domingo, 20 de abril de 2014

Siete días de pasión

Semana Santa. Los antiguos pueblos de las orillas del Mediterráneo celebraban por estos días el final del invierno y el comienzo de la primavera. 
En la Roma imperial, los festejos se desarrollaban en honor de Atis, el hombre-dios castrado y muerto por su infidelidad a Cibeles y resucitado de entre los muertos. Primero, se arrojaba de la ciudad al Demonio del invierno, en la figura de un hombre vestido de pieles, que era a la vez chivo expiatorio y joven renaciente. El 22 de marzo, equinoccio de primavera, se conmemoraba la muerte de Atis, adornando un árbol con guirnaldas y violetas, flores éstas que representaban la sangre de su castración. Tres días más tarde se iniciaban los festejos que celebraban la resurrección del difunto y que, en días no consecutivos, se prolongaban hasta el cuatro de abril, en que se homenajeaba a Cibeles, gracias a la cual, en última instancia se reproducía el ciclo de la vida. Eran fiestas alegres, coloristas, jubilosas, paroxísticas incluso, que incluían disfraces, muchos de ellos disparatados, y una ceremonia de remisión de las faltas y renacimiento personal que, curiosamente, tenía lugar en la colina Vaticana, donde hoy se alza, pomposa y desafiante, la basílica de San Pedro.
En el conjunto de las celebraciones, había ritos de muerte, pero el grueso de la fiesta lo constituía la alegría. Es lo lógico: conmemoraban al difunto y su trágica desaparición, pero festejaban, sobre todo, el triunfo sobre la muerte que constituía la resurrección del finado.
Todo este ambiente festivo, alegre, caótico, vino a trastocarlo el cristianismo católico (la precisión resulta imprescindible, dado el número y la diversidad de cristianismos que existieron y que existen). De Cristo, los católicos celebran sobre todo su muerte. Desde el principio fue así. La carta de San Pablo a los hebreos resulta pavorosa por la naturalidad con la que habla de la muerte para aplacar al Creador. ¡Y de la muerte con sangre!. Tal celebración alcanzó las cumbres más altas del paroxismo a partir de la Contrarreforma emanada del concilio de Trento. Desde entonces, una semana entera sacando a la calle decenas de Cristos torturados y crucificados y de Vírgenes dolientes, para culminar en un domingo, el de resurrección, que pasa casi sin pena ni gloria.
Para resucitar es imprescindible morir. Pero en la teología católica, lo que certifica que Cristo es Dios y, por tanto, el Salvador, no es su muerte, sino su resurrección. Morir, morimos todos. Pero resucitar, ¿quién que no posea un poder sobrehumano, un poder infinito? Si Cristo no hubiera resucitado, llega a decir San Pablo, ¿de qué serviría nuestra fe?
Y, no obstante, lo que se celebra es la muerte. Y no sólo durante siete días. Las iglesias católicas están repletas de imágenes de Cristos dolientes, azotados, amarrados a la columna, crucificados, sobre todo, crucificados. Sin embargo, es misión casi imposible encontrar una del Resucitado. Y cuando se encuentra una, ésta está tan escondida y su talla es tan elemental que sólo cabe deducir que tanto al autor como a la Iglesia no sólo no les interesa, sino que hasta les avergüenza el tema.
En los años ya lejanos en los que aún procuraba tener fe y frecuentaba la iglesia intenté muchas veces indagar en esta evidente contradicción. Evasivas, eso fue todo lo que conseguí. Lo más concreto: la necesidad de resaltar la humildad de todo un Dios no sólo para encarnarse y morir, sino también para padecer tremendo sufrimiento. Una respuesta que no hacía más que acentuar la contradicción, pues ponía de relieve que ésta no era casual, sino intencionada, quizás porque es más fácil mover a la gente hacia la víctima que hacia el triunfador, quizás con el propósito de despertar la compasión inherente a la mayor parte de los seres humanos para mejor atraer a la gente al redil de la fe.
En cualquier caso, la muerte. Ese es el polo principal de la Iglesia, más aún de la española. No existe otra religión como la católica que se alimente de un modo tan exacerbado de la muerte. Ninguna que consagre tanto tiempo, tanto espacio, tanto esfuerzo a exaltar la muerte. Ninguna que se dedique con tanta fruición a pasear la imagen angustiosa de un Muerto para el regodeo masoquista (o sádico) de sus fieles y el de los asistentes en general, disfrazado en la mayoría de éstos de entusiasmo estético.
Puede resultar paradójico que una institución que derrocha tamaño celo en evocar la muerte del que consideran su Fundador cargue sobre sus hombros con tantos muertos, en nombre precisamente de aquel Muerto. ¿Paradójico? En modo alguno pues quien, a la vista de los hechos, pone a la muerte por encima de la resurrección, es claro que desprecia la vida desde lo más profundo de sus genes, por más que, una y otra vez, se empeñe solemnemente en proclamar su incuestionable sacralidad.

P.S.- La foto superior es de una pintura del almeriense Andrés García Ibáñez, cuyo museo en Olula del Río es, hoy por hoy, de lo mejor de esta provincia; la inferior es de Cristina García Rodero.





 

10 comentarios:

Ozanu dijo...

Creo que es más complicado que eso. Es verdad que la Semana Santa es más o menos una cristianización de los antiguos ritos de la vuelta de la primera, pero la obsesión por la sangre y por sufrir no es algo exclusivo de la Iglesia Católica. En el enlace de abajo es el comienzo de una serie de ocho entradas en las que el autor explora el nacimiento del Dios judeocristiano.

http://historiasdehispania.blogspot.com.es/2013/10/la-senda-de-dios-1-algunas-cosas-modo.html

Además, en el hinduismo, tenemos el caso de los mártires del Juggernaut, un carro que representaba a Krishna y bajo cuyas ruedas se lanzaban sus devotos.

Miroslav Panciutti dijo...

El énfasis en la Pasión –mucho más que en la Resurrección, como bien adviertes– obedece a mi modo de ver a una finalidad práctica de la Iglesia, tradicionalmente aliada del Poder: que el pueblo se resignara a sobrellevar sus sufrimientos que tan poca cosa eran comparados con los que había soportado nuestro Señor. Naturalmente, mientras tanto, los príncipes de la Iglesia y sus asociados civiles se daban la gran vida.

Molón Suave dijo...

Ozanu: Desde luego, la obsesión por el sufrimiento no es privativo de la Iglesia católica. Lo que yo digo es que es la que más energía y tiempo dedica a ensalzar la muerte, cuando la clave de su propia existencia es la resurrección. Semana Santa es la culminación, pero, como digo, todas las iglesias están repletas de crucificados, en tanto no aparece ni un solo resucitado. Voy a leer el enlace que me facilitas y te comentaré.
Un saludo

Molón Suave dijo...

Miroslav Panciutti: Pienso como tú. Precisamente, en mi próxima entrada voy a tratar el tema de el dolor de Cristo, sin duda, tremendo, pero, a mi juicio, extraordinariamente magnificado, dando, por supuesto, total veracidad a los evangelios. Mi hermana, sin ir más lejos, que murió de un cáncer de útero, después de nueve meses de tremendos dolores, sufrió más que el Crucificado, porque su dolor, quizás no tan intenso, se prolongó muchísimo más en el tiempo.

Lansky dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Lansky dijo...

Estoy de acuerdo con la entrada y con los comentarios, con todos. El culto a un dios muerto y resucitado viene de antes de los romanos no obstante y en estos ya desde el de Mitra (perdón, he tenido que borrar mi entrada anterior pro los errores de tecleado; como decía un lord a su mayordomo: “vísteme despacio que tengo prisa”)

Molón Suave dijo...

Lansky: El culto a un dios muerto y resucitado vienen por lo menos desde Osiris, en Egipto, de donde viene casi todo.
Mis comentarios a tu blog singue sin aparecer, no sé por qué: los escribo, le doy a publicar y, sencillamente, desaparecen. Tu última entrada me ha parecido magnífica, eso es lo que venía a decirte en el comentario que hacía, al tiempo que te animaba a seguir con la crítica o recomendación de nuevos libros.
Un saludo

Lansky dijo...

Es sospechoso que solo te pase a tí, Molón, como te dije tuve que instalar comprobador antirobots (no moderación de comentarios que es distinto), como tú, por otra parte, creo que algo haces mal

Un saludo

P.s.- Te publico como anónimo esta parte de tu respuesta comentarios.

Ozanu dijo...

Leí la respuesta pero he estado ocupado. No sé, Molón, ¿más energía que unos tipos que se lanzan a un carro en honor de su dios? Y no es la única historia con sacrificios humanos dentro del hinduismo, ojito.

Molón Suave dijo...

Ozonu:
1.- Yo también ando escaso de tiempo, por eso tardo en contestarte.
2.- He intentado entrar en la dirección que me indicabas, pero me sale el mensaje: "lo sentimos, la página que estabas buscando en el blog no existe"
3.- Contestando a tu objeción: por supuesto, en la historia ha habido hecho terribles a causa de los dioses. Muchos pueblos han practicado el sacrificio humano para aplacar a su dios. Un tiempo hubo -véase La rama dorada, de Frazer- en que se nombraba a un rey, se le mantenía a cuerpo de tal durante un año y, al cumplirse ese año, se le sacrificaba sin miramientos para conseguir el favor de los dioses. Pero ese tiempo pasó. La Iglesia católica tiene dos mil años de historia y es a este tiempo al que yo me refiero. En mi entrada, yo trato de señalar la inmensa contradicción que existe en una institución cuya razón de ser se encuentra en la resurrección de su fundador y, sin embargo, lo que celebran es, principalmente, su muerte. No conozco en estos últimos dos mil años ninguna religión con tal absurdo. Y que sus fieles lloren llenos de piedad por el muerto, en lugar de estar dando saltos de alegría por el resucitado.
Un saludo.