domingo, 18 de mayo de 2014

A vueltas con la Mezquita

En España no son pocas las mezquitas construidas por los musulmanes durante su permanencia en el país que, una vez conquistado el lugar por los cristianos, eran consagradas a la nueva religión y, sin tocar una sola piedra, pasaban a ser iglesias católicas. Posteriormente, tales mezquitas fueron siendo derribadas y en su lugar se levantaron templos de nueva planta. En muchas ocasiones, se aprovechaban partes de estas mezquitas para la construcción del nuevo edificio. En Córdoba, casi todas las iglesias llamadas fernandinas, por haberlas instituido este rey, y hay nada menos que once, están construidas en el solar de antiguas mezquitas. Nada de particular hay en ello. No es la cristiana la primera religión que derriba templos de otras anteriores para construir el suyo propio. Como también se da con enorme frecuencia que una determinada creencia construya un templo donde ya hubo otro de una creencia anterior.
La gran Mezquita aljama (esto es, la principal) de Córdoba siguió el mismo camino que el resto de las mezquitas de Córdoba y de otros lugares, con una salvedad: todavía sigue en pie para admiración y asombro de todos cuantos la visitan.
Córdoba fue conquistada a los musulmanes el 29 de junio de 1236 por el rey Fernando III de Castilla. En aquel tiempo, los nuevos territorios y ciudades arrebatados a los árabes pasaban a ser propiedad del monarca correspondiente, quien, a su vez, procedía a repartir parte del botín entre quienes le habían ayudado en las correspondientes batallas, bien a título de propiedad, bien bajo otros títulos.
Teniendo esto en cuenta, lo primero que hay que señalar es que la Mezquita cordobesa NUNCA FUE PROPIEDAD DE LA IGLESIA CATÓLICA, sino que formaba parte de los bienes de la Corona, como seguidamente se verá. La misma tarde de la toma de la ciudad, el propio Fernando III, no autoridad católica alguna, ordenó la consagración del templo para su uso como catedral cristiana, acto que llevó a cabo el obispo de Osma, don Juan Domínguez, siendo el primer obispo de la nueva Córdoba cristiana don Lope de Fitero.
Se cuenta, pero los arqueólogos tienen la última palabra, que en el lugar que ocupa la Mezquita existió en tiempos un templo romano dedicado al Sol. Sea verdadera o no esta tradición, lo cierto es que cuando en el año 711 los musulmanes conquistaron Córdoba, allí se encontraba la conocida como basílica de San Vicente, que habían construido los visigodos. Los nuevos conquistadores pudieron haberse apoderado del templo expulsando o liquidando tranquilamente a los cristianos. Poder no les faltaba para hacerlo. Pero no lo hicieron. En lugar de eso, compartieron el templo con los cristianos, juntos, pero no revueltos, cosa que callan la mayoría de las historias y, desde luego, la Iglesia, pero que sí cuenta el nada sospechoso de anticatolicismo Miguel Salcedo Hierro en su monumental La Mezquita, Catedral de Córdoba.
La construcción de la Mezquita la inició el emir Abd al-Rahmán I (731-788), que, tras conseguir escapar casi milagrosamente de la matanza de su familia, los Omeya, en Damasco, logró hacerse con el emirato de Córdoba. Este hecho ocurrió en 755. Para entonces, el número de musulmanes residentes en la ciudad había aumentado mucho y la basílica de San Vicente se había quedado pequeña. El nuevo emir disponía de un poder inmenso, tanto que había independizado a Córdoba de Damasco. Pudo tranquilamente apropiarse del templo ahora no sólo cristiano, sino también musulmán, al menos por su uso. Poder no le faltaba para hacerlo. Pero no lo hizo. En su lugar, convocó a los mozárabes (se llamaba así a los cristianos que vivían en territorio musulmán) y les propuso su adquisición, cosa que estos no dudaron en aceptar cuando el monarca árabe les ofreció la entonces exorbitante suma de 100.000 dinares de oro. Esto, que desconocen la práctica totalidad de los cordobeses, tampoco lo cuentan la mayoría de las historias y mucho menos la Iglesia, aunque sí lo hace igualmente Miguel Salcedo en su mencionada obra. Tras la construcción de Abd al-Rahmán I, la Mezquita se completó con tres sucesivas ampliaciones realizadas a lo largo de más de doscientos años por Abd al-Rahmán II, Al-Hakam II y Almanzor.
Que la Mezquita no fue nunca propiedad de la Iglesia lo prueba sobradamente el hecho de que a partir del momento de su consagración como templo cristiano, todas las obras que se realizaban en el edificio necesitaban la aprobación del monarca de turno. Alfonso X, hijo de Fernando III, por ejemplo, quien, maravillado ante la magnitud de la construcción islámica, llegó a afirmar que cortaría la cabeza del que se atreviera a tocar uno solo de sus ladrillos, autorizó por decreto de 1261 la reparación de una parte de la techumbre, ordenando que todas las iglesias de la diócesis cordobesa contribuyeran a los gastos de tales trabajos.
Durante 135 años los cristianos respetaron el edificio, con sólo un par de intervenciones que apenas afectaban a su fisonomía: la construcción de la hoy llamada Capilla de Villaviciosa y otra capilla hoy desaparecida, la de San Pedro, ante el Mihrab. En 1371, Enrique II de Castilla, ordenó la construcción de la Capilla Real, a espaldas de la de Villaviciosa, así llamada porque su destino sería el de servir de enterramiento de los monarcas castellanos, una construcción que se llevó a cabo siguiendo los modelos islámicos y por alarifes mahometanos.
 El primer ataque serio a la edificación agarena se produjo 118 años después de la construcción de la Capilla Real, en 1489, cuando el obispo Íñigo Manrique tuvo la ocurrencia de construir un templo de estética cristiana dentro del edificio musulmán que hiciese las veces de auténtica catedral. Para realizar la obra tuvo que pedir autorización a los Reyes Católicos, encontrando durante bastante tiempo la oposición de la Reina, hasta que ésta acabó por acceder, más que nada para quitarse de encima al moscón del obispo que no cesaba de importunarla. Esta construcción se realizó en la zona de ampliación de Al-Hakam II, alzando una nave de un estilo gótico sumamente pobre que iba de oeste a este y que tenía por cabecera la Capilla de Villaviciosa. Tal nave, aunque abierta, se conserva todavía.
 Pero el gran ataque al edificio islámico se produjo bajo el mandato de otro obispo Manrique, don Alonso, que no tenía ningún vínculo con el primero, salvo, si acaso, el del fanatismo cristiano. Cuando en 1516 don Alonso llegó a Córdoba para tomar posesión de su cargo sufrió una tremenda decepción al descubrir que la catedral era un templo mahometano, grande, pero nada alto, en el que había embutida una pobre nave gótica. Él, que había vivido en Bruselas y Amberes y conocía sus imponentes catedrales góticas, no podía soportar la, a sus ojos, ridiculez cordobesa, de modo que de inmediato concibió la idea de embutir en el edificio agareno una verdadera catedral, como las que existían en Europa.
El obispo se encontró entonces con la oposición radical del Cabildo municipal, mucho más valiente entonces que los ayuntamientos de hoy, y la de toda la sociedad cordobesa. Fue un choque en toda regla de Córdoba con su obispo. Pero el obispo era cabezón y, al fin, después de mucho insistir consiguió la autorización del emperador Carlos I. Las obras se iniciaron en 1523 y se prolongaron hasta 1607. Cuando, algún tiempo después de dar la licencia, el emperador, que no conocía la Mezquita, visitó la ciudad y vio el destrozo que se estaba haciendo en el edificio islámico maldijo el momento en que otorgó su permiso. "Catedrales muchísimo mejores que esta las hay por docenas en Europa, sin embargo, un monumento como la Mezquita es único en el mundo", dijo.
Haya o no documentos que lo confirmen, que debe haberlos, tras el fin del Antiguo Régimen, la Mezquita pasó a ser propiedad del Estado, es decir, público o lo que es lo mismo, de todos los españoles. Que tal cosa es cierta lo prueba el hecho de que Franco, sí, el propio Franco, aquel al que la jerarquía católica paseaba bajo palio, concibió la idea de trasladar la catedral piedra a piedra a otro lugar de la ciudad y devolver la Mezquita a su estado original. Incluso llegó a tener elaborado el proyecto, que si no se llevó a cabo fue únicamente por lo exagerado de su costo económico. De esto sabe mucho más que yo Manuel Harazem, el cordobés que mejor conoce las cosas reales de Córdoba, junto con Paco Muñoz.
Quinientos años después de aquella tropelía vuelve a cometerse un nuevo atentado contra la Mezquita, en esta ocasión no contra el edificio en sí, sino contra sus legítimos propietarios. En efecto, gracias a la modificación incluida en la Ley Hipotecaria en 1998 por un gobierno del PP encabezado por el señor Aznar, el obispado cordobés ha conseguido inscribir la Mezquita a su nombre en el Registro de la Propiedad. La operación, por la que ha pasado a ser propietaria única del edificio, le ha costado sólo 30 €, que, pasmosamente, recuerdan las 30 monedas que recibió Judas por traicionar a su maestro. Y lo ha hecho sin la menor oposición de las autoridades locales y ante el cobarde silencio de la práctica totalidad de la sociedad cordobesa.
No satisfecho con esta apropiación, ahora, además, don Demetrio Fernández, un obispo montaraz que, sin duda, se pasa por el forro de los cataplines los nuevos aires que, según dicen, trae el papa Francisco a la Iglesia, se ha empeñado en borrar la historia y la realidad del monumento y con ellas la de la propia Córdoba que, como bien se sabe, es conocida en todo el mundo como la ciudad de la Mezquita. Tal empeño se centra en eliminar este nombre, para él maldito, y denominar al edificio únicamente como Catedral. A tal efecto ha elaborado una audio guía y un espectáculo multimedia nocturno en los que la construcción islámica queda reducida a un mero e insignificante paréntesis entre la basílica de San Vicente y el templo del obispo Manrique. Y lo ha hecho además con la colaboración incluso económica del Ayuntamiento, ayer presidido por la tránsfuga Rosa Aguilar y hoy por José Antonio Nieto, un pipiolo más imbécil que otra cosa.
Para completar el panorama cabe añadir que la Mezquita-Catedral recibe cada año un millón de visitantes que abonan ocho euros por la entrada, lo que da un total de ocho millones de euros. Este dinero pasa a las arcas del cabildo catedralicio que no paga impuesto alguno por él, ni siquiera el IVA. No obstante, cuando el edificio requiere una restauración, es el Estado el que corre con la mayor parte de los gastos o, lo que es lo mismo, que somos todos los españoles los que sufragamos tales trabajos.
¡Y todavía hay que escuchar en las tertulias de la Cope (televisión y radio) que los que están en contra de este robo manifiesto y tratan de que el edificio recupere su carácter público, sin tocar el uso religioso del mismo, sólo pretenden expropiar la catedral a la Iglesia!

lunes, 5 de mayo de 2014

El dolor de Cristo

El dolor. Siempre el dolor. ¿No es él en el fondo el eje principal alrededor del cual gira nuestra vida? El temor al dolor, que es ya una forma de padecerlo, o su padecimiento directo. Con dolor nacemos, aunque se haya borrado de nuestra memoria consciente, con dolor vivimos y con dolor desaparecemos de este mundo. Dolor físico y dolor moral. Los más o menos abundantes momentos de placer o, al menos, de bienestar, de tranquilidad que disfrutamos a veces qué son sino leves paréntesis, treguas sin negociar que conseguimos arrancarle al dolor. Paréntesis, treguas que, en ocasiones y dependiendo de su duración, nos crean la ilusión de que son eternos y de que la vida puede consistir también en un luminoso discurrir de gozo en gozo.
Los seres humanos tenemos distintas maneras de afrontar el dolor. Muchos, sencillamente, lo niegan. Otros tratan de superarlo atiborrándose de analgésicos de todos los tipos, incluida la visita al psicoanalista. A algunos hasta les entusiasma y se regodean con él como con una obra de arte: son los amigos masoquistas, siempre dispuestos a sufrir con una mueca de gozo en los labios y los ojos inyectados de luz. Buda creyó haberlo vencido levitando en un tiempo sin días, sin horas, sin minutos, en un tiempo sin tiempo. La ciencia lucha por encontrar sus causas con la esperanza de hacerlo desaparecer algún día.
Los cristianos católicos, por su parte, se apuntan a la resignación, eso dicen, tomando como modelo máximo de dolor el padecimiento de Cristo, según ellos, el mayor sufriente de la historia a causa de sus ignominiosas, pero salvadoras, pasión y crucifixión. De acuerdo con esta regla, cualquier dolor que un ser humano sufra no deja de ser una minucia comparado con el de Cristo clavado en la Cruz.
Minimizar el sufrimiento humano mediante la sublimación del padecido por Cristo, tal es, en síntesis, la actitud de los católicos. O, lo que viene a ser lo mismo, cargar pacientemente con nuestra cruz, porque nunca podrá ser tan pesada ni tan angustiosa como la de Cristo y sólo gracias a ella alcanzaremos el reino de los cielos.
¿Pero tan tremendo, tan potente fue el sufrimiento del protagonista de los evangelios? El Domingo de Ramos el, a veces, divertido programa de televisión Cuarto Milenio estuvo dedicado a Cristo. Hubo un cochambroso debate entre el director de una revista esotérica y el profesor Antonio Piñero. Grima daba ver los esfuerzos del profesor por introducir algún argumento razonable en la verborrea del esperpéntico director, que no cesaba de interrumpirlo con auténticas majaderías pseudognósticas.
Pero el plato fuerte del programa fue la intervención del médico forense doctor Cabrera, quien, ante un muñeco de tamaño natural, supongo que de plástico, representando a Cristo yacente, se dedicó, inflamado de fervor, a practicar la autopsia del Difunto. En boca del señor doctor, el dolor de Cristo era el Tema, así, con mayúsculas, que más interesaba a la humanidad. Azotes -el tremendo instrumento romano en la mano-, con desgarramiento de la piel y rotura de costillas incluida; corona de espinas, allí bien visible; clavos con los que los soldados atravesaron las muñecas (no las manos) y los pies de Cristo. Todo descrito al detalle, magnificado tanto con gestos como con exclamaciones. Hasta catorce veces le conté la palabra terrible. Sólo al final de su discurso se le escapó, supongo, una frase que resulta clave en la realidad del asunto: ningún ser humano, vino a decir, ha sufrido de un modo tan terrible en el curso de sólo veinticuatro horas.
Por más entusiasmo que pusiera en su relato, el doctor Cabrera no puede creer lo que decía. Como no lo puede creer tampoco, aunque así lo pregone también, la jerarquía católica ni ningún fiel de a pie medianamente informado. Sin duda, el padecimiento de Cristo fue tremendo. No quisiera yo, en modo alguno, verme en su lugar. Pero qué es lo que hace realmente espantoso un dolor, su intensidad o su duración. ¿O cómo habría que calificar un dolor al que a su intensidad se le añadiera la duración? 
El sufrimiento de Cristo no duró ni siquiera veinticuatro horas y todo terminó con su muerte. Sin embargo, no uno ni dos, sino que a lo largo de la historia se cuentan por millones los seres humanos que han padecido tormentos tan potentes como el de Cristo, pero también mucho más dilatados en el tiempo, lo que hace su dolor infinitamente más horrendo.
Tormentos aplicados por el destino (¿o por la mano de Dios?) -los enfermos de determinados cánceres, por ejemplo, o sus familiares, si aquellos ya fallecieron, saben de lo que hablo- y tormentos aplicados por otros seres humanos, como en el caso de Cristo, que ni siquiera terminan en la muerte, sino que se prolongan y se prolongan en el tiempo, convirtiendo el sufrimiento del torturado en una experiencia real y verdaderamente espantosa.
Los propios católicos, emulando no a su Salvador, sino a los romanos, han aplicado este tipo de tormentos a todo el que a ellos les ha parecido oportuno.
En Córdoba, en la calle Manrique, al lado del Mezquita, existe un Museo de la Inquisición en el que se han reunido un buen número de los instrumentos de tortura que los benditos frailes dominicos y otros de su calaña aplicaban a sus víctimas no durante veinticuatro horas, sino durante días y días, durante semanas y aún durante meses, de manera intermitente, poniendo todo el cuidado en mantener con vida al torturado con el objeto de conseguir su confesión.
Si tienen ocasión, visiten este museo, vean con sus propios ojos tales instrumentos. Luego, si lo creen oportuno, sigan creyendo en el mito de que  no ha existido un ser humano que haya sufrido tanto como Cristo.