viernes, 4 de abril de 2014

In artículo mortis

Dicen defender la vida, pero lo que de verdad les atrae es la muerte. En la teología católica clásica, la única auténtica y verdadera, no caben medias tintas: la vida, por más que pregonen su carácter sagrado, no es más que un sufrido, penitencial tránsito impuesto por Dios para alcanzar la bienaventuranza eterna, que sólo es posible conseguir tras la exhalación del último suspiro. Importa cómo se vive, pero lo que importa de verdad es cómo se muere. Me lo dijeron muchas veces en las clases de catequesis (religión la llamaban, y la llaman, en una más de sus infinitas imposturas). No lo decían así, tan crudamente, ¿pero qué cabía deducir cuando nos repetían una y otra vez que si cometíamos un pecado mortal y moríamos repentinamente sin tiempo para confesarlo iríamos derechitos al infierno, por más impoluta y en paz con Dios que hubiéramos mantenido nuestra alma hasta aquel momento?
La muerte, el instante supremo de la muerte, esa es la clave en tan alta teología, el estado del alma (utilizo sus términos) en ese último segundo en que la vida termina y comienza, tal aseguran, la felicidad o la condena eternas. Aparte de las machaconas repeticiones de los maestros, catequistas, en realidad, tuve ocasión de comprobarlo en la práctica de la vida diaria durante mis años de monaguillo y de seminarista en la parroquia de San Pedro.
Don Julián, él párroco, era un tipo fornido y furibundo, entregado casi furiosamente a la tarea de salvar las almas de los fieles a él confiados. Las almas exclusivamente, el cuerpo, con sus necesidades, le resultaba bastante más lejano, a pesar de que no era poca la miseria que reinaba en muchos, incontables hogares de la parroquia, y aparte de lo bien alimentado que él estaba, a juzgar por sus hermosos mofletes y su soberana panza. Sus sermones eran cargas de artillería -inolvidable su vozarrón de guerrero atenorado- dirigidas contra la línea de flotación de las temerosas navecillas que venían a ser la inmensa mayoría de sus oyentes.
Era todo un espectáculo ver el deleite con el que se disponía a celebrar bodas, bautizos, primeras comuniones, novenas y quinarios. Pero cuando su gozo alcanzaba cotas inmedibles era en el momento en que algún vecino llegaba a la parroquia con la solicitud de los últimos auxilios espirituales para un familiar al borde de la muerte. Una actividad frenética se apoderaba de él. Abandonaba el despacho parroquial a la carrera, llamaba al monaguillo de turno, se revestía con su ayuda de los ornamentos sagrados, tomaba los avíos necesarios para la ocasión y allá que iba, con sus poderosas zancadas, en busca de la cabecera del moribundo.
En bastantes ocasiones, ni falta hacía que llegara nadie pidiendo los auxilios. Don Julián venteaba la muerte con la misma precisión con que, según cuentan los naturalistas, lo hacen los buitres y otros carroñeros por el estilo. Muchas veces lo acompañé yo a llevar el viático, esto es, la comunión, a un enfermo terminal. Muchas participé en la ceremonia de la extremaunción. Tengo grabadas en la memoria la imagen de bastantes de aquellos desahuciados exangües en destartaladas camas de siniestras alcobas, en las que, por encima de la muerte, lo que reinaba era el hambre. Una muchacha de no más de veintitrés o veinticuatro años, blanca como la cal, caída, más que tumbada, en un jergón de borra, la espesa cabellera negra derramada alrededor de un rostro afilado y turbio. Un esqueleto, más que un hombre, de indefinible edad, enteramente azul, con las venas asomadas a su piel como los tallos de una trepadora seca. Tantas, tantas imágenes...
Pero lo que nunca olvidaré será la escena que viví en una casona de vecinos de la calle Lineros, entonces Coronel Cascajo. Allí, en una habitación cuyas paredes fueron alguna vez blancas, sin ventanas y con la iluminación de una única bombilla de no más de veinticinco watios pendiente del techo, un hombre de mediana edad, cuarenta años a lo sumo, se moría irremisiblemente. A su lado, una mujer demacrada, dos carbones medio apagados los ojos y un pañuelo negro en la cabeza, se retorcía las manos consumida e impotente. El olor agridulce de la muerte, mezclado con el de la miseria, era atosigante. A pesar de estar acostumbrado a escenas duras, yo temblaba y estaba a punto de vomitar.
Haciendo un enorme esfuerzo para vencer el temor y el asco, dispuse en una destartalada mesilla los óleos con los que don Julián, enfundado en su roquete y con la estola morada al cuello, debía ungir la frente, la boca, las manos y los pies del agonizante. Ah, pero había un impedimento: el hombre, un triste peón de albañil, y la mujer, una puta de la Corredera (las mujeres que comerciaban con su cuerpo en este lugar no llegaban ni a rameras), llevaban años viviendo en concubinato y para don Julián resultaba de todo punto imprescindible remediar semejante situación antes de administrar los óleos. ¡Había que casarlos! En aquel momento, in artículo mortis, situación para la que no se necesitaba trámite alguno, ni siquiera comprobar si alguno de los miembros de la pareja estaba ya casado. La mujer estuvo de acuerdo en cuanto don Julián mencionó como de pasada las llamas del infierno. El hombre... ¿qué iba a decir él si era ya un cadáver más que un ser humano?
¿Han visto ustedes la película Plácido? Berlanga fue tremendamente indulgente al recrear el matrimonio del moribundo Pascual con su pareja Concheta. Lo que yo presencié en aquel antro fue espeluznante, aterrador. La mujer, ya seca y sin lágrimas que derramar, el agonizante inmóvil en el jergón, los ojos desmesuradamente abiertos, dos vecinos llamados con urgencia para que actuaran de testigos, el imponente sacerdote a los pies de la cama, yo encogido a su lado, la polvorienta bombilla derramando una luz espectral y dos moscas revoloteando a su alrededor formábamos la escena real de lo que eran estas cosas en aquellos tiempos.
Don Julián, imperturbable ante la miseria del lugar y ante la tragedia de aquellas dos personas, alzó su poderosa voz y comenzó la ceremonia. Eduardo...(recuerdo perfectamente el nombre y los apellidos de los dos, pero los omito por respeto a su memoria), ¿quieres a María... como tu legítima esposa y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad y así amarla y respetarla todos los días de tu vida? Un silencio espantoso se adueñó del cuchitril. ¿Cuánto duró? Para mí una eternidad. ¡Eduardo! ¡Eduardo!, casi gritó don Julián sin atreverse a tocar al hombre. Los ojos del moribundo temblaron, de su pecho escapó un gruñido que al salir por su boca dejó esta entreabierta, el labio inferior caído y con una espumilla grisácea fluyendo lentamente por las comisuras. ¡Ha dicho sí!, exclamó exultante el sacerdote, e inmediatamente procedió a repetir la misma pregunta a la mujer, que respondió con un sí tan triste, tan lastimero, que parecía que era ella la que se moría.
 Moviéndose como pez en el agua, don Julián indicó a los testigos que debían pasar por la parroquia para firmar la correspondiente acta matrimonial. Luego, con movimientos precisos, procedió a administrar los óleos al enfermo, acompañados de las fórmulas en latín que sólo él conocía. Para entonces, el hombre era ya un cadáver. Su gruñido no fue un , sino el estertor que ponía fin a su vida. Estoy seguro. Pero si era ya un cadáver y sin apartarme de la ortodoxia católica, ¿de qué le sirvió el matrimonio y, peor aún, para qué le sirvió la maldita extremaunción?

P.S. Las fotografías son de Cristina García Rodero, magnífica fotógrafa, cuyas impresiones de la España profunda resultan sobrecogedoras.


 

7 comentarios:

Ozanu dijo...

Espeluznante relato, claro indicador de que estos siervos del espíritu invisible llamado Dios viven en otro plano mental. Aunque por otro lado todas las religiones se fundan en el temor a la muerte, y hasta ciertas ramas del budismo se basan en el temor a la vida: el nirvana para ellos es escapar del ciclo de reencarnaciones, de sufrir en última instancia.

Lo más gracioso es que cierto posmoderno aseguraba en una entrada de un blog que el culto a la muerte "era propio de culturas más sabias". Hay gente que mejor olvidar...

ben dijo...

¡Ay! D.Julián.Esas escenas son reales,yo también las viví.Hoy día nos son incomprensibles,todo aquel mundo ya desaparecido.
Al menos allí estaba D. Julián con todo su séquito y sus rituales para acompañar
en la muerte a esas personas desgraciadas.No sé que muerte nos espera ahora llenos
de soledad en un hospital,llenos de tubos y máquinas.
D.Julián fue un producto de su tiempo,que también evoluciono,como todos lo hicimos,
recuerdo como mi madre con toda naturalidad hablaba de lo buena que era la señora
que vivía amancebada con el coadjutor de San Pedro y como se llevaba de bien con D.
Julián.Todos evolucionamos,nos adaptamos.Eran otros tiempos,negros muy negros,los
que tú cuentas,pero son tal como lo cuentas.
Saludos.

Molón Suave dijo...

Ozonu: "Hay gente que mejor olvidar" Muy cierto, Ozonu. Todas las legiones venden un producto acerca del cual no es posible la reclamación. Por ejemplo, tú te compras una camisa en una tienda y si, cuando llegas a tu casa, le descubres un defecto puedes descambiarla por otra y, en muchos casos, por el dinero. Sin embargo, qué ocurre si tras la muerte no hay otra vida, como predican las religiones. Nadie vuelve de allí para reclamar una reparación por el error. Además, no conozco ninguna religión en la que los dirigentes vivan peor o, al menos, igual que sus fieles.

Molón Suave dijo...

Ben: Cuando cuento cosas de mi propio pasado no invento nada. Tengo aquel tiempo -tan viejo y tan negro- muy fresco en la memoria, porque fueron grandes mis padecimientos. No me considero un resentido, porque, desde hace ya bastantes años, trate de ajustar cuentas con todo aquellos. Es un tiempo que los jóvenes, además, desconocen y que deberían conocer para que nunca, nunca más se repitan.
¿Estás seguro que don Julián evolucionó? Yo no lo sé, porque me alejé pronto de la parroquia y nunca más volví. Ahora bien, desconocía que don Juan, el coadjutor (supongo que te refieres a él) viviera amancebado. Después de todo, yo era bastante más inocente que los niños de mi entorno. Y también bastante impresionable. Quizás, por ello mi sufrimiento fue mayor.
Por tus comentarios, supongo que tú y yo debimos conocernos, aunque sólo fuese de lejos, aunque, ciertamente, me resulta imposible ubicarte.
Un saludo

Lansky dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Lansky dijo...

El miedo a la muerte es lógico y, en ciertos límites, perfectamente admisible, lo malo, para mí, son las religiones que predican el miedo a la vida y recomiendan prescindir de su gozo a cambio de una improbable e hipotetica vida futura.

Finalmente, la pregunta no es si hay vida después de la muerte, sino si la hay 'antes.'

Un saludo (espeluznante relato)

Molón Suave dijo...

Lansky: De ese miedo se alimentan las religiones. Por lo que conozco, no existe religión que administre mejor ese miedo que la católica. Juegan con ese miedo y juegan con la tremenda irracionalidad que consiste en negar esta vida que vemos, que tenemos, que palpamos (mediante la exaltación del sufrimiento y de la penitencia)para centrarse en esa otra de la que nadie pude afirmar rotundamente su existencia.

P.D. Leo con agrado tus entradas. Sigo poniendo comentarios, pero estos, no sé por qué, siguen sin aparecer.
Perdona mi tardanza en responderte ahora, pero he estado unos días bastante atareado.
Un saludo