jueves, 16 de octubre de 2014

Manual de torturadores

En punto a herejía se ha de proceder llanamente, sin sutilezas de abogado, ni solemnidades en  el proceso. Quiero decir que los trámites del proceso han de ser lo más corto que posible fuere, dejándose de dilaciones superfluas, no parándose su sustanciación ni en los días que huelgan los demás tribunales, negándose toda apelación que sólo sirva para diferir la sentencia.

Así comienza uno de los libros más infames que se hayan escrito nunca, el Directorium Inquisitorum o Manual de Inquisidores, del catalán Nicolás Eymerich (1320-1399), cuyo título real debiera ser el que lleva esta entrada, puesto que lo que el libro recoge son las normas que deben seguir los inquisidores ante los acusados (imputados, diríamos hoy) de un delito de herejía, normas que constituyen todo un repertorio de torturas, además de la específica con los instrumentos correspondientes.

Eymerich fue un fraile dominico, sin duda, uno de los más fanáticos de los muchos que a lo largo de la historia ha producido esta Orden, empezando por su fundador, y sabía bien de lo que hablaba, pues no en vano llegó a ser Inquisidor General de Aragón en la Inquisición primera, anterior a la refundada posteriormente a instancias de los Reyes Católicos.

Hacia el final de su pontificado el inefable Juan Pablo II, cuya elevación a los altares ha sido meteórica, pedía perdón por el comportamiento de la Inquisición. Lo hizo con gran solemnidad, pero también con la boca pequeña, ya que, a continuación de pedir perdón, justificaba tal comportamiento aparándose en que no era ajeno a las costumbres y la cultura de la época, toda vez que las autoridades civiles venían a actuar de un modo semejante. El papa, sencilla y llanamente, mentía. Mentía con esa sutil hipocresía de la que con tanta habilidad hacen uso las autoridades eclesiásticas. De acuerdo con el contenido del citado Manual, existían numerosas diferencias entre la jurisprudencia civil y los métodos empleados por los esbirros de la Inquisición. El propio Eymerich las especifica con detalle y es más que evidente que Juan Pablo II, todo un intelectual, no podía desconocer ni la existencia de este Manual, por otra parte famosísimo, ni su contenido. Veamos algunas de esas diferencias, con palabras del propio Eymerich:

1.- Los nombres de los testigos (en realidad, acusadores) no se deben publicar ni comunicarse al acusado, siempre que resulte algún riesgo a los acusadores, y casi siempre hay este riesgo, porque si no es temible el acusado por sus riquezas, su nobleza o su parentela, lo es por su perversidad (O sea, el simple acusado ya es perverso, sólo por el hecho de ser acusado. Pero, además, los tribunales civiles no trabajaban con este secretismo.)

2.- (Se comunicaba) la acusación suprimiendo las circunstancias de tiempo, lugar y personas, y cuanto pueda dar luz al reo para adivinar quienes son sus delatores (más secretismo, impensable, por supuesto, en los tribunales civiles)

3.- Puesto que la práctica de los jueces de los demás tribunales sea carear los testigos con el acusado para averiguar la verdad -anota la diferencia el propio Eymerich (toda la cursiva son sus palabras)-, no se debe proceder así ni hay semejante estilo en los tribunales de la inquisición.

4.- (El inquisidor puede mentirle al reo. así dice Eymerich): Puede preguntarse acerca de la palabra dada por el inquisidor al reo de usar con él de misericordia, perdonándole si confiesa su delito, lo primero sí puede usar de esta treta para averiguar la verdad... ( aunque algunos jurisconsultos) desaprueban esta ficción en el foro ordinario, creo que se puede usar en los tribunales de la inquisición, y la razón de esta diferencia es que un inquisidor tiene facultades más amplias que los demás jueces.

5.- Cuando confiesa un acusado el delito por el que fue preso por la inquisición, es inútil diligencia otorgarle defensa (¿para qué un abogado defensor?), sin que obste que en los demás tribunales no sea bastante la confesión del reo, cuando no hay cuerpo de delito formal.

6.- (Tampoco es posible recusar testigos) No se han de figurar los reos -dice Eymerich- que se ha de admitir con facilidad la recusación de testigos en causa de herejía, porque nada importa que sean estos abonados o infames, cómplices del acusado, excomulgados, herejes, reos de las más graves culpas, perjuros, etc. (incluso los perjuros, como se ve, pueden acusar y ser creídos sin posibilidad de que sean recusados.)

7.- (Mucho menos es posible la recusación de los jueces inquisitoriales) (porque) la recusación de jueces extraordinarios y ordinarios esté admitida, tanto en las causas civiles como en las criminales, no pueden ser recusados como sospechosos los inquisidores, porque siempre se presume que para el empeño de este cargo tan alto solo se nombran varones justísimos, prudentísimos y en quien no pueden recaer sospechas. (¡Toma ya!)

8.- (Tampoco tiene el hereje la posibilidad de apelar) Todas las leyes -asegura Eymerich- fallan que no compete a los herejes la facultad de apelar, como lo decide la del emperador Federico, y lo practicó el concilio de Constanza, desechando por ilusoria y vana la apelación hecha por Juan Hus. (Hus fue asesinado por los miembros del concilio, al que había acudido con el salvoconducto del emperador Segismundo.)

9.- (Es necesario aplicar la tortura, a pesar de que): No es la tortura medio infalible para apurar la verdad. Hombres pusilánimes hay que al primer dolor confiesan hasta delitos no cometidos; otros valientes y robustos que aguantan los más crudos tormentos. (Y el señor inquisidor se queda tan fresco)

10.- (No importa que en determinados casos o lugares la justicia civil no aplique la tortura, los inquisidores tienen que practicarla) El fuero otorgado por las leyes a los nobles de no ser puestos a cuestión de tormento en las demás causas no es aplicable a delitos de herejia; y en Aragón, donde no está admitida la tortura en los tribunales seculares, se manda en el Santo Oficio.

11.- (La Inquisición no practicaba propiamente juicios. Véase:) Aunque en el foro ordinario no permitan las leyes oír testigos ni fallar sentencia sin que se contravierta el punto por ambas partes, y oír al reo, siendo el fundamento de la determinación, según los jurisconsultos, los alegatos y las réplicas respectivas de las partes, no se sigue esta máxima en materia de herejía, estando autorizados los inquisidores a la omisión de formalidades, procediendo simpliciter et de plano, en beneficio de la fe. De suerte que la declaración de testigos, aunque esté ausente el reo o su procurador, hace fe, puesto que no es así en las causas de otra naturaleza.

Es decir, que la práctica de la época y, por tanto, el pensamiento, iban por un lado y la Santa Inquisición por otro. No se puede ser más infame. Ni, en el caso de Juan Pablo II, mentir con más finura y desfachatez. Y encima pidiendo perdón.

Volveremos sobre el librito, porque no tiene desperdicio. Por hoy me parece suficiente con esta muestra de cómo se las gastaba una institución siniestra que, a la antigua o a la moderna, atormentó a los españoles durante más de quinientos años y cuyos efectos perduran todavía en muchos de nuestros comportamientos.

PD.- Las negritas son mías.

2 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Conozco el libro que glosas, una de las obras señeras de la tortura como medio para erradicar la ponzoña de la herejía. Como veo que lo has "disfrutado", te recomiendo que des un salto de dos siglos y te vayas a otro (que se apoya en el de Aymerich) que no le anda a la zaga, ni en la teoría ni mucho menos en la práctica, Me refiero al de los también dominicos Kramer y Sprenger, el famoso "Martillo de las brujas", que sirvió para quemar a ingentes cantidades de mujeres durante la Edad Moderna.

Una recomendación que te hago bastante más en serio es la del excelente libro de Benzion Netanyahu sobre los orígenes de la Inquisición española. Merece muchísimo la pena, auqnue sea un tocho bastante voluminoso.

Molón Suave dijo...

Pues seguiré tus consejos, Miroslav. El primero lo conozco, aunque no lo he leído. El segundo no lo conocía, pero lo buscaré: no me asustan los tochos, todo lo contrario.