martes, 21 de octubre de 2014

El chorizo y la manzana

Recuerdo bien la anécdota, a pesar de mi corta edad cuando ocurrió. Pero, además, se la oí contar después tantas veces a mi madre que es imposible que pudiera olvidarla. Eran tiempos oscuros. Tiempos en los que el hambre se cebaba sobre buena parte del país. Mi padre, sin trabajo, llevaba meses desaparecido. Pronto recibiríamos una carta suya desde un pueblo de Huelva, Cartaya, donde había encallado su sueño de emigrar a América. Mi madre, una buena modista, a pesar de ser analfabeta, se había visto obligada a cerrar su taller de costura, en el que había llegado a tener una docena de operarias, cuando, tras su segundo embarazo, el de mi hermana, las clientas se esfumaron casi de repente. Y en la casa no entraba una peseta. Como tantas familias hoy, otra vez, después de tanto tiempo, logramos sobrevivir durante aquellos meses, casi un año. gracias, sobre todo, a la ayuda familiar, con la diferencia de que entonces, casi todas las familias vivían a la cuarta pregunta y la ayuda era bastante menos que la justa.
El caso es que uno de aquellos días su hermana le dio a mi madre una tripa de chorizo semejante a la de la foto. No había en casa aquel día nada para comer más que aquella tripa. Mi madre llegó con ella tan contenta, la dejó encima de la mesa de la cocina, rebuscó en el monedero, donde encontró unas perras gordas y salió a comprar un poco de pan, dejándonos en la casa a mi hermana y a mí, no sin advertirnos, especialmente a mí, que no se nos ocurriera tocar el embutido. Yo tenía cuatro años, mi hermana dos y la panadería estaba a la vuelta de la esquina. ¿Cuánto tiempo tardó mi madre? No lo sé. Ella aseguraría más tarde que no más de siete u ocho minutos. Pongamos diez minutos, no más. En cualquier caso, cuando mi madre llegó el chorizo había desaparecido.
Por razones que tienen que ver únicamente con el más puro azar, yo siempre viví con mis padres en casas que estaban muy por encima no de nuestras posibilidades, pero sí de nuestra posición económica. En aquel entonces, vivíamos aún en la planta alta de la casa en que nací, en la plaza de San Pedro, marcada hoy con el número veinte. Cuando mi madre vio que el chorizo no estaba donde lo había dejado dio un grito. Yo estaba, como siempre, en mi rincón preferido: el descansillo de la escalera que llevaba a la azotea, entretenido con un libraco enorme repleto de fotografías que había pertenecido a mi abuelo. Y mi hermana... Mi hermana había desaparecido también.
En un primer momento, más que de ésta, mi madre se preocupó del chorizo. Me llamó y me interrogó, severa, como yo bien la recuerdo. Y yo, saliendo a duras penas de mis ensoñaciones:
              -¿Chorizo? ¿Qué chorizo, mamá?
              -¡El que hemos traído de casa de la tita, ¿qué has hecho con él?
              -¿Yo? Yo no he visto ningún chorizo.
              -Pero si lo dejé aquí, encima de la mesa. ¡Tienes que haber sido tú!
              -Mamá... -medio llorando-, yo no lo he visto.
Mi madre salió de la cocina, volvió a ella y se puso a rebuscar entre los cacharros, salió al comedor, miró por todas partes sin dejar de farfullar: "pero si lo dejé aquí, aquí..., un chorizo no sale volando".Y yo detrás de ella, cabizbajo, mohíno, como un pasmarote.
Sólo después de un buen rato cayó en la cuenta de la ausencia de mi hermana.
              -¿Dónde está? -exclamó. Y ante mi cara de pasmo-: ¡Tu hermana! ¿Dónde está? ¿Qué has hecho con ella? ¿Ha entrado alguien en la casa?
                -No sé, mamá, yo...
                -Tú... Tú... ¡Tú nunca sabes nada!
Estaba encendida. Los ojos le brillaban como si de ellos fueran a brotar rayos. Ahora, además del chorizo, buscaba también a mi hermana, sin dejar de lamentarse: "¡Ay, Dios mío! ¡Era todo lo que teníamos para comer! Y esta niña, ¿dónde está? ¡Mari Carmen, Mari Carmen! ¡No puede haberse esfumado!" Bramaba sin alzar la voz para que no la oyera la vecina de abajo, rebuscando por todas partes, en la escalera de la terraza, en el aparador, en el armario de su dormitorio, en la despensa de la cocina... Hasta para mi resultaba evidente que la desesperación se estaba apoderando de ella. Corrió a la puerta del piso, convencida de que había entrado alguien. Y yo detrás de ella, embobado mucho más que asustado.
               -¿No la habrás abierto tú, no? -gritó silenciosamente, agarrando la manilla.
               -Yo... no. Yo...
               Al fin, cuando mi madre se encontraba ya al borde del colapso, apareció mi hermana. Salió de debajo de la cama de mi madre, con sus ojos redondos como platos y aquella expresión de infinito asombro que habría de aparecerle tantas veces a lo largo de su vida ante sucesos inesperados. Mi madre casi se desploma cuando la vio, la tomó en sus brazos y la estrechó con fuerza, llenos de lágrimas sus ojos. Pero fue sólo un momento, enseguida se rehízo, puso a mi hermana en el suelo, se agachó a su lado y le preguntó:
               -¿Y el chorizo? ¿Has visto tú el chorizo? -obsesionada por su desaparición mucho más que convencida de encontrar una respuesta.
Mi hermana esbozó una mueca que, quizás, podría ser una media sonrisa, se llevó las manos a la boca y farfulló en su medio lenguaje:
                -Choizo... Yo... ico, ico.
Se lo había zampado ella. Enterito. Sólo había dejado el cordelillo, que mi madre encontró un instante después debajo de su cama.
Nadie nace con fe. Salvo casos excepcionales, que conocemos sólo por la propia narración del sujeto y, en consecuencia, resulta cuando menos poco creíble, la fe se aprende y, por tanto, también se desaprende. Bien lo sabían los sacerdotes que llevaban a cabo nuestra educación religiosa cuando nos insistían una y otra vez en que debíamos rechazar enérgicamente la menor duda que acudiera a nuestra cabecita como una incitación del propio Satanás en persona.
Mucho tiempo después habría de recordar aquella anécdota del chorizo, cuando las dudas acudían una y otra vez a mi mente y yo no me esforzaba nada en rechazarlas. Ella me produjo no sólo una duda, sino también un convencimiento. ¿Cómo se le ocurrió a mi madre dejar solos en la casa, aunque no fuese más que un momento, a un niño de cuatro años con tendencias a las ensoñaciones y a un niña de dos? ¿Cómo se le ocurrió, además de dejarnos solos, colocar nada menos que todo un chorizo a la vista de los dos infantes? Yo era un melindres, pero mi hermana... A ella, algún tiempo más tarde, yo terminé llamándola zampabollos, porque desde que nació era una tragona de mucho cuidado, mote por el que me llevé más de un buen zapatillazo en salva sea la parte. Conociendo a sus hijos y siendo muy consciente del hambre que pasábamos, ¿no pensó que aquel chorizo constituía una tentación irrechazable? ¿Lo hizo para probarnos? ¿Para saber hasta donde llegaba nuestra obediencia, mi obediencia, en realidad, ya que al ser el mayor yo estaba obligado a controlar las idas y venidas de mi hermana?
En cualquier caso, y esto era lo realmente importante, quién era responsable de que mi hermana se hubiera zampado la tripa. El día en que ocurrió la anécdota mi madre me culpó a mí. Yo era el mayor y en lugar de viajar como siempre al país de la inopia, tenía que haber vigilado a mi hermana, demasiado pequeña para saber lo que hacía. A los cuatro años yo acepté aquella culpa sin apenas rechistar, convencido de que, en efecto, tenía que haber estado más atento. Pero a los trece o catorce años la cosa ya no estaba tan clara. O mejor, sí que estaba clara: ¿qué culpa había tenido yo? Aunque hubiera participado en el festín y aunque hubiera tenido yo la iniciativa y hubiera compartido la tripa con mi hermana, ¿qué culpa tenía yo?, ¿la de tener hambre? Más todavía: aunque la tripa me la hubiera zampado yo solito, quizás se me podría haber acusado de olvidarme de mi hermana, ¿pero de habérmela comido, de haber saciado mi hambre? ¡En modo alguno! ¡La culpa era enterita de mi madre! Ella no debió dejarnos solos bajo ningún concepto y mucho menos con aquella tentación ante nuestros ojos.
La Historia Sagrada que nos veíamos obligados a estudiar año tras año contaba cómo Dios había creado al hombre a su imagen y semejanza y lo había situado en un maravilloso jardín, permitiéndole comer del fruto de todos los árboles menos de uno, el de la Ciencia del Bien y del Mal, situado en el centro del espacio. Al parecer, aquel árbol producía manzanas y un día, empujado por Eva, que a su vez había sido tentada por Satán en figura de serpiente, el hombre, cuyo nombre era Adán, comió del fruto prohibido, un pecado terrible, a decir de los benditos padres que nos educaban, el pecado original, por culpa del cual había entrado la muerte en el mundo y todos los males conocidos y por conocer.
Mis primeras dudas se relacionaban con esta historia. Las explicaciones de los sacerdotes ya no me satisfacían. Qué significaba realmente que Dios hubiera creado al hombre a su imagen y semejanza. Significaba, así empecé a verlo yo, que el hombre tenía la capacidad de pensar y por tanto de desear. O, en otra palabra, con hambre, con hambre de saber. Ahora bien, la distancia de los hombres con respecto a Dios era infinitamente superior, un infinito real, no metafórico, que la mi hermana de dos años y yo de cuatro con respecto a mi madre. Y si yo concluía, creo que con bastante exactitud, que tanto mi hermana como yo éramos inocentes de que el chorizo hubiera desaparecido, ¿qué culpa podía tener Adán de haber comido la manzana? Como nosotros, ninguna. Toda la culpa era de Dios, al poner a prueba al hombre con una tentación tan miserable, del mismo modo, pero en un infinito mayor grado, que mi madre era culpable de haber dejado el chorizo a nuestra vista y alcance. Este convencimiento me llevó a una conclusión: o Dios era un malvado o un imbécil. Y a partir de aquel momento, aunque no sin dolor, empecé a dejar de creer.

12 comentarios:

Ozanu dijo...

Comos e suele decir: eso ocurre hasta en las mejores familias, pero a tu madre no la habría matado haber guardado el chorizo en lugar seguro.

Paco Muñoz dijo...

Me imagino la escena, lo que no me coge en la cabeza es que una niña de dos años se comiera entera la tripa ¿y el pellejo? Pero bueno, lo cierto es que no apareció. Y más cierto aún es el buen saque de la criatura, claro los tiempos eran los que eran. Preciosa historia Rafael. Un abrazo.

ben dijo...

Una deliciosa historia,también yo era el mayor y tenía que
apechugar con todo lo que ocurría.
Hombre yo creo que ni hubo manzana,ni Adán ni Eva.Son figuras
para tratar de comprender el origen de la humanidad.No entiendo
como tratas de entender una religión como la Católica,queriendo
comprender al pié de la letra lo que se dice en el Antiguo Testa
mento y luego querer aplicarlo a tu vida,a tu toma decisiones en
cuanto a fe,máximo cuando has estudiado en un seminario.No sé
cuantos años has estudiado.
Saludos.

Molón Suave dijo...

Ozanu: Ciertamente, Ozanu, mi madre estuvo, como mínimo, poco precavida.

Molón Suave dijo...

Paco: Pues se la comió enterita, con pellejo y todo, no dejó más que la guita, supongo que porque ya no le cabía. Y todo ello en menos de diez minutos. Y no le pasó nada, a la joía. Me lo como y al día siguiente acabo en el cementerio. Pero ella tenía un gran saque, sí, ya cuento que yo la llamaba zampabollos. Un abrazo.

Molón Suave dijo...

Ben: No trato de comprender, eso es imposible. Me limito a exponer vivencias personales, en muchos casos íntimas. No obstante, la Iglesia sigue manteniendo la doctrina del pecado original, causa, según dicha doctrina, de todos los males que nos afectan y, por supuesto, la creación de un primer hombre, sea o no sea un cuento la narración de la Biblia, que para mí, desde luego lo es. El creacionismo, tal y como lo cuenta la Biblia, sigue estando en pleno vigor. Y, por supuesto, no sólo lo estaba en nuestro país, sino que era la única opción posible en la época a la que se refiere mi historia. Estuve en el seminario, sí, sólo dos años y un trimestre. Algún día contaré cómo fue mi salida, porque también tiene tela. Pero en aquellos dos años aprendí algunas cosas interesantes. Por ejemplo, y será el único que te ponga, en San Pelagio los jesuitas, que eran quienes lo llevaban, permitían que los seminaristas tuvieran comida de su casa, y no sólo eso, sino que incluso se la llevaran al comedor. Te estoy hablando de la segunda mitad de los años cincuenta, cuando muy poca gente vivía en la abundancia. Casi nadie tenía comida de su casa. Pero había uno, un tal Gregorio, de Pozoblanco, al que su familia le mandaba unas hermosas cajas de más hermosos aún embutidos. El muchacho se llevaba al comedor el salchichón por tripas, de las que cortaba ruedas de más de un dedo de gordas que comían tranquilamente, mientras los que estábamos frente a él y a su lado debíamos conformarnos con el plato de lentejas viudas o similar del menú oficial. Una bonita forma de educar a un futuro sacerdote. Si no perdí la fe en el propio seminario, debió ser porque yo andaba entonces medio idiotizado.

ben dijo...

Me ha hecho mucha gracia,lo del seminarista del salchichón,de peli de
Almodovar.Seguro que terminó la carrera.

Molón Suave dijo...

Sí, Ben, lo del seminarista es gracioso en la distancia, entonces a nosotros, los que lo veíamos comerse aquellos tronchos de salchichón o aquellas lonchas de jamón se nos salían los ojos de las órbitas. Y no era el único, había algunos más, pero estos estaban lejos de mi sitio en la mesa, que era corrida y con la tapa de mármol blanco. No sé si terminó la carrera. Lo que sí es seguro es que este no andaría con becas, por llamarle de alguna forma, porque sus papás le pagarían los estudios, que costaban una pasta.

harazem dijo...

Hombre yo siempre pensé que Dios se lo tendría que haber puesto más difícil a la pobre Eva: ¡comer una simple manzana que sólo hay que cogerla y morderla...! Lo suyo hubiera sido que le prohibiera comer un higo chumbo... teniendo en cuenta que no tenían ni escoba pa barrerlo ni cuchillito pa pelarlo... Yo creo que si me hubiera hecho caso aún andaríamos desnudos por el paraíso ese, felices, hartándonos de comer manzanas y de darle al fornicio... y sin saber de la misa la media.

Lansky dijo...

Yo, entre el chorizo y la manzana elijo comerme a... Eva, y luego cualquier otra cosa a medias con ella y de postre.

Un saludo

Miroslav Panciutti dijo...

Simpática historia. Mientras la iba leyendo, con una sonrisa en los labios, me anticipaba al final. ¿Qué te apuestas –me retaba a mí mismo– a que Molón acaba enlazando con la manzana de Adán y Eva? Me he ganado una cena a mí mismo.

Por cierto, según he leído hoy, parece que el Papa Francisco rechaza el "creacionismo" y afirma que la evolución es compatibles con la fe cristiana. Que no hay que tomarse la Biblia al pie de la letra (o sea, que Adán y Eva no existieron). En fin, más vale tarde que nunca.

Anónimo dijo...

Bonita y divertida comparación del chorizo de postguerra y la manzana bíblica, Molón, con las evidentes contradicciones inherentes a la cuestión y sus resultados. Como la inocente iniciativa por la deducción de la más elemental lógica, aunque seas un niño de 10 años, de preguntar ante las explicaciones del fratricidio cainista que cómo es que Dios que todo lo sabe, lo pasado, lo presente y lo futuro, y hasta los más recónditos pensamientos, le preguntara al autor del crimen que dónde estaba la víctima. Esto era a primeros de los sesenta. Los ojillos del cura aun se empequeñecieron más detrás de los cristales de sus gafas y me contestó, que aunque Dios lo sabe y lo ve todo quería probar la buena o mala voluntad de Caín y bla, bla, bla... ¡Pues no lo entiendo! fue toda mi respuesta. Y a partir de ahí pudo más en mi estado de ánimo la inquisitiva y siniestra mirada silenciosa del clérigo que todas las posteriores explicaciones de circunstancias que dio. Me quitó las ganas de seguir haciendo preguntas "inocentes".

Saludos.
Alfonso