domingo, 23 de febrero de 2014

Inocencio III

El papa es el punto de encuentro entre Dios y el hombre... el que puede juzgar todas las cosas y no puede ser juzgado por nadie.
He aquí el lema fundamental de un hombre como usted y como yo, quiero decir con los mismos componentes: una cabeza, dos brazos, dos piernas..., que tiene que comer y luego miccionar y defecar, un hombre cuyo biografía, sin embargo, no debería faltar en una Historia Universal de la Ambición, pues pocos seres humanos pretendieron llegar tan alto como pretendió y en buena parte consiguió alcanzar él. En la imagen superior está representado este hombre; en la inferior, Cristo en majestad. Véase, comparando ambas, hasta dónde llegaba la ambición  del de arriba.
No se conformó con ser el sucesor o vicario de San Pedro, sino que se hizo llamar Vicario de Cristo, un título que a partir de él llevan ya todos los papas.
La idea de las dos espadas, la espiritual y la temporal, como símbolos del poder del papa y el de los reyes, no era suya. Él no sólo se apropió de ella, como habían hecho sus inmediatos antecesores, sino que la amplió hasta el punto de afirmar que, por graciosa concesión de Dios, ambas espadas le pertenecían y que la temporal, que utilizaban los reyes y mandatarios, era una cesión del papado para, además de someter a sus súbditos, defender al papa y su trono.
Con esta idea en mente, fue también el primero que adoptó un escudo de armas al comienzo de su pontificado, acción que perduraría ya para siempre a través de los sucesivos papas. En el diseño del escudo no se atrevió, sin embargo, a incluir las dos espadas. Hubiera sido, cómo diríamos, ¿demasiado atrevido en una organización que tiene como lema principal el amor al prójimo y, en consecuencia, la paz? En su lugar puso dos llaves, una dorada y otra plateada, la primera representa el poder espiritual, la segunda el poder temporal. Y ambas pertenecen al jefe de la Iglesia. Tales llaves figuran desde entonces en el escudo de todos los pontífices, aunque poquísimos católicos saben lo que representan.
Desde el siglo IX y a pesar de que el reino de Cristo no es de este mundo, la Iglesia contaba con el Estado Pontificio, gracias a la falsificada Donación de Constantino y a la contraprestación que debió satisfacer Carlomagno para ser coronado emperador. Como jefe de tal Estado, este hombre amplió sus dominios, apoderándose mediante hábiles negociaciones del ducado de Spoleto, la Marca de Ancona, parte de la Toscana, todo ello por el norte, y el condado de Sora por el sur. A su muerte, había duplicado el territorio, aunque, en este sentido, no murió satisfecho, ya que en su ambición y en sus planes entraba triplicarlo.
Con sus ideas sobre el poder y en un momento en que el feudalismo empieza a tambalearse y los reyes, especialmente los de Francia e Inglaterra,  a reclamar su autonomía, utilizó a destajo la excomunión, un arma entonces formidable que permitía a los papas doblegar con relativa facilidad la voluntad de los príncipes, pues tal condena equivalía a despojarlos de sus coronas al eximir a sus súbditos de la obligación de acatar su autoridad. De este modo aparejó o prohibió matrimonios, intervino activamente en la elección del emperador de Alemania, se alió con unos en contra de otros, siempre en defensa no del reino de Cristo, sino de la Iglesia y de su Estado.
Como defensor a ultranza de la ortodoxia católica, veía enemigos por todas partes. Para combatirlos, llegó a convocar cuatro cruzadas. En la primera, destinada a la recuperación de Jerusalén, los cruzados se desviaron de su ruta y lo que hicieron fue apoderarse de la cristiana Constantinopla, sometiendo a sus habitantes a un baño de sangre. En la segunda le fallaron los venecianos que, aunque cristianos y muy católicos, jamás ponían la religión por delante de sus negocios. La tercera fue contra los moros de España, triste país en el que han mandado más los papas que los propios españoles. Con esta los reyes castellanos lograron la victoria en la conocida como Batalla de las Navas, gracias al apoyo de los cruzados europeos.
Pero la cruzada que pondría de relieve la auténtica personalidad de este hombre fue la que desató contra los cátaros, secta de cristianos heterodoxos que se extendía por el territorio de Aquitania y el Rosellón, en Francia, y que predicaban la austeridad de una vida de pobreza y la crítica de las riquezas acumuladas por la Iglesia de Roma. Encabezada por el mercenario Simón de Monfort y por el abad cisterciense Arnaut Amaury, las tropas católicas sembraron el terror en la región. Especialmente llamativa fue la toma de Beziers, a orilla del río Orb, cuyos habitantes, entre quince y veinte mil, fueron pasados a cuchillo en su totalidad. Por este éxito, Arnau Amaury sería premiado con el arzobispado de Narbona.
El hombre que llevó a cabo todas estas hazañas fue Lotario de Segni, conde de Segni, un aristócrata, como otros muchos que han llegado a ocupar el trono de San Pedro. Con una excelente formación en teología y derecho canónico, dos campos fundamentales para abrirse camino en el seno de la Iglesia en aquella y en casi cualquier época, fue, no obstante, nombrado cardenal por su tío, el papa Clemente III, en una demostración más de cómo las familias de alcurnia han sabido acaparar tmbién para sí el solio papal, con el auspicio, por supuesto, del Espíritu Santo.
A Clemente III le sucedió Celestino III, a la muerte del cual fue elegido papa nuestro Lotario, quien tomó el nombre de Inocencio III. Tenía sólo treinta y siete años. En el momento de su elección, no era más que diácono, por lo que, a toda prisa, fue consagrado sacerdote y, poco después, para no desentonar, obispo (para ser cardenal no se necesitaba ser sacerdote y no se ha necesitado hasta 1983 en que se modificó el Código de Derecho Canónico.)
Además de todo lo contado, nuestro Lotario, Inocencio III, aprobó las órdenes de los dominicos y los franciscanos. Acerca de ésta orden, la película sobre San Francisco retrata perfectamente a este papa. En efecto, ante la protesta de los cardenales por la pobreza de que hacían gala los franciscanos, Inocencio III les hace ver lo que le convenía a la Iglesia aquellos mendicantes que no ponían objeción alguna ni al poderío ni a las riquezas de Roma.
Que esto era así quedó demostrado poco después, cuando el concilio de Letrán de 1215, convocado por el papa, condenó la doctrina y la práctica de Joaquín de Fiore, un franciscano disidente que sí cuestionaba, más que la autoridad, el lujo y la ostentación del papa y de toda la corte papal. En este concilio, después de las masacres cometidas sobre su seguidores, se condenó la herejía cátara, que algunos llaman albigense, por considerar que su cuna se sitúa en la ciudad de Albi. Este concilio aprobó también la obligación de confesar y comulgar al menos una vez al año, por Pascua, obligación que se mantiene hasta nuestros días para los católicos. Igualmente, se aprobó una resolución por la que se obligaba a los judíos a llevar vestidos que los distinguieran de los cristianos a simple vista, al tiempo que se les prohibía ocupar cargos públicos y -¡toma castaña!- a salir a la calle durante la Semana Santa.
Sus hagiógrafos, que hasta el momento son la mayoría de los escritores que de él cuentan algo, afirman que Lotario o Inocencio III poseía una brillante inteligencia, así como consistente piedad. Ambas cualidades quedan más que demostradas tanto en la convocatoria de sus cruzadas como en su actitud ante todo aquel que no comulgaba con las directrices de Roma.
Inocencio murió de forma repentina a los cincuenta y nueve años, en Perusa, adonde se había desplazado para negociar la paz entre Pisa y Génova, de cara a la convocatoria de una nueva cruzada. Se cuenta que, poco tiempo después de su muerte, el papa se apareció envuelto en llamas a Santa Lutgarda, a la que, aparte de darle un buen susto, le dijo que se encontraba en el purgatorio y que pidiera por él porque tenía para siglos. Esto, naturalmente, no es más que una leyenda, pero, más allá de ella, poca condena parece para quien tanto daño vino a causar al mundo.

Fuentes:
Después de Cristo.- Alfredo Fierro
Diccionario de los papas.- Juan Dacio
Historia de los papas.- Rafael Ballester
Historia general de la Inquisición.- Leonardo Gallois.
Diccionario de los papas y de los concilios.- Leonardo Gallois
El tiempo del apocalipsis. Vida de Joaquín de Fiore.- Gian Luca Potestá
 

sábado, 15 de febrero de 2014

La jueza y la asesina

La Biblia es un libro de hombres y para hombres. Las mujeres son sólo sujetos pasivos, hembras paridoras destinadas a perpetuar la estirpe del varón. Eso en el mejor de los casos. En numerosas ocasiones no son más que el maldito instrumento del que Satanás se vale para tentar al hombre y llevarlo por el camino de la perdición.

Esta es la interpretación clásica que, incluso con palabras casi idénticas a estas, han hecho los teólogos católicos hasta por lo menos el siglo XIX y es la interpretación que, la mayoría de ellos, siguen haciendo al día de hoy, sin bien con palabras más sutiles y con enrevesados argumentos que pretenden difuminarla y endulzarla.

No debe resultarnos sorprendente tal interpretación. La Iglesia, encabezada por San Pablo, su guía primero, si es que no su creador, desprecia profundamente a la mujer. Según San Pablo, la mujer ha sido creada casi exclusivamente para uso del hombre, para proporcionarle la paternidad al hombre. Claro ejemplo de este desprecio lo constituye la postura eclesiástica ante la Virgen María. La mujer en cuyo vientre se gestó nada menos que el Hijo de Dios, apenas es citada una docena de veces en el conjunto de los cuatro evangelios. Marcos, cuyo es el primero de estos evangelios, por más que en las biblias católicas aparezca situado en segundo lugar, tras el de Mateo, sólo la cita dos veces y en escenas que constituyen más bien un menosprecio para la buena mujer. No menciona ni la anunciación ni el nacimiento de Jesús y tampoco sitúa a la Virgen en el Calvario, a la hora de la muerte de su hijo.Tampoco la sitúan en este lugar ni Mateo ni Lucas, que sí la mencionan en el nacimiento de Jesús y poco más. Sólo Juan, que no habla del nacimiento, sitúa a la Virgen en el Calvario.

Los padres de la Iglesia, los conocidos como Santos Padres hablan encomiásticamente de ella, por supuesto, pero casi sólo a partir del siglo V, cuando el catolicismo está ya suficientemente institucionalizado y no hay  temor a que una diosa madre de las que abundaban por los alrededores viniera a ocupar el lugar de privilegio que, según dichos padres, sólo podía corresponderle al Hijo. El culto, sin embargo, no se generalizaría hasta el siglo XI. Todavía el dogma que más directamente atañe a la propia Virgen, el de su concepción inmaculada, esto es, concebida por su papá y su mamá sin la horrenda mancha del pecado original, no sería proclamado hasta 1854.

Tal pensamiento furibundamente misógino encuentra su fundamento en la cultura judía, hijo de la cual es el cristianismo y, por tanto, el catolicismo. Ahora bien, la Iglesia ha llevado hasta límites realmente extremos el papel secundario y subordinado de la mujer respecto del hombre, pues en la propia Biblia y a pesar de la misoginia que toda ella destila, se cuentan con absoluta naturalidad la historia de mujeres que ejercieron funciones destinadas a los hombres y cuya décima parte de protagonismo ya quisieran para sí las mujeres católicas actuales, en el seno de la Iglesia.

Dos de estas mujeres aparecen en el mismo libro, el de los Jueces, y en el mismo capítulo, el cuarto, ambas con idéntico objetivo, aunque cada una en posiciones y con medios bien distintos. Una de estas mujeres es Débora, mujer de Lappidot, profetisa y jueza, que en términos modernos vendría a ser algo así como jefa de gobierno con capacidad no sólo para dirigir los asuntos políticos, sino también para dirimir los pleitos surgidos entre sus súbditos, como muy bien explica el citado libro en el versículo quinto de dicho capítulo cuarto. La otra mujer es Yael, esposa de Jéber, al que llaman el quenita.

En aquel tiempo, los israelitas se encontraban sojuzgados por Yabín, un cananeo que reinaba en Jasor, y, una vez que el pueblo la elige como jueza, Débora no duda en declararle la guerra. Al mando del ejército de Yabín se encuentra un general, Sisara. Débora, por su parte, encomienda la jefatura de las tropas israelíes al general Barak, hijo de Abinoam (la Biblia es detallista hasta la exageración en estas nimiedades), al que ordena incluso el número de combatientes que ha de reclutar, así como el orden en que ha de  plantear la batalla. Barak (y esto es realmente prodigioso en libro tan misógino) se resiste a partir, si no es acompañado por la propia Débora. Si vienes conmigo voy -relata textualmente el autor del texto-. Pero si no vienes conmigo, no voy, porque no sé en qué día me dará la victoria el Ángel de Yahvé. A lo que Débora reponde: Iré contigo, sólo que entonces no será tuya la gloria del camino que emprendes, porque Yahvé entregará a Sisara en manos de una mujer. (Más o menos, Débora se permite el lujo de llamar cobarde a Barak y nadie se escandaliza por ello.)

Ambos ejércitos se enfrentaron junto al Torrente de Quisón y, tras una durísima batalla que duró todo el día, los israelitas derrotaron a las huestes de Sisara, a pesar de los nada menos que novecientos carros de hierro de los que el general de Yabín disponía para el combate. Todo el ejército de Sisara -cuenta textualmente la Biblia- cayó a fila de espada: no quedó ni uno

Esta afirmación no es del todo cierta, pues sí que quedó uno: Sisara. Y aquí es donde comienza el protagonismo de Yael. Sisara huyó, llegando hasta la tienda de Yael, a la que creía amiga, pues reinaba la paz entre Yabin, rey de Jasor, y la casa de Jeber el quenita. "Ven, señor mío, ven hacia mí. No temas -cuenta el libro de los Jueces que Yael le dijo a Sisara-. Este entró en la tienda y ella lo tapó con un cobertor.

Él le dijo: "Por favor, dame de beber un poco de agua, porque tengo sed." Ella abrió el odre de la leche, le dio de beber y lo volvió a tapar. Él le dijo: "Estate a la entrada de la tienda si alguno viene y te pregunta y te dice: ¿Hay alguien aquí?, respóndele que no" Pero Yael, mujer de Jéber, cogió una clavija de la tienda, tomó el martillo en su mano, se le acercó callando y le hincó la clavija en la sien hasta clavarla en tierra. El estaba profundamente dormido, agotado de cansancio y murió.

Aquí están: dos mujeres valerosas hermanadas por el protagonismo y por el objetivo: acabar con los enemigos de Israel. La primera es una reputada jueza. La segunda, una asesina. ¿Pero qué importa esto cuando lo relevante es el fin que se persigue? Bien claro deja el autor del texto que a él, y por extensión a todos los seguidores de la Biblia, le importan un comino las consideraciones éticas entre el fin y los medios para conseguirlo, ya que, no sólo no censura en ningún momento el comportamiento de Yael, sino que a continuación de la historia incluye el Cántico de Débora y Baraq, un sentido poema en el que se glorifica a Débora, pero también a la asesina, de la que se permite el lujo de decir: Bendita entre las mujeres Yael, entre las mujeres que habitan en tiendas, bendita sea.

Para el que quiera leer la historia completa: Libro de los Jueces, capítulos cuatro y cinco.

sábado, 8 de febrero de 2014

De cómo asesiné a la romana

 
Yo me enamoré del teatro a los nueve años de edad. Fue un flechazo. Una sombría tarde de otoño en el teatro del colegio de los salesianos de Córdoba. No recuerdo el título de la obra que pusieron y, claro es, tampoco su autor, creo que se trataba de El Cardenal, un montaje a cargo del grupo de teatro de la Asociación de Antiguos Alumnos del colegio. El patio de butacas estaba a rebosar de alumnos. Pero yo, no sé por qué, me encontraba en el anfiteatro, junto a sólo un pequeño grupito de compañeros. Me fascinó, sobre todo, la iluminación del escenario en medio de la oscuridad absoluta de la sala, luces de distintos colores que se encendían o se apagaban acentuando o difuminando los distintos momentos y, bajo ellas, los personajes deambulando en sus trajes de época, principios del siglo XX, el cardenal, su gran capa roja llenando la escena, sosteniendo entre ellos diálogos que ni entendía ni falta que me hacía, pura magia que me permitió vivir uno de los momentos mas gratos e intensos de mi estancia en el colegio.
La afición a la lectura era anterior. Tengo para mí que nací con ella. A los cuatro años ya leía el periódico y todos los letreros de las tiendas que veía en la calle, aunque sin enterarme de casi nada. Me enseñó mi padre, que leía mucho, sobre todo en la cama, con su cigarrillo entre los dedos, pero sólo novelas del oeste, de aquellas de Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane y otros por el estilo. Estas constituyeron también mis primeras lecturas. Mas no tardé en cansarme de ellas: eran todas iguales. No sé cómo mi padre podía leer una tras otra sin cansarse ni aburrirse. En una casa humilde, en la que faltaba casi de todo, un buen refugio fue para mí la Enciclopedia Pulga. Gracias a ella, descubrí a autores como Julio Verne, Salgari, Stevenson, Poe y hasta Emily Brönte y su Cumbres Borrascosas. Me hice de dos o tres ejemplares y luego los iba cambiando por una perra gorda en un local de tebeos y novelas del oeste y del FBI que había casi al lado de mi casa y que tenía cientos de ejemplares de esta colección.
Mi adolescencia consistió en su mayor parte en una guerra permanente entre la naturaleza y la religión. La naturaleza me empujaba a descubrir mi cuerpo, a conocerlo, a disfrutar de él, en una palabra, me empujaba a masturbarme, cosa que, por temporadas, hacía a diario con infinita fruición. La religión, por su parte, tiraba de mí hacia una ignorada castidad cuyo conocimiento me habían revelado los santos padres del colegio, señalándola como el único camino llegar a ser un hombre de provecho y, lo que era mucho más importante, para conseguir mi salvación eterna en la otra vida. Fue una lucha titánica, con episodios que me llenaban de euforia, seguidos de otros que me hundían en la más amarga desesperación.
Hacia los doce o los trece años, no sé cómo, cayó en mis manos un libro inolvidable: La Romana, de Alberto Moravia. ¡Madre de Dios, cómo narraba el bueno de Pincherle! ¡Qué verismo! ¡Y qué escenas eróticas tan... tan... tan magníficas! Bendito Onán que estás en los cielos, ni gallardas que me eché yo a costa de la pobre Adriana. Aquel: buscándonos las carnes, de la protagonista con su noviete o con uno de sus clientes, no recuerdo, me ponía como un soldado romano a punto de entrar en combate. Que me perdone don Alberto, pero una vez tras otra volvía a aquel libro buscando únicamente las escenas subidas de tono y siempre con el mismo propósito.
Cinco años después del flechazo del teatro me subí por primera vez a un escenario. Fue también en los salesianos. Un domingo de primavera, a media tarde. Me escogió uno de aquellos padres para hacer de Santo Domingo Savio, el protagonista de una de aquellas obras educativas de la Galería Dramática Salesiana. En síntesis, la obrita contaba cómo un grupete de niños se hacía con unas revistas de mujeres ligeras de ropa y cómo Dominguito Savio se apoderaba de ellas y las destruía con el acuerdo de los chavales, a los que había soltado un sentida plática acerca de la pureza.
Debió ser que, en mi inexperiencia, me metí demasiado en el papel. O quizás fueran los continuos sermones del cura durante los ensayos. No lo sé. El caso es que al terminar la obra sufrí uno de los ataques de mística que me volvían del revés y me empujaban a la expiación y a la penitencia y, nada más terminar la representación, corrí a mi casa, cogí el libro de Moravia, que guardaba como un tesoro, lejos, principalmente, de las miradas siempre inquisitivas de mi madre, me fui con él a la orilla del río y allí, entre lágrimas y suspiros, fui arrancando sus hojas y, una a una, arrojándolas al agua. Un asesinato en toda regla del que todavía no he terminado de arrepentirme.

P.S. La pintura de la bella señora de la cabecera es de Enrique Pertegás.

domingo, 2 de febrero de 2014

El azote de Dios

Atila. Todavía en Europa despierta su nombre ecos de terror. Atila. El rey de los hunos. Donde su caballo pisaba no volvía a crecer la hierba. ¿Un mito? ¿Una leyenda?
La Iglesia católica, con la habilidad publicitaria que la caracteriza, se ha encargado de agigantar su figura, porque al hacerlo agigantaba más aún la de uno de sus papas, León I (440-461), llamado el Grande, a quien historiadores católicos, absolutamente venales en su inmensa mayoría, presentan nada menos que como el salvador de Occidente, afirmando sin rubor que, gracias a León, la unidad del Imperio, destruida por las invasiones, es sustituida por una unidad espiritual, transformada poco a poco en la idea de civilización unitaria que se encuentra en la base del concepto de Europa (Juan Dacio: Diccionario de los papas). Como si el concepto de Europa y Europa misma no hubieran existido desde tiempos de los griegos, quienes la tienen incluso recogida en uno de sus mitos, aquel que cuenta cómo, prendado de ella, Zeus, en figura de toro, la trasladó a su grupa a través del mar hasta Creta, violándola allí junto a una fuente. Roberto Calasso, en un precioso libro, Las bodas de Cadmo y Armonía, inicia su narración con esta historia, cientos de años anterior a la aparición del cristianismo.
Pero hablábamos de Atila. Hasta el año 350 de nuestra Era nadie en Europa había oído hablar de los hunos. En la década siguiente, sin embargo, aparecen en gran número establecidos principalmente en la gran llanura húngara, actuando a partir de este momento y en diferentes ocasiones como aliados de Roma. Extraordinarios jinetes, con arcos capaces de lanzar sus flechas a distancias que nadie más alcanzaba, casi cien años más tarde se habrán convertido en una formidable y arrolladora potencia europea, alcanzando su cenit con el gobierno de Atila.
Los historiadores están en general de acuerdo en que Atila era un ser cruel, sanguinario, hasta el punto de no tener reparos en asesinar a su propio hermano con el objetivo de conquistar para sí todo el poder. Dotado de grandes dotes organizativas y militares, supo reunir bajo su mando a las distintas tribus que hasta entonces batallaban más o menos por su cuenta, formando un poderoso ejército. En poco más de quince años, puso en jaque al imperio romano. Se apoderó de los Balcanes, atacó Constantinopla y constituyó él mismo un imperio que abarcaba desde el Báltico al Mar Negro.
Pero no se conformó con ello y en el año 451 se lanzó sobre el imperio de Occidente, cruzó el Rin y en una campaña fulgurante se apoderó de Coblenza, Metz, Tréveris y Orleans, ya en el corazón de la Galia, destruyendo además cuanto encontraba a su paso. La campaña, sin embargo, no terminó bien para los hunos pues fueron vencidos por el general romano Aecio en las cercanías de Troyes, en un lugar hasta la fecha indeterminado que unos llaman Campos Cataláunicos y otros Campus Mariacus. Atila, enloquecido por la derrota, la primera de su carrera, pensó en quitarse la vida, pero sus lugartenientes le hicieron desistir de su idea.
Al año siguiente, el jefe de los hunos inició otra campaña contra el imperio romano de Occidente, en esta ocasión avanzando sobre la propia Italia. Cruzó los Alpes y, tras conquistar Padua, Mantua, Vicenza, Verona, Brescia y Bérgamo, se apoderó de Milán. Y aquí es donde interviene el papa León I. Los hagiógrafos echan las campanas al vuelo y no dudan incluso de tildar su intervención como verdaderamente milagrosa. Atila, según estos hagiógrafos, dicho llana, pero bien gráficamente, se acojonó con las palabras del papa y más aún con la aparición en el cielo de los santos Pedro y Pablo blandiendo tremendas espadas, como inmortalizó la escena el gran Rafael Sanzio. Inmediatamente, el caudillo huno, dio orden de retirada a su ejército y huyó como liebre perseguida por media docena de galgos.
La verdad histórica, sin embargo, es bastante más prosaica y, desde luego, bastante menos sobrenatural. El papa León I formaba parte de una embajada, en la que también participaban en pie de igualdad, el ex cónsul Avieno y el prefecto Trigetio. Su misión consistía en convencer a Atila de que no atacase la ciudad de Roma. Atila se los tomó a filfa. Y, no obstante, abandonó Milán y se marchó por donde había venido. ¿Por qué?
A la estrategia y la ferocidad indiscutibles del ejército huno le fallaba la táctica y, más aún, la logística. El desplazamiento a tanta distancia de unas tan numerosas fuerzas militares exigía contar, entre otras cosas, con enormes cantidades de víveres para las personas y de forraje para los caballos. Los hunos, sin embargo, iniciaban sus campañas llevando cada uno sus propias provisiones, fiando obtener un aprovisionamiento posterior en los territorios conquistados. No obstante, en su avance, su táctica consistía en el saqueo y la destrucción de cuanto iban encontrando. Por este motivo, a la altura de Milán empezó a escasear el alimento y, como consecuencia, en el ejército huno, que sólo conservaba el orden en el campo de batalla, hicieron aparición distintas enfermedades. Al mismo tiempo, el general Aecio avanzaba hacia Milán con fuerzas conjuntas de los imperios de Oriente y Occidente, mientras fuerzas del emperador de Oriente, Marciano, atacaban el feudo principal de Atila en el norte del Danubio. La combinación de estos elementos, y no la intervención de León X, fue la que hizo dar media vuelta al ejército huno y regresar a la carrera a su lugar de procedencia.
Atila no escarmentó con estas dos campañas fallidas y, tras su regreso, se dispuso a preparar una tercera para el año 453. No obstante, no tuvo tiempo de emprenderla. Poco antes de la partida, murió. Acababa de volver a casarse (tenía varias esposas, aunque no se sabe cuántas) y, cuentan las crónicas, que en el banquete de bodas se pasó con la bebida y, más tarde, ya en su tienda con su esposa, sufrió un derrame cerebral que le ocasionó la muerte. La recién casada, joven y asustadiza, no se atrevió ni a gritar y allí la encontraron a la mañana siguiente, aterrorizada al lado del cadáver.
En cuanto a León I, del que nos ocuparemos más ampliamente en su momento, murió tranquilamente en su cama el diez de noviembre del cuatro cientos sesenta y uno, no sin antes haber tomado para sí y para sus sucesores el título de pontifex maximus, sumo pontífice, que habían ostentado los emperadores romanos y al que renunciaron a partir de Graciano el Joven (375-383), lo que nos puede dar idea de la clase de individuo que era.

Fuentes: Además de las citadas en el texto:
             La caída del imperio romano.- Peter Heather. Ed. Crítica, 2006.
             Diccionario de Mitología Universal.- Ed. Akal, 1993
             La pintura de Rafael se encuentra en la Sala Heliodoro, perteneciente a las estancias vaticanas que llevan el nombre del pintor.