lunes, 29 de abril de 2013

Hipócritas

1.- ¿Qué le ocurre a la Iglesia católica con el sexo? ¿Por qué sus mayores desvelos se encaminan siempre hacia asuntos con él relacionados: el divorcio, el matrimonio homosexual, el aborto, etc.? ¿Es la represión a la que se someten, que obnubila las mentes y ciega los entendimientos? ¿O se trata más bien del puro sadismo de quienes pretenden hurtarle al ser humano uno -quizás el mayor- de los pocos placeres que la vida nos ofrece? San Pablo, que era chiquitillo, feo y dicen que epiléptico y, por tanto, con casi nulos atractivos para las mujeres, situaba la castidad por encima de todas las virtudes, después de la caridad, considerando el matrimonio como un mal menor, para los que no eran capaces de soportar el ardor de la carne. ¿Viene todo de él? Si es así, dos mil años de historia no sólo no han logrado cambiar este pensamiento, sino que lo han agravado con una intransigencia que no tiene parangón en el pensamiento humano.
2.- ¿Me pregunto qué hace el papa, qué hacen los cardenales, qué hace el señor Rouco Varela condenando el aborto? Lo he dicho ya alguna vez y lo repito: los hombres que se atreven a emitir un dictamen (no digamos ya a legislar) acerca del aborto juegan sucio, hacen trampas, son como los tahures que se enfrentan a sus contrincantes en el poker con las cartas marcadas. ¿Motivo? ¿Qué más motivo quieren su santidad y sus eminencias reverendísimas que el hecho archidemostrado de que el hombre jamás se encontrará en el dilema de si abortar o no, puesto que hasta ahora, que sepamos, no tiene la posibilidad de sufrir un embarazo? Hay que ser un fullero de una categoría monumental para condenar aquello que por mucho que quieras nunca tendrás la oportunidad de realizar. Hay que ser un canalla.
3.- Defensa de la vida. Eso llaman a la condena del aborto. Y se quedan tan satisfechos. Hombres cultos, con estudios graves, profundos, ¿y no advierten que esa expresión, defensa de la vida, encierra una idea tan general que, en realidad, no dice nada? ¿O es que nuestros santos padres están dispuestos a sufrir sin oponer resistencia un ataque de pulgas, o de garrapatas, o de bacterias Gram positivas o Gram negativas, por poner sólo algunos ejemplos insignificantes? Todos estos bichitos tienen vida, forman parte de la vida y, sin embargo, no hay padre de la Iglesia que no se revuelva contra ellos. ¿Entonces? Hombres tan doctos y bien alimentados,  ¿no comprenden que al que hay que defender es al individuo, a los seres concretos que pueblan este mundo?
4.- Defensa de la vida mientras los individuos se van muriendo a chorros en brazos de la miseria producida por las desigualdades y los desequilibrios económicos, en realidad por la codicia de unos pocos que se apoderan con toda clase de artimañas de los bienes que deberíamos disfrutar entre todos. Nada menos que diecisiete mil (17.000) niños mueren diariamente en el mundo de inanicción, es decir, de hambre, sin que la Iglesia católica mueva un sólo dedo por ellos. En España, sin ir más lejos, cuánta gente, incluidos niños bien pequeños, están entrando en lo que eufemísticamente se llama exclusión social, que no es otra cosa que la pobreza extrema provocada por una crisis económica que en realidad es una estafa. ¿Alguien oye al señor Rouco Varela o alguno de sus corifeos levantar su mayestática voz en defensa de la vida de estos seres humanos? El obispo de Alcalá habla todos los días de los homosexuales como si hubiera perdido la razón; pero de los que día tras día están perdiendo sus viviendas y quedándose en la calle, esa es una tarea que compete directamente a Dios, al que deben dirigirse los afectados. Y que no me vengan con la historia de Cáritas. Porque Cáritas, que está haciendo una buena labor asistencial, aunque orgánicamente depende de los obispos, no recibe de la Iglesia más que el dos por ciento de su presupuesto. El resto les llega de las subvenciones del gobierno, es decir, del dinero de todos los españoles, y de las aportaciones de particulares, católicos o no. He aquí la primera pata de la hipocresía eclesiástica
5.- La segunda pata de la hipocresía eclesial es mucho más grave aún. ¿Más grave? Veámoslo: sus eminencias condenan el aborto bajo la afirmación rotunda de que se trata de un crimen, de un atentado contra la vida, de un asesinato. Condenan la supresión de un puñado de células, de un proyecto de individuo, si se quiere, y al mismo tiempo no tienen inconveniente en situarse a favor de la pena de muerte, es decir, de la eliminación de un ser humano completo, hecho y derecho, en el pleno disfrute de su ciclo vital. La Iglesia no ejecuta a nadie, pero el Vaticano sigue siendo uno de los pocos Estados del mundo que aún defienden la pena de muerte. El catecismo de la Iglesia católica actualmente en vigor dice textualmente: La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable (estaría bueno que se cargaran al primero que encontraran por la calle), el recurso a la pena de muerte. Y con la tradicional habilidad diplomática de la curia añade: si ésta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.
6.-. ¿Es posible que reconocidos intelectuales como son las mayoría de los dirigentes de la Iglesia no se hayan percatado de esta flagrante contradición? No, yo creo que no es posible. Creo más, creo que en la actualidad el sistemático ataque al aborto se debe a distintas razones que nada tienen que ver con la defensa de la vida. La primera es el tradicional, el visceral desprecio de la Iglesia hacia la mujer, desprecio justificado por, según cuenta la Biblia, haber sido una mujer la culpable de la pérdida del paraíso y del estado de infelicidad del mundo. Ya no discuten en sesudas sesiones teológicas si las mujeres tienen o no alma, pero las siguen considerando sujetos de segunda categoría, incapaces de tomar decisiones por sí mismas, sin la guía y el control de un hombre. Otra razón se centra en el afán de seguir controlando las conciencias como forma de mantener y asegurar el poder, un afán que viene acompañando a la Iglesia desde el origen de los tiempos. Una tercera consiste en la condena sin paliativos del sexo en cualquier variante que no sea la de la reproducción. En España tienen una razón más: mientras se habla del aborto, de los homosexuales, mientras se montan manifestaciones y tertulias televisivas no se habla de lo que verdaderamente interesa, de un Concordato que hace aguas desde el mismo momento de su firma, de las subvenciones públicas que la Iglesia recibe, de la exacción de impuestos, como el IBI o el IVA, de las inmatriculaciones fraudulentas de edificios que fueron y son públicos, de las inmensas riquezas que la Iglesia guarda para sí y explota en su exclusivo beneficio.
 

lunes, 22 de abril de 2013

De cómo descubrí el poder del semen

¿Qué hubiera sido de mí sin la existencia de los salesianos? Todavía hoy, después de tantos años, me lo sigo preguntando. Casi todo lo que soy y casi todo lo que sé, a ellos se lo debo. De ellos aprendí, por ejemplo, el concepto de clase social y las distintas clases que existían en el mundo, así como la distancia que media entre unas y otras. Aprendí que los pobres deben estar a un lado y los ricos a otro, ambos ganándose el cielo a destajo, los pobres a fuerza de sufrimiento y de resignación y los ricos a fuerza de practicar la caridad con los pobres.
¡Ah, la caridad! ¡Cuánto le gusta la caridad a la Iglesia! Gracias a la teologal virtud, de tarde en tarde, alguno de los de la clase de los pobres consigue escapar de ella y dar el salto a la de los ricos. ¿Saben lo que ocurre entonces? Que el nuevo rico se olvida de su antigua clase y se pasa a defender con uñas y dientes a los que lo encumbraron. Dicen, pero Alá es el más sabio, que algo así le ocurrió y le ocurre al actual alcalde de Córdoba.
En los salesianos los pobres y los ricos estábamos convenientemente separados incluso desde antes de entrar al colegio, pues los ricos hacían su entrada a través de una puerta de gran amplitud que comunicaba con un amplio y luminoso patio, en tanto los pobres lo hacíamos a través de un portillo distante veinte o veinticinco metros del acceso de los ricos y que comunicaba con un humilde campo de fútbol anexo a algunas de las aulas. Una reja metálica separaba interiormente las zonas de unos y de otros. Entre los ricos había además dos clases. Estaban los internos, que eran los más pudientes, y los externos, un grado por debajo de aquellos. A los internos  los pobres los llamábamos bellotos, porque se cubrían con un babi de color pardo semejante al de las bellotas. Los externos, por su parte, llevaban un babi blanco de color azul, motivo por el que les llamábamos taxistas, ya que éstos, por aquel entonces, solían llevar una camisa blanca con el cuello igualmente azul. Los pobres vestíamos de calle y, que yo recuerde, los ricos no nos habían puesto ningún mote.
Por aquel entonces yo andaba ya por los catorce años y era un niño más que nada enclenque, tan encleque que aún no eyaculaba, cuando todos mis amigos, alguno incluso más joven que yo, lo hacían. Verán, aunque es verdad que yo experimentaba un cierto complejo de inferioridad, este hecho no resultaba tan negativo, pues me permitía masturbarme a discreción sin dejar huella de mi pecado. Sabía bastantes cosas del sexo. Todas, menos que la masturbación era dañina además de un pecado horrible, aprendidas en la calle. Con bastante aproximación sabía cómo nacían los niños, pero desconocía que fuera en concreto el semen el que dejaba embarazada a una mujer.
Además de enclenque y de buen automasturbador, yo era también un niño bastante religioso. Hasta llegue a ganar un concurso sobre la Santa Misa. ¡Quién me ha visto y quién me ve! Aunque a decir verdad no creo que haya mucha diferencia entre el tipo de ayer y el tipo de hoy, pues aunque me esforzaba y procuraba cumplir con el ordenamiento religioso, mi fe de entonces, aunque yo no lo advirtiera, era la misma de hoy: ninguna. En cualquier caso, yo confesaba y comulgaba con bastante frecuencia, como buena parte de los niños de la época.
Cierto domingo, antes de la misa, me acerqué a confesar con uno de los padres del colegio. No voy a decir su nombre, porque ya murió y no entra en mi intención tocar su fama. Era un buen hombre. De cuando en cuando soltaba hostias monumentales, pero sus intenciones eran buenas. Los niños pobres, ya se sabe, aunque confesáramos y comulgáramos regularmente, no dejábamos de ser unos golfos a los que era necesario encauzar como fuera por el buen camino. Los niños ricos estaban hechos de una pasta mucho más delicada, por lo que había que tratarlos con sumo cuidado, sin olvidar nunca que sus padres eran los que, principalmente, mantenían el colegio.
Tras el ave María purísima de rigor, confesé mis pecados, uno sólo: la masturbación. Y ahí me pilló el buen cura. Y cuando haces esa cochinada -me dijo- ¿expulsas ya un liquidito blancuzco y pastoso? No lo dudé un segundo. -repliqué sin vacilar. No iba a ser yo menos que mis amiguetes. ¿Para qué dije tal? Todo el mundo conoce el chiste. En aquel momento, yo lo viví en carne propia. La masturbación dejó de ser una cochinada para convertirse en el más terrible de los pecados, porque de aquel líquido, ¡de aquel! era del que nacían los niños. Cada vez que me masturbaba, pues, mataba a alguien, Dios sabría a quién, pero bien podría ser un ciéntifico, un gran hombre de letras, un gobernante...
Aunque aún no eyaculaba, ¡qué mal cuerpo se me quedó! De momento, no dejé el vicio. Luego, cuando casi enseguida empecé a eyacular, tampoco. Pero confieso que cierta mala conciencia sí que tuve durante un tiempo cada vez que me masturbaba. Mucho después, cuando oí por primera vez el chiste famoso, lamenté, en primer lugar, no haber hecho yo lo mismo que el muchachito aquel y, en segundo lugar, comprendí que el mal rollo que me largó el cura no respondía a una idea suya, sino a la actitud indecente y generalizada de la Iglesia ante este asunto.

lunes, 15 de abril de 2013

Acerca de la pobreza

Dando por buenos, es decir, por auténticos, los evangelios canónicos, que ya es tener buena fe, pues de sobra es conocido que fueron aceptados como tales en el siglo IV, después de un largo proceso de copias, supresiones e interpolaciones, dándolos por buenos digo, nadie pondrá en duda que tales textos consisten en un amplio batiburrillo o cajón de sastre en el que cabe casi cualquier cosa, incluida una amplia variedad de interpretaciones.
Leyendo los evangelios, no es difícil deducir, en primer lugar, que el Cristo que en ellos aparece no era ningún lince en materia de economía. Para comprobarlo basta ver la recomendación que el supuesto Mesías le da al joven rico que le pide consejo para lograr la vida eterna ...vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, (Mat. 19, 16-22) consejo que de ser seguido al pie de la letra empobrecería de inmediato al vendedor, sin aliviar, más que temporalmente, la pobreza de los pobres. O el abandono en la Providencia (Mat. 6, 25-34), prodigio de desinterés económico en el que ni la propia Iglesia ha creído jamás.
En segundo lugar, tampoco cabe poner en duda la inclinación de Cristo hacia los pobres, aunque, al mismo tiempo, no tenía inconveniente en compartir mesa y mantel con un hombre rico ni en mostrar su conformidad con los impuestos del Estado, sin tener en cuenta las características de este Estado (totalitario, invasor, justo, injusto, etc.) Como no le importaba contradecirse, para, tras comer con el rico, condenar la riqueza y anunciar las dificultades de los ricos para alcanzar el reino de los cielos. En cualquier caso, la aportación doctrinal de Cristo en favor de los pobres es la limosna o, lo que es lo mismo, la caridad, que, como bien se sabe, puede suavizar la pobreza en un momento concreto, pero jamás eliminarla. Claro que difícilmente iba a pensar Cristo en eliminar la pobreza, cuando en reiteradas ocasiones no vacila en exaltarla, una exaltación que resulta especialmente patética a la luz de la actitud posterior de la Iglesia para ignorar a su  Maestro.
En efecto, siguiendo, sin duda, los vericuetos mentales de su pretendido Fundador, la Iglesia interpreta estas enseñanzas con una enorme habilidad, distinguiendo entre la institución y las personas que la forman. Al día de hoy, la Iglesia es una institución inmensamente rica. Su riqueza va desde bienes inmuebles (sólo en Roma es dueña del 30% de los edificios públicos y privados de la ciudad), a inversiones de todos los colores, pasando por un inmobilizado inconmensurable formado por edificios de culto y obras de arte, un enorme número de ellas realizadas en metales preciosos. Tales riquezas las ha conseguido la Iglesia a lo largo de los siglos con la coartada del culto a Dios, que requiriría espacios y utensilios de primerísimo nivel, y con la coartada del mantenimiento de la propia institución. Pues bien, a pesar de tan descomunal riqueza, los eclesiásticos, esto es, los miembros de la jerarquía que dirige y controla la Iglesia, así como los clérigos y religiosos y religiosas que pertenecen a sus distintas organizaciones se tienen a sí mismos por realmente pobres, teniendo muchos de ellos incluso voto de pobreza, como los miembros de la mayoría de las órdenes religiosas, no importa que sean extraordinariamente ricas.
Esta contradicción constituye naturalmente una falacia de superior categoría. Veamos: el nuevo papa, Francisco, parece ser, como Cristo y a diferencia de sus antecesores inmediatos, un hombre preocupado por los pobres. Se cuenta, y algunos de sus discursos iniciales así parecen indicarlo, que está dispuesto a renovar la Iglesia para orientarla más hacia los pobres. Dicho así, suena hasta bonito. Ahora bien por más que él mismo se proponga ser pobre, Francisco no puede escapar de la riqueza. Para empezar y desde el punto de vista material, Francisco tiene la vida resuelta desde el mismo momento en que se hizo sacerdote. La propia institución lo ampara, lo protege y le garantiza el sustento diario, un techo bajo el que cobijarse y el lecho en el que descansar, cosa que en modo alguno les ocurre a los cientos de millones de personas que oficialmente pasan hambre en el mundo o a los cientos de miles de desahuciados que se han producido en los últimos años en España, por poner un caso de plena actualidad. A Francisco nadie le quitará  nunca su vivienda ni se verá obligado a dormir en la calle.
Discutía en cierta ocasión este asunto con mi hermana, monja de las Esclavas, una de las congreciones más ricas de España. Yo le hacía ver amigablemente que la riqueza de su orden constituía a mi juicio una traición flagrante a los principios contenidos en el evangelio. Le añadí que profesando en aquella orden se había garantizado dos cosas, la seguridad material y vivir en el lujo, con lo que, con su permiso, me permitía dudar seriamente de que su vocación, como ella la llamaba, no fuera realmente miedo a vivir la vida. Mi hermana no se enfadó, todo lo contrario, con la mayor desfachatez (dicho cariñosamente), me contestó que en absoluto, que los buenos colegios que la congregación tenía estaban para el confort de las alumnas (de pago, por supuesto) y que ellas, las monjas se iban muchas noches a la cama con un platito de lenjetas o con unas sardinas fritas por toda cena.
El cinismo que había desarrollado mi hermana, del que carecía en la adoslecencia, antes de aficionarse a las monjas, constituye al día de hoy el primer patrimonio y el arma principal de la que se valen los católicos para defender a su Iglesia. Porque, además, no se trata de de estar a favor de los pobres, sino de estar en contra de la pobreza. Por citar dos ejemplos recientes: a favor de los pobres estaba la madre Teresa de Calcuta, tan alabada por su amigo Juan Pablo II, cuyo único cometido consistía en dar de comer al hambriento y ayudarlo a bien morir; en contra de la pobreza estaba Vicente Ferrer, quien consiguió, y ahora lo siguen haciendo sus sucesores, llenar de vida una región de la India condenada al hambre y a la desesperación. Claro que para llevar a cabo su obra Vicente Ferrer tuvo que abandonar la orden a la que pertenecía, los jesuitas, y la propia Iglesia. En la exaltación de la pobreza, que no es lo mismo que estar en contra del consumismo o el conformarse con lo que se tiene, es donde desbarra de manera incluso sublime el Cristo que retratan los evangelios.
¿Estará el papa Francisco realmente interesado en luchar contra la pobreza, o se limitará a lavarles los pies el Jueves Santo a una docena de desgraciados? Preso de la doctrina evangélica, ¿vivirá la pobreza en medio del esplendor, el lujo y la máxima riqueza, con el mismo cinismo del que daba muestras mi hermana, o estará dispuesto a participar en los programas que ya existen para poner fin al hambre en el mundo, como primer paso para la erradicación definitiva de la pobreza? Me temo que, una vez más, no estamos más que ante bellas palabras que no llevan a ningún sitio.