domingo, 2 de febrero de 2014

El azote de Dios

Atila. Todavía en Europa despierta su nombre ecos de terror. Atila. El rey de los hunos. Donde su caballo pisaba no volvía a crecer la hierba. ¿Un mito? ¿Una leyenda?
La Iglesia católica, con la habilidad publicitaria que la caracteriza, se ha encargado de agigantar su figura, porque al hacerlo agigantaba más aún la de uno de sus papas, León I (440-461), llamado el Grande, a quien historiadores católicos, absolutamente venales en su inmensa mayoría, presentan nada menos que como el salvador de Occidente, afirmando sin rubor que, gracias a León, la unidad del Imperio, destruida por las invasiones, es sustituida por una unidad espiritual, transformada poco a poco en la idea de civilización unitaria que se encuentra en la base del concepto de Europa (Juan Dacio: Diccionario de los papas). Como si el concepto de Europa y Europa misma no hubieran existido desde tiempos de los griegos, quienes la tienen incluso recogida en uno de sus mitos, aquel que cuenta cómo, prendado de ella, Zeus, en figura de toro, la trasladó a su grupa a través del mar hasta Creta, violándola allí junto a una fuente. Roberto Calasso, en un precioso libro, Las bodas de Cadmo y Armonía, inicia su narración con esta historia, cientos de años anterior a la aparición del cristianismo.
Pero hablábamos de Atila. Hasta el año 350 de nuestra Era nadie en Europa había oído hablar de los hunos. En la década siguiente, sin embargo, aparecen en gran número establecidos principalmente en la gran llanura húngara, actuando a partir de este momento y en diferentes ocasiones como aliados de Roma. Extraordinarios jinetes, con arcos capaces de lanzar sus flechas a distancias que nadie más alcanzaba, casi cien años más tarde se habrán convertido en una formidable y arrolladora potencia europea, alcanzando su cenit con el gobierno de Atila.
Los historiadores están en general de acuerdo en que Atila era un ser cruel, sanguinario, hasta el punto de no tener reparos en asesinar a su propio hermano con el objetivo de conquistar para sí todo el poder. Dotado de grandes dotes organizativas y militares, supo reunir bajo su mando a las distintas tribus que hasta entonces batallaban más o menos por su cuenta, formando un poderoso ejército. En poco más de quince años, puso en jaque al imperio romano. Se apoderó de los Balcanes, atacó Constantinopla y constituyó él mismo un imperio que abarcaba desde el Báltico al Mar Negro.
Pero no se conformó con ello y en el año 451 se lanzó sobre el imperio de Occidente, cruzó el Rin y en una campaña fulgurante se apoderó de Coblenza, Metz, Tréveris y Orleans, ya en el corazón de la Galia, destruyendo además cuanto encontraba a su paso. La campaña, sin embargo, no terminó bien para los hunos pues fueron vencidos por el general romano Aecio en las cercanías de Troyes, en un lugar hasta la fecha indeterminado que unos llaman Campos Cataláunicos y otros Campus Mariacus. Atila, enloquecido por la derrota, la primera de su carrera, pensó en quitarse la vida, pero sus lugartenientes le hicieron desistir de su idea.
Al año siguiente, el jefe de los hunos inició otra campaña contra el imperio romano de Occidente, en esta ocasión avanzando sobre la propia Italia. Cruzó los Alpes y, tras conquistar Padua, Mantua, Vicenza, Verona, Brescia y Bérgamo, se apoderó de Milán. Y aquí es donde interviene el papa León I. Los hagiógrafos echan las campanas al vuelo y no dudan incluso de tildar su intervención como verdaderamente milagrosa. Atila, según estos hagiógrafos, dicho llana, pero bien gráficamente, se acojonó con las palabras del papa y más aún con la aparición en el cielo de los santos Pedro y Pablo blandiendo tremendas espadas, como inmortalizó la escena el gran Rafael Sanzio. Inmediatamente, el caudillo huno, dio orden de retirada a su ejército y huyó como liebre perseguida por media docena de galgos.
La verdad histórica, sin embargo, es bastante más prosaica y, desde luego, bastante menos sobrenatural. El papa León I formaba parte de una embajada, en la que también participaban en pie de igualdad, el ex cónsul Avieno y el prefecto Trigetio. Su misión consistía en convencer a Atila de que no atacase la ciudad de Roma. Atila se los tomó a filfa. Y, no obstante, abandonó Milán y se marchó por donde había venido. ¿Por qué?
A la estrategia y la ferocidad indiscutibles del ejército huno le fallaba la táctica y, más aún, la logística. El desplazamiento a tanta distancia de unas tan numerosas fuerzas militares exigía contar, entre otras cosas, con enormes cantidades de víveres para las personas y de forraje para los caballos. Los hunos, sin embargo, iniciaban sus campañas llevando cada uno sus propias provisiones, fiando obtener un aprovisionamiento posterior en los territorios conquistados. No obstante, en su avance, su táctica consistía en el saqueo y la destrucción de cuanto iban encontrando. Por este motivo, a la altura de Milán empezó a escasear el alimento y, como consecuencia, en el ejército huno, que sólo conservaba el orden en el campo de batalla, hicieron aparición distintas enfermedades. Al mismo tiempo, el general Aecio avanzaba hacia Milán con fuerzas conjuntas de los imperios de Oriente y Occidente, mientras fuerzas del emperador de Oriente, Marciano, atacaban el feudo principal de Atila en el norte del Danubio. La combinación de estos elementos, y no la intervención de León X, fue la que hizo dar media vuelta al ejército huno y regresar a la carrera a su lugar de procedencia.
Atila no escarmentó con estas dos campañas fallidas y, tras su regreso, se dispuso a preparar una tercera para el año 453. No obstante, no tuvo tiempo de emprenderla. Poco antes de la partida, murió. Acababa de volver a casarse (tenía varias esposas, aunque no se sabe cuántas) y, cuentan las crónicas, que en el banquete de bodas se pasó con la bebida y, más tarde, ya en su tienda con su esposa, sufrió un derrame cerebral que le ocasionó la muerte. La recién casada, joven y asustadiza, no se atrevió ni a gritar y allí la encontraron a la mañana siguiente, aterrorizada al lado del cadáver.
En cuanto a León I, del que nos ocuparemos más ampliamente en su momento, murió tranquilamente en su cama el diez de noviembre del cuatro cientos sesenta y uno, no sin antes haber tomado para sí y para sus sucesores el título de pontifex maximus, sumo pontífice, que habían ostentado los emperadores romanos y al que renunciaron a partir de Graciano el Joven (375-383), lo que nos puede dar idea de la clase de individuo que era.

Fuentes: Además de las citadas en el texto:
             La caída del imperio romano.- Peter Heather. Ed. Crítica, 2006.
             Diccionario de Mitología Universal.- Ed. Akal, 1993
             La pintura de Rafael se encuentra en la Sala Heliodoro, perteneciente a las estancias vaticanas que llevan el nombre del pintor.

12 comentarios:

Lansky dijo...

Siempre he pensado que Gibbon le hizo un flaco favor a la historia de Roma, pese a su estupendo 'Decline and Fall; sobre todo por ese 'fall' del título, porque más que una caída, que siempre es algo repentino se trató de un desinflarse paulatino (y como se apropió el papado de todo el tinglado imperial romano, nombres incluidos)

Un saludo

Molón Suave dijo...

Tienes razón, fue una caída paulatina, con subidas y bajadas. P. Heather lo cuenta con detalle y precisión apoyándose, sobre todo, en cronistas de la época, escrito además de una manera muy amena. El cristianismo católico, por otra parte, emprendió el camino de apoderarse de todos los resortes del poder desde el mismo momento en que puso su centro en Roma, corazón del imperio. Como hasta el siglo XIX no hubo estudiosos críticos con la Iglesia siempre se tuvo esto por un bien, cuando fue la peste interminable que cayó sobre los pueblos de Europa. Yo, personalmente, estoy hasta las narices del dicho: "las raíces cristianas de Europa".

Paco Muñoz dijo...

En primer lugar enhorabuena, porque das que pensar con las referencias que haces a la historia.
Siempre ha tenido la religión, en este caso la "católica apostólica romana", la habilidad para apoderarse o cambiar para su interés la historia. Dioses y leyendas de otras civilizaciones las han adaptado a su causa. Pero creo que todas las civilizaciones lo han hecho siempre, y sobre todo la historia siempre ha sido modificada a su antojo por los que la han escrito después. Cuando los historiadores citan determinadas fuentes, cuando las hay, quién nos puede decir que los escritores no lo hacían con instrucciones concretas, como las que suponemos reciben quienes maquillan las encuestas, a beneficio de quienes le pagan.
En cierta ocasión hice una pregunta a una persona experta en pintura, que iba a hacer una reseña de un cuadro, en el que entre otras dos mujeres estaba mi abuela. Yo tenía una referencia de las edad de esta en el año de pintura del cuadro, que difería de las otras dos, pero tenía dudas razonables de quien sería realmente, tenía flecos no garantizados. Era una cuestión sin pruebas, solo orales, de una cosa que había ocurrido cien años antes.
-¿Quién será mi abuela?
-La más guapa porque soy yo quien va a escribir la crónica. -contestó la experta.
Un abrazo.

Molón Suave dijo...

Ciertamente, Paco, se dice que la historia la escriben siempre los ganadores. Pero esto puede ser cierto en un noventa por ciento hasta fechas relativamente recientes, pongamos pasada la mitad del siglo XIX. Siempre hubo historiadores que se esforzaron por contar la verdad, entendiendo por ésta la no distorsión deliberada de los contenidos de los documentos con los que contaban. Hoy, con mayores grados de libertad que antaño, el número de buenos historiadores a aumentado bastante, aunque sigue habiendo toda una pléyade que más que historiadores son lacayos de un poder u otro. Heather, por ejemplo, de quien manejo La caída del imperio romano, se cuida mucho de contar que la mayor parte de lo que conocemos de los hunos y, en general, de los llamados bárbaros, es a través de escritores romanos. Se cuida igualmente de advertir de que cuando llega a una conclusión es su conclusión. Igualmente, muchos de los hechos que cuenta lo hace con el apoyo de otras ciencias, como la arqueología o la lingüística. Ha podido equivocarse muchas veces, pero se nota que se esfuerza en descubrir y contar cómo ocurrieron los hechos en realidad y cuáles fueron sus causas, condicionamientos, etc.

Paco Muñoz dijo...

Correcto Rafael, yo he tratado de decir, aunque creo que no lo he expresado correctamente, que las fuentes donde pudieron beber los historiadores honestos, pudiera estar ya contaminada anteriormente por otros deshonestos. Y claro que se ve la honestidad del citado cuando dice que las conclusiones son suyas.

Grillo dijo...

Evidente: las historias las escribían siempre los ganadores como querían y les convenía. Daban algunos datos incontrovertibles (hay evidencias que no se pueden obviar) pero cargaban las tintas hasta hacer de sus libros un cenotafio.
Pero hoy día ya no se puede mentir tan descaradamente, no solo porque haya más libertad de opinión, sino porque ya hay testigos oculares de este o aquél país (en guera)que manejan datos, fotografías y documentos fehacientes. y no se puede ir contando trolas si caer en el peor desprestigio de un historiador: la mentira pelona, cínica y de apología pro domo. De hecho, esos libros no solo sirven para aclarar el máximo de verdad posible para el lector interesado, sino que valen para escarnios comparativos.

Magnífico post otra vez. Enhorabuena.

Grillo

Molón Suave dijo...

Paco: lo que dices de las fuentes es indudable. Pero, primero, incluso en las épocas más rígidas ha habido gente crítica que ha expresado sus opiniones más o menos veladamente y, segundo, un historiador honesto, entre otras muchas cosas, compara las fuentes y analiza si existen en ellas contradicciones o busca nuevas fuentes que, por ser críticas, o se olvidaron o se destruyeron, quedando alguna oculta, como ocurrió con lo muchos de los evangelios no ortodoxos, ordenados quemar por los papas, de los que luego aparecieron manuscritos en el Mar Muerto.

Molón Suave dijo...

Grillo: Gracias, hombre. He agrandado un poco la letra, cambiando el tipo, pero creo que no mucho. Voy a ver si cambio el tipo de blog, porque he visto otros que tienen la letra más grande.
Cuando hablaba de que hoy no es tan fácil mentir, me refería a los historiadores que cuentan la historia del pasado, no a la actualidad. En este momento ocurre como tú dices: hay demasiados testigos. Muchos de los historiadores del ayer siguen mintiendo como bellacos, pero, a diferencia de lo que ocurría antaño, hoy a la mayoría se les ve el plumero en cuanto un historiador honrado desvela hechos que aquellos callaron o falsearon.

Grillo dijo...

Gracias hombre.
Creo que leo ahora tus números con más claridad. No te molestes en cambiar el tipo de blog.
Si yo tuviera que hacer eso, con mi torpeza internética me daría un parraque; o tendría que esperar al finde, que viene mi hijo a comer y echar el rato.
Yo le ayudo a él en cosas de la vida que aúno no sabe por su juventud y él me resuelve estos problemas técnicos. Suelo decir que la última tecnología que supe manejar por mu mismo fue el fax y el sacapuntas de dos gruesos.

El muchacho también fue a un colegio de educación religiosa, pero con apenas 12 años me dijo que le parecían más serios los tebeos de Ibáñez: Mortadelo y Filemón et aliae.

Una vez me llamó el Director del cole porque amenazaba con echarle porque no quiso decir quién había dibujado a otro profe encualando al director. Fui corriendo(con mi santa ex) y lo saqué de allí: - No puede ser bueno un chamizo donde se fomenta la delación.
Vaya usted a la mierda, y ojalá sea tan bobo como para poner eso como la causa del despido porque le caerá una denuncia que, tanto si la gano como si la pierdo, van ustedes a quedar en un ridículo del que me encargaré personalmente.

El imbécil hizo amago de readmitirle en vista de eso, pero su madre y yo lo ignoramos y el muchacho se despidió de los compis que, delante de nosotros, le dieron un gran aplauso.

Grillo dijo...

El colegio en cuestión era San Agustín en la calle Padre Damián, (Madrid) muy cerquita de casa.

En una carpeta (de esas azules con goma) tengo todo el expediente escolar de mi hijo. Si la encuentro en mi desorden entrópico no tendría el menor inconveniente en dar el nombre del directos y del enculador dibujado. Estas cosas se deben airear para que no ocurran o no tan descaradamente.

(Oye: la última vez me he roto los cuernos descifrando esas letrillas tramposas tan pegaditas. Debe ser culpa de mi vista, ya muy cansada. A ver ahora.

Molón Suave dijo...

Grillo: ¡jajajajaja! Menuda anécdota, más bien hazaña, la de tu hijo y tú. Es claro que esas cosas deben hacerse públicas, para conocimiento y, sobre todo, ejemplo para otros padres en situaciones parecidas.
Con las letrillas chicas esas que dices me parece que te refieres a un código que hay que añadir al comentario. No lo pongo yo. Lo pone el sistema, blogger, vamos, para evitar spam, esto es, que una máquina pueda enviar miles de comentario hasta atrancar, por lo menos el blog. Son un coñazo, en efecto. Las que me salen a mí, más que chicas, son liosas, de modo en muchas ocasiones no sabes si se trata de una ene o de una erre o de qué leches. No son pocas las veces que tengo que repetir el dicho código para que me acepte un comentario en un blog.

Misterios Nocturnos dijo...

Me da risa que siempre representan a Atila como un hombre blanco y rubio tipo nórdico, cuando era todo lo contrario.