jueves, 4 de diciembre de 2014

Sucedió en Almería

Desde que la descubrí, allá por los primeros años setenta del siglo pasado, no dejo de visitar Almería con cierta frecuencia. La ciudad no tiene mucho que ofrecer desde el punto de vista monumental, la Alcazaba, la catedral y poco más. Pero a mí me atrae de ella, principalmente, dos cosas: su maravillosa luz y el carácter afable y parsimonioso de sus habitantes, que de un modo tan profundo contrasta con el hostil territorio en el que la ciudad se asienta.
La última vez que he estado en Almería ha sido para visitar los Refugios Subterráneos construidos durante la guerra de 1936. Aparte de los sevillanos, que en cualquier ocasión ponen a su ciudad por las nubes, a veces incluso en oposición a otras ciudades de la actual Autonomía, los andaluces no sabemos vender nuestra tierra. De fama imperecedera, aunque aciaga, goza Gernika, en el país vasco, a causa del bárbaro bombardeo llevado a cabo sobre ella por la tristemente célebre Legión Cóndor, alemana, y la Aviación Legionaria italiana, que produjeron, además de la destrucción de la villa, entre 120 y 300 muertos, no ha podido concretarse la cifra exacta. Pues bien, a lo largo de la guerra, la capital almeriense, que se había mantenido fiel a la república, sufrió nada menos que cincuenta y dos bombardeos, tanto desde el mar como desde el aire, recibiendo un total de setecientas cincuenta y cuatro bombas de gran tamaño que produjeron daños muy superiores a los de Gernika, en una ciudad considerablemente mayor. Sólo el bombardeo del 31 de mayo de 1937 produjo treintaiún muertos y la destrucción de medio centenar de edificios. Lo llevó a cabo desde el mar una escuadra alemana encabezada por el acorazado Admiral Scheer (qué hubiera sido de Franco sin la ayuda de los nazis alemanes, los fascistas italianos y el repugnante silencio de las democracias europeas, principalmente Francia e Inglaterra) con el lanzamiento sobre la ciudad de un total de doscientos cañonazos. Sin embargo, a pesar de la gravedad y relevancia de estos hechos, son muy pocos los españoles y aún andaluces que los conocen.

Para protegerse de tal diluvio de bombas, los almerienses construyeron en un tiempo record y bajo la dirección del arquitecto municipal Guillermo Langle unos refugios bajo tierra que llegaron a tener cuatro kilómetros de longitud y que contaban con sesenta y siente accesos, ventilación, almacenes y hasta un pequeño hospital de sangre. Franco no perdonó nunca a Almería su fidelidad a la República, por ello, además de mantenerla aislada y sumida en la pobreza durante su larga dictadura, ordenó sellar estos refugios, de modo que, con el tiempo, los almerienses perdieron hasta su recuerdo. Sin embargo, en el año 2001, fueron descubiertos casualmente durante la realización de unas obras y los almerienses recuperaron bruscamente la memoria. Desde entonces se ha rehabilitado un kilómetro, siendo visitable a través de un pabellón situado en la plaza de Manuel Pérez. El túnel, pues de tal se trata, se encuentra a una profundidad de entre ocho y doce metros, con una altura de dos metros y veinte centímetros. De sorprendente robustez, consiste en una bóveda de medio cañón rebajada sobre muros de hormigón de unos ochenta centímetros de espesor, con bancos corridos a un lado y a otro y contrafuertes sucesivos para evitar las ondas expansivas causadas por las bombas.
Ni en España ni en Europa existen en la actualidad unos refugios antiaéreos de la envergadura de estos. Su visita resulta, o al menos a mí me resultó, tan sobrecogedora como emocionante, sobre todo cuando, al final del recorrido, alcancé el pequeño hospital en el que se atendía de urgencia a los heridos que llegaban al refugio. Una tormenta de imágenes a cual más sombría estuvo golpeándome la cabeza durante todo el recorrido.
Cuando salí del refugio, me asomé al Paseo de Almería y me senté en un banco, junto a la Puerta de Purchena.
-Buenos días -oí una voz a los pocos instantes. No había en ella ni el más mínimo asomo de reproche.Volví la cabeza, era un señor mayor, de unos ochenta años, sentado en el otro extremo del banco y en el que, en mi aturdimiento, no había reparado.
-Buenos días -respondí-. Perdone, ni siquiera le he preguntado si podía sentarme. Salgo de visitar el refugio y...
-Y está usted aturdido -me interrumpió-. A casi todo el que lo visita le ocurre lo mismo.
-La verdad es que sí -dije-. No he podido evitar emocionarme.
-Usted no es de Almería
-No, soy de Córdoba.
-¡Ah, Córdoba! Una hermosa ciudad.
Una corriente de simpatía, ligada, sin duda, al nombre de Córdoba, se estableció a partir de aquel momento entre el hombre y yo
-¿La conoce? -pregunté
-La conocí. Hice el servicio militar en ella, en el cuartel de Artillería.
-Ah!
-Ese mismo sentimiento que usted ha experimentado en el refugio, aunque, seguramente, de un orden bien distinto, lo experimenté yo también cuando entré por primera vez a la Mezquita. No podía imaginar algo tan asombroso, aquella inmensidad de columnas, el prodigioso juego de los arcos, la maravilla del mirhab... -el hombre se demoró durante un rato hablándome de las excelencias de Córdoba, del río, de las callejuelas por las que se había extraviado muchas veces sintiéndose como en un delicado y jugoso laberinto-. Una ciudad bien distinta de esta -concluyó.
-Bueno -dije yo, ciertamente halagado por las alabanzas que el hombre le había dedicado a Córdoba-, ustedes tienen el mar y, aunque seguramente no reparen en ella, porque les acompaña desde su nacimiento, tienen la luz, esta increíble luz que remueve los cimientos del alma.
Hablamos durante un rato de la luz de Almería, del tiempo, de los cambios que había sufrido la ciudad en los últimos años, mientras yo reparaba entonces en la Puerta de Purchena, situada prácticamente al lado del banco. Recién restaurada, la plaza, corazón sentimental de la ciudad, en la que se conservan alguno de los edificios más singulares de Almería, como la Casa de las Mariposas, presentaba un aspecto magnífico. De repente, el hombre dijo:
-Yo pasé muchas horas en esos refugios -había en su voz una nota de amarga nostalgia que me estremeció.
-¿Sí? -exclamé-. Debía de ser usted muy pequeño.
-Siete años tenía cuando empezó la guerra. Mi madre murió ahí, al pie de la escalera por la que usted ha bajado, llevándome a mí de la mano. Nos demoramos en llegar al refugio y un cascote lanzado al aire por una de las bombas se le clavó en la espalda destrozándola por dentro un momento antes de entrar -le temblaban la voz y las manos-. No he podido olvidarlo. No pasa un día sin que recuerde cómo se aflojaba la presión de la mano de mi madre en la mía, cómo se desplomaba a mi lado, ¡muerta! ¡Aquello fue espantoso! Caían las bombas por todas partes. Una destrucción metódica, perfectamente planificada por los golpistas, sin importarle lo más mínimo la vida de las personas, civiles en su inmensa mayoría y tan españoles como ellos.¡Nadie que no lo haya vivido puede imaginarlo!
Yo guardé silencio, mientras experimentaba el horror de la escena que acababa de escuchar, aunque ni por asomo podía ponerme en el lugar del niño. Luego, movido por no sé qué inexplicable afán de controversia, dije:
-Debió de ser espantoso, sí, pero ustedes, los almerienses, tampoco se andaban con chiquitas: se atrevieron a asesinar fríamente nada menos que a dos obispos, al de Almería y al de Guadix, además de a otros sacerdotes y seglares.
El hombre me lanzó una mirada llena no de ira, como quizás podía yo temer, sino de compasión.
-Aquello fue lamentable, sí. ¿Pero sabe usted una cosa? La Iglesia fue pieza importante entre los instigadores del golpe militar. Aquí, en Almería, concretamente, los clérigos, junto con los falangistas y la oligarquía, no dejaron de conspirar contra la República desde su implantación hasta que dio comienzo la guerra. Aunque es verdad que el pobre Ventaja (Diego Ventaja, nombrado obispo de Almería unos meses antes del golpe franquista) no tuvo tiempo de conspirar y, por lo que he oído y leído, parecía una buena persona. Sin embargo, ¿no pretenderá usted comparar la actuación de gente exasperada por la actitud de la Iglesia, con el bombardeo sistemático de la ciudad? La célebre carta de los obispos españoles apoyando a los golpistas constituye la prueba más contundente, pero no la única, de la posición de la Iglesia en aquel tiempo, una posición, por cierto, de la que no se ha retractado en ningún momento.
-No parece que le tenga usted demasiada simpatía a la Iglesia -dije, con el propósito ahora de que no dejara de hablar.
-Miré usted -replicó-, yo no querría que se repitiera una cosa así ni aunque con ello consiguiera volver a la niñez y tener a mi madre viva. Sin embargo, eso no es óbice para poner las cosas en su sitio: los que provocaron la guerra con todas sus salvajadas no fueron los republicanos, sino los que se alzaron contra el gobierno legalmente constituido y de ese alzamiento formó parte la Iglesia. Le diré más: el fin de la guerra no trajo consigo la paz, sino el triunfo de los vencedores, que se prolongó durante casi cuarenta años, un triunfo del que la Iglesia disfrutó a sus anchas con el cobro, y de qué manera, del apoyo que había prestado en su día -a pesar de la firmeza de sus palabras, semblante del hombre mostraba una serenidad conmovedora-. Fíjese -añadió, siempre en el mismo tono ecuánime-, la muerte de aquellos clérigos que usted ha citado fue, sin duda, un asesinato, pero, mire, su sacrificio ha sido reconocido, si va usted a la catedral verá su imagen en uno de las capillas, porque hasta han sido elevados a los altares por la Iglesia, en tanto los muertos producidos por los bombardeos siguen en el anonimato y han sido olvidados por completo. Seguramente habrá usted visto el  pequeño monumento que se ha alzado en el parque de las Almadrabillas, frente a la playa. Frente a lo que algunos creen, no se recuerda con él a estos muertos, sino a los 142 que perecieron en los campos de concentración nazis, algunos adolescentes, que tuvieron que huir de España tras la victoria franquista.

Sí, yo había visto aquel monumento, inaugurado en 1999, y sabía al recuerdo de quiénes se había levantado. Y había visto también la capilla catedralicia, la capilla de los mártires, en la que figura un gran pintura con las imágenes de los obispos y sacerdotes asesinados. Es el que realizó el gran pintor almeriense Andrés García Ibáñez (Olula del Río, 1971, donde tiene su casa y un espléndido museo), uno de los grandes pintores españoles de la actualidad, antes de pasarse al agnoticismo, cuando, como él mismo cuenta, mientras pintaba los frescos de la catedral de El Salvador descubrió "la miseria, crueldad y abusos de poder en los que la Iglesia participaba."

El hombre y yo continuamos charlando durante un buen rato, pero ya no de la guerra, sino de su vida después de ésta, una vida compleja, entre el dolor del recuerdo y la necesidad de enfrentarse a la supervivencia, que no de otro modo describía su trayectoria.
-Hoy, Almeria goza de un periodo de bienestar, gracias al enorme esfuerzo de los almerienses. Esperemos que sea por mucho tiempo -fueron sus últimas palabras antes de despedirnos.




15 comentarios:

ben dijo...

La primera vez que visité Almería fue en el año 65 y la verdad es que estaba dejada de la mano de Dios,
incluso las murallas servían de vertedero de basuras,además las carreteras eran un desas
tre.Muchas veces cuando bajaba de desde Barcelona a Córdoba pasaba por Almería,por gusto,aunque la
carretera era muy mala,a cambio los pueblos y paisajes eran muy bonitos.
En Barcelona también se han descubierto refugios de la guerra,porque sufrió fuertes bombardeos
de los nazis y fascistas.Saludos.

Ozanu dijo...

Tengo los pelos de punta. El problema de la memoria histórica es que, una vez perdida la transmisión, cualquier intento de recuperarla será artificial, es decir, más un ejercicio de la disciplina académica que un saber popular.

Eso sí, el día en que se dieron cuenta, lo aprendieron muy bien.

Molón Suave dijo...

Ben: En 1971, cuando yo estuvo por primera vez en Almería, era toda una odisea llegar a ella por carretera, desde Córdoba. Por tren creo que era todavía peor. Desde entonces no he dejado de visitarla con regularidad y sólo hace seis o siete años se puede ir a ella por autovía, aunque, para hacerlo, hay que ir hasta Bailén o hasta Antequera, haciendo unos sesenta kilómetros más que se fuera desde Córdoba a Granada y desde aquí a Almería. Pero es que la carretera de Córdoba a Granada sigue siendo prácticamente la misma de hace 100 años, por lo que te puedes morir en ella. La verdad es que la ciudad ha cambiado mucho en los últimos años y hoy es un lugar muy agradable, aunque sus atractivos monumentales sean mínimos y la piqueta especulativa haya ello lo suyo en aquella arquitectura tradicional que, aunque muy depauperada, pudo haberse recuperado. A mí, en cualquier caso, me resulta una ciudad extraordinariamente amable y entrañable.

Molón Suave dijo...

Ozanu: Tienes razón. Hoy día no son pocos los almerienses que no tienen ni idea del sufrimiento que padeció su ciudad durante la guerra. Muy al contrario de lo que pasó con Gernika, aquí nadie se ocupó de darle publicidad al suceso. El franquismo se empleó a fondo para borrar su memoria, es cierto, pero es que, a diferencia de los vascos, los andaluces no hemos sabido sacar partido a estos horrores. Aquí hay muy poco nacionalismo y mucha resignación y Franco no necesitó emplear la técnica del palo y la zanahoria, como sí tuvo que hace en el País Vasco.

Paco Muñoz dijo...

No he visto esos refugios y he ido varias veces a Almeria, la primera por la costa, horroroso. luego por la carretera desde Guadix, y ya otras por la autopista. Antes Córdoba alcalá, cruce de iznalloz autovia, y para abajo. puedes irte por Antequera, o por Jaen todo autovía, pero lejos, muy lejos. La impresión es la misma, una ciudad que no parece Andalucía, si no fuera por el acento muy parecido a los granainos, nada. y lejana desde Córdoba. si fue crimen lo que hicieron con esa ciudad, lo que hicieron con las personas que huian de Malaga por la carretera hacia lo que pensaban sería su salvación si que fue un asesinato, mujeres y niños, y ancianos, en una columna de civiles huyendo. Y quieren que esas cosas se olviden, desde luego los herederos de quienes las hicieron no la gente normal. Un abrazo.

Molón Suave dijo...

Psco: el Refugio, sólo un kilómetro de los cuatro que tienen, lo reinaguraron hace poco más de un año. Si vuelves por Almería, no te lo pierdas. Por cierto, Almería no está tan lejos, claro que no se puede ir de Córdoba a Granada directo porque la carreterita sigue siendo la que es. Pero yo me voy por Jaén y a la capital tardo unas cuatro horas, con un par de paradas, por la espalda de Lola. Son unos 360 kilómetros.
Tienes razón, lo de la carretera de Málaga fue más canallesco aún. A mí me interesaba ahora esto de Almería por dos razones, primero porque la conversación con el señor que menciono ocurrió y, segundo, por la implicación directa de la Iglesia en la conspiración constante que se produjo en esa ciudad (como en todas) durante la República, conspiración y elección clara de bando por quien más debía de haber trabajado en favor de la concordia, que condujeron a la muerte de los dos obispos y varios curas.

175 dijo...

Molon,por las vivencias de mis padres y las mías propias de niño de postguerra,la opción de la Iglesia por uno de los bandos estaba claro,al
menos en Andalucia,yo he vivido en los finales de los 40 y 50 en un pueblo
como Baena donde aún se veía el rastro de iglesias quemadas,también veía
las enormes diferencias entre los "señoritos"(como se decía) y los que faena
ban el campo por 25 pesetas al día.La guerra civil no se pudo evitar,eran
demasiadas las diferencias de todo tipo mentales,económicas, religiosas...
Muchas eran las conversaciones,en voz baja,donde los mayores hablaban de lo
que había ocurrido,en Baena,entre la gente del pueblo de los muertos y ase
sinados,todo en silencio,porque al final todos eran vecinos y conocidos.Eso
es una guerra civil.

ben dijo...

175=ben

Lansky dijo...

Es absurdo iniciar una competición sobre quiénes sufrieron más la barbarie de los 'nacionales' y el franquismo, que si vascos o andaluces... hubo pueblitos, menos famosos que Málaga que desaparecieron del mapa. Quién sufrio más bombardeos en la Segunda Guerra Mundial, ¿Londres por los alemanes o Dresde por los aliados? ETc.

Pero si hubiera que dar un título a la ciudad más brutal y sañudamente sacudida por los militarotes y el fascismo creo, para sorpresa de 'periféricos independentistas', que el primer premio se lo llevaría de largo... Madrid, y encima el dictador se quedó luego a vivir en ella, pretendiendo beneficiarla, como un marido maltratador.

ben dijo...

Lansky,comprendo que una persona tan cosmopolita como tú piense en una ciudad europea
pero en mi caso vivencial,he puesto dos lugares,uno Baena donde la represión fue bru
tal en un pueblo donde todo el mundo tenía por una parte o por la otra o ambas per
sonas que sufrieron el odio y la venganza.Dos:Barcelona,cuando yo emigré en los años
60 aún se veía en los edificios el paso de la guerra,se entiende que muchos odien a
España,en las filas del independentismo.Es una realidad,el independentismo.

Lansky dijo...

Sí, claro, ben "es una realidad el independentismo" como dices, ¿y qué? y también es una realidad el maltrato animal, la pedofilia o los asesinatos machistas.

Una cosa es evidente, los dos "bandos" en poblaciones pequeñas, donde todos se conocen y además donde unos arrasaron finalmente a los otros, esa 'proximidad' de alguna forma lo hace más terrible, permite menos diluirlo en la población numerosa y anónima de otros sitios más poblados.

Pero insisto: si hay que repartir credenciales de 'ciudad martir', con permiso de Guernica, que se queda con el de 'ciudad arrasada con Dresde y Hamburgo y Hiroshima, voto por Madrid.

harazem dijo...

Yo hice la mili en el 79 en el campo de concentración de Viator (13 meses). Salvo el permiso de jura no salí de la zona. Para los fines de semana teníamos alquilada una de las que llamaban "cuevas" del Mesón de Gitano, aunque eran coquetísmos apartamentos clavados en la roca formando lo que había sido un motel de lujo para los artistas de cine de los años 60 y 70. El guardés nos indicaba las camas que habían usado. Yo dormía en la de Yul Brinner y Claudia Cardinale. A nuestros pies el barrio de Pescadería donde nos abastecíamos de chocolatito… Más allá el horizonte del Mediterráneo. Encima el torreón redondo de la alcazaba y a la derecha el mar de casitas blancas y las cuevas blanqueadas de la Chanca que lamían como espuma de mal la seca montaña. Lo considero uno de los paisajes más hermosos del mundo. La gente de Almería que traté, por otro lado, parecía recordar perfectamente lo que les había ocurrido en la guerra. Lo llevaban escrito en sus rostros.

ben dijo...

A ver Lansky existe un independentismo violento,ETA,en Euzkadi,pero luego existe un
independentismo democrático legal en sus pretensiones en Cataluña de manos de Esquerra
Republicana y parte de Convergencia que es al que yo me refiero al que hay que acostum
brarse y que no nos debe dar miedo porque nunca se va a salir de la legalidad vigente.
No me compares ese independentismo a un maltratador.Yo se que tú eres un demócrata con
vencido.

Lansky dijo...

Uf, qué pereza me da este debate ben, por supuesto que no se puede comparar un nacionalista no violento con un maltratador, lo retiro. Esas personas nacionalistas no violentas merecen todo mi respeto, pero sus ideas nacionalistas, no, rotundamente no, a estas alturas de la Historia del mundo no, no hay un solo puto problema que se solucione añadiendo fronteras sino suprimiéndolas,(otra cosa es lo que beneficie la existen ia de esas fronteras a ciertos nepotismos) y la idea de patria/nación es, como la de Dios una alienación para la gente. Como dijo Samuel Johnson, aunque se la atribuyen a todo dios: "la patria es el último refugio de los canallas” (empezando por la española, añado yo, por su las moscas cojoneras catalanas o vascas)

Molón Suave dijo...

Una pequeña perturbación física me ha alejado del blog unos días. Perdonad mi no asistencia.
En primer lugar, yo no trato de comparar con nada ni con nadie. Sencillamente expuse en esta entrada una anécdota (en realidad es mucho más) porque este caso de Almería lo conoce poca gente, incluso en Andalucía, y hasta en Almería al día de hoy hay mucha gente que lo desconoce.
Dos: Yo, Ben, me niego a creer que las guerras sean inevitables. Ahora bien, lo que sí creo es que la avaricia de unos pocos suele ser el detonante de la mayoría de ellas, si es que no de todas.
Tres: Manuel: Buen sitio te cogiste para pasar la mili. Para esa época, la gente de Almería llevaba en la cara el recuerdo de lo acontecido, sobre todo porque toda la provincia, incluída la capital, estaban, además de aisladas, situadas de lleno en la pobreza. No obstante, sí que había olvidado la existencia de estos refugios.
4: Completamente de acuerdo contigo, Lansky en todo lo que afirmas sobre la independencia y las fronteras. En el caso Catalán, a mí me resulta, además, extremadamente asombroso comprobar que esa independencia quien más la defiende es un partido que se titula de izquierdas.