martes, 7 de enero de 2014

Así fui papa

Que se sepa, pues el archivo vaticano sigue siendo secreto, a pesar de algunas aperturas puntuales y para personas convenientemente seleccionadas, que se sepa, ningún pontífice ha escrito nada acerca de su pontificado y, mucho menos, una autobiografía, sólo algunas cartas sobre asuntos concretos o algún diario, como el de Juan XXIII, eminentemente piadosos y sin mayores referencias a la actividad pontificia. Ningún pontífice ha escrito nada, salvo uno, Pío II (1458-1464), Eneas Silvio Picolomini (1405-1464), quien, con el título de Comentarii, escribió la historia de su vida, incluidos los años de su pontificado hasta unas semanas antes de su muerte.
El libro es fascinante. Se publicó por primera vez más de un siglo más tarde, en 1584, con la supresión por parte de la censura eclesiástica de los dos tercios del original y adjudicado no al papa, sino a su amanuense, Giovanni Gobellino. El texto original figura en el Códice Corsiniano, localizado actualmente en la biblioteca dei Lincei de Roma. En los últimos años setenta del siglo pasado fue publicada en España una traducción de dicho Códice por Antonio Castro Zafra (1928), historiador y periodista, especializado en historia de la Iglesia.
Lo primero que llama la atención en el libro es la casi insultante ausencia de Dios en un hombre de Iglesia. A lo largo de sus casi trescientas cincuenta páginas, aquí no hay más que negocios mundanos, actividades políticas, guerras, negociaciones, etc. Dentro de esta ausencia de Dios, reveladores resultan los motivos que inclinan a un hombre de la época a seguir la carrera religiosa, así como la forma de llevarla a cabo.
Eneas Silvio Picolomini es uno de los personajes más relevantes del siglo XV europeo. Doctor en leyes, buen poeta, novelista, autor de Historia de los dos amantes, una novela bastante licenciosa para su tiempo, consejero del emperador Federico III, agente secreto del Vaticano en Escocia, participante en el proyecto de raptar al papa Eugenio IV por parte de los miembros del Concilio de Basilea, partidario de la superioridad del concilio sobre el pontífice, así como de la derogación del celibato sacerdotal, dos ideas estas últimas de las que se retractaría tan pronto como se inició en la carrera eclesiástica. En menos de doce años pasó de laico a papa.
Eneas nació en Corsiñano, una aldea del Val d'Orcia, que formaba parte entonces de la república de Siena. La familia, originaria de Roma y perteneciente a la nobleza, se vio empobrecida cuando el poder, en Siena, pasó de las manos de los nobles a las del pueblo, hasta el punto de que el padre sólo pudo salvar de la ruina una pequeña finca junto a la citada aldea, que se vio obligado a trabajar con sus propias manos. La madre parió dieciocho hijos, siendo Eneas el primero.
El muchacho ayudaba a su padre en la tareas agrícolas. Gozaba de gran facilidad para el estudio, así como de una asombrosa memoria, por lo que, apoyado por su padre, que veía en él la posibilidad de reconquistar las viejas glorias familiares, emprendió la carrera de las letras. Siendo aún estudiante tuvo la tentación de entrar en un convento, considerándolo el medio más favorable para ascender en la escala social. Lo disuadió su extremada afición a las mujeres.
Esta afición, a la que dedicó bastante tiempo, dio como fruto dos hijos, uno en el viaje que hizo a Escocia como enviado del Vaticano para azuzar al rey de Escocia contra el de Inglaterra, en el marco de la guerra que este país se traía con Francia, y otro en Estrasburgo. Las mujeres, sin embargo, no eran para el futuro papa más que objetos de placer. El concepto que tiene de ellas no puede ser más deplorable. En algunas de sus cartas, no en el libro, dice, por ejemplo: En la mujer jamás se encuentra un amor constante. La mujer es un ser falso, voluble, cruel, vacío de fidelidad y lleno de mentira. Pero el muchacho no renunció a las mujeres hasta que el paso de los años empezó a minar sus energías.
Su carrera puede resumirse en los siguientes hitos:
1422-1428.- Estudiante de leyes en Siena, en casa de unos tíos. Viajes por Italia.
1431.- Profesor en el Estudio General de Siena. Aquí llega el Cardenal Capranica, quien lo acoge a su servicio, de camino hacia el Concilio de Basilea. En este Concilio, Eneas destaca por su dotes oratorias, lo que le abre el camino para futuros ascensos.
1435.- Pasa al servicio del cardenal Niccoló d'Albergati. Poco después será secretario del antipapa Félix V.
1442.- Secretario del Emperador.
1446.- Secretario del papa Eugenio IV (1431-1447). Aquí inicia su carrera eclesiástica propiamente dicha, siendo ordenado, en el plazo de una semana, subdiácono y diácono.
1447.- Se ordena sacerdote, no porque sintiera realmente la vocación, sino porque, como él mismo afirma, le parece imprescindible para ascender en el ámbito religioso y porque, para entonces, la mayor parte de sus ingresos proceden de beneficios eclesiásticos. Seis semanas más tarde de ser ordenado sacerdote, su amigo Tommaso Parentucelli, que, tras la muerte de Eugenio IV, había accedido al pontificado con el nombre de Nicolás V (1447-1455), lo nombra obispo de Trieste.
1456.- Calixto III (1455-1458) lo asciende a cardenal.
1457.- Sólo once años más tarde de su ordenación sacerdotal, en el famoso Cónclave de las letrinas, Eneas se sentaría en la silla de Pedro.
En su autobiografía, tan sincera que, en ocasiones, raya en la ingenuidad, Eneas, convertido en un papa muy conservador, señala los dos principales afanes que signan su pontificado. En primer lugar, devolver el lustre a la vieja familia Piccolomini, para lo que, como igualmente han hecho la mayoría de los papas, por lo menos hasta Pío XII (1939-1958), repartió abundantes cargos entre sus familiares, a algunos de los cuales hizo obispos y cardenales. Su segundo afán se centró en una nueva cruzada, en esta ocasión contra los turcos, que habían tomado Constantinopla y avanzaban sobre Europa. Lo malo es que prácticamente nadie le hizo caso y tuvo que ponerse él mismo al frente del ejército, en un delirante alarde que concluyó con su muerte en Ancona, cuando se disponía a cruzar el Mediterráneo con una escuadra de apenas una docena de naves.
Entre los muchos capítulos tan asombrosos como reveladores de lo que ha sido y sigue siendo la Iglesia, destaca el que el traductor titula ¡Gloria a los Piccolimini! en el que el papa narra cómo, en medio de los preparativos para la cruzada, se gastó nada menos que 50.000 escudos, una cantidad exorbitante, en el engrandecimiento de su aldea natal, en la que hizo construir una Catedral y un gran palacio, empujando con su ejemplo a los cardenales a que construyeran sus propios palacios también.

P.S. El libro fue editado en una primera edición por la editorial Argos Vergara, de Barcelona, en 1980. Hay una segunda edición de 1989, editada por Ediciones Merino, de Madrid. Ambas pueden conseguirse a buen precio en www.iberlibro.com
 

2 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Rafael es muy interesante la vida de esta gente. Difiere muy poco de cualquier otra, y como bien dices su dios no figura entre sus prioridades. Es curioso cuando menos el recorrido, con 41 años coge los hábitos, 12 años después es Papa, y 6 años más y entrega la cuchara, con 59 años. Si se ve el palacio de su pueblo es increible que en tan poco tiempo manejara tanto dinero para ello. De lo que se deduce que el empleo de Papa es muy lucrativo.

Molón Suave dijo...

El empleo de papa, en efecto, Paco era (y sin duda es) muy lucrativo. Además de jefe de la Iglesia, el papa es jefe de un Estado, que en tiempos de Pío II abarcaba buena parte de Italia, territorios de los que obtenía grandes ingresos a través de impuestos. Esto impuestos llegaban también de toda la cristiandad, a través de los diezmos y de cosas como la Annata, que era una cantidad que satisfacían los nuevos obispos al ser nombrados y que solía ser los ingresos de la diócesis de todo un año. Claro, así se pone de manifiesto cómo los nuevos obispos eran prácticamente siempre gente con pasta, para soltar la tela nada más ser nombrados. Esta tela la recuperaban luego esquilmando a sus siervos, pues en estos tiempos estamos aún en pleno feudalismo y el obispo era un señor feudal como otro cualquiera.
Lo increíble es el empeño de este papa por recuperar el esplendor perdido de su familia. Por cierto, tuvo problemas con la república de Siena, debido a que, desde su cargo de papa, pretendía a toda costa que volvieran a gobernar los nobles, como en época de su padre. Un prenda. Y este no ha sido de los peores.