sábado, 15 de febrero de 2014

La jueza y la asesina

La Biblia es un libro de hombres y para hombres. Las mujeres son sólo sujetos pasivos, hembras paridoras destinadas a perpetuar la estirpe del varón. Eso en el mejor de los casos. En numerosas ocasiones no son más que el maldito instrumento del que Satanás se vale para tentar al hombre y llevarlo por el camino de la perdición.

Esta es la interpretación clásica que, incluso con palabras casi idénticas a estas, han hecho los teólogos católicos hasta por lo menos el siglo XIX y es la interpretación que, la mayoría de ellos, siguen haciendo al día de hoy, sin bien con palabras más sutiles y con enrevesados argumentos que pretenden difuminarla y endulzarla.

No debe resultarnos sorprendente tal interpretación. La Iglesia, encabezada por San Pablo, su guía primero, si es que no su creador, desprecia profundamente a la mujer. Según San Pablo, la mujer ha sido creada casi exclusivamente para uso del hombre, para proporcionarle la paternidad al hombre. Claro ejemplo de este desprecio lo constituye la postura eclesiástica ante la Virgen María. La mujer en cuyo vientre se gestó nada menos que el Hijo de Dios, apenas es citada una docena de veces en el conjunto de los cuatro evangelios. Marcos, cuyo es el primero de estos evangelios, por más que en las biblias católicas aparezca situado en segundo lugar, tras el de Mateo, sólo la cita dos veces y en escenas que constituyen más bien un menosprecio para la buena mujer. No menciona ni la anunciación ni el nacimiento de Jesús y tampoco sitúa a la Virgen en el Calvario, a la hora de la muerte de su hijo.Tampoco la sitúan en este lugar ni Mateo ni Lucas, que sí la mencionan en el nacimiento de Jesús y poco más. Sólo Juan, que no habla del nacimiento, sitúa a la Virgen en el Calvario.

Los padres de la Iglesia, los conocidos como Santos Padres hablan encomiásticamente de ella, por supuesto, pero casi sólo a partir del siglo V, cuando el catolicismo está ya suficientemente institucionalizado y no hay  temor a que una diosa madre de las que abundaban por los alrededores viniera a ocupar el lugar de privilegio que, según dichos padres, sólo podía corresponderle al Hijo. El culto, sin embargo, no se generalizaría hasta el siglo XI. Todavía el dogma que más directamente atañe a la propia Virgen, el de su concepción inmaculada, esto es, concebida por su papá y su mamá sin la horrenda mancha del pecado original, no sería proclamado hasta 1854.

Tal pensamiento furibundamente misógino encuentra su fundamento en la cultura judía, hijo de la cual es el cristianismo y, por tanto, el catolicismo. Ahora bien, la Iglesia ha llevado hasta límites realmente extremos el papel secundario y subordinado de la mujer respecto del hombre, pues en la propia Biblia y a pesar de la misoginia que toda ella destila, se cuentan con absoluta naturalidad la historia de mujeres que ejercieron funciones destinadas a los hombres y cuya décima parte de protagonismo ya quisieran para sí las mujeres católicas actuales, en el seno de la Iglesia.

Dos de estas mujeres aparecen en el mismo libro, el de los Jueces, y en el mismo capítulo, el cuarto, ambas con idéntico objetivo, aunque cada una en posiciones y con medios bien distintos. Una de estas mujeres es Débora, mujer de Lappidot, profetisa y jueza, que en términos modernos vendría a ser algo así como jefa de gobierno con capacidad no sólo para dirigir los asuntos políticos, sino también para dirimir los pleitos surgidos entre sus súbditos, como muy bien explica el citado libro en el versículo quinto de dicho capítulo cuarto. La otra mujer es Yael, esposa de Jéber, al que llaman el quenita.

En aquel tiempo, los israelitas se encontraban sojuzgados por Yabín, un cananeo que reinaba en Jasor, y, una vez que el pueblo la elige como jueza, Débora no duda en declararle la guerra. Al mando del ejército de Yabín se encuentra un general, Sisara. Débora, por su parte, encomienda la jefatura de las tropas israelíes al general Barak, hijo de Abinoam (la Biblia es detallista hasta la exageración en estas nimiedades), al que ordena incluso el número de combatientes que ha de reclutar, así como el orden en que ha de  plantear la batalla. Barak (y esto es realmente prodigioso en libro tan misógino) se resiste a partir, si no es acompañado por la propia Débora. Si vienes conmigo voy -relata textualmente el autor del texto-. Pero si no vienes conmigo, no voy, porque no sé en qué día me dará la victoria el Ángel de Yahvé. A lo que Débora reponde: Iré contigo, sólo que entonces no será tuya la gloria del camino que emprendes, porque Yahvé entregará a Sisara en manos de una mujer. (Más o menos, Débora se permite el lujo de llamar cobarde a Barak y nadie se escandaliza por ello.)

Ambos ejércitos se enfrentaron junto al Torrente de Quisón y, tras una durísima batalla que duró todo el día, los israelitas derrotaron a las huestes de Sisara, a pesar de los nada menos que novecientos carros de hierro de los que el general de Yabín disponía para el combate. Todo el ejército de Sisara -cuenta textualmente la Biblia- cayó a fila de espada: no quedó ni uno

Esta afirmación no es del todo cierta, pues sí que quedó uno: Sisara. Y aquí es donde comienza el protagonismo de Yael. Sisara huyó, llegando hasta la tienda de Yael, a la que creía amiga, pues reinaba la paz entre Yabin, rey de Jasor, y la casa de Jeber el quenita. "Ven, señor mío, ven hacia mí. No temas -cuenta el libro de los Jueces que Yael le dijo a Sisara-. Este entró en la tienda y ella lo tapó con un cobertor.

Él le dijo: "Por favor, dame de beber un poco de agua, porque tengo sed." Ella abrió el odre de la leche, le dio de beber y lo volvió a tapar. Él le dijo: "Estate a la entrada de la tienda si alguno viene y te pregunta y te dice: ¿Hay alguien aquí?, respóndele que no" Pero Yael, mujer de Jéber, cogió una clavija de la tienda, tomó el martillo en su mano, se le acercó callando y le hincó la clavija en la sien hasta clavarla en tierra. El estaba profundamente dormido, agotado de cansancio y murió.

Aquí están: dos mujeres valerosas hermanadas por el protagonismo y por el objetivo: acabar con los enemigos de Israel. La primera es una reputada jueza. La segunda, una asesina. ¿Pero qué importa esto cuando lo relevante es el fin que se persigue? Bien claro deja el autor del texto que a él, y por extensión a todos los seguidores de la Biblia, le importan un comino las consideraciones éticas entre el fin y los medios para conseguirlo, ya que, no sólo no censura en ningún momento el comportamiento de Yael, sino que a continuación de la historia incluye el Cántico de Débora y Baraq, un sentido poema en el que se glorifica a Débora, pero también a la asesina, de la que se permite el lujo de decir: Bendita entre las mujeres Yael, entre las mujeres que habitan en tiendas, bendita sea.

Para el que quiera leer la historia completa: Libro de los Jueces, capítulos cuatro y cinco.

3 comentarios:

Ozanu dijo...

He dado un repaso a tu blog entero, y desde luego que es anticatólico (lo digo en sentido simplemente descriptivo, ojo). Yo fui educado en un colegio católico, pero eran muy flexibles: un profesor, religioso, advertía que no nos tomáramos al pie de la letra el relato de la creación y que pensáramos que aquellos días de la creación eran millones de años. Eran los noventa, cuando todavía no había tantos creacionistas sueltos. Me volví ateo en el instituto, tanto por compañías como por comparar religiones.

En general, coincido mucho con tus entradas. Respecto a esta ya en concreto, pues qué decir: la misoginia era común en la época clásica, pero la Biblia tiene un gran peligro por ser un libro considerado "espiritual", entendiendo por este término "es muy importante porque lo digo yo", distinto a como la definías en otra entrada. La Ilíada y la Odisea no son muy diferentes en ese sentido, pero nadie intenta justificar las inmensas fechorías descritas en esos poemas épicos en base a un supuesto espíritu invisible que controla el universo. Ya Voltaire intentaba exponer que nos tomáramos la Biblia como una colección de fábulas, pero ni caso le hicieron al pobre.

Por último, no sé si conocerás la predicación vía cómic. En la entrada que enlazo, analicé a dos protestantes y a un musulmán muy entregados a tan santa misión:

http://analitoendisolucion.blogspot.com/2012/05/estos-comics-quieren-tu-alma.html

Molón Suave dijo...

Ozanu: Bienvenido. En efecto, este blog es anticatólico, porque es la religión que sufrimos en España, que es desde donde escribo, concretamente desde Córdoba, una ciudad hermosa, pero hoy, todavía, repugnantemente levítica. Como se ve que eres bastante más joven que yo, tuviste la suerte de tener una educación más suave que la que yo recibí. En los años noventa, sobre todo al principio, al menos en España, la Iglesia estaba agazapada, temiendo aún la que se le podía venir encima por su colaboración con los crímenes franquistas y claro tenía el puño escondido en un guante de seda. Hoy cada día más van volviendo por sus fueros, no ha más que oír a los obispos hablando de homosexualidad, del aborto o de cómo son acosados ellos, pobrecitos míos.
Como la Iliada o la Odisea, así es la Biblia, bien lo dices, o como Las mil y una noches, historias legendarias y fantásticas que no se pueden tomar al pie de la letra, pero tampoco caprichosamente como alegorías, es decir, cuando nos interesa esto es literal y cuando no es alegórico. Es un libro misógino, pero aún así, en esta entrada yo he tratado de probar que la Iglesia es mucho más misógina que la propia Biblia, de la que se dice deudora. Hoy la Iglesia es una enorme máquina de poder que por no seguir no sigue ni el evangelio.
No conozco esa predicación, pero voy a visitar esa web que me indicas, por curiosidad.
Un saludo

Ozanu dijo...

Y todavía tengo suerte de haber nacido en el 82 y de que la educación formal empiece a los cuatro años. Algunos primos míos, un poco mayores, todavía vivían con una cierta tolerancia a ciertos autoritarismos, aunque ya rara vez practicados.

No es único entre católicos ese rebrote: los protestantes cada vez son más creacionistas. Muchos creen que es una seña de puro terror ante la seguridad de que van a perder mucha influencia. Espero que acierten.

Sí, el poder es el problema con todas las religiones. Todo lo demás son consecuencias de ese poder que necesita legitimarse: no es que los curas sean pederastas, es que su sacerdocio los hace intocables. Un maestro seglar pederasta se ve obligado a responder ante la ley de los hombres, aunque sea imperfecta.

Por último, un autor de los que hablo no tiene web, me parece. A cada cual hay que echarlo a comer aparte, que decimos en casa.