domingo, 28 de diciembre de 2014

La prueba del vellón

Para plantarlos a ellos, expulsaste naciones,
para ensancharlos, maltrataste pueblos;
no por su espada conquistaron la tierra,
ni su brazo les dio la victoria,
sino que fueron tu diestra y tu brazo,
y la luz de tu rostro, porque los amabas.
Por si no había sido suficiente con la narración del libro de los Jueces, así se expone en sólo seis versos del salmo 44 del Libro de los Salmos cómo los judíos masacraron y expulsaron de su tierra a los pueblos que la ocupaban desde tiempo inmemorial para ocuparla ellos, que para eso eran el pueblo elegido por Yahvé, el único Dios verdadero. (Es lo mismo, más o menos, que han vuelto a hacer a partir de 1948, ahora no con la ayuda de Yahvé, sino del dinero y la influencia del judaísmo internacional, radicado principal, aunque no únicamente, en Estados Unidos.)
En aquel tiempo, el tiempo bíblico de los jueces, Yahvé protegía a su pueblo frente a las amenazas de los pueblos de los alrededores, en cuyas tierras encontraron refugio los pocos supervivientes de sus matanzas. Estos pueblos adoraban a distintos dioses, el más significativo de los cuales era Baal, dios de la lluvia y la fertilidad. Baal era un dios poderoso, a juzgar por el número de sus seguidores y los ritos que a él le dedicaban, aunque, naturalmente, para el cronista bíblico se trataba de un dios falso, de un ídolo nauseabundo y despreciable.
A pesar de ello y a pesar de que era Yahvé y no otro el que les había abierto el camino para la apropiación de su nueva tierra, aquella de la que manaba leche y miel, como señala el cronista, con frecuencia, los judíos se olvidaban de él y se volvían a Baal, para el que erigían cipos y becerros de oro, figura en la que le rendían culto sus adoradores. Yahvé, entonces, como era natural, se cabreaba y se cabreaba mucho, tanto que no sólo agostaba los campos de los israelitas, sino que permitía que los pueblos de los alrededores se alzaran contra ellos y los dominaran durante un tiempo más o menos largo, hasta que los israelitas, arrepentidos de su fechoría, volvían de nuevo sus ojos a Yahvé, suplicándoles clemencia y el fin de su esclavitud, mientras le ofrecían hermosos sacrificios formados principalmente por becerros degollados y achicharrados en el fuego. Derretido de placer por los olorosos humos que subían hasta sus omnipotentes narices, Yahvé se olvidaba de su ira y libraba a su pueblo de quienes lo tenían sometido.
Ocurrió que en una de aquellas ocasiones en que su pueblo preferido se olvidó de Él y se entregó una vez más a la abominación de Baal Yahvé permitió que lo sometieran las gentes de Madián, un pueblo para más humillación árabe que se extendía por las costas del Mar Rojo. ¡Oh, cuánto sufrieron entonces los israelitas! Las cuevas de las montañas constituyeron su refugio durante siete años, mientras que los madianitas, razzia tras razzia, los sometían a la mayor de las miserias. Pueblo veleidoso como ninguno, pues jamás se vio otro que cambiara tantas veces de creencia, Israel se acordó otra vez de su apreciado Yahvé y, reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, una vez más le suplicó que lo librara de tan onerosa esclavitud.
En la llanura de Ofrá vivía por aquel entonces un varón joven y fuerte de nombre Gedeón, que en hebreo viene a significar nada menos que guerrero poderoso y también destructor; es decir, que Gedeón era algo así como un Schawarzenegger en su papel de Terminator. Independientemente de un físico impresionante, Gedeón, hijo Joás de Abiezer, como se cuenta en el capítulo seis del libro de los Jueces, era también un hombre piadoso, aunque poco dado a creer sin más en los prodigios sobrenaturales; era igualmente un tipo avispado, pues se daba prisa en moler y esconder el trigo que acababa de recolectar antes de que se lo arrebataran los madianitas. El caso es que, estando un día majando trigo, se le apareció un ángel de Yahvé, quien lo saludó de este modo: Yahvé está contigo, valiente guerrero. Gedeón, muy amoscado, replicó: Perdón, señor mío. Si Yahvé está con nosotros, ¿por qué nos ocurre todo esto? ¿Dónde están todos esos prodigios que nos cuentan nuestros padres cuando dicen: ¿No nos sacó Yahvé de Egipto? Pero ahora Yahvé nos ha abandonado, nos ha entregado en manos de Madián.
Aquí, ¡oh, milagro!, el interlocutor se convirtió en el propio Yahvé, quien, sin inmutarse, como correspondía a su omnipotente majestad, dijo: Vete con esa fuerza que tienes y salvarás a Israel de la mano de Madián. Gedeón, más amoscado todavía, respondió: Perdón, señor mío, ¿cómo voy a salvar yo a Israel? Mi clan es el más pobre de Manasés y yo el último en la casa de mi padre. Yahvé respondió: Yo estaré contigo y derrotarás a Madián como si fuera un hombre solo. No se extrañe nadie, que en aquellos tiempos Dios hablaba con los hombres como si fuera, digamos, compañeros de dominó o algo por el estilo. No obstante, Gedeón, que si poderosos eran sus músculos mayor era su tozudez, volvió a la carga y le pidió a Yahvé, nada menos que a Yahvé, una prueba de que el que le hablaba era Él y no un producto de su imaginación. Yahvé le dio entonces la prueba que solicitaba y que puede leerse en Jueces, capítulo seis, versículos dieciocho a veinticuatro.
Convencido entonces Gedeón, lo primero que hizo, siguiendo las órdenes de Yahvé, fue derribar el altar de Baal que había levantado su padre, construir otro en honor de Yahvé y sacrificar sobre él un novillo bien cebado. Todo esto lo hizo de noche, de modo que cuando al día siguiente los israelitas descubrieron la fechoría, pretendieron cargarse a Gedeón, el cual sólo encontró la defensa de su padre, gracias al cual quedó a salvo (el relato es confuso, pues primero los judíos se vuelven a Yahvé rogando su clemencia y luego pretenden liquidar a Gedeón por atacar a Baal, pero, señores, es así de clarito como aparece en la Biblia, léanlo y saldrán de dudas.)
En cualquier caso, una vez hecho esto, Gedeón consiguió reunir un poderoso ejército dispuesto a enfrentarse a sus opresores, pero Yahvé, ¡ah, el inefable Yahvé!, dijo a Gedeón: Demasiado numeroso es el pueblo que te acompaña para que ponga yo a Madián en sus manos; no se vaya a enorgullecer de ello a mi costa diciendo: "¡Mi propia mano me ha salvado!" Así es que Yahvé, que como se ve se la cogía con papel de fumar, ordenó a Gedeón que licenciara a parte de la tropa. Tras una primera selección, quedaron diez mil guerreros. Pero todavía le parecieron muchos a Yahvé y le exigió a Gedeón que siguiera licenciando gente.
Aquí, Gedeón ya no pudo más. ¿Qué cachondeo era aquél?, debió pensar. De manera que interpeló a quien  le daba órdenes tan raras: Si verdaderamente vas a salvar por mi mano a Israel -ahora ya hasta lo tuteaba-, como has dicho, yo voy a tender un vellón sobre la era; si hay rocío solamente sobre el vellón y todo el suelo queda seco, sabré que tú salvaras a Israel por mi mano, como has prometido. Así lo hizo y a la mañana siguiente el vellón estaba empapado de rocío, en tanto el campo estaba seco. Pero no se quedó conforme el bueno de Gedeón, de modo que interpeló de nuevo a su interlocutor: No te irrites contra mí -seguía el tuteo- si me atrevo a hablar de nuevo. Por favor quisiera hacer por última vez la prueba con el vellón: que quede seco sólo el vellón y que haya rocío por todo el suelo. Y Dios lo hizo así aquella noche. Quedó seco todo el vellón y por todo el suelo había rocío.
Ahora sí que sí. Dios ordenó que se quedara sólo con trescientos hombres y Gedeón acató puntualmente la orden. Con únicamente estos trescientos hombres atacó a los madianitas y los destruyó por completo, liquidando nada menos que a ciento treinta y cinco mil de sus guerreros, la totalidad de su ejército, y librando de este modo al glorioso Israel del yugo al que había estado sometido.

3 comentarios:

Ozanu dijo...

En realidad "Baal" es un término muy tramposo. De acuerdo con los mejores estudiosos de la Biblia, es uno de los nombres de Dios (¡¡!!). La Biblia que recibí de chavalín, y que tengo al lado, me informa de que hay dos momentos en el Antiguo Testamento en que a Yahve lo llaman así sin que se mosquee:

http://bibliaparalela.com/rvg/2_samuel/5.htm Versículo 20.
http://bibliaparalela.com/rvg/1_chronicles/8.htm 33 y 34, dos personajes tienen "baal" en su nombre.

Parece ser que la condena a Baal se debió sobre todo a problemas rituales. Tampoco es tan raro: El Antiguo Testamento es en muchas partes un plagio de los mitos babilonios, lavados en sus partes externas y adecuados a la cosmovisión judía.

Molón Suave dijo...

Ozanu: Yo manejo la Biblia de Jerusalén. Tengo también la de Nácar Colunga, pero esta es mejor olvidarse de ella porque apesta. En la Jerusalén no recuerdo haber encontrado en ningún sitio que a Yahvé lo llamen Baal. Por el contrario, sólo recuerdo condenas a Baal y a los baales, por parte de los profetas cuando el pueblo se inclinaba por él. Claro que entre una biblia y otra aparecen diferencias que yo creo no pueden achacarse únicamente a la traducción, y hablo de biblias católicas, si las comparamos con las protestantes entonces ya apaga y vámonos.
Por lo que yo sé, Baal era hijo de El, que era el nombre que los pueblos cananeos en general daban a Dios, un ser tal alto e inalcanzable que por ello los cultos iban dirigidos a Baal, nombre más conocido, pero con la misma significación que el que empleaban otros pueblos de la zona. Ahora bien, yo no soy un experto, ni muchísimo menos, por lo que puedo estar equivocado.

Ozanu dijo...

Tampoco soy yo un experto, pero la Biblia que me dieron de pequeño dice así (de hecho, la tenía al lado mientras escribía). Llevas razón en que las diversas traducciones varían, eso sí, así que sin saber hebreo, ¡vete a saber! Tengo dos conocidos que estudian hebreo, podría preguntarles.