sábado, 8 de febrero de 2014

De cómo asesiné a la romana

 
Yo me enamoré del teatro a los nueve años de edad. Fue un flechazo. Una sombría tarde de otoño en el teatro del colegio de los salesianos de Córdoba. No recuerdo el título de la obra que pusieron y, claro es, tampoco su autor, creo que se trataba de El Cardenal, un montaje a cargo del grupo de teatro de la Asociación de Antiguos Alumnos del colegio. El patio de butacas estaba a rebosar de alumnos. Pero yo, no sé por qué, me encontraba en el anfiteatro, junto a sólo un pequeño grupito de compañeros. Me fascinó, sobre todo, la iluminación del escenario en medio de la oscuridad absoluta de la sala, luces de distintos colores que se encendían o se apagaban acentuando o difuminando los distintos momentos y, bajo ellas, los personajes deambulando en sus trajes de época, principios del siglo XX, el cardenal, su gran capa roja llenando la escena, sosteniendo entre ellos diálogos que ni entendía ni falta que me hacía, pura magia que me permitió vivir uno de los momentos mas gratos e intensos de mi estancia en el colegio.
La afición a la lectura era anterior. Tengo para mí que nací con ella. A los cuatro años ya leía el periódico y todos los letreros de las tiendas que veía en la calle, aunque sin enterarme de casi nada. Me enseñó mi padre, que leía mucho, sobre todo en la cama, con su cigarrillo entre los dedos, pero sólo novelas del oeste, de aquellas de Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane y otros por el estilo. Estas constituyeron también mis primeras lecturas. Mas no tardé en cansarme de ellas: eran todas iguales. No sé cómo mi padre podía leer una tras otra sin cansarse ni aburrirse. En una casa humilde, en la que faltaba casi de todo, un buen refugio fue para mí la Enciclopedia Pulga. Gracias a ella, descubrí a autores como Julio Verne, Salgari, Stevenson, Poe y hasta Emily Brönte y su Cumbres Borrascosas. Me hice de dos o tres ejemplares y luego los iba cambiando por una perra gorda en un local de tebeos y novelas del oeste y del FBI que había casi al lado de mi casa y que tenía cientos de ejemplares de esta colección.
Mi adolescencia consistió en su mayor parte en una guerra permanente entre la naturaleza y la religión. La naturaleza me empujaba a descubrir mi cuerpo, a conocerlo, a disfrutar de él, en una palabra, me empujaba a masturbarme, cosa que, por temporadas, hacía a diario con infinita fruición. La religión, por su parte, tiraba de mí hacia una ignorada castidad cuyo conocimiento me habían revelado los santos padres del colegio, señalándola como el único camino llegar a ser un hombre de provecho y, lo que era mucho más importante, para conseguir mi salvación eterna en la otra vida. Fue una lucha titánica, con episodios que me llenaban de euforia, seguidos de otros que me hundían en la más amarga desesperación.
Hacia los doce o los trece años, no sé cómo, cayó en mis manos un libro inolvidable: La Romana, de Alberto Moravia. ¡Madre de Dios, cómo narraba el bueno de Pincherle! ¡Qué verismo! ¡Y qué escenas eróticas tan... tan... tan magníficas! Bendito Onán que estás en los cielos, ni gallardas que me eché yo a costa de la pobre Adriana. Aquel: buscándonos las carnes, de la protagonista con su noviete o con uno de sus clientes, no recuerdo, me ponía como un soldado romano a punto de entrar en combate. Que me perdone don Alberto, pero una vez tras otra volvía a aquel libro buscando únicamente las escenas subidas de tono y siempre con el mismo propósito.
Cinco años después del flechazo del teatro me subí por primera vez a un escenario. Fue también en los salesianos. Un domingo de primavera, a media tarde. Me escogió uno de aquellos padres para hacer de Santo Domingo Savio, el protagonista de una de aquellas obras educativas de la Galería Dramática Salesiana. En síntesis, la obrita contaba cómo un grupete de niños se hacía con unas revistas de mujeres ligeras de ropa y cómo Dominguito Savio se apoderaba de ellas y las destruía con el acuerdo de los chavales, a los que había soltado un sentida plática acerca de la pureza.
Debió ser que, en mi inexperiencia, me metí demasiado en el papel. O quizás fueran los continuos sermones del cura durante los ensayos. No lo sé. El caso es que al terminar la obra sufrí uno de los ataques de mística que me volvían del revés y me empujaban a la expiación y a la penitencia y, nada más terminar la representación, corrí a mi casa, cogí el libro de Moravia, que guardaba como un tesoro, lejos, principalmente, de las miradas siempre inquisitivas de mi madre, me fui con él a la orilla del río y allí, entre lágrimas y suspiros, fui arrancando sus hojas y, una a una, arrojándolas al agua. Un asesinato en toda regla del que todavía no he terminado de arrepentirme.

P.S. La pintura de la bella señora de la cabecera es de Enrique Pertegás.

4 comentarios:

Lansky dijo...

A tu padre, lector de Silver Kane, seguro que le hubiera encantado saber que ese era el pseudónimo de un estimable escritor republicano represaliado por el franquismo: Francisco González Ledesma. Y La Romana, qué libro más sicalíptico, como se decía antes. Y qué pena de sentimiento de culpa en un pobre niños pajillero como todos.

Tu descripción del ‘asesinato’ del libro (magnífico por más razones que las de Onan, como hoy sabes), página a página tirándolas al río, es entrañablemente triste y bonista.

Molón Suave dijo...

Mi padre hizo la guerra en la legión, aunque no por ideología, sino por distintos avatares. A Franco no lo tragaba y a los falangistas menos. Yo no sé si le hubiera encantado que Silver kane fuera en realidad González Ledesma, pero yo, que también leí algunas de aquellas novelitas, me quedé de piedra cuando mucho tiempo después lo supe. La Romana, en efecto, es un libro espléndido y, desde luego, por motivos de los que queda excluido Onán.

Otro sí: acabo de poner un comentario en tu entrada sobre tus preguntas infantiles y nanay de la china, no pasa. Por dos veces lo he repetido, con mi nombrecito gitano, lo escribo, le doy a publicar y ¡zas! desaparece.

Lansky dijo...

He instalado moderación de comentarios, espero que temporalmente, para soslayar a un nefasto individuo. Paciencia, ya lo quitaré pronto

Paco Muñoz dijo...

Interesante relato en el que podemos retratarnos mucha parte de la juventud. Afortunadamente yo no estaba dentro del misticismo obligado que citas, no estuve en ningún colegio religioso y mis padres no me obligaban a ello, por lo cual no tuve que asesinar a ninguna romana.

También leí lo mío desde muy pequeño, los clásicos y Julio Verne que fue durante tiempo mi favorito, y la novela de Francoise Sagan y Henry- François Rey con sus "Pianos Mecánicos", fue un despertar erótico. Sin olvidar a "Lola Espejo oscuro" de Darío Fernández Flores. Aunque la primera que recuerdo algo más cruda fue una de Joaquín Belda, "La Coquito", de 1920. Al final creo que la perdí.

El destape de aquella época, de ver quien llegaba más lejos en las primeras eyaculaciones, o la envidia del que ya eyaculaba cuando tu no, no pasaba de las cartas que traían los emigrantes que venían de Alemania, de chicas en topless, y que te enseñaban con un misterio fuera de lo normal. Ah, y de lo de quedarte ciego sí, pero paradójicamente.