aportación económica. La bula de la Cruzada en España fue un privilegio otorgado por el papa Julio II a los Reyes Católicos para compensarlos por los gastos ocasionados en la conquista de Granada del que los obispos españoles se aprovecharon al declarar Cruzada la guerra civil.
Esta bula se adquiría en las parroquias y con ella el comprador quedaba exento de los ayunos y de la abstinencia de carne. Su precio, diez como mínimo allá por los años cuarenta y cincuenta, sólo estaba al alcance de los más pudientes, aquellos que no sólo no pasaban el hambre que sufría la mayor parte de la población, sino que tampoco faltaba en su mesa la carne que la mayoría de los españoles sólo cataban, si acaso, en la Nochebuena.
Don Indalecio explica pormenorizadamente los privilegios de la bula, sin entrar, por supuesto, en quiénes podían adquirirla. Si que, enfatiza, sin embargo, en que no se compraba. Así, escribe: Para gozar de las gracias vinculadas a este diploma se requiere: Primero tomar la Bula. La Bula se toma, no se compra. Segundo, entregar a manera de limosna una cantidad previamente asignada según posibilidades económicas. Hipócritamente, hace como que no se da cuenta de la contradicción, pues ¿qué significa asignar una cantidad a un artículo, sea del tipo que sea, sino fijar su precio de venta? Aparte de que según posibilidades económicas quiere decir que había documentos de distintos precios, cosa que el autor no puede ignorar. Como no puede ignorar tampoco que no convenía hacer trampas intentando comprar la bula más barata estando en condiciones de comprar una de precio mayor.
Con un lenguaje imperial, el libro no tiene desperdicio. En esta España, cual paraíso de Dios, de rica herencia católica, inicia su descripción de la figura del sacerdote. La Virgen, por ser Madre del Dios Purísimo y Santísimo, no podía ser, ni por un momento, esclava del demonio, refiriéndose a la Inmaculada. Considera que Dios te hace el favor de un nuevo día y que muchos jóvenes de tu edad se acostaron sanos y amanecieron muertos, metiéndonos el miedo en el cuerpo a los jóvenes. La noche es un enemigo del hombre. La noche oculta el pecado. Piensa en el sexto y el séptimo Mandamientos: Juego, embriaguez, baile, otros espectáculos... , lo que debíamos pensar en relación con la noche. Donde hay hombres, unos tienen que mandar y otros que obedecer. Sin la autoridad del mando cundiría el desorden, vendría la anarquía..., acerca, claro, de la autoridad. Y en referencia al sexo: Contra el sistema corriente en nuestro pueblo de velar cuanto pueda decirse referente al sexto mandamiento, estimamos de necesidad ir descubriéndote la miseria moral que encierra el pecado impuro con la supuración de sus tan asquerosas llagas.
El libro concluye con el Himno de las Juventudes de Acción Católica, cuya última estrofa dice:
                                                Caballero del historial hispano,
                                                paladín, soy Cruzado de la Fe;
                                                caballero español y cristiano,
                                                por la causa del bien lucharé.
                                                Mi sendero en la tierra ilumina
                                                con destellos de su radiante luz,
                                                la misión sacrosanta y divina
                                                de vivir y morir por la cruz.

P.S. Las negritas son mías.