viernes, 7 de junio de 2013

Agua amarga


La lectura de la Biblia debería ser de obligado cumplimiento en todos los colegios publicos y privados, así como en los centros de trabajo y, por supuesto, en todas las parroquias y lugares de culto o no católicos. Pero no meramente las historietas de la creación, de Abraham, de Moisés, de David y Goliat y poco más, que a los que ya somos mayorcitos nos endilgaban en el colegio como Historia Sagrada, sino toda, libro a libro y capítulo a capítulo. No existe mejor modo de conocer el origen, la realidad y el trasfondo de la religión católica, motivo por el que la Iglesia mantuvo prohibida dicha lectura hasta la aparición de Lutero y al día de hoy no le agrada lo más mínimo que se haga.
Es propósito de este humilde blog proceder poco a poco a tal lectura, procurando situar el texto en la época que le corresponde con los comentarios que estimemos pertinentes, siempre basados en estudios de carácter científico.
Un buen comienzo puede ser Números, cuarto libro del Pentateuco, y de tal texto los versículos once a treinta y uno del capítulo cinco. Resumiendo en parte con el fin de no alargar demasiado la entrada, en tales versículos se dice lo que sigue: Cualquier hombre cuya mujer se haya desviado y le haya engañado: ha dormido un hombre con ella con relación carnal a ocultas del marido; ella se ha manchado en secreto, no hay ningún testigo, no ha sido sorprendida, si el marido es atacado de celos y recela de su mujer que, efectivamente se ha manchado; o bien le atacan los celos y se siente celoso de su mujer, aunque ella no se haya manchado; ese hombre llevará a su mujer ante el sacerdote y presentará por ella la ofrenda correspondiente... El sacerdote presentará a la mujer y la pondrá delante de Yahvé... El sacerdote tendrá en sus manos las aguas amargas y funestas... conjurará a la mujer y le dirá: "si no ha dormido un hombre contigo, si no te has desviado ni manchado... se inmune a estas aguas amargas y funestas. Pero... si te has desviado y te has manchado, durmiendo con un hombre distinto de tu marido... que Yahvé te ponga como maldición y execración en medio de tu pueblo... Que entren estas aguas de la amargura en tus entrañas, para que inflen tu vientre y hagan languidecer tus caderas." Cuando le haga beber de las aguas, si la mujer... ha engañado a su marido... se inflará su vientre, languidecerán sus caderas y será mujer maldita en medio de su pueblo. Pero si la mujer no se ha manchado... estará exenta de toda culpa y tendrá hijos."
Como se ve, estamos ante una ordalía o juicio de Dios, salvaje ritual que ya aparece por primera vez en el código de Hamurabi, del que, con aportaciones propias, lo copiaron los hebreos a través de los babilonios y los hititas y que, más tarde, reaparecería con fuerza en la Edad Media, con la conformidad explícita de la Iglesia Católica.
El texto bíblico es lo suficientemente duro como para acabar con el mito del Dios bondadoso que, según sostiene la Iglesia, lo inspiró. No obstante y a pesar de su dureza, el texto biblico no detalla la realidad del rito que relata, realidad mucho más dura aún. Para empezar, si la mujer se declaraba culpable se la obligaba a firmar la renuncia a la dote que aportó al matrimonio, materializándose el divorcio. Este hecho obligaba a la mujer al abandono del hogar conyugal y de sus hijos, si los tenía, encontrándose, además, con el rechazo de su familia paternal y de su pueblo, circunstancia que la arrastraba a la más absoluta miseria.
Pero si se declaraba inocente, las consecuencias eran aún peores. En efecto, el sacerdote, ayudado por un par de esbirros, la obligaba a beber las menciondas aguas amargas, un brebaje compuesto por azulete o añil, que le daba color, cal viva, carbonato potásico y anhidrido arsenioso, cuya ingestión significaba indefectiblemente una muerte horrenda, con desgarradura de las mucosas del aparato digestivo, calambres, vómitos y deposiciones que concluían en asfixia. El anhídrido arsenioso podía ser sustituido por el veneno de la víbora Gariba, muy abundante en el desierto del Sinaí. Los efectos de esta segunda composición eran semejantes a los de la primera.
Como se sabe, a la hora de contraer matrimonio, las mujeres judías aportaban una dote que podía ser importante. Igualmente, en el judaísmo tradicional existía el repudio de la mujer por parte del marido, lo que era lo mismo que el divorcio. En la Ketubah o contrato matrimonial quedaba especificado que en caso de repudio el marido se obligaba a devolverle a la mujer la dote más una cantidad que, en ocasiones, podía llegar al cien por cien de dicha dote. Se daba la circunstancia de que muchos judíos buscaban casarse con mujeres importantes, cuya dote era cuantiosa, con el único propósito de quedarse con ésta. Para ello, pasado un tiempo prudencial, acusaban a la esposa de adulterio, con el resultado de bien la muerte de la mujer, si se declaraba inocente, o su ostracismo, que venía a ser una muerte en vida, con lo que el esposo conseguía su objetivo.
Claro es que para que la ordalía mantuviera su prestigio era necesario que, de cuando en cuando, la mujer condenada a las aguas amargas no sufriera daño alguno. Esto se conseguía sustituyendo el anhídrido arsenioso o el veneno de la Gariba por una sustancia inocua. Tal cambio pasaba desapercibido para la multitud que solía asistir a este rito, puesto que el brebaje continuaba manteniendo el color azul que le daba el añil. Los sacerdotes tenían, además, de este modo la oportunidad de practicar chantaje sobre la familia paternal de la mujer, circunstancia que debió producirse más de una vez.
Ni que decir tiene que el derecho del hombre a repudiar a su mujer no lo tenían las mujeres con respecto a sus maridos. Igualmente, los hombres podían ponerle a sus conyuges tantos cuernos como desearan, en la seguridad de que jamás serían sometidos a esta ordalía, que se aplicaba sólo a la mujeres y que, a diferencia de sus pueblos vecinos, los judíos solo aplicaron en el caso del adulterio de la mujer, real o supuesto.
Un ejemplo de crueldad, pero también del machismo descarnado que a cada paso aparece en los distintos libros de la Biblia con absoluta naturalidad.
Números, como los otro cuatro libros del Pentateuco, es un libro canónico, es decir, aceptado en su totalidad por la Iglesia Católica, todavía hoy, en el pontíficado de Francisco I.

Fuentes:
Biblia de Jerusalén
Caballo de Troya 1.- J.J. Benítez
La Biblia y el legado del antiguo Oriente.- García Cordero
Las negritas son nuestras

domingo, 2 de junio de 2013

El drama del aborto

El caso de la chiquita salvadoreña en grave riesgo de morir si lleva a término un embarazo en el que al feto le falta medio cerebro y a la que las autoridades salvadoreñas prohíben el aborto ha conmocionado a la opinión publica de todo el mundo.
 El arzobispo de San Salvador, monseñor José Luis Escobar, presidente también de la Conferencia Episcopal del país, ha mostrado su pleno acuerdo con el fallo del tribunal constituticional con declaraciones más propias de un criminal nazi que de la alta autoridad de una organización que tiene entre sus principales eslóganes el amor al prójimo y el perdón. (Por cierto, en google pueden verse decenas de fotografías del señor arzobispo, un hombre joven, de sólo cincuentas y tres años, en ninguna de las cuales aparece no ya riendo, sino ni siquiera sonriendo.)
A menudo escuchamos a sesudos varones, muchos de ellos psicólogos, y también a alguna que otra señora calificar el aborto de drama para la mujer, asegurando para quien lo practica variadas secuelas psicológicas perdurables de por vida. Me temo que estas son también declaraciones completamente falsas, propias de quien ni siquiera le importa mentir con tal de impedir que la mujer sea enteramente libre para tomar decisiones que sólo a ella le incumben. No hablo por hablar. Mantego relación de amistad con cinco mujeres que, en un momento dado, decidieron abortar, después de un embarazo no deseado. Contaré brevemente la historia de tres de ellas, cambiando sus nombres, pues no es mi intención crearles ningún posible problema después de tanto tiempo.
La primera, de nombre Cristina, tenía veintiséis años y estaba felizmente casada. Corría el año 1972. Cristina tenía una niña de un año y, de momento no deseaba tener más, por lo que, no sin dificultades, consiguió de su ginecólogo que le receptara la píldora anticonceptiva. Una brusca dolencia la obligó a dejar temporalmente esta píldora, momento en que quedó embarazada. Cuando aún no lo sabía, le practicaron una radiografía de vientre como parte del estudio de su dolencia. Las radiografías, como se sabe, pueden producir malformaciones en el feto, sobre todo en las primeras semanas de gestación, por lo que, tan pronto como advirtió que estaba embarazada, Cristina temió las consecuencia de la prueba médica y se decidió por el aborto, decisión que contó con el apoyo del marido. Y aquí empezó el drama. Igenuamente se dirigió, en primer lugar, a su ginecólogo, quien ni siquiera toleró la insinuación del aborto. ¿Qué hacer? En Córdoba no conocían a nadie que pudiera practicar la operación clandestinamente. Tendría que salir al extranjero. ¿Pero adónde? Por fortuna, ella y su marido trabajaban los dos, por lo que no tenían problema económico. Pero carecían de contactos y de información alguna y no sabían cómo conseguirla. Los días pasaban y la angustia de Cristina era cada vez mayor. Después de mucho buscar, guardando enérgicamente el secreto, a través de la amiga de una amiga de una amiga consiguió una dirección: Casablanca (Marruecos) ¿Casablanca? Un hospital marroquí. Después de muchas dudas y vacilaciones, Cristina, que sabía francés, logró hablar con el médico que practicaría la operación así como una cita. Y allá que fueron los dos: dejaron a la niña con la abuela y, sin decir nada a nadie, por supuesto, partieron rumbo a Málaga un viernes, de allí en avión a Casablanca, operación el sábado y regresó a España y a Córdoba el domingo. El marido, Fernando, me contaba que Cristina iba aterrorizada, pero que el que temblaba de verdad era él. ¿Qué haría si ella moría en el quirófano o a consecuencia de la intervención? Aquella era la pregunta que lo torturaba.
A sus veintidos años, Amalia estudiaba una carrera, vivía con sus padres y tenía novio. Año 1981. Era una mujer avanzada, por lo que practicaba el sexo con su novio cada vez que a los dos les apetecía. Todavía resultaba difícil para una soltera conseguir la píldora anticonceptiva. Incluso los preservativos para el hombre no eran fáciles de encontrar. Por tal motivo y, aunque ponían un gran cuidado, terminó quedando embarazada. Amalia no quería tener aquel hijo, que cambiaría por completo el rumbo de su vida, y el novio la apoyó. Y aquí de nuevo el drama. Ningún sitio que supieran en España, los días pasando como golpes de gong y la tortura cada vez mayor. Por fin el novio consiguió contactar con una amiga que residía en Londres y esta lo organizó todo para que a Amalia le practicaran el aborto. Viaje de ella sola (el novio trabajaba y no logró obtener permiso) engañando a todo el mundo, incluida la familia, intervención quirúrgica en una clínica londinense y regreso a Córdoba, todo ello en un fin de semana. En este caso, los protagonistas tampoco tenían problema con la economía.
Diecisiete años tenía Amadora en 1983, cuando, con ninguna experiencia y, por supuesto, con nula educación al respecto, tuvo su primer contacto sexual con un muchacho un año mayor que ella, con la mala suerte de que quedó embarazada. Este sí fue un buen drama. Amadora tenía una hermana mayor, Lucía, estudiante de derecho, a la que la muchachita le contó su percance y a la que le pidió su ayuda para abortar. Ninguna de las dos tenía dinero y el muchacho que embarazó a Amadora tampoco. Lucía se volcó con su hermana. Por sus contantos con una asociación feminista, de las que surgieron en la época, consiguió la dirección de una clínica en Salamanca, en donde, al parecer y clandestinamente, realizaban la operación por la nada despreciable cantidad entonces de 25.000 pesetas. Lograron reunir el dinero gracias a su amistades y un buen día, después de obtener la correspondiente cita y engañando a la familia, partieron en tren hacia Salamanca. ¿Solucionado? ¡Qué disparate! En la clínica vieron que Amadora iba de catorce semanas en lugar de las doce que ellos admitían y se negaron a practicar la operación. ¿Qué hacer? Imaginemos el estado de ánimo de las dos hermanas. Tal vez, ante la tremenda decepción que se pintó en sus rostros, una de las enfermeras que las atendió les dio una dirección de una clínica en Portugal donde le practicarían la operación. Aquella misma tarde cogieron un tren para el país vecino, llegando al lugar a la caída de la noche. Pasaron ésta en la estación, porque no tenían dinero para un alojamiento. Al día siguiente un taxi las llevó a la clínica y aquel mismo día le practicaron el aborto a Amadora. Pero cuando pagaron, vieron que no les quedaba dinero para volver. Tuvieron, sin embargo, suerte. Una chica portuguesa, que había abortado al mismo tiempo que Amadora, enterada del problema, no sólo las alojó en su casa, sino que les dejó el dinero para los billetes de vuelta a Córdoba. Todo ello en tres días que se le hicieron interminables.
Las otras dos mujeres, Isabel y Encarnita, abortaron después del ochenta y cinco, no en Córdoba, pero sí en España, aduciendo motivos de orden psicológico, el agujero que, en efecto, tenía la ley de aquel año, gracias al cual tantas mujeres que lo deseaban pudieron abortar sin más cortapisa que la del secreto.
Con las cinco hablo de cuando en cuando. Ninguna, pero especialmente las tres primeras, quisieran repetir la experiencia, pero no por el aborto en sí, sino por el sufrimiento que padecieron antes de llevarlo a cabo. Ninguna se ha arrepentido hasta hoy y a ninguna le ha quedado secuela psicológica alguna relacionada con este hecho. O, lo que es lo mismo, que el aborto efectivamente es un drama, pero únicamente cuando está prohibido, pues, digan lo que digan las leyes, diga lo que diga la hipócrita moral al uso, la mujer que quiere abortar acaba consiguiéndolo de un modo u otro en la inmensa mayoría de los casos, corriendo los riesgos que sean necesarios, incluido el de la propia muerte.