domingo, 28 de diciembre de 2014

La prueba del vellón

Para plantarlos a ellos, expulsaste naciones,
para ensancharlos, maltrataste pueblos;
no por su espada conquistaron la tierra,
ni su brazo les dio la victoria,
sino que fueron tu diestra y tu brazo,
y la luz de tu rostro, porque los amabas.
Por si no había sido suficiente con la narración del libro de los Jueces, así se expone en sólo seis versos del salmo 44 del Libro de los Salmos cómo los judíos masacraron y expulsaron de su tierra a los pueblos que la ocupaban desde tiempo inmemorial para ocuparla ellos, que para eso eran el pueblo elegido por Yahvé, el único Dios verdadero. (Es lo mismo, más o menos, que han vuelto a hacer a partir de 1948, ahora no con la ayuda de Yahvé, sino del dinero y la influencia del judaísmo internacional, radicado principal, aunque no únicamente, en Estados Unidos.)
En aquel tiempo, el tiempo bíblico de los jueces, Yahvé protegía a su pueblo frente a las amenazas de los pueblos de los alrededores, en cuyas tierras encontraron refugio los pocos supervivientes de sus matanzas. Estos pueblos adoraban a distintos dioses, el más significativo de los cuales era Baal, dios de la lluvia y la fertilidad. Baal era un dios poderoso, a juzgar por el número de sus seguidores y los ritos que a él le dedicaban, aunque, naturalmente, para el cronista bíblico se trataba de un dios falso, de un ídolo nauseabundo y despreciable.
A pesar de ello y a pesar de que era Yahvé y no otro el que les había abierto el camino para la apropiación de su nueva tierra, aquella de la que manaba leche y miel, como señala el cronista, con frecuencia, los judíos se olvidaban de él y se volvían a Baal, para el que erigían cipos y becerros de oro, figura en la que le rendían culto sus adoradores. Yahvé, entonces, como era natural, se cabreaba y se cabreaba mucho, tanto que no sólo agostaba los campos de los israelitas, sino que permitía que los pueblos de los alrededores se alzaran contra ellos y los dominaran durante un tiempo más o menos largo, hasta que los israelitas, arrepentidos de su fechoría, volvían de nuevo sus ojos a Yahvé, suplicándoles clemencia y el fin de su esclavitud, mientras le ofrecían hermosos sacrificios formados principalmente por becerros degollados y achicharrados en el fuego. Derretido de placer por los olorosos humos que subían hasta sus omnipotentes narices, Yahvé se olvidaba de su ira y libraba a su pueblo de quienes lo tenían sometido.
Ocurrió que en una de aquellas ocasiones en que su pueblo preferido se olvidó de Él y se entregó una vez más a la abominación de Baal Yahvé permitió que lo sometieran las gentes de Madián, un pueblo para más humillación árabe que se extendía por las costas del Mar Rojo. ¡Oh, cuánto sufrieron entonces los israelitas! Las cuevas de las montañas constituyeron su refugio durante siete años, mientras que los madianitas, razzia tras razzia, los sometían a la mayor de las miserias. Pueblo veleidoso como ninguno, pues jamás se vio otro que cambiara tantas veces de creencia, Israel se acordó otra vez de su apreciado Yahvé y, reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, una vez más le suplicó que lo librara de tan onerosa esclavitud.
En la llanura de Ofrá vivía por aquel entonces un varón joven y fuerte de nombre Gedeón, que en hebreo viene a significar nada menos que guerrero poderoso y también destructor; es decir, que Gedeón era algo así como un Schawarzenegger en su papel de Terminator. Independientemente de un físico impresionante, Gedeón, hijo Joás de Abiezer, como se cuenta en el capítulo seis del libro de los Jueces, era también un hombre piadoso, aunque poco dado a creer sin más en los prodigios sobrenaturales; era igualmente un tipo avispado, pues se daba prisa en moler y esconder el trigo que acababa de recolectar antes de que se lo arrebataran los madianitas. El caso es que, estando un día majando trigo, se le apareció un ángel de Yahvé, quien lo saludó de este modo: Yahvé está contigo, valiente guerrero. Gedeón, muy amoscado, replicó: Perdón, señor mío. Si Yahvé está con nosotros, ¿por qué nos ocurre todo esto? ¿Dónde están todos esos prodigios que nos cuentan nuestros padres cuando dicen: ¿No nos sacó Yahvé de Egipto? Pero ahora Yahvé nos ha abandonado, nos ha entregado en manos de Madián.
Aquí, ¡oh, milagro!, el interlocutor se convirtió en el propio Yahvé, quien, sin inmutarse, como correspondía a su omnipotente majestad, dijo: Vete con esa fuerza que tienes y salvarás a Israel de la mano de Madián. Gedeón, más amoscado todavía, respondió: Perdón, señor mío, ¿cómo voy a salvar yo a Israel? Mi clan es el más pobre de Manasés y yo el último en la casa de mi padre. Yahvé respondió: Yo estaré contigo y derrotarás a Madián como si fuera un hombre solo. No se extrañe nadie, que en aquellos tiempos Dios hablaba con los hombres como si fuera, digamos, compañeros de dominó o algo por el estilo. No obstante, Gedeón, que si poderosos eran sus músculos mayor era su tozudez, volvió a la carga y le pidió a Yahvé, nada menos que a Yahvé, una prueba de que el que le hablaba era Él y no un producto de su imaginación. Yahvé le dio entonces la prueba que solicitaba y que puede leerse en Jueces, capítulo seis, versículos dieciocho a veinticuatro.
Convencido entonces Gedeón, lo primero que hizo, siguiendo las órdenes de Yahvé, fue derribar el altar de Baal que había levantado su padre, construir otro en honor de Yahvé y sacrificar sobre él un novillo bien cebado. Todo esto lo hizo de noche, de modo que cuando al día siguiente los israelitas descubrieron la fechoría, pretendieron cargarse a Gedeón, el cual sólo encontró la defensa de su padre, gracias al cual quedó a salvo (el relato es confuso, pues primero los judíos se vuelven a Yahvé rogando su clemencia y luego pretenden liquidar a Gedeón por atacar a Baal, pero, señores, es así de clarito como aparece en la Biblia, léanlo y saldrán de dudas.)
En cualquier caso, una vez hecho esto, Gedeón consiguió reunir un poderoso ejército dispuesto a enfrentarse a sus opresores, pero Yahvé, ¡ah, el inefable Yahvé!, dijo a Gedeón: Demasiado numeroso es el pueblo que te acompaña para que ponga yo a Madián en sus manos; no se vaya a enorgullecer de ello a mi costa diciendo: "¡Mi propia mano me ha salvado!" Así es que Yahvé, que como se ve se la cogía con papel de fumar, ordenó a Gedeón que licenciara a parte de la tropa. Tras una primera selección, quedaron diez mil guerreros. Pero todavía le parecieron muchos a Yahvé y le exigió a Gedeón que siguiera licenciando gente.
Aquí, Gedeón ya no pudo más. ¿Qué cachondeo era aquél?, debió pensar. De manera que interpeló a quien  le daba órdenes tan raras: Si verdaderamente vas a salvar por mi mano a Israel -ahora ya hasta lo tuteaba-, como has dicho, yo voy a tender un vellón sobre la era; si hay rocío solamente sobre el vellón y todo el suelo queda seco, sabré que tú salvaras a Israel por mi mano, como has prometido. Así lo hizo y a la mañana siguiente el vellón estaba empapado de rocío, en tanto el campo estaba seco. Pero no se quedó conforme el bueno de Gedeón, de modo que interpeló de nuevo a su interlocutor: No te irrites contra mí -seguía el tuteo- si me atrevo a hablar de nuevo. Por favor quisiera hacer por última vez la prueba con el vellón: que quede seco sólo el vellón y que haya rocío por todo el suelo. Y Dios lo hizo así aquella noche. Quedó seco todo el vellón y por todo el suelo había rocío.
Ahora sí que sí. Dios ordenó que se quedara sólo con trescientos hombres y Gedeón acató puntualmente la orden. Con únicamente estos trescientos hombres atacó a los madianitas y los destruyó por completo, liquidando nada menos que a ciento treinta y cinco mil de sus guerreros, la totalidad de su ejército, y librando de este modo al glorioso Israel del yugo al que había estado sometido.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Colonoscopia y cinismo

LA COLONOSCOPIA

El viernes pasado me han practicado una colonoscopia. Para el que no la conozca, la prueba en sí no es demasiado molesta, entre otras cosas, porque te sedan ligeramente y casi no te das cuenta de nada. Más farragosa es la preparación: un día con sólo un filetito y una rodaja de merluza a la plancha, día y medio después ingiriendo únicamente líquidos transparentes y, por último, lo verdaderamente fastidioso, los dos enormes litrazos de una preparación nauseabunda que tienes que beberte vaso a vaso con un intervalo de diez a quince minutos, y que, al poco de empezar, te obliga a permanecer sentado en el inodoro unas cuantas de horas. 
Con unas cosas y con otras, me pasé dos noches sin dormir, las dos anteriores a la prueba. No tengo miedo a la muerte. La tuve y en alto grado allá por los últimos años de la adolescencia y los primeros de la juventud. Ahora ya no. Si estuviera en mi mano evitarla, quizás siguiera temiéndola como una posibilidad que no quisiera sufrir, pero, puesto que la tema o no, voy morir, ¿de qué me vale temerla? Puro conformismo, seguramente, pero en esto, amigo, poca oportunidad de revelarse queda. Lo que sí me preocupa es el sufrimiento y la lenta consunción que, antes de la muerte, producen determinadas enfermedades, motivo por el que las molestias que, desde hace algún tiempo, venía padeciendo en el colon, me tenían preocupado.
Bien, tengo el colon en su parte descendente como la cámara de una bicicleta de los años cuarenta que hubiera permanecido a la intemperie hasta el día de hoy o como un acordeón desvencijado Pero, aparte de esto, que puede causar molestias más o menos intensas, el señor doctor no encontró vestigio alguno de ninguna de las enfermedades temidas por mí en las semanas previas, por lo que, según él y en lo que a este respecto se refiere, puedo tener cuerda todavía para un rato.

EL CINISMO

La prueba me la hicieron a la hora del Ángelus. Fue una cosa rápida, de modo que, tras recuperarme de la sedación, cogí a mi mujer y me fui con ella a un restaurante para celebrar el resultado. Cuando llegué a casa eran ya casi las cuatro, me senté en mi sillón a la mesa camilla, con el braserito encendido y me quedé frito en un instante. Estaba en lo mejor del sueño cuando, de repente, ¡pataplás!, sonó el teléfono. Sonó y sonó, mientras yo lo oía en la lejanía, hasta que dejó de hacerlo.
Pero ya me había despertado lo suficiente como para no poder seguir durmiendo, de modo que, para despertarme del todo, pinché la televisión. Luego me daría cuenta de que había puesto 13 TV, pero en aquel momento lo que vi fue a un obispo y a un presentador. Hablaban de ese muchacho negro que "empleado" en un semáforo de Sevilla como "vendedor" de pañuelos de celulosa había devuelto un maletín con tres mil euros en billetes y otros quince mil en cheques encontrado en la calle. El presentador le preguntó al obispo si no le parecía aquél un gesto extraordinario, dada la supuesta condición humilde del muchacho. El obispo, bien lustroso él, bien alimentado, sin duda bastante mejor que el vendedor, contestó, palabra arriba, palabra abajo, que eso debía de ser lo corriente, lo normal. Ya sabemos -añadió- que normal viene de norma y que para los cristianos nuestra norma es el Evangelio.
No podía ser más cínica la respuesta del señor obispo, a estas alturas no debería escandalizarme, pues es el cinismo al que nos tiene acostumbrados la jerarquía católica. Podría referir multitud de pruebas, pero voy a exponer sólo una: sin duda, responde total, completa y absolutamente a la norma evangélica, la apropiación de bienes que careciendo de titularidad específica han sido siempre públicos y se han mantenido y se mantienen con aportaciones del Estado, es decir, con los impuestos que pagamos todos. No sólo templos, sino también casas, monumentos, plazas y terrenos rústicos. O sea, mientras con la boca el señor obispo nos dice que, siguiendo el Evangelio, deberíamos devolver lo que no es nuestro, con las manos, él, junto con sus colegas, se apoderan de lo que es de todos.
En este campo la Iglesia, desde luego la Iglesia española, se comporta además con un doble cinismo. En Córdoba es conocido el caso de la Mezquita, hasta a la que el nombre pretenden quitarle, Pero no voy a referirme ahora a la Mezquita. En el siglo XV se instalaron en la ciudad los frailes terciarios regulares de San Francisco. Aquí, después de distintos avatares, consiguieron crear el convento Madre de Dios, cuya iglesia, como muy bien cuenta Manuel Estévez en su blog Luchemos por Córdoba, se edificó entre los últimos años del siglo XVII y el 1715, fecha de su inauguración. La construcción de este templo fue costeada -dice Estévez y es uno de los que mejor conocen en Córdoba esos barrios- en su mayor parte por el Ayuntamiento y el resto por el gremio de hortelanos y las industrias de la Carrera de la Fuensanta, es decir, el obispado cordobés no puso ni un real, aunque el templo terminó cayendo bajo su jurisdicción, que no su propiedad. El convento dejó de existir con la Desamortización del siglo XIX, pero la iglesia siguió funcionando como parroquia hasta 1979. Desde esta fecha, ahí está, completamente abandonada y entrando poco a poco en ruinas, mientras las imágenes que contenían han sido trasladadas al Museo Diocesano. Pues bien, al obispado no se le ha ocurrido inscribirla como propia en el Registro de la Propiedad.
Caso bien distinto es el de la iglesia de San Agustín. Este templo permaneció cerrado y abandonado durante más de veinte años. En 2009 fue reabierta al culto, después de una completa restauración llevada a cabo por la Junta de Andalucía, con un coste de 3,6 millones de euros, que han salido del bolsillo de todos los andaluces que pagan impuestos. El templo es una auténtica joya del barroco andaluz y tras su restauración ofrece una imagen impresionante, con sus cubiertas, muros y pilares enteramente cubiertos de frescos propios del estilo. Sin embargo, mientras la iglesia permaneció cerrada, el obispado cordobés se mantuvo inmóvil, pero tan pronto como fue restaurada, no tardó nada en apoderarse de ella, inscribiéndola a su nombre en el Registro de la Propiedad.
Ante tal grado de cinismo, a quién le puede extrañar que los fieles, siguiendo el ejemplo de sus autoridades, hayan decidido en su abrumadora mayoría hacer también de su capa un sayo y cumplir con los preceptos de su fe como y cuando les viene en gana. Lo malo es que esta situación, que sólo debería afectarle a ellos, nos afecta a todos, querámoslo o no, pues somos todos, no sólo los fieles, los que mantenemos, y de qué modo, a semejante institución.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Sucedió en Almería

Desde que la descubrí, allá por los primeros años setenta del siglo pasado, no dejo de visitar Almería con cierta frecuencia. La ciudad no tiene mucho que ofrecer desde el punto de vista monumental, la Alcazaba, la catedral y poco más. Pero a mí me atrae de ella, principalmente, dos cosas: su maravillosa luz y el carácter afable y parsimonioso de sus habitantes, que de un modo tan profundo contrasta con el hostil territorio en el que la ciudad se asienta.
La última vez que he estado en Almería ha sido para visitar los Refugios Subterráneos construidos durante la guerra de 1936. Aparte de los sevillanos, que en cualquier ocasión ponen a su ciudad por las nubes, a veces incluso en oposición a otras ciudades de la actual Autonomía, los andaluces no sabemos vender nuestra tierra. De fama imperecedera, aunque aciaga, goza Gernika, en el país vasco, a causa del bárbaro bombardeo llevado a cabo sobre ella por la tristemente célebre Legión Cóndor, alemana, y la Aviación Legionaria italiana, que produjeron, además de la destrucción de la villa, entre 120 y 300 muertos, no ha podido concretarse la cifra exacta. Pues bien, a lo largo de la guerra, la capital almeriense, que se había mantenido fiel a la república, sufrió nada menos que cincuenta y dos bombardeos, tanto desde el mar como desde el aire, recibiendo un total de setecientas cincuenta y cuatro bombas de gran tamaño que produjeron daños muy superiores a los de Gernika, en una ciudad considerablemente mayor. Sólo el bombardeo del 31 de mayo de 1937 produjo treintaiún muertos y la destrucción de medio centenar de edificios. Lo llevó a cabo desde el mar una escuadra alemana encabezada por el acorazado Admiral Scheer (qué hubiera sido de Franco sin la ayuda de los nazis alemanes, los fascistas italianos y el repugnante silencio de las democracias europeas, principalmente Francia e Inglaterra) con el lanzamiento sobre la ciudad de un total de doscientos cañonazos. Sin embargo, a pesar de la gravedad y relevancia de estos hechos, son muy pocos los españoles y aún andaluces que los conocen.

Para protegerse de tal diluvio de bombas, los almerienses construyeron en un tiempo record y bajo la dirección del arquitecto municipal Guillermo Langle unos refugios bajo tierra que llegaron a tener cuatro kilómetros de longitud y que contaban con sesenta y siente accesos, ventilación, almacenes y hasta un pequeño hospital de sangre. Franco no perdonó nunca a Almería su fidelidad a la República, por ello, además de mantenerla aislada y sumida en la pobreza durante su larga dictadura, ordenó sellar estos refugios, de modo que, con el tiempo, los almerienses perdieron hasta su recuerdo. Sin embargo, en el año 2001, fueron descubiertos casualmente durante la realización de unas obras y los almerienses recuperaron bruscamente la memoria. Desde entonces se ha rehabilitado un kilómetro, siendo visitable a través de un pabellón situado en la plaza de Manuel Pérez. El túnel, pues de tal se trata, se encuentra a una profundidad de entre ocho y doce metros, con una altura de dos metros y veinte centímetros. De sorprendente robustez, consiste en una bóveda de medio cañón rebajada sobre muros de hormigón de unos ochenta centímetros de espesor, con bancos corridos a un lado y a otro y contrafuertes sucesivos para evitar las ondas expansivas causadas por las bombas.
Ni en España ni en Europa existen en la actualidad unos refugios antiaéreos de la envergadura de estos. Su visita resulta, o al menos a mí me resultó, tan sobrecogedora como emocionante, sobre todo cuando, al final del recorrido, alcancé el pequeño hospital en el que se atendía de urgencia a los heridos que llegaban al refugio. Una tormenta de imágenes a cual más sombría estuvo golpeándome la cabeza durante todo el recorrido.
Cuando salí del refugio, me asomé al Paseo de Almería y me senté en un banco, junto a la Puerta de Purchena.
-Buenos días -oí una voz a los pocos instantes. No había en ella ni el más mínimo asomo de reproche.Volví la cabeza, era un señor mayor, de unos ochenta años, sentado en el otro extremo del banco y en el que, en mi aturdimiento, no había reparado.
-Buenos días -respondí-. Perdone, ni siquiera le he preguntado si podía sentarme. Salgo de visitar el refugio y...
-Y está usted aturdido -me interrumpió-. A casi todo el que lo visita le ocurre lo mismo.
-La verdad es que sí -dije-. No he podido evitar emocionarme.
-Usted no es de Almería
-No, soy de Córdoba.
-¡Ah, Córdoba! Una hermosa ciudad.
Una corriente de simpatía, ligada, sin duda, al nombre de Córdoba, se estableció a partir de aquel momento entre el hombre y yo
-¿La conoce? -pregunté
-La conocí. Hice el servicio militar en ella, en el cuartel de Artillería.
-Ah!
-Ese mismo sentimiento que usted ha experimentado en el refugio, aunque, seguramente, de un orden bien distinto, lo experimenté yo también cuando entré por primera vez a la Mezquita. No podía imaginar algo tan asombroso, aquella inmensidad de columnas, el prodigioso juego de los arcos, la maravilla del mirhab... -el hombre se demoró durante un rato hablándome de las excelencias de Córdoba, del río, de las callejuelas por las que se había extraviado muchas veces sintiéndose como en un delicado y jugoso laberinto-. Una ciudad bien distinta de esta -concluyó.
-Bueno -dije yo, ciertamente halagado por las alabanzas que el hombre le había dedicado a Córdoba-, ustedes tienen el mar y, aunque seguramente no reparen en ella, porque les acompaña desde su nacimiento, tienen la luz, esta increíble luz que remueve los cimientos del alma.
Hablamos durante un rato de la luz de Almería, del tiempo, de los cambios que había sufrido la ciudad en los últimos años, mientras yo reparaba entonces en la Puerta de Purchena, situada prácticamente al lado del banco. Recién restaurada, la plaza, corazón sentimental de la ciudad, en la que se conservan alguno de los edificios más singulares de Almería, como la Casa de las Mariposas, presentaba un aspecto magnífico. De repente, el hombre dijo:
-Yo pasé muchas horas en esos refugios -había en su voz una nota de amarga nostalgia que me estremeció.
-¿Sí? -exclamé-. Debía de ser usted muy pequeño.
-Siete años tenía cuando empezó la guerra. Mi madre murió ahí, al pie de la escalera por la que usted ha bajado, llevándome a mí de la mano. Nos demoramos en llegar al refugio y un cascote lanzado al aire por una de las bombas se le clavó en la espalda destrozándola por dentro un momento antes de entrar -le temblaban la voz y las manos-. No he podido olvidarlo. No pasa un día sin que recuerde cómo se aflojaba la presión de la mano de mi madre en la mía, cómo se desplomaba a mi lado, ¡muerta! ¡Aquello fue espantoso! Caían las bombas por todas partes. Una destrucción metódica, perfectamente planificada por los golpistas, sin importarle lo más mínimo la vida de las personas, civiles en su inmensa mayoría y tan españoles como ellos.¡Nadie que no lo haya vivido puede imaginarlo!
Yo guardé silencio, mientras experimentaba el horror de la escena que acababa de escuchar, aunque ni por asomo podía ponerme en el lugar del niño. Luego, movido por no sé qué inexplicable afán de controversia, dije:
-Debió de ser espantoso, sí, pero ustedes, los almerienses, tampoco se andaban con chiquitas: se atrevieron a asesinar fríamente nada menos que a dos obispos, al de Almería y al de Guadix, además de a otros sacerdotes y seglares.
El hombre me lanzó una mirada llena no de ira, como quizás podía yo temer, sino de compasión.
-Aquello fue lamentable, sí. ¿Pero sabe usted una cosa? La Iglesia fue pieza importante entre los instigadores del golpe militar. Aquí, en Almería, concretamente, los clérigos, junto con los falangistas y la oligarquía, no dejaron de conspirar contra la República desde su implantación hasta que dio comienzo la guerra. Aunque es verdad que el pobre Ventaja (Diego Ventaja, nombrado obispo de Almería unos meses antes del golpe franquista) no tuvo tiempo de conspirar y, por lo que he oído y leído, parecía una buena persona. Sin embargo, ¿no pretenderá usted comparar la actuación de gente exasperada por la actitud de la Iglesia, con el bombardeo sistemático de la ciudad? La célebre carta de los obispos españoles apoyando a los golpistas constituye la prueba más contundente, pero no la única, de la posición de la Iglesia en aquel tiempo, una posición, por cierto, de la que no se ha retractado en ningún momento.
-No parece que le tenga usted demasiada simpatía a la Iglesia -dije, con el propósito ahora de que no dejara de hablar.
-Miré usted -replicó-, yo no querría que se repitiera una cosa así ni aunque con ello consiguiera volver a la niñez y tener a mi madre viva. Sin embargo, eso no es óbice para poner las cosas en su sitio: los que provocaron la guerra con todas sus salvajadas no fueron los republicanos, sino los que se alzaron contra el gobierno legalmente constituido y de ese alzamiento formó parte la Iglesia. Le diré más: el fin de la guerra no trajo consigo la paz, sino el triunfo de los vencedores, que se prolongó durante casi cuarenta años, un triunfo del que la Iglesia disfrutó a sus anchas con el cobro, y de qué manera, del apoyo que había prestado en su día -a pesar de la firmeza de sus palabras, semblante del hombre mostraba una serenidad conmovedora-. Fíjese -añadió, siempre en el mismo tono ecuánime-, la muerte de aquellos clérigos que usted ha citado fue, sin duda, un asesinato, pero, mire, su sacrificio ha sido reconocido, si va usted a la catedral verá su imagen en uno de las capillas, porque hasta han sido elevados a los altares por la Iglesia, en tanto los muertos producidos por los bombardeos siguen en el anonimato y han sido olvidados por completo. Seguramente habrá usted visto el  pequeño monumento que se ha alzado en el parque de las Almadrabillas, frente a la playa. Frente a lo que algunos creen, no se recuerda con él a estos muertos, sino a los 142 que perecieron en los campos de concentración nazis, algunos adolescentes, que tuvieron que huir de España tras la victoria franquista.

Sí, yo había visto aquel monumento, inaugurado en 1999, y sabía al recuerdo de quiénes se había levantado. Y había visto también la capilla catedralicia, la capilla de los mártires, en la que figura un gran pintura con las imágenes de los obispos y sacerdotes asesinados. Es el que realizó el gran pintor almeriense Andrés García Ibáñez (Olula del Río, 1971, donde tiene su casa y un espléndido museo), uno de los grandes pintores españoles de la actualidad, antes de pasarse al agnoticismo, cuando, como él mismo cuenta, mientras pintaba los frescos de la catedral de El Salvador descubrió "la miseria, crueldad y abusos de poder en los que la Iglesia participaba."

El hombre y yo continuamos charlando durante un buen rato, pero ya no de la guerra, sino de su vida después de ésta, una vida compleja, entre el dolor del recuerdo y la necesidad de enfrentarse a la supervivencia, que no de otro modo describía su trayectoria.
-Hoy, Almeria goza de un periodo de bienestar, gracias al enorme esfuerzo de los almerienses. Esperemos que sea por mucho tiempo -fueron sus últimas palabras antes de despedirnos.




domingo, 30 de noviembre de 2014

Refranes y más refranes

Mis padres iban todos los domingos a la misa de ocho de la mañana de mi parroquia. Yo los acompañaba a menudo desde que hice mi primera comunión. Entonces, al contrario que hoy, se madrugaba y lo difícil era que alguien se quedara en la cama hasta las tantas, incluso los domingos. Mi madre se sentaba en la sexta o séptima fila de los bancos de la derecha. Mi padre se situaba estratégicamente detrás de uno de los pilares, más o menos a la altura del banco de mi madre, de modo que casi no veía el altar donde se celebraba la misa, y se pasaba ésta de pie. Nunca se confesaban y, lógicamente, nunca tampoco comulgaban.
¿Eran religiosos mis padres? Yo pienso que no. Cumplían puntualmente el precepto dominical porque en aquellos tiempos era una obligación no sólo religiosa, sino, sobre todo, social y aún política, en el sentido de que si no lo hacías podías quedar fichado y encontrarte, como mínimo, con más de una dificultad en una variada gama de actividades.
Yo creo que el pueblo, la gente en general, en su inmensa mayoría, ni son ni han sido nunca religiosos. Simplemente, en España, en concreto, se han visto forzados durante mucho tiempo a cumplir con los preceptos eclesiásticos. Hoy, cuando vivimos un tiempo de mayor libertad, las iglesias están prácticamente vacías y sólo se acude a ellas en determinadas festividades que, como el día del patrón en los pueblos, las romerías o la Semana Santa, vienen a ser, más que actos religiosos, actos sociales, actos en los que la exhibición personal ocupa un lugar preponderante; o en actos puramente sociales, por más que se celebren en iglesias y bajo el marchamo de lo religioso, como entierros, primeras comuniones o bodas, a los que acuden tanto creyentes como no creyentes. Por cierto, estos últimos con un comportamiento mucho más respetuoso que el de aquéllos, como he podido comprobar últimamente en algunos de los que me he visto obligado a asistir.
Hoy ocurre todavía algo más y es que el que se tiene por creyente sigue su fe a su manera, sin advertir, o sin querer advertirlo, que la religiosidad comporta una serie de normas fijadas por la jerarquía, sin cuyo cumplimiento la religión deja de existir. Tengo un pariente muy cercano y bastante más joven que yo que, antes de casarse, y tuvo un noviazgo de casi diez años, se ponía ciego de hacer el amor con su novia, utilizando, además, métodos anticonceptivos, un doble pecado gravísimo, mortal, de acuerdo con las normas eclesiásticas. Eso sí, no se perdía una misa dominical, en la que incluso comulgaba, supongo que después de pasar por el confesionario. Cuando en alguna ocasión le reproché cariñosamente su incongruencia su respuesta fue que él cumplía con la religión de acuerdo con su conciencia, una manera de pensar que en otro tiempo le hubiera acarreado nada agradables consecuencias.
Es más que posible, yo así lo creo, que esta manifiesta irreligiosidad esté propiciada principalmente por el hecho bien comprobable de que los clérigos, y no digamos ya la jerarquía, han vivido y viven, en general, bastante mejor que los fieles, también en general. Y no sólo han vivido y viven mejor, sino que han podido pecar con una impunidad de la que han carecido y carecen los fieles. Mientras que, por ejemplo, la convivencia marital sin pasar por el matrimonio de los seglares constituía un delito que podía conducirlos incluso a la hoguera, el barraganismo entre los clérigos era tratado con la mayor indulgencia por parte de la jerarquía, una jerarquía que, además de disfrutar también, en muchos casos, de una barragana, gozaba y goza, y de qué manera, con el pecado de la gula. Esta diferencia de trato está ocurriendo hoy con la repugnante pederastia. Y esta ocurriendo en España. Mientras absolutamente toda la prensa ha aireado la vida y andanzas del pederasta de Ciudad Lineal, en Madrid, adjudicándole, con razón, todo tipo de epítetos deleznables, hay que ver el cuidado que ponen bastantes medio de comunicación para tratar la pederastia de los curas de Granada, disimulada, además, por la jerarquía correspondiente.
Tengo aquí un librito, pequeño por su tamaño, pero grande por su contenido, que constituye una excelente prueba de cuanto vengo diciendo. Se trata del Refranero anticlerical, de José Esteban, en el que se recogen decenas de refranes de los siglos XVI y XVII, época en que la Inquisición estaba en pleno vigor, en los que clérigos y clérigas son puestos de vuelta y media.
Los refranes se tienen por sentencias anónimas más o menos ingeniosas, pero, en realidad, constituyen escuetas y, en muchos casos, aplastantes síntesis de la experiencia de la gente, del pueblo, como se decía antes, en su relación con el asunto al que el refrán se refiere, por lo que estos que se recogen en el citado libro, aunque aparezcan en textos de los siglos señalados, proceden de un tiempo como mínimo bastante anterior.
Los hay para todos los gustos, pero, abundan, sobre todo, los dedicados al libertinaje de los clérigos, a su glotonería y al poder que detentan, así como muchos expresan incluso el odio de la gente a unos tipos que, desde que la Iglesia es Iglesia, acostumbran a vivir sin trabajar. Citaré algunos especialmente relevantes:
Fraile que pide pan toma carne si se la dan.
La que huye de un ratón atado no huirá de un fraile arremangado
Sin clérigo y palomar tendrás limpio tu hogar
Vivir junto al cura es gran locura, dirigido como aviso a los recién casados
Ni por lumbre a casa del cura va la moza segura
Al fraile y al cochino no hay más que enseñarles una vez el camino, porque uno y otro aprenden enseguida donde está el dornajo.
Un convento da un limón, pero a cambio de jamón
En casa del cura siempre hay hartura
Cada amén que el cura dice le vale un par de perdices
Lo que no puede nadie lo puede un fraile; lo que no puede un fraile lo pueden dos; lo que no pueden dos no lo puede ni Dios
La cruz en el pecho y el diablo en los hechos
Al fraile en la horca lo menee el aire.
Concluyo con estos versillos de la época:
La viejas se hacen devotas,
los viejos se hacen cofrades,
las desesperadas, monjas
y los holgazanes, frailes.
Los ochavos más roñosos
se dan para los altares,
de modo que en este mundo
la fe del hombre es tan grande
que todos cargan a Dios
con lo que no quiere nadie.

Fuente: Refranero anticlerical. José Esteban. Ediciones Vosa. Madrid, 1994


domingo, 2 de noviembre de 2014

Guerra santa

El cristianismo nació como una religión en la que se privilegiaba el amor, la compasión, la misericordia. El evangelio cuenta cómo Jesús condensó los mandamientos de Moisés en sólo dos: el amor a Dios y el amor al prójimo como a nosotros mismos, poniendo ambos a la misma altura, al no hacer distingos entre ellos.
Sin embargo, este mandato primordial no tardó mucho en olvidarse. Al principio, los cristianos formaron grupos socialistas, como los califica Karen Armstrong en su monumental Historia de Dios. Pero ya en el mismo siglo I y, desde luego, a partir del segundo comenzaron las disputas teológicas entre los propios cristianos y los ataques a los ídolos paganos. San Agustín, en el siglo IV, pasó incluso a la defensa de la guerra, que había repugnado profundamente a los creyentes, calificando de justa la que se practicaba en defensa propia, olvidados ya por completo no sólo el amor, sino aquello de poner la otra mejilla cuando nos dieran una bofetada.
Para el siglo XI, la Europa cristiana era un caos en el que emperador, reyes y señores feudales luchaban entre sí a brazo partido ya no por cuestiones teológicas, sino meramente por la conquista de territorio y por el poder. Estas continuas guerras habían generado multitud de caballeros sin tierra, a los que se unían los segundones, excluidos de la herencia familiar, que pasaba directamente al primogénito. Al mismo tiempo, los campesinos abandonaban sus aldeas para escapar de la miseria y del yugo feudal y muchos de ellos se convertían en bandoleros.
 Entonces se inventó la guerra santa. El primero que tuvo la idea fue el papa Gregorio VII, La iglesia de Oriente se encontraba separada de la romana y el pontífice planeó decretar una guerra, a la que llamó santa, para someter a los orientales, poniéndose él al frente del ejército. El proyecto no cuajó, pero la idea no tardaría en ser llevada a la práctica. El mérito le corresponde al francés Odón de Chatillón, que tomaría el nombre de Urbano II (1088-1099) cuando alcanzó el pontificado.
El proyecto ya no consistiría en someter a los cristianos de Oriente, sino en la conquista de Jerusalén, en manos de los musulmanes desde el siglo VII. Urbano, que reinó a continuación de Víctor III, sucesor de Gregorio VII, había llegado a justificar en una de sus epístolas la muerte de un hereje a manos de un cristiano, porque ese cristiano ejemplar le corta la cabeza a su hermano zelo catholicae matris ardentes ¡con las entrañas abrasadas de amor a la Santa Madre Iglesia! ¡Qué lejos, pero qué lejos había quedado el mandato evangélico.
En 1095 Urbano convoca la que sería primera cruzada en Clermont Ferrand (Francia), una guerra santa para enfrentarse a los musulmanes. En ese momento la cristiandad contaba con tres centros de peregrinación: Jerusalén, Santiago de Compostela y Roma. Algunos historiadores han querido ver el pretexto para la convocatoria del papa en las dificultades que los musulmanes ponían a los peregrinos, llegando incluso al asesinato de muchos de ellos. Pero esto está archidemostrado que no es cierto. Una prueba contundente es la pacífica convivencia que mantenían en la España agarena musulmanes, cristianos y judíos. En aquel tiempo todos los caminos eran peligrosos y los peregrinos corrían el riesgo de ser atacados por salteadores, tanto si iban a Jerusalén, como si se dirigían a Roma o a Santiago, de ahí que solieran realizar la peregrinación en grupo y, frecuentemente, protegidos por gente armada.
En el momento de la convocatoria el papado se encontraba sumamente debilitado. Las sucesivas excomuniones lanzadas contra el emperador Enrique IV no habían dado resultado y el propio papa había tenido que enfrentarse a Clemente III, un antipapa impuesto por el emperador, antes de ocupar el trono de Pedro. La ocasión para recuperar el prestigio perdido y encabezar de nuevo la cristiandad se la dio a Urbano el emperador bizantino Alejo, cuando le envió una embajada solicitando su ayuda para repeler a los turcos selyúcidas que amenazaban seriamente a la antigua Constatinopla. El papa, sumamente halagado porque Alejo se dirigiera a él y no al emperador, no desperdició la ocasión y en menos de cuatro meses había organizado la cruzada, si bien no la encaminó hacia el enfrentamiento con los turcos, sino a la conquista de Jerusalén.
El papa no escatimó recompensas para los cruzados. En primer lugar les aseguró que regna celestia minime negabuntur, esto es, que todo el que muriera luchando contra los infieles tendría el cielo asegurado. Hizo tal promesa también a todo aquel que no pudiendo formar parte de la expedición colaborara con ella aportando una cantidad de dinero, que se fijó al alcance de muy pocos. Se inició así el mercado de las indulgencias, que desde el principio estuvo vedado a los pobres. Pero, por si el cielo no fuera bastante, el papa llegó a exclamar en su sermón: El que aquí está dolido y pobre allí estará alegre y rico. Con ello consiguió que nobles y villanos se sumaran en masa a la empresa.
Aunque a la postre los cruzados conseguirían apoderarse de Jerusalén, esta primera cruzada fue un verdadero desastre. Los participantes estaban convencidos de que Jesús, el Jesús que el papa invocaba era más un señor feudal que el Logos encarnado, como explica en su citado estudio Karen Armstrong, nada sospechosa de anticlerical, sino todo lo contrario, y que el mismo Jesús, por boca del papa, había reunido a sus caballeros para rescatar su patrimonio. Cuando comezaron el viaje, los cruzados -sigue el texto de Armostrong- decidieron vengar la muerte de su señor matando a la población de las comunidades judías del valle del Rin. Esto no formaba parte de la idea original de papa Urbano II... pero a los cruzados les parecía sencillamente perverso emprender un viaje de más de 4.000 kilómetros para combatir contra los musulmanes, de quienes no conocían prácticamente nada, cuando el pueblo que había matado realmente a Cristo -así pensaban ellos- estaba vivo y, además, a las puertas de su casa.
Como se dijo de Atila en su día, por donde los cruzados pasaban no volvía a crecer la hierba, más aún, ríos de sangre corrían a alimentar los de agua. Pero lo peor es que por primera vez una de las religiones del Libro le declaraba la guerra a las otras dos, por primera vez la religión se convertía en bandera que daba cobijo a toda clase de tropelías, siempre que se cometiesen contra los miembros de otra religión o de otra creencia. Aquella primera cruzada fue la puerta que, una vez abierta por Urbano II, permitió a los papas lanzar guerras santas contra todos aquellos a los que consideraban sus enemigos. No sólo las lanzaron contra los musulmanes, también contra los mismos cristianos, a los que el papa consideraba herejes, por ejemplo, los cátaros, cuya sangre empapa todavía las tierras del Languedoc. La última de las cruzadas, hasta hoy, fue la decretada por Pío XI (1922-1939) en 1936 en favor del bando franquista en España y contra las hordas marxistas, que según el papado y, en general los católicos, pretendían acabar con el país y, por supuesto, con su religión.
¡Qué lejos, pero que inmensamente lejos había quedado el mandato evangélico!

Fuentes: Una historia de Dios.- Karen Armstrong
             Diccionario de los papas.- Juan Dacio
             Los círculos del poder.- Antonio Castro Zafra
             Steven Runciman.- Historia de las Cruzadas
            Las cruzadas vistas por los árabes.- Amín Maalouf. Este es un texto especialmente interesante porque ofrece una panorámica de estas guerras santas vedada a los cristianos y, en general, al mundo occidental hasta hace bien poco tiempo.

lunes, 27 de octubre de 2014

La noche más hermosa

De noche, cuando me acuesto, acostumbro a poner la radio y la escucho un ratito mientras me voy adormilando. No es tarea fácil, porque hay que ver la cantidad de emisoras que a eso de las veinticuatro o de los cero horas se dedican a hablar de deportes. Bah, de deportes no, de fútbol. Y ni siquiera de fútbol: a cotillear del Madrid y del Barcelona en parrafadas más o menos largas, interrumpidas con brusquedad por estridentes eslóganes publicitarios que le alejan a uno el sueño por lo menos un par de horas.
Últimamente, he encontrado en Canal Sur un programa algo más acogedor, que empieza justamente tras las noticias de las doce de la noche. Se trata de La noche más hermosa, que presenta y dirige un tal Luis Baras, acompañado de dos acólitos, un tal José Manuel y un tal Jesús (perdónenme si no digo sus apellidos, pero es que, aunque no son complicados, no consigo quedarme con ellos). Estamos ante un programa veterano que anteriormente tenía un horario más tardío, por cuyo motivo yo sólo escuchaba algún trozo cuando el insomnio hacía presa de mí, cosa no poco frecuente.
Estamos también ante un programa tipo revista, en el que se tocan asuntos más o menos relacionados con lo paranormal, casos misteriosos, psicofonías, fantasmas, etc., y también noticias y asuntos de carácter científico con ánimo divulgativo. Destila ese aroma algo cutre que en mayor o menor medida emana de prácticamente toda la programación de la radio y la televisión andaluzas, como si estuviera dirigido no a gente con una cultura general, sino, específicamente, a marujas y semi analfabetos. Pero, por lo demás, se trata de un programa ameno, fácilmente audible y que, puesto al volumen adecuado, te permite coger el sueño con facilidad.
En las últimas semanas, sin embargo, el director se ha permitido en repetidas noches lanzar una serie de soflamas que, cuando menos, resultan chocantes en el marco general del contenido. Varias de sus intervenciones, al comienzo del programa, estuvieron relacionadas con el Ëbola y el contagio de la enfermera Teresa Romero. Con todo lo que estaba cayendo y tras declararse apolítico, el presentador se dedicó en noches sucesivas a exaltar una y otra vez la calidad científica de los médicos españoles, no tanto olvidando, sino negándose a hablar de todo lo demás. No voy a juzgar esta intervención, que se juzga por sí misma.
Hace unas noches, sin embargo, la soflama estuvo relacionada con la Iglesia católica y específicamente con la española. El sermón, pues de tal cosa se trataba en realidad, vino a concluir en la suerte de desgraciado cataclismo que representaría para el país la desaparición de la Iglesia. Los hechos lo prueban, repetía don Luis -le gusta hacer hincapié en esto de los hechos, ya lo hizo con lo del Ébola-: la Iglesia desarrolla una importantísima labor social a través de Cáritas. ¿Y en la educación? ¿Cuántos colegios regenta la Iglesia? La enseñanza en este país depende grandemente de la Iglesia. Y luego, los hospitales, esa gran labor humanitaria. Hechos, estos son hechos. Y así siguió durante un rato, repitiendo y repitiendo.
No es poca la gente en España que cree lo mismo que el señor Baras. Bien, en primer lugar, ¿quién está diciendo en este país que la Iglesia debe desaparecer? Lo que se pide, antes de nada, es que se cumpla el Concordato de 1978 y que la Iglesia proceda a autofinanciarse de una vez, dejando de recibir la asignación que le pasa el Estado y que satisfacemos por igual católicos, protestantes, hebreos, musulmanes, escépticos, ateos, etc., es decir, todos los españoles que pagamos impuestos. Que empiece a abonar el IBI por todos los bienes inmuebles y solares que posee, que no son pocos. Igualmente que satisfaga el IVA en todas sus operaciones comerciales, que, igualmente, constituyen una importante partida. Que abandone su pretensión de imponer sus dogmas a todos los españoles y los reserve únicamente para sus seguidores. Que, olvidando leyes manifiestamente ilegales, y vale la contradicción, deje de apoderarse de bienes que tradicionalmente han formado parte del patrimonio público, como, por ejemplo, la Mezquita de Córdoba. En una palabra, que viva de acuerdo con el contenido del evangelio que predica y afirma seguir. ¿Es exigir mucho? Pues todavía podía acordarse de pedir perdón por su colaboración necesaria con los crímenes de la dictadura franquista, cosa que todavía, tanto tiempo después, estamos esperando que haga.
¿Pero, aparte de esto, qué ocurriría en España si la Iglesia desapareciera? Pues mira usted, don Luis Baras, no ocurriría cataclismo alguno. Para empezar, Cáritas sólo recibe de la Iglesia el dos por ciento de su presupuesto, el noventa y ocho por ciento restante procede de las aportaciones del Estado y de particulares, que es posible que sean católicos, pero también es posible que muchos no lo sean, de modo que si la Iglesia desapareciese, Cáritas podría seguir ejerciendo tranquilamente su labor. Esto es un hecho. Sólo que es un hecho verdadero, frente a la manipulación del mismo que realizaba el señor presentador. Los colegios, por su parte, pertenecen en su mayoría a órdenes religiosas y son, en primer lugar, un negocio para las mismas. Pero, además, y esto es lo grave, pues están subvencionados por el Estado, es decir, de nuevo por todos los españoles, constituyen un marco privilegiado para el adoctrinamiento de los niños, y no sólo por la asignatura de religión, ya que como indican la estadísticas, y este es otro hecho, a los templos acude cada vez menos gente. De modo que si la Iglesia desapareciera, el Estado podría asumir sin problemas una labor que, en realidad, es a él al que le pertenece. ¿Y qué decir de los hospitales, sino que son, igualmente, otro negocio? ¿Queremos un hecho? Ahí está, por ejemplo, el de San Juan de Dios de Córdoba. Basta ver la ampliación que acaban de acometer para darse cuenta de la envergadura del negocio que regentan los otrora caritativos hermanos de la Orden.
Estos son sólo algunos datos. Para el pueblo español serían tan innumerables los beneficios si la Iglesia desapareciese que uno se pregunta cómo es que no hay nadie que reclame su desaparición.

P.S. Mientras redacto esta entrada me entero de que el señor Luis Baras acaba de recibir en Sevilla el premio de la Prensa Cofrade por su labor informativa durante veinticinco años de la Semana Santa de Sevilla. Este sí que es un hecho, un hecho que lo explica todo.

martes, 21 de octubre de 2014

El chorizo y la manzana

Recuerdo bien la anécdota, a pesar de mi corta edad cuando ocurrió. Pero, además, se la oí contar después tantas veces a mi madre que es imposible que pudiera olvidarla. Eran tiempos oscuros. Tiempos en los que el hambre se cebaba sobre buena parte del país. Mi padre, sin trabajo, llevaba meses desaparecido. Pronto recibiríamos una carta suya desde un pueblo de Huelva, Cartaya, donde había encallado su sueño de emigrar a América. Mi madre, una buena modista, a pesar de ser analfabeta, se había visto obligada a cerrar su taller de costura, en el que había llegado a tener una docena de operarias, cuando, tras su segundo embarazo, el de mi hermana, las clientas se esfumaron casi de repente. Y en la casa no entraba una peseta. Como tantas familias hoy, otra vez, después de tanto tiempo, logramos sobrevivir durante aquellos meses, casi un año. gracias, sobre todo, a la ayuda familiar, con la diferencia de que entonces, casi todas las familias vivían a la cuarta pregunta y la ayuda era bastante menos que la justa.
El caso es que uno de aquellos días su hermana le dio a mi madre una tripa de chorizo semejante a la de la foto. No había en casa aquel día nada para comer más que aquella tripa. Mi madre llegó con ella tan contenta, la dejó encima de la mesa de la cocina, rebuscó en el monedero, donde encontró unas perras gordas y salió a comprar un poco de pan, dejándonos en la casa a mi hermana y a mí, no sin advertirnos, especialmente a mí, que no se nos ocurriera tocar el embutido. Yo tenía cuatro años, mi hermana dos y la panadería estaba a la vuelta de la esquina. ¿Cuánto tiempo tardó mi madre? No lo sé. Ella aseguraría más tarde que no más de siete u ocho minutos. Pongamos diez minutos, no más. En cualquier caso, cuando mi madre llegó el chorizo había desaparecido.
Por razones que tienen que ver únicamente con el más puro azar, yo siempre viví con mis padres en casas que estaban muy por encima no de nuestras posibilidades, pero sí de nuestra posición económica. En aquel entonces, vivíamos aún en la planta alta de la casa en que nací, en la plaza de San Pedro, marcada hoy con el número veinte. Cuando mi madre vio que el chorizo no estaba donde lo había dejado dio un grito. Yo estaba, como siempre, en mi rincón preferido: el descansillo de la escalera que llevaba a la azotea, entretenido con un libraco enorme repleto de fotografías que había pertenecido a mi abuelo. Y mi hermana... Mi hermana había desaparecido también.
En un primer momento, más que de ésta, mi madre se preocupó del chorizo. Me llamó y me interrogó, severa, como yo bien la recuerdo. Y yo, saliendo a duras penas de mis ensoñaciones:
              -¿Chorizo? ¿Qué chorizo, mamá?
              -¡El que hemos traído de casa de la tita, ¿qué has hecho con él?
              -¿Yo? Yo no he visto ningún chorizo.
              -Pero si lo dejé aquí, encima de la mesa. ¡Tienes que haber sido tú!
              -Mamá... -medio llorando-, yo no lo he visto.
Mi madre salió de la cocina, volvió a ella y se puso a rebuscar entre los cacharros, salió al comedor, miró por todas partes sin dejar de farfullar: "pero si lo dejé aquí, aquí..., un chorizo no sale volando".Y yo detrás de ella, cabizbajo, mohíno, como un pasmarote.
Sólo después de un buen rato cayó en la cuenta de la ausencia de mi hermana.
              -¿Dónde está? -exclamó. Y ante mi cara de pasmo-: ¡Tu hermana! ¿Dónde está? ¿Qué has hecho con ella? ¿Ha entrado alguien en la casa?
                -No sé, mamá, yo...
                -Tú... Tú... ¡Tú nunca sabes nada!
Estaba encendida. Los ojos le brillaban como si de ellos fueran a brotar rayos. Ahora, además del chorizo, buscaba también a mi hermana, sin dejar de lamentarse: "¡Ay, Dios mío! ¡Era todo lo que teníamos para comer! Y esta niña, ¿dónde está? ¡Mari Carmen, Mari Carmen! ¡No puede haberse esfumado!" Bramaba sin alzar la voz para que no la oyera la vecina de abajo, rebuscando por todas partes, en la escalera de la terraza, en el aparador, en el armario de su dormitorio, en la despensa de la cocina... Hasta para mi resultaba evidente que la desesperación se estaba apoderando de ella. Corrió a la puerta del piso, convencida de que había entrado alguien. Y yo detrás de ella, embobado mucho más que asustado.
               -¿No la habrás abierto tú, no? -gritó silenciosamente, agarrando la manilla.
               -Yo... no. Yo...
               Al fin, cuando mi madre se encontraba ya al borde del colapso, apareció mi hermana. Salió de debajo de la cama de mi madre, con sus ojos redondos como platos y aquella expresión de infinito asombro que habría de aparecerle tantas veces a lo largo de su vida ante sucesos inesperados. Mi madre casi se desploma cuando la vio, la tomó en sus brazos y la estrechó con fuerza, llenos de lágrimas sus ojos. Pero fue sólo un momento, enseguida se rehízo, puso a mi hermana en el suelo, se agachó a su lado y le preguntó:
               -¿Y el chorizo? ¿Has visto tú el chorizo? -obsesionada por su desaparición mucho más que convencida de encontrar una respuesta.
Mi hermana esbozó una mueca que, quizás, podría ser una media sonrisa, se llevó las manos a la boca y farfulló en su medio lenguaje:
                -Choizo... Yo... ico, ico.
Se lo había zampado ella. Enterito. Sólo había dejado el cordelillo, que mi madre encontró un instante después debajo de su cama.
Nadie nace con fe. Salvo casos excepcionales, que conocemos sólo por la propia narración del sujeto y, en consecuencia, resulta cuando menos poco creíble, la fe se aprende y, por tanto, también se desaprende. Bien lo sabían los sacerdotes que llevaban a cabo nuestra educación religiosa cuando nos insistían una y otra vez en que debíamos rechazar enérgicamente la menor duda que acudiera a nuestra cabecita como una incitación del propio Satanás en persona.
Mucho tiempo después habría de recordar aquella anécdota del chorizo, cuando las dudas acudían una y otra vez a mi mente y yo no me esforzaba nada en rechazarlas. Ella me produjo no sólo una duda, sino también un convencimiento. ¿Cómo se le ocurrió a mi madre dejar solos en la casa, aunque no fuese más que un momento, a un niño de cuatro años con tendencias a las ensoñaciones y a un niña de dos? ¿Cómo se le ocurrió, además de dejarnos solos, colocar nada menos que todo un chorizo a la vista de los dos infantes? Yo era un melindres, pero mi hermana... A ella, algún tiempo más tarde, yo terminé llamándola zampabollos, porque desde que nació era una tragona de mucho cuidado, mote por el que me llevé más de un buen zapatillazo en salva sea la parte. Conociendo a sus hijos y siendo muy consciente del hambre que pasábamos, ¿no pensó que aquel chorizo constituía una tentación irrechazable? ¿Lo hizo para probarnos? ¿Para saber hasta donde llegaba nuestra obediencia, mi obediencia, en realidad, ya que al ser el mayor yo estaba obligado a controlar las idas y venidas de mi hermana?
En cualquier caso, y esto era lo realmente importante, quién era responsable de que mi hermana se hubiera zampado la tripa. El día en que ocurrió la anécdota mi madre me culpó a mí. Yo era el mayor y en lugar de viajar como siempre al país de la inopia, tenía que haber vigilado a mi hermana, demasiado pequeña para saber lo que hacía. A los cuatro años yo acepté aquella culpa sin apenas rechistar, convencido de que, en efecto, tenía que haber estado más atento. Pero a los trece o catorce años la cosa ya no estaba tan clara. O mejor, sí que estaba clara: ¿qué culpa había tenido yo? Aunque hubiera participado en el festín y aunque hubiera tenido yo la iniciativa y hubiera compartido la tripa con mi hermana, ¿qué culpa tenía yo?, ¿la de tener hambre? Más todavía: aunque la tripa me la hubiera zampado yo solito, quizás se me podría haber acusado de olvidarme de mi hermana, ¿pero de habérmela comido, de haber saciado mi hambre? ¡En modo alguno! ¡La culpa era enterita de mi madre! Ella no debió dejarnos solos bajo ningún concepto y mucho menos con aquella tentación ante nuestros ojos.
La Historia Sagrada que nos veíamos obligados a estudiar año tras año contaba cómo Dios había creado al hombre a su imagen y semejanza y lo había situado en un maravilloso jardín, permitiéndole comer del fruto de todos los árboles menos de uno, el de la Ciencia del Bien y del Mal, situado en el centro del espacio. Al parecer, aquel árbol producía manzanas y un día, empujado por Eva, que a su vez había sido tentada por Satán en figura de serpiente, el hombre, cuyo nombre era Adán, comió del fruto prohibido, un pecado terrible, a decir de los benditos padres que nos educaban, el pecado original, por culpa del cual había entrado la muerte en el mundo y todos los males conocidos y por conocer.
Mis primeras dudas se relacionaban con esta historia. Las explicaciones de los sacerdotes ya no me satisfacían. Qué significaba realmente que Dios hubiera creado al hombre a su imagen y semejanza. Significaba, así empecé a verlo yo, que el hombre tenía la capacidad de pensar y por tanto de desear. O, en otra palabra, con hambre, con hambre de saber. Ahora bien, la distancia de los hombres con respecto a Dios era infinitamente superior, un infinito real, no metafórico, que la mi hermana de dos años y yo de cuatro con respecto a mi madre. Y si yo concluía, creo que con bastante exactitud, que tanto mi hermana como yo éramos inocentes de que el chorizo hubiera desaparecido, ¿qué culpa podía tener Adán de haber comido la manzana? Como nosotros, ninguna. Toda la culpa era de Dios, al poner a prueba al hombre con una tentación tan miserable, del mismo modo, pero en un infinito mayor grado, que mi madre era culpable de haber dejado el chorizo a nuestra vista y alcance. Este convencimiento me llevó a una conclusión: o Dios era un malvado o un imbécil. Y a partir de aquel momento, aunque no sin dolor, empecé a dejar de creer.

jueves, 16 de octubre de 2014

Manual de torturadores

En punto a herejía se ha de proceder llanamente, sin sutilezas de abogado, ni solemnidades en  el proceso. Quiero decir que los trámites del proceso han de ser lo más corto que posible fuere, dejándose de dilaciones superfluas, no parándose su sustanciación ni en los días que huelgan los demás tribunales, negándose toda apelación que sólo sirva para diferir la sentencia.

Así comienza uno de los libros más infames que se hayan escrito nunca, el Directorium Inquisitorum o Manual de Inquisidores, del catalán Nicolás Eymerich (1320-1399), cuyo título real debiera ser el que lleva esta entrada, puesto que lo que el libro recoge son las normas que deben seguir los inquisidores ante los acusados (imputados, diríamos hoy) de un delito de herejía, normas que constituyen todo un repertorio de torturas, además de la específica con los instrumentos correspondientes.

Eymerich fue un fraile dominico, sin duda, uno de los más fanáticos de los muchos que a lo largo de la historia ha producido esta Orden, empezando por su fundador, y sabía bien de lo que hablaba, pues no en vano llegó a ser Inquisidor General de Aragón en la Inquisición primera, anterior a la refundada posteriormente a instancias de los Reyes Católicos.

Hacia el final de su pontificado el inefable Juan Pablo II, cuya elevación a los altares ha sido meteórica, pedía perdón por el comportamiento de la Inquisición. Lo hizo con gran solemnidad, pero también con la boca pequeña, ya que, a continuación de pedir perdón, justificaba tal comportamiento aparándose en que no era ajeno a las costumbres y la cultura de la época, toda vez que las autoridades civiles venían a actuar de un modo semejante. El papa, sencilla y llanamente, mentía. Mentía con esa sutil hipocresía de la que con tanta habilidad hacen uso las autoridades eclesiásticas. De acuerdo con el contenido del citado Manual, existían numerosas diferencias entre la jurisprudencia civil y los métodos empleados por los esbirros de la Inquisición. El propio Eymerich las especifica con detalle y es más que evidente que Juan Pablo II, todo un intelectual, no podía desconocer ni la existencia de este Manual, por otra parte famosísimo, ni su contenido. Veamos algunas de esas diferencias, con palabras del propio Eymerich:

1.- Los nombres de los testigos (en realidad, acusadores) no se deben publicar ni comunicarse al acusado, siempre que resulte algún riesgo a los acusadores, y casi siempre hay este riesgo, porque si no es temible el acusado por sus riquezas, su nobleza o su parentela, lo es por su perversidad (O sea, el simple acusado ya es perverso, sólo por el hecho de ser acusado. Pero, además, los tribunales civiles no trabajaban con este secretismo.)

2.- (Se comunicaba) la acusación suprimiendo las circunstancias de tiempo, lugar y personas, y cuanto pueda dar luz al reo para adivinar quienes son sus delatores (más secretismo, impensable, por supuesto, en los tribunales civiles)

3.- Puesto que la práctica de los jueces de los demás tribunales sea carear los testigos con el acusado para averiguar la verdad -anota la diferencia el propio Eymerich (toda la cursiva son sus palabras)-, no se debe proceder así ni hay semejante estilo en los tribunales de la inquisición.

4.- (El inquisidor puede mentirle al reo. así dice Eymerich): Puede preguntarse acerca de la palabra dada por el inquisidor al reo de usar con él de misericordia, perdonándole si confiesa su delito, lo primero sí puede usar de esta treta para averiguar la verdad... ( aunque algunos jurisconsultos) desaprueban esta ficción en el foro ordinario, creo que se puede usar en los tribunales de la inquisición, y la razón de esta diferencia es que un inquisidor tiene facultades más amplias que los demás jueces.

5.- Cuando confiesa un acusado el delito por el que fue preso por la inquisición, es inútil diligencia otorgarle defensa (¿para qué un abogado defensor?), sin que obste que en los demás tribunales no sea bastante la confesión del reo, cuando no hay cuerpo de delito formal.

6.- (Tampoco es posible recusar testigos) No se han de figurar los reos -dice Eymerich- que se ha de admitir con facilidad la recusación de testigos en causa de herejía, porque nada importa que sean estos abonados o infames, cómplices del acusado, excomulgados, herejes, reos de las más graves culpas, perjuros, etc. (incluso los perjuros, como se ve, pueden acusar y ser creídos sin posibilidad de que sean recusados.)

7.- (Mucho menos es posible la recusación de los jueces inquisitoriales) (porque) la recusación de jueces extraordinarios y ordinarios esté admitida, tanto en las causas civiles como en las criminales, no pueden ser recusados como sospechosos los inquisidores, porque siempre se presume que para el empeño de este cargo tan alto solo se nombran varones justísimos, prudentísimos y en quien no pueden recaer sospechas. (¡Toma ya!)

8.- (Tampoco tiene el hereje la posibilidad de apelar) Todas las leyes -asegura Eymerich- fallan que no compete a los herejes la facultad de apelar, como lo decide la del emperador Federico, y lo practicó el concilio de Constanza, desechando por ilusoria y vana la apelación hecha por Juan Hus. (Hus fue asesinado por los miembros del concilio, al que había acudido con el salvoconducto del emperador Segismundo.)

9.- (Es necesario aplicar la tortura, a pesar de que): No es la tortura medio infalible para apurar la verdad. Hombres pusilánimes hay que al primer dolor confiesan hasta delitos no cometidos; otros valientes y robustos que aguantan los más crudos tormentos. (Y el señor inquisidor se queda tan fresco)

10.- (No importa que en determinados casos o lugares la justicia civil no aplique la tortura, los inquisidores tienen que practicarla) El fuero otorgado por las leyes a los nobles de no ser puestos a cuestión de tormento en las demás causas no es aplicable a delitos de herejia; y en Aragón, donde no está admitida la tortura en los tribunales seculares, se manda en el Santo Oficio.

11.- (La Inquisición no practicaba propiamente juicios. Véase:) Aunque en el foro ordinario no permitan las leyes oír testigos ni fallar sentencia sin que se contravierta el punto por ambas partes, y oír al reo, siendo el fundamento de la determinación, según los jurisconsultos, los alegatos y las réplicas respectivas de las partes, no se sigue esta máxima en materia de herejía, estando autorizados los inquisidores a la omisión de formalidades, procediendo simpliciter et de plano, en beneficio de la fe. De suerte que la declaración de testigos, aunque esté ausente el reo o su procurador, hace fe, puesto que no es así en las causas de otra naturaleza.

Es decir, que la práctica de la época y, por tanto, el pensamiento, iban por un lado y la Santa Inquisición por otro. No se puede ser más infame. Ni, en el caso de Juan Pablo II, mentir con más finura y desfachatez. Y encima pidiendo perdón.

Volveremos sobre el librito, porque no tiene desperdicio. Por hoy me parece suficiente con esta muestra de cómo se las gastaba una institución siniestra que, a la antigua o a la moderna, atormentó a los españoles durante más de quinientos años y cuyos efectos perduran todavía en muchos de nuestros comportamientos.

PD.- Las negritas son mías.

martes, 5 de agosto de 2014

Un Dios bondadoso

Admiro, en el sentido de sorprenderme y aún de fascinarme, a los creyentes que afirman creer en un Dios bondadoso, un Dios omnipotente, infinitamente justo y, al mismo tiempo, poseedor de una infinita misericordia. Yo no puedo creer en un ser así. Yo tengo ojos para ver y veo y tengo mente para pensar y razonar y pienso y razono. ¿Quiero decir con ello  que los creyentes están ciegos y carecen de la facultad de pensar? No, pero sus ojos se limitan a ver sólo lo que les conviene y su razón, guiada casi exclusivamente por la fe, no les permite enfrentarse libremente a la realidad y deducir de ella lo indubitablemente deducible.
Con la venda de la fe en lo ojos, los creyentes han afirmado tradicionalmente que el mundo es bello y bueno, pues en su infinita omnipotencia a Dios le está vedado crear nada defectuoso. Leibniz, un hombre, por otra parte, de alta racionalidad, sostenía que este era el mejor de los mundos posibles, sentencia que, me resulta difícil admitir que el filósofo y matemático alemán no lo advirtiera, deja a Dios a la altura de una zapatilla, pues hasta el más zoquete de los seres humanos tiene en su cabeza como mínimo media docena de mundos mejores que este. Mucho antes que Leibniz, San Agustín negaba la existencia del mal, afirmando que sólo se trataba de una ausencia de bien. O, lo que viene a ser lo mismo, que el bien existe siempre, aunque en distintas escalas o gradaciones, hasta llegar al bien máximo, que es Dios. 
A la altura del siglo XXI, la opinión de los creyentes ya no se manifiesta de forma tan descarnada. Pero su fe en un Dios bondadoso permanece inconmovible. Si acaso, basándose en la libertad del ser humano, digamos que alejan a Dios de los avatares de este mundo, despojándolo en cierto modo de responsabilidad ante lo que aquí sucede. Dónde estaba Dios entonces, se preguntaba horrorizado el papa Benedicto XVI en su visita a uno de los campos de concentración nazi, Mathausen, creo recordar. La pregunta, absolutamente retórica en boca del pontífice, pues él sabía y sabe mejor que nadie donde se encuentra Dios en todo momento, llegaba además tarde, porque hacía hincapié una vez más en el homocentrismo con que las religiones miran al mundo, un homocentrismo absolutamente fuera de lugar desde hace bastante tiempo, como las ciencias de la naturaleza vienen poniendo de relieve.
Puesto que la belleza y la fealdad tienen un componente subjetivo, centrémonos en el mal, que, pese a su negación por parte de San Agustín, sigue siendo el problema más agudo al que se enfrentan los creyentes. El mal existe. Hoy ya nadie lo niega. ¿Pero quien es el responsable de su existencia? ¡Dios no!, gritan los creyentes, el responsable es el hombre, el ser humano, al que Dios, en su infinita bondad, ha dotado del libre albedrío. En su célebre pregunta, Benedicto XVI no interpelaba realmente a Dios, sino que venía a expresar la queja de que los hombres lo habían apartado de su vida, de que Dios había, en aquel tiempo, dejado de ser el centro de las motivaciones del hombre y así le había ido a la humanidad.
Y es que cuando se habla del mal, todavía hoy se tiene como referente al hombre, al ser humano. Pocos son los filósofos que se han ocupado de este problema sin poner al hombre en el centro de sus preocupaciones. Pero ¿y el resto del mundo?, ¿qué ocurre con él? ¿Acaso el mundo sin el hombre sería un lugar impoluto, una especie de paraíso del que estuviera ausente toda sombra de mal? Sabemos bien que no. Lo saben los creyentes tan bien como los no creyentes. Basta con que hayan visto en la televisión cualquier documental de animales salvajes. La única diferencia entre el creyente y el no creyente, es que aquél no ve incongruente con un Dios bondadoso el que una leona le destroce el cuello a un gacela o que un oso devore a mordiscos a un cansado salmón todavía vivo cuya única obsesión es alcanzar el lugar en el que debe reproducirse. Si un ser omnipotente ha creado este mundo, ¿no es un mal clamoroso tanto el comportamiento de la leona como el del oso? Y si Él es el creador, ¿no es, por ello, el responsable de este mal?
¡Ah, pero es que hablar de los animales...!, exclaman en esta ocasión tanto creyentes como muchos no creyentes. Toni Cantó aseveraba hace poco en twiter que los animales no tienen derecho a la vida ni a la libertad. Toni Cantó es un imbécil que, aunque va más allá que él, sigue la ruta marcada por otro individuo, Fernando Savater, antaño filósofo heterodoxo y desde hace bastante tiempo perfectamente adaptado al rebaño, quien, en referencia a las corridas de toros, sostenía que los animales carecen de derechos. Es esta una forma de pensar sumamente extendida que la ciencia no consigue erradicar, a pesar de sus avances.
La ciencia tiene ya perfectamente claro que entre el ser humano y los animales no hay diferencias esenciales, las diferencias son sólo de grado, de escala. Lo que quiere decir que un tigre, un cocodrilo, una mariposa, etc. y el ser humano tienen el mismo derecho a vivir, es decir, a priori ninguno y a posteriori, cuando ya se tiene la vida, todos.
Con los avances técnicos con los que en la actualidad cuenta el ser humano puede destruir el mundo, y lo más probable es que lo consiga, pero el mal no es privativo de él. Aun con sus maravillas, el mundo es una obra imperfecta. Hay en él un mal estructural que consiste, principalmente, en la necesidad de que tanto los seres humanos como los animales, seres estos inocentes y sin responsabilidad, se vean obligados a devorarse unos a otros para poder vivir.
Y si el hombre no es el responsable de este mal, ¿quién puede ser? ¿Quién habría de ser?: Dios. Un Dios que, de existir, y sostengan lo que sostengan los creyentes, no sería omnipotente o no sería bueno, sería más bien un torpe o un malvado.

viernes, 27 de junio de 2014

Hacia Dios

La Iglesia Española no ha pedido aún perdón por su participación directa en el golpe militar que acabó con la II República, ni por su colaboración, igualmente directa, en la represión llevada a cabo durante y con posterioridad a la guerra (in)civil que supuso el extermino de, al menos, doscientos mil españoles, cuyos restos, en su mayoría, continúan aún en las cunetas de las carreteras donde fueron ejecutados.
Lo pedirán. El perdón. Dentro de doscientos o trescientos años (si la tierra, como la conocemos, dura tanto) Pondrán su mejor boquita de liebre para decir: "lo sentimos, no debimos obrar así." Pero añadirán, como excusa, que se trataba del pensamiento dominante de la época y que la Iglesia no hacía nada que no hiciera también el poder civil. No exagero: es lo que ya hizo hace algunos años Juan Pablo II para excusar las torturas practicadas por la Inquisición.
La participación de la Iglesia Española adquirió una dimensión incluso sagrada para el bando golpista cuando la guerra que desató el golpe militar fue sancionada solemnemente como Cruzada por los obispos españoles. La calificación de Cruzada no es un asunto baladí. El término significa guerra santa y tiene su origen en el llamamiento realizado en Clermont (Francia) en 1095 por el papa Urbano II para formar un ejército cristiano que acudiera a luchar contras los musulmanes de Oriente. La palabra como tal nació del hecho de que los soldados estamparon en sus petos o en sus capas una cruz de considerables dimensiones que los identificaba como milites Christi, soldados de Cristo.
La participación en estas guerras sancionadas por la Iglesia tenían, y tienen, puesto que la Iglesia no ha renunciado formalmente a ellas, una alta recompensa para el participante: todos y cada uno de ellos se hacían acreedores a una indulgencia plenaria, con lo que el soldado redimía la pena temporal correspondiente a sus pecados, esto es, dicho en lenguaje llano, se libraba del purgatorio e iba directamente al cielo si moría en lo que se llama gracia de Dios. De ahí que antes de entrar en combate se acostumbrara a organizar confesiones y se procediese a decir una misa de campaña, en la que se repartía la comunión a los combatientes.
La Iglesia española no prestó gratuitamente su colaboración a los golpistas, a la postre vencedores en la guerra. Toda la sociedad cayó bajo la órbita de la moral católica. Las leyes estatales nacían con este marchamo. Sacerdotes entraban a formar parte del ejército como curas castrenses con rangos militares (¿alguien imagina a Cristo con el grado de, digamos, comandante?). Congregaciones de monjas se hicieron cargo de la enfermería hospitalaria, no como enfermeras, sino como jefas de las enfermeras. Aparte de su misión religiosa, los párrocos se convirtieron en una especie de comisarios políticos en sus parroquias, hasta el punto de que, para muchos empeños, por ejemplo, conseguir un trabajo por parte de los parroquianos, era necesario, entre otros documentos, un certificado de buena conducta emitido por ellos. Pero, sobre todo, la iglesia fue recompensada con el monopolio de la enseñanza. Los colegios privados pertenecían en su inmensa mayoría a las órdenes religiosas; los públicos recibían la supervisión de los párrocos, no sólo en lo tocante a la materia de religión, obligatoria, por supuesto, sino también a la moral y las costumbres de los alumnos.
Desde el nacimiento hasta el último suspiro, el control de la vida publica y privada de los españoles por parte de la Iglesia iba a la par con la que ejercía el Estado. Y esta vida era ante todo, oficialmente, un camino de expiación y de penitencia orientado a conseguir la salvación eterna después de la muerte. Todos los viernes del año, por ejemplo, eran días de ayuno y abstinencia de carne. Un periodo especialmente sombrío era la Cuaresma, que alcanzaba su culminación entre el Jueves y el Sábado santos, cuando bares, cines y, en general, todos los centros de diversión estaban obligados a cerrar sus puertas, las emisoras de radio sustituían la música habitual por la religiosa, los comercios cambiaban sus escaparates, especialmente las corseterías, que retiraban aquellos artículos que, como  sujetadores o fajas, podían despertar, siquiera remotamente, la concupiscencia (los jóvenes de hoy no pueden ni imaginar lo que era aquello). Los colegios, pero también otras instituciones, llevaban a cabo por este tiempo los llamados ejercicios espirituales, días tenebrosos en que, azuzados por los sermones de los predicadores, el infierno se convertía en el eje de las preocupaciones de los colegiales, obligados a realizarlos.
Como no podía ser de otro modo, en este clima carcelario y opresivo campaba a sus anchas la hipocresía. Y la Iglesia era, sin duda, el estamento más hipócrita de todo el entramado. Tengo ante mí un librito que allá por los primeros años sesenta del siglo pasado corría por la Universidad Laboral, entregada para su administración y control a los dominicos, en el que se pone de manifiesto tanto la preponderancia de la Iglesia como su capacidad para llevar el agua a su molino. Su título: Hacia Dios. Su autor: Indalecio Hernández Collantes, presbítero, falangista, capellán del ejército, con el que participó en la guerra de Marruecos, en la  guerra civil y en la segunda guerra mundial con la División Azul, en la que consiguió la Cruz de Hierro, otorgada por el régimen nazi.
El libro, con aspecto de misal, es, en realidad, un devocionario repleto de consejos para los jóvenes, pero lo abras por donde lo abras, bajo la capa de la piedad, te encuentras con el afán totalitario y represor de la Iglesia. En la página 287, por ejemplo, el autor define al papa como ...el sucesor de Pedro, el que hace las veces de Cristo, la cabeza visible de la Iglesia... es el Pastor, el Maestro, el Guía, el Jefe supremo... el que, juntamente con los Obispos y los sacerdotes, forma la  Jerarquía Sagrada (obsérvense las mayúsculas), para enseñar, santificar y gobernar a cuantos bautizados profesan la fe cristiana, reciben los Sacramentos y obedecen ciegamente sus mandatos.
La hipocresía está presente siempre, pero uno de los lugares en que reluce con mayor fuerza es al referirse a la Bula de la Cruzada, en la página 9. Recibe el nombre de bula un documento papal por el que se exime a los cristianos de cumplir algunas de sus obligaciones bajo determinadas exigencias, generalmente una aportación económica. La bula de la Cruzada en España fue un privilegio otorgado por el papa Julio II a los Reyes Católicos para compensarlos por los gastos ocasionados en la conquista de Granada del que los obispos españoles se aprovecharon al declarar Cruzada la guerra civil.
Esta bula se adquiría en las parroquias y con ella el comprador quedaba exento de los ayunos y de la abstinencia de carne. Su precio, diez como mínimo allá por los años cuarenta y cincuenta, sólo estaba al alcance de los más pudientes, aquellos que no sólo no pasaban el hambre que sufría la mayor parte de la población, sino que tampoco faltaba en su mesa la carne que la mayoría de los españoles sólo cataban, si acaso, en la Nochebuena.
Don Indalecio explica pormenorizadamente los privilegios de la bula, sin entrar, por supuesto, en quiénes podían adquirirla. Si que, enfatiza, sin embargo, en que no se compraba. Así, escribe: Para gozar de las gracias vinculadas a este diploma se requiere: Primero tomar la Bula. La Bula se toma, no se compra. Segundo, entregar a manera de limosna una cantidad previamente asignada según posibilidades económicas. Hipócritamente, hace como que no se da cuenta de la contradicción, pues ¿qué significa asignar una cantidad a un artículo, sea del tipo que sea, sino fijar su precio de venta? Aparte de que según posibilidades económicas quiere decir que había documentos de distintos precios, cosa que el autor no puede ignorar. Como no puede ignorar tampoco que no convenía hacer trampas intentando comprar la bula más barata estando en condiciones de comprar una de precio mayor.
Con un lenguaje imperial, el libro no tiene desperdicio. En esta España, cual paraíso de Dios, de rica herencia católica, inicia su descripción de la figura del sacerdote. La Virgen, por ser Madre del Dios Purísimo y Santísimo, no podía ser, ni por un momento, esclava del demonio, refiriéndose a la Inmaculada. Considera que Dios te hace el favor de un nuevo día y que muchos jóvenes de tu edad se acostaron sanos y amanecieron muertos, metiéndonos el miedo en el cuerpo a los jóvenes. La noche es un enemigo del hombre. La noche oculta el pecado. Piensa en el sexto y el séptimo Mandamientos: Juego, embriaguez, baile, otros espectáculos... , lo que debíamos pensar en relación con la noche. Donde hay hombres, unos tienen que mandar y otros que obedecer. Sin la autoridad del mando cundiría el desorden, vendría la anarquía..., acerca, claro, de la autoridad. Y en referencia al sexo: Contra el sistema corriente en nuestro pueblo de velar cuanto pueda decirse referente al sexto mandamiento, estimamos de necesidad ir descubriéndote la miseria moral que encierra el pecado impuro con la supuración de sus tan asquerosas llagas.
El libro concluye con el Himno de las Juventudes de Acción Católica, cuya última estrofa dice:
                                                Caballero del historial hispano,
                                                paladín, soy Cruzado de la Fe;
                                                caballero español y cristiano,
                                                por la causa del bien lucharé.
                                                Mi sendero en la tierra ilumina
                                                con destellos de su radiante luz,
                                                la misión sacrosanta y divina
                                                de vivir y morir por la cruz.

P.S. Las negritas son mías.

 

domingo, 18 de mayo de 2014

A vueltas con la Mezquita

En España no son pocas las mezquitas construidas por los musulmanes durante su permanencia en el país que, una vez conquistado el lugar por los cristianos, eran consagradas a la nueva religión y, sin tocar una sola piedra, pasaban a ser iglesias católicas. Posteriormente, tales mezquitas fueron siendo derribadas y en su lugar se levantaron templos de nueva planta. En muchas ocasiones, se aprovechaban partes de estas mezquitas para la construcción del nuevo edificio. En Córdoba, casi todas las iglesias llamadas fernandinas, por haberlas instituido este rey, y hay nada menos que once, están construidas en el solar de antiguas mezquitas. Nada de particular hay en ello. No es la cristiana la primera religión que derriba templos de otras anteriores para construir el suyo propio. Como también se da con enorme frecuencia que una determinada creencia construya un templo donde ya hubo otro de una creencia anterior.
La gran Mezquita aljama (esto es, la principal) de Córdoba siguió el mismo camino que el resto de las mezquitas de Córdoba y de otros lugares, con una salvedad: todavía sigue en pie para admiración y asombro de todos cuantos la visitan.
Córdoba fue conquistada a los musulmanes el 29 de junio de 1236 por el rey Fernando III de Castilla. En aquel tiempo, los nuevos territorios y ciudades arrebatados a los árabes pasaban a ser propiedad del monarca correspondiente, quien, a su vez, procedía a repartir parte del botín entre quienes le habían ayudado en las correspondientes batallas, bien a título de propiedad, bien bajo otros títulos.
Teniendo esto en cuenta, lo primero que hay que señalar es que la Mezquita cordobesa NUNCA FUE PROPIEDAD DE LA IGLESIA CATÓLICA, sino que formaba parte de los bienes de la Corona, como seguidamente se verá. La misma tarde de la toma de la ciudad, el propio Fernando III, no autoridad católica alguna, ordenó la consagración del templo para su uso como catedral cristiana, acto que llevó a cabo el obispo de Osma, don Juan Domínguez, siendo el primer obispo de la nueva Córdoba cristiana don Lope de Fitero.
Se cuenta, pero los arqueólogos tienen la última palabra, que en el lugar que ocupa la Mezquita existió en tiempos un templo romano dedicado al Sol. Sea verdadera o no esta tradición, lo cierto es que cuando en el año 711 los musulmanes conquistaron Córdoba, allí se encontraba la conocida como basílica de San Vicente, que habían construido los visigodos. Los nuevos conquistadores pudieron haberse apoderado del templo expulsando o liquidando tranquilamente a los cristianos. Poder no les faltaba para hacerlo. Pero no lo hicieron. En lugar de eso, compartieron el templo con los cristianos, juntos, pero no revueltos, cosa que callan la mayoría de las historias y, desde luego, la Iglesia, pero que sí cuenta el nada sospechoso de anticatolicismo Miguel Salcedo Hierro en su monumental La Mezquita, Catedral de Córdoba.
La construcción de la Mezquita la inició el emir Abd al-Rahmán I (731-788), que, tras conseguir escapar casi milagrosamente de la matanza de su familia, los Omeya, en Damasco, logró hacerse con el emirato de Córdoba. Este hecho ocurrió en 755. Para entonces, el número de musulmanes residentes en la ciudad había aumentado mucho y la basílica de San Vicente se había quedado pequeña. El nuevo emir disponía de un poder inmenso, tanto que había independizado a Córdoba de Damasco. Pudo tranquilamente apropiarse del templo ahora no sólo cristiano, sino también musulmán, al menos por su uso. Poder no le faltaba para hacerlo. Pero no lo hizo. En su lugar, convocó a los mozárabes (se llamaba así a los cristianos que vivían en territorio musulmán) y les propuso su adquisición, cosa que estos no dudaron en aceptar cuando el monarca árabe les ofreció la entonces exorbitante suma de 100.000 dinares de oro. Esto, que desconocen la práctica totalidad de los cordobeses, tampoco lo cuentan la mayoría de las historias y mucho menos la Iglesia, aunque sí lo hace igualmente Miguel Salcedo en su mencionada obra. Tras la construcción de Abd al-Rahmán I, la Mezquita se completó con tres sucesivas ampliaciones realizadas a lo largo de más de doscientos años por Abd al-Rahmán II, Al-Hakam II y Almanzor.
Que la Mezquita no fue nunca propiedad de la Iglesia lo prueba sobradamente el hecho de que a partir del momento de su consagración como templo cristiano, todas las obras que se realizaban en el edificio necesitaban la aprobación del monarca de turno. Alfonso X, hijo de Fernando III, por ejemplo, quien, maravillado ante la magnitud de la construcción islámica, llegó a afirmar que cortaría la cabeza del que se atreviera a tocar uno solo de sus ladrillos, autorizó por decreto de 1261 la reparación de una parte de la techumbre, ordenando que todas las iglesias de la diócesis cordobesa contribuyeran a los gastos de tales trabajos.
Durante 135 años los cristianos respetaron el edificio, con sólo un par de intervenciones que apenas afectaban a su fisonomía: la construcción de la hoy llamada Capilla de Villaviciosa y otra capilla hoy desaparecida, la de San Pedro, ante el Mihrab. En 1371, Enrique II de Castilla, ordenó la construcción de la Capilla Real, a espaldas de la de Villaviciosa, así llamada porque su destino sería el de servir de enterramiento de los monarcas castellanos, una construcción que se llevó a cabo siguiendo los modelos islámicos y por alarifes mahometanos.
 El primer ataque serio a la edificación agarena se produjo 118 años después de la construcción de la Capilla Real, en 1489, cuando el obispo Íñigo Manrique tuvo la ocurrencia de construir un templo de estética cristiana dentro del edificio musulmán que hiciese las veces de auténtica catedral. Para realizar la obra tuvo que pedir autorización a los Reyes Católicos, encontrando durante bastante tiempo la oposición de la Reina, hasta que ésta acabó por acceder, más que nada para quitarse de encima al moscón del obispo que no cesaba de importunarla. Esta construcción se realizó en la zona de ampliación de Al-Hakam II, alzando una nave de un estilo gótico sumamente pobre que iba de oeste a este y que tenía por cabecera la Capilla de Villaviciosa. Tal nave, aunque abierta, se conserva todavía.
 Pero el gran ataque al edificio islámico se produjo bajo el mandato de otro obispo Manrique, don Alonso, que no tenía ningún vínculo con el primero, salvo, si acaso, el del fanatismo cristiano. Cuando en 1516 don Alonso llegó a Córdoba para tomar posesión de su cargo sufrió una tremenda decepción al descubrir que la catedral era un templo mahometano, grande, pero nada alto, en el que había embutida una pobre nave gótica. Él, que había vivido en Bruselas y Amberes y conocía sus imponentes catedrales góticas, no podía soportar la, a sus ojos, ridiculez cordobesa, de modo que de inmediato concibió la idea de embutir en el edificio agareno una verdadera catedral, como las que existían en Europa.
El obispo se encontró entonces con la oposición radical del Cabildo municipal, mucho más valiente entonces que los ayuntamientos de hoy, y la de toda la sociedad cordobesa. Fue un choque en toda regla de Córdoba con su obispo. Pero el obispo era cabezón y, al fin, después de mucho insistir consiguió la autorización del emperador Carlos I. Las obras se iniciaron en 1523 y se prolongaron hasta 1607. Cuando, algún tiempo después de dar la licencia, el emperador, que no conocía la Mezquita, visitó la ciudad y vio el destrozo que se estaba haciendo en el edificio islámico maldijo el momento en que otorgó su permiso. "Catedrales muchísimo mejores que esta las hay por docenas en Europa, sin embargo, un monumento como la Mezquita es único en el mundo", dijo.
Haya o no documentos que lo confirmen, que debe haberlos, tras el fin del Antiguo Régimen, la Mezquita pasó a ser propiedad del Estado, es decir, público o lo que es lo mismo, de todos los españoles. Que tal cosa es cierta lo prueba el hecho de que Franco, sí, el propio Franco, aquel al que la jerarquía católica paseaba bajo palio, concibió la idea de trasladar la catedral piedra a piedra a otro lugar de la ciudad y devolver la Mezquita a su estado original. Incluso llegó a tener elaborado el proyecto, que si no se llevó a cabo fue únicamente por lo exagerado de su costo económico. De esto sabe mucho más que yo Manuel Harazem, el cordobés que mejor conoce las cosas reales de Córdoba, junto con Paco Muñoz.
Quinientos años después de aquella tropelía vuelve a cometerse un nuevo atentado contra la Mezquita, en esta ocasión no contra el edificio en sí, sino contra sus legítimos propietarios. En efecto, gracias a la modificación incluida en la Ley Hipotecaria en 1998 por un gobierno del PP encabezado por el señor Aznar, el obispado cordobés ha conseguido inscribir la Mezquita a su nombre en el Registro de la Propiedad. La operación, por la que ha pasado a ser propietaria única del edificio, le ha costado sólo 30 €, que, pasmosamente, recuerdan las 30 monedas que recibió Judas por traicionar a su maestro. Y lo ha hecho sin la menor oposición de las autoridades locales y ante el cobarde silencio de la práctica totalidad de la sociedad cordobesa.
No satisfecho con esta apropiación, ahora, además, don Demetrio Fernández, un obispo montaraz que, sin duda, se pasa por el forro de los cataplines los nuevos aires que, según dicen, trae el papa Francisco a la Iglesia, se ha empeñado en borrar la historia y la realidad del monumento y con ellas la de la propia Córdoba que, como bien se sabe, es conocida en todo el mundo como la ciudad de la Mezquita. Tal empeño se centra en eliminar este nombre, para él maldito, y denominar al edificio únicamente como Catedral. A tal efecto ha elaborado una audio guía y un espectáculo multimedia nocturno en los que la construcción islámica queda reducida a un mero e insignificante paréntesis entre la basílica de San Vicente y el templo del obispo Manrique. Y lo ha hecho además con la colaboración incluso económica del Ayuntamiento, ayer presidido por la tránsfuga Rosa Aguilar y hoy por José Antonio Nieto, un pipiolo más imbécil que otra cosa.
Para completar el panorama cabe añadir que la Mezquita-Catedral recibe cada año un millón de visitantes que abonan ocho euros por la entrada, lo que da un total de ocho millones de euros. Este dinero pasa a las arcas del cabildo catedralicio que no paga impuesto alguno por él, ni siquiera el IVA. No obstante, cuando el edificio requiere una restauración, es el Estado el que corre con la mayor parte de los gastos o, lo que es lo mismo, que somos todos los españoles los que sufragamos tales trabajos.
¡Y todavía hay que escuchar en las tertulias de la Cope (televisión y radio) que los que están en contra de este robo manifiesto y tratan de que el edificio recupere su carácter público, sin tocar el uso religioso del mismo, sólo pretenden expropiar la catedral a la Iglesia!