sábado, 25 de mayo de 2013

Así nació el monacato cristiano


Como tantas cosas del cristianismo, si es que no la misma religión, el monaquismo también nació en Egipto, siglo IV. Primero, muchos hombres y mujeres, convencidos de que, tal y como anunciaba el evangelio, el fin del mundo era inmediato, se retiraron al desierto a expiar sus pecados en completa soledad. La historia de estos eremitas es terrible y da fe de hasta donde puede llegar el ser humano cuando sucumbe al fanatismo religioso.
San Pacomio fue uno de estos eremitas, aunque con más vista, no en vano su nombre deriva del copto Pa-ahom, que significa el del águila. Aunque otros lo hacen derivar del griego y entonces significaría el robusto. Pero habiendo nacido en Esneh, localidad del Alto Egipto en 286, cabe pensar que la derivación del copto parece la más auténtica. En cualquier caso, águila o robusto, o ambas cosas a un tiempo, este buen hombre fue el primero que agrupó a los eremitas en monasterios.
Su trayectoria vital aparece en diferentes Vidas escritas en varios dialectos coptos y todas ellas, que coinciden en lo esencial, narran los numerosos prodigios que la acompañaron. Por ejemplo: hijo de paganos, su infancia discurrió bajo el paganismo, pero Pacomio jamás adoró a los ídolos, como lo prueba el hecho de que cuando bebía el vino de los sacrificios lo vomitaba sin proponérselo. Fue soldado en el ejército romano de Majencio, perderdor, como se sabe, en su pugna con Constantino. Como soldado tuvo noticia de la existencia de los cristianos y quedó prendado de la gallardía con que éstos iban al martirio así como de su caridad. Su impresión fue tal que en cuanto que se licenció del derrotado ejército, se largó al desierto. Allí, deseoso de aprender las técnicas ascéticas, se acercó a la cueva de un tal Palamón, quien, después de mucho hacerse rogar, lo recibió con un discurso que solía acojonar a la mayoría de los que por allí se acercaban. La cosa que tú buscas -le dijo- no es una cosa cualquiera. Muchos hombres han venido ya por esa cosa y no la han encontrado... En verano, yo ayuno todos los días y, en invierno, como cada dos días. Yo no tomo más que agua, pan, sal y duermo raramente.
Pacomio aceptó y pasó siete años ejercitándose en la penitencia, haciendo hincapié en permanecer despierto, pues el sueño, según estos mozos, arrastra al hombre a un mundo de ilusiones, el mundo de Satán. Hasta tal punto llegaba esta norma que no era, precisamente, la más penosa del programa, que los eremitas dormían lo mínimo y nunca tendidos, sino sentados, en cuclillas o incluso de pie, como los caballos, sólo que apoyados en un muro o en una roca. Pacomio trabajó además la obediencia, la humildad y, sobre todo, los ayunos. Practicaba lo que Lacarriere llama estacionarismo, que consistía en pasarse horas y horas rezando con los brazos en cruz.
Transcurridos estos siete años, el muchacho se independizó, yéndose a vivir en soledad a una antigua fosa. Las distintas Vidas cuentan cómo allí le ocurrían cosas como ponerse sobre un ladrillo a rezar y a llorar con los brazos en cruz, hasta que el ladrillo se deshacía a consecuencia de sus lágrimas y su sudor. Que ya tuvo que llorar y que sudar el muchacho, aunque los ladrillos en aquella época fuesen en realidad adobes. Cierto día salió andando por el desierto hasta que llegó a un poblado junto al Nilo, por nombre Tabennesi. Allí se puso a orar como solía hasta que se le apareció un ángel que le dijo: Pacoooomiooo, instálate aquíííí. Una multitud de hombres vendrá a ti y darán provecho a sus almas. Algunas versiones de su vida afirman que el ángel le dio a Pacomio la Regla de sus futuros cenobios.
Gracias al ángel, Pacomio descubrió que la penitencia podía realizarse mucho mejor en comunidades que en soledad y allí, en Tabennesi, fundó su primer monasterio. Luego vinieron ocho más de hombres, como el primero, y dos de monjas, hasta su muerte ocurrida en 348, durante una epidemia de peste. Una muerte bastante tonta, por cierto, si se tienen en cuenta los prodigios que acompañaron al santo en vida.
Un monasterio pacomiano, según su regla, se organizaba a través de cuatro escalones: la célula, formada por tres monjes; la casa, compuesta por treinta y seis; la tribu, con ciento cuarenta; y el monasterio propiamente dicho, que contaba con mil cuatro cientos monjes. A esta clasificación se añadía otra de carácter secreto, misterioso y que, al parecer, consistía en dividir a los monjes de cada monasterio en veinticuatro grupos de acuerdo con las veinticuatro letras del alfabeto griego, que era el que se empleaba en la escritura copta. Un sistema, sin duda relacionado con la gnosis egipcia, que, en aquel momento, ya había sido condenada por la Iglesia.
 Los monjes practicaban duramente la accesis. Por ejemplo, como el propio Pacomio había hecho durante su formación, no dormían tendidos y apenas lo hacían dos o tres horas diarias, ayunaban, oraban y se disciplinaban. Pero también trabajaban, cada uno según sus conocimientos y capacidades, hasta el punto de que bien pronto los monasterios se convirtieron en verdaderos centros fabriles que contaban con sus propios barcos para, a través del Nilo, llevar sus productos a los mercados.
Los monjes eran en su mayoría campesinos egipcios que escapaban así del dominio de los ejércitos romanos y de su condición de semiesclavos, aunque es verdad que para ser aceptado en el monasterio había que demostrar suficiente fortaleza de espíritu, a través de una larga espera a las puertas del mismo, a la intemperie, sin comida ni bebida y sufriendo continúas vejaciones de los profesos. Pero aquellos campesinos, jornaleros les llamaríamos hoy, estaban avezados al sufrimiento y aquellas esperas no constituían una prueba demasido onerosa para ellos.
La Iglesia siempre se ha jactado de la creación del monaquismo y de la vida contemplativa, llegando a llamar a los monjes centinelas de la oración, como hace todavía hoy el inconmensurable Demetrio Fernández, obispo de Córdoba. Esto tampoco es verdad. En Egipto y desde tiempo inmemorial existían numerosos monasterios con sus correspondientes monjes dedicados al dios Serapis. El más importante de ellos se encontraba en Alejandría, ciudad de la que el dios era patrón y protector. Este monasterio, que tenía un templo de excepcional magnificencia, como cuentan las crónicas, fue bárbaramente destruido, con sus monjes dentro, por hordas de cristianos azuzados por el patriarca Teófilo. Pacomio se inspiró en estos monasterios para fundar los suyos, ya con reglas nuevas y propias.
Por otra parte, el desierto tuvo desde lo más remoto un poderoso atractivo para los egipcios. Hombres con la mente siempre puesta en la otra vida, muchos de ellos se retiraban a las abruptas soledades, entregándose a la meditación y a la ascesis mientras aguardaban el momento de su partida. Asombroso parecido, además, con los capataces de la época de las pirámides mantenían los priores o jefes de las casas, quienes, como aquéllos, dirigían con la mano y con el ojo el trabajo de los monjes.
Fuentes:
El monacato cristiano.- David Knwles. Ediciones Guadarrama 1969
Los hombres ebrios de Dios.- John Lacarriere. Edit. Ayma, 1964
Historia de la Iglesia.- José Orlandis. Ediciones Palabra. 1995
 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Y ahora vamos a hablar de sexo

Y vamos a hablar claro.
Treinta pares de orejas enhiestas, como las de las liebres. Universidad Laboral de Córdoba. Último curso. Dieciocho años más o menos y calientes a todas horas, más que la chimenea de un alto horno. Primavera. A través de las ventanas, el cielo azul y la espesa arboleda del parque que se extendía a lo largo de los colegios. Bandadas de escandalosos gorriones se perseguían entre las ramas. El biscuter del profesor de matemáticas aparcado en el borde de la acera. Un espectáculo verlo subir y, mucho mejor, bajar del vehículo, con su esplendorosa humanidad de alrededor de ciento cuarenta kilos de peso, mínimo. Hasta apuestas hacíamos para ver cuándo se quedaba atascado y tenía que entrar a clase con el cochecito de juguete a modo de salvavidas. No recuerdo su nombre. Sólo que era enorme. Se ponía a explicar de cara a la pizarra tapando las formulas con su formidable orondez. Cuando terminaba volvía la cabeza y preguntaba: ¿Os habéis enterado? Y nosotros: Síííííí. Y el muy... borraba lo que había escrito sin darnos tiempo no ya a copiarlo, sino ni siquiera a verlo.
Pero a lo que íbamos.
Pronto saldréis a la vida, empezaréis a trabajar, os echaréis novia, formaréis una familia.
Clase de religión. Profesor, el padre Zabalza, un dominico no muy alto, pero bien conformado, apuesto, guapetón, buen pelotero y con fama de ligón entre la legión de limpiadoras y cocineras que atendían al servicio, gran parte de ellas lindas muchachas en flor. Aunque el verdadero ligón era el hermano... ¡Vaya! ¡También olvidé su nombre! Un tipo berriondo, al que llamábamos El Bombilla, porque la tonsura natural le abarcaba toda la cabeza, a excepción de una tirilla de pelo que le llegaba de oreja a oreja pasando por la nuca, y que iba detrás de las muchachas mayorcitas, veinticinco, treinta años como mucho, como los becerros detrás de la teta de su madre.
¿Pero vamos  o no vamos?
Trabajar ya éramos bastantes los que lo hacíamos, en verano, en las más diversas ocupaciones. Novia no eran pocos los que la tenían. Más de uno y más de dos habían ido de putas, ellos mismos lo contaban. A ver por donde nos salía el buen dominico.
Aquella novia con la que terminaríamos casándonos iba a ser la mujer más importante de nuestra vida. Tan importante como nuestra madre, circunloquiaba el fraile. Por ello teníamos que poner el mayor cuidado en elegirla. La belleza, la simpatía, constituían aspectos positivos, pero ni mucho menos los más relevantes. La importancia de aquella mujer se encontraba en que sería la madre de nuestros hijos, sublime motivo por el que deberíamos valorar ante todo sus cualidades morales. Debería ser noble, recta, con una gran capacidad de sacrificio y de amor. Una mujer, en resumen, como nuestra madre, ya lo había dicho. O, mejor aún, como la Virgen María, capaz de renunciar a los atractivos mundanos y de entregarse por entero para alumbrar al Salvador del mundo.
Vale, bien, muy bien, ¿pero y el sexo?, ? ¿no era de él de lo que íbamos a hablar?
Tranquilos, muchachos, la impaciencia es la madre de la mayoría de los errores humanos.
A través de las ventanas, las hojas de la catalpa, de un verde aterciopelado, las agujas de los abetos, ¿vamos a contarlas una a una?, los ramos preciosos de las adelfas, blancos, amarillos, fucsia. Por el centro de la calzada, meditabundo, el profesor de Formación del Espíritu Nacional, un imbécil, pelo blanco, camisa azul, al que se le saltaban las lágrimas cada vez que nombraba a José Antonio, y lo nombraba algo así como quince o veinte veces por clase de cincuenta minutos.
Nada, que se nos va el santo al cielo y no estamos en lo que estamos. El dominico perorando a sus anchas desde la cumbre de la tarima. Las mujeres son flores delicadas, decía en aquel momento, todos ya cansados de escucharlo y deseando que la clase terminara. A una mujer, continuaba con su sermón el pelotero, no había que preguntarle por el seso, por la inteligencia, sino por su decoro, por su modestia, por su honestidad, por sus dotes para dirigir y administrar una casa. Lo que las mujeres buscaban en los hombres no era tanto amor como seguridad, fortaleza, una sombra bajo la que cobijarse. Esto era lo que, en primer lugar, las diferenciaba de nosotros. Ahora bien, el amor era necesario, constituía la argamasa primera que sellaba la unión de la pareja.
Pero bueno, vamos a ver, ¿hay sexo o no hay sexo?
Ahora va, ahora va.
Los hombres éramos rudos, las mujeres suaves, delicadas. Esto era necesario que lo comprendiéramos para saber cómo teníamos que tratarlas. Nosotros éramos el ímpetu, el dinamismo; ellas, por el contrario, la pasividad, la calma. La tensión se apoderaba de nosotros con harta  frencuencia. Las mujeres, en cambio, eran como el mar, tenían sus mareas al ritmo que les marcaba una naturaleza mucho más tranquila. En una palabra, éramos más ardientes que ellas, motivo por el que corríamos el riesgo de importunarlas con nuestras exigencias, hasta el punto de poner en riesgo no la unión de la pareja, porque el matrimonio era para toda la vida, pero sí la paz y la armonía del hogar. Debéis saber -la voz ahora ligeramente aflautada del fraile- debéis saber y tenerlo muy presente en el futuro que, después de la unión conyugal, una mujer tarda dos meses e incluso más en volver a tener deseo.
¿Qué, cómo, cuándo, dónde? Un coro de voces repentinamente excitadas. ¿Dos meses? ¿Qué decía el padre cura?
Dos meses. He dicho dos meses, sí. O más. Y durante ese tiempo el hombre debe respetarla y mantenerse casto hasta que ella esté de nuevo propicia.
¡Pero bueno! ¿Quién? ¿Por qué? ¿De qué manera? Un revuelo de preguntas, de opiniones, de quejas, alguna maldición por lo bajo y, por encima del alboroto, una voz, la de un asturiano recio, un hombre ya, con cara y voz y modales de hombre: ¿Dos meses acostado junto a una mujer y sin poder tocarla? ¡No es justo! Usted lo tiene más fácil, a fin de cuentas, usted duerme solo.
El sacerdote sonrió, alzó la mano como para pedir silencio y responder al asturiano. Pero en aquel momento sonó el timbre que indicaba el final de la clase y lo que hizo fue despedirse y abandonar el aula hasta el próximo día. Las clases prosiguieron hasta el final del curso, pero aunque se lo insinuamos en más de una ocasión, nunca más se volvió a hablar del tema.