domingo, 23 de febrero de 2014

Inocencio III

El papa es el punto de encuentro entre Dios y el hombre... el que puede juzgar todas las cosas y no puede ser juzgado por nadie.
He aquí el lema fundamental de un hombre como usted y como yo, quiero decir con los mismos componentes: una cabeza, dos brazos, dos piernas..., que tiene que comer y luego miccionar y defecar, un hombre cuyo biografía, sin embargo, no debería faltar en una Historia Universal de la Ambición, pues pocos seres humanos pretendieron llegar tan alto como pretendió y en buena parte consiguió alcanzar él. En la imagen superior está representado este hombre; en la inferior, Cristo en majestad. Véase, comparando ambas, hasta dónde llegaba la ambición  del de arriba.
No se conformó con ser el sucesor o vicario de San Pedro, sino que se hizo llamar Vicario de Cristo, un título que a partir de él llevan ya todos los papas.
La idea de las dos espadas, la espiritual y la temporal, como símbolos del poder del papa y el de los reyes, no era suya. Él no sólo se apropió de ella, como habían hecho sus inmediatos antecesores, sino que la amplió hasta el punto de afirmar que, por graciosa concesión de Dios, ambas espadas le pertenecían y que la temporal, que utilizaban los reyes y mandatarios, era una cesión del papado para, además de someter a sus súbditos, defender al papa y su trono.
Con esta idea en mente, fue también el primero que adoptó un escudo de armas al comienzo de su pontificado, acción que perduraría ya para siempre a través de los sucesivos papas. En el diseño del escudo no se atrevió, sin embargo, a incluir las dos espadas. Hubiera sido, cómo diríamos, ¿demasiado atrevido en una organización que tiene como lema principal el amor al prójimo y, en consecuencia, la paz? En su lugar puso dos llaves, una dorada y otra plateada, la primera representa el poder espiritual, la segunda el poder temporal. Y ambas pertenecen al jefe de la Iglesia. Tales llaves figuran desde entonces en el escudo de todos los pontífices, aunque poquísimos católicos saben lo que representan.
Desde el siglo IX y a pesar de que el reino de Cristo no es de este mundo, la Iglesia contaba con el Estado Pontificio, gracias a la falsificada Donación de Constantino y a la contraprestación que debió satisfacer Carlomagno para ser coronado emperador. Como jefe de tal Estado, este hombre amplió sus dominios, apoderándose mediante hábiles negociaciones del ducado de Spoleto, la Marca de Ancona, parte de la Toscana, todo ello por el norte, y el condado de Sora por el sur. A su muerte, había duplicado el territorio, aunque, en este sentido, no murió satisfecho, ya que en su ambición y en sus planes entraba triplicarlo.
Con sus ideas sobre el poder y en un momento en que el feudalismo empieza a tambalearse y los reyes, especialmente los de Francia e Inglaterra,  a reclamar su autonomía, utilizó a destajo la excomunión, un arma entonces formidable que permitía a los papas doblegar con relativa facilidad la voluntad de los príncipes, pues tal condena equivalía a despojarlos de sus coronas al eximir a sus súbditos de la obligación de acatar su autoridad. De este modo aparejó o prohibió matrimonios, intervino activamente en la elección del emperador de Alemania, se alió con unos en contra de otros, siempre en defensa no del reino de Cristo, sino de la Iglesia y de su Estado.
Como defensor a ultranza de la ortodoxia católica, veía enemigos por todas partes. Para combatirlos, llegó a convocar cuatro cruzadas. En la primera, destinada a la recuperación de Jerusalén, los cruzados se desviaron de su ruta y lo que hicieron fue apoderarse de la cristiana Constantinopla, sometiendo a sus habitantes a un baño de sangre. En la segunda le fallaron los venecianos que, aunque cristianos y muy católicos, jamás ponían la religión por delante de sus negocios. La tercera fue contra los moros de España, triste país en el que han mandado más los papas que los propios españoles. Con esta los reyes castellanos lograron la victoria en la conocida como Batalla de las Navas, gracias al apoyo de los cruzados europeos.
Pero la cruzada que pondría de relieve la auténtica personalidad de este hombre fue la que desató contra los cátaros, secta de cristianos heterodoxos que se extendía por el territorio de Aquitania y el Rosellón, en Francia, y que predicaban la austeridad de una vida de pobreza y la crítica de las riquezas acumuladas por la Iglesia de Roma. Encabezada por el mercenario Simón de Monfort y por el abad cisterciense Arnaut Amaury, las tropas católicas sembraron el terror en la región. Especialmente llamativa fue la toma de Beziers, a orilla del río Orb, cuyos habitantes, entre quince y veinte mil, fueron pasados a cuchillo en su totalidad. Por este éxito, Arnau Amaury sería premiado con el arzobispado de Narbona.
El hombre que llevó a cabo todas estas hazañas fue Lotario de Segni, conde de Segni, un aristócrata, como otros muchos que han llegado a ocupar el trono de San Pedro. Con una excelente formación en teología y derecho canónico, dos campos fundamentales para abrirse camino en el seno de la Iglesia en aquella y en casi cualquier época, fue, no obstante, nombrado cardenal por su tío, el papa Clemente III, en una demostración más de cómo las familias de alcurnia han sabido acaparar tmbién para sí el solio papal, con el auspicio, por supuesto, del Espíritu Santo.
A Clemente III le sucedió Celestino III, a la muerte del cual fue elegido papa nuestro Lotario, quien tomó el nombre de Inocencio III. Tenía sólo treinta y siete años. En el momento de su elección, no era más que diácono, por lo que, a toda prisa, fue consagrado sacerdote y, poco después, para no desentonar, obispo (para ser cardenal no se necesitaba ser sacerdote y no se ha necesitado hasta 1983 en que se modificó el Código de Derecho Canónico.)
Además de todo lo contado, nuestro Lotario, Inocencio III, aprobó las órdenes de los dominicos y los franciscanos. Acerca de ésta orden, la película sobre San Francisco retrata perfectamente a este papa. En efecto, ante la protesta de los cardenales por la pobreza de que hacían gala los franciscanos, Inocencio III les hace ver lo que le convenía a la Iglesia aquellos mendicantes que no ponían objeción alguna ni al poderío ni a las riquezas de Roma.
Que esto era así quedó demostrado poco después, cuando el concilio de Letrán de 1215, convocado por el papa, condenó la doctrina y la práctica de Joaquín de Fiore, un franciscano disidente que sí cuestionaba, más que la autoridad, el lujo y la ostentación del papa y de toda la corte papal. En este concilio, después de las masacres cometidas sobre su seguidores, se condenó la herejía cátara, que algunos llaman albigense, por considerar que su cuna se sitúa en la ciudad de Albi. Este concilio aprobó también la obligación de confesar y comulgar al menos una vez al año, por Pascua, obligación que se mantiene hasta nuestros días para los católicos. Igualmente, se aprobó una resolución por la que se obligaba a los judíos a llevar vestidos que los distinguieran de los cristianos a simple vista, al tiempo que se les prohibía ocupar cargos públicos y -¡toma castaña!- a salir a la calle durante la Semana Santa.
Sus hagiógrafos, que hasta el momento son la mayoría de los escritores que de él cuentan algo, afirman que Lotario o Inocencio III poseía una brillante inteligencia, así como consistente piedad. Ambas cualidades quedan más que demostradas tanto en la convocatoria de sus cruzadas como en su actitud ante todo aquel que no comulgaba con las directrices de Roma.
Inocencio murió de forma repentina a los cincuenta y nueve años, en Perusa, adonde se había desplazado para negociar la paz entre Pisa y Génova, de cara a la convocatoria de una nueva cruzada. Se cuenta que, poco tiempo después de su muerte, el papa se apareció envuelto en llamas a Santa Lutgarda, a la que, aparte de darle un buen susto, le dijo que se encontraba en el purgatorio y que pidiera por él porque tenía para siglos. Esto, naturalmente, no es más que una leyenda, pero, más allá de ella, poca condena parece para quien tanto daño vino a causar al mundo.

Fuentes:
Después de Cristo.- Alfredo Fierro
Diccionario de los papas.- Juan Dacio
Historia de los papas.- Rafael Ballester
Historia general de la Inquisición.- Leonardo Gallois.
Diccionario de los papas y de los concilios.- Leonardo Gallois
El tiempo del apocalipsis. Vida de Joaquín de Fiore.- Gian Luca Potestá
 

5 comentarios:

Lansky dijo...

Como decía el bestia de Custer de los indios sioux, parece que el único Papa bueno es el Papa muerto, y sobre todo asesinado (presuntamente) como el simpático Juan pablo I, ya veces ni eso.

Molón Suave dijo...

Ciertamente. ¿Tú ves este lo bien que habla? Pues o se amolda o ya verás lo que le va a pasar.

Paco Muñoz dijo...

Y el pobre de puso Inocencio. Que paradoja. Esta familia que poco se diferencian unos de otros.
Saludos.

Grillo dijo...

No me pierdo ninguno de tus posts, aunque no siempre haga comentarios.

No sé si estoy de acuerdo con Molón Suave (el nick ya es toso un poema): muchas voces se escucharon al principio de este Papado (¿se escribirá con mayúsculas?) sobre lo poquito que iba a durar 'Francisco'. Se oía que se lo cargarían más pronto que tarde. Pero también decía eso de Barak Obama y ahí sigue el tío... Tal vez con menos seguidores, pero no creo que sus detractores lo asesinen - como ya ha ocurrido en EEUU con varios presidentes.
No soy creyente (ni ateo ni agnóstico ni nada; no tengo el menor sentido transcendental), pero a mi me hace gracia es Papa argentino. Es 'distinto'.

Anónimo dijo...

Es la primera vez que entro al blog, pues estaba buscando información para confirmar algunas cosas que dicen en el libro "El sueño de Inocencio", como que fue él quien mandó elaborar el "santo sudario" y quien creo una imagen de Cristo (blanco, barbado, pelo largo) que prevalece hasta la actualidad. ¿Pueden comentar sobre esto?