lunes, 25 de marzo de 2013

En casa del seminarista

Cuando lo supe comprendí al fin el origen de los miedos que arrastraba mi madre. Fue un golpe duro. Y también una lástima, porque de haberlo sabido antes no hubiera tenido muchos de los desencuentros que con ella tuve.
Mi madre nació en Úbeda un día de noviembre del año mil novecientos once. Era hija de un minúsculo agricultor, propietario de cinco o seis fanegas de olivar, un par de ellas de cereales para las bestias, un pequeño huerto para consumo propio y algunos animales domésticos para lo mismo. Con tan  menguada hacienda, el hombre iba sacando adelante a sus seis hijos, cuatro varones y dos hembras, el quinto lugar de los cuales lo ocupaba mi madre. 
Tres malas cosechas consecutivas a consecuencia de la sequía provocaron la ruina del agricultor, que se vio obligado a malvender las tierras nada más que para satisfacer los créditos de los prestamistas. Ante la situación de extrema pobreza a la que el destino condenaba a la familia, el buen hombre no encontró otra salida que enrolarse como minero en las minas de plomo de La Carolina. Mala solución para un hombre a punto de cumplir la cincuentena, cuya vida había discurrido al aire libre desde el mismo instante de su nacimiento. En menos de dos años el antiguo agricultor enfermó de silicosis, una enfermedad que tres años después lo llevó derechito al cementerio.
Sin pensión ni ingreso alguno y con seis hijos a su cargo, la situación de la viuda se tornó desesperada. Algo la paliaron los dos hijos mayores, que empezaron a trabajar como peones de albañil. Pero no era suficiente. Entonces la madre de mi madre recibió una proposición de su hermana: llevarse con ella a su hija pequeña, a fin de aligerarle la carga hasta que los vientos cambiaran. La oferta parecía generosa para la época. Con su hermana, su hija tendría casa, comida y ropa aseguradas y eso era mucho para el momento que vivía la familia. Así es que la viuda accedió. En mala hora.
Ocho años tenía mi madre cuando se la llevó su tía. Esta estaba casada con un tratante de ganado que ejercía su oficio de feria en feria, por lo que paraba poco en la casa. Tenían un solo hijo, seis años mayor que mi madre, que en aquel momento se encontraba en el seminario estudiando para sacerdote. Se ordenaría como tal diez años más tarde. La tía de mi madre vivía en una buena casa de Úbeda, de dos plantas, baja y primera, con patio y corral. Tenían habitaciones de sobra, pero mi madre fue a parar al hueco de la escalera, un cuchitril sin ventilación en el que por todo mobiliario había un camastro de hojas de mazorca y  una percha para colgar la ropa clavada en la pared.
En lugar de enviarla al colegio, su tía empleó a mi madre de criada en su propia casa. Una explotación que olvídese usted de Dickens, ya que, si no recuerdo mal, los niños que el autor inglés retrata en sus novelas son explotados por extraños, no por familiares. Lavar la ropa, a mano por supuesto, demás está decirlo, y plancharla, bien pronto la enseñó su tía a hacerlo. Barrer, fregar el suelo, la mayor parte de ladrillos, de rodillas y a base de jabón y estropajo, como se hacía entonces, fregar los platos, baldear el corral. Todas las tareas de una casa antigua y de considerables dimensiones, que la tía de mi madre pretendía que su sobrina mantuviera como los chorros del oro, mientras ella se dedicaba a vigilarla. Hasta la comida acabó haciendo mi madre en bien poco tiempo. Una comida que, tanto si su tía estaba sola como si estaban también en la casa su marido y su hijo, mi madre tenía que servir en el comedor, mientras a ella le tocaba comer las sobras en la cocina.
Mal alimentada y escasa siempre de ropa, en invierno, con los fríos, a mi madre se le llenaban las manos de sabañones, muchos de ellos agrietados. Hoy, con las comodidades que tenemos, esta dolencia es prácticamente desconocida, pero es bien dolorosa, sobre todo si no te cuidas y tienes que seguir mojándote las manos al realizar la tareas diarias de la casa.
Cuando su primo estaba de vacaciones, su habitación y su ropa era lo primero que mi madre estaba obligada a atender. Me pregunto qué le enseñaban al primo de mi madre en el seminario. Se trata de una pregunta retórica, porque yo lo sé, pasé por uno. Mucho latín, mucho griego, mucho Platón, mucho Padres de la Iglesia, mucha regla de urbanidad y mucho rezo y meditación sobre pasajes del Evangelio, especialmente los de la pasion. Pero de justicia, de compasión, de caridad incluso o de amor al prójimo ni media palabra. El seminarista veía la explotación a la que su madre sometía a su prima. En las vacaciones de Navidad veía sus manos inflamadas y agrietadas por los sabañones. ¿Dijo alguna vez algo? ¿Le reprochó a su madre el trato que le daba a su sobrina? ¿Trató alguna vez de suavizarlo? ¿Trató alguna vez con alguna consideración a su prima? Jamás. Si el futuro sacerdote no se preocupaba del sufrimiento de alguien que tenía en su propia casa, ¿cómo narices iba a precuparse después del de gente ajena y anónima? No lo haría, puedo asegurarlo. Como no lo hacía y no lo hacen más que de palabra la inmensa mayoría de los sacerdotes de la Iglesia católica, con honrosas excepciones que vienen a confirmar la regla. El único que se preocupaba de la niña era el tratante de ganado, hasta el punto de que la explotación se suavizaba bastante cuando él estaba en la casa, cosa que, como he dicho ocurría bastante poco.
¿Y mi madre, por qué no se quejaba? ¿Por qué no se le ocurrió nunca escapar de casa de su tía y correr a la de su madre, que no estaba tan lejos? La razón: porque no existe un maltratador físico que no lo sea también sicológico. Su tía la aterrorizaba con toda clase de argumentos. El principal: su madre no la quería, por eso se había desprendido de ella, y si volvía a su casa su madre la ingresaría en un hospicio donde hombres de la peor catadura se encargaban de torturar a los niños y de hacerlos desaparecer. Tal altura alcanzó la extorsión que en muy poco tiempo mi madre tenía pavor hasta de salir a la calle, de modo que, a la edad en que la mayoría de las niñas iban al colegio, ella soportaba incluso con gusto un régimen de casi esclavitud. Sólo faltó que el futuro sacerdote se enamoriscara de ella y la violara, cosa que no llegó a ocurrir.
Es increíble, pero así fue. Increíble también que la madre no fuera nunca a casa de su hermana a ver que tal le iba a su hija. Pero así fue. Quizás la excusa de la madre estuviera en que, de cuando en cuando, su hermana le llevaba a su hija de visita, y la niña, bien aleccionada y con el único vestidito decente que tenía siempre decía que estaba bien y que su tía la quería mucho.
Nueve años duró el tormento. Cuando cumplió diecisiete años, la niña regresó a su casa porque la familia había decidido trasladarse a Córdoba, donde los hijos mayores habían encontrado trabajo. Ya era tarde. Llegó a la casa como una extraña y como una extraña se mantuvo mientras vivió en ella. El trato con sus hermanos sería ya siempre amable, pero distante y frío. Un trato que luego proyectaría sobre sus propios hijos.

sábado, 16 de marzo de 2013

Mujeres

Las mujeres son naturalmente ineptas para ejercer cargos políticos. El orden natural y los hechos nos enseñan que el hombre es el ser político por excelencia. Las Escrituras nos demuestran que la mujer siempre es el apoyo del hombre pensador y hacedor. Pero nada más que eso.
¿Quién, en la segunda década del siglo XXI, puede sostener aún ideas tan retrógradas como las expresadas en el texto anterior? Muchos, muchos hombres las siguen sosteniendo, de todos los oficios y de todas las categorías sociales. No pocas mujeres también. Pero el texto es del papa, del recién nombrado, de Francisco I. Y es un texto infame.
Emitido cuando el nuevo papa era aún cardenal y arzobispo de Buenos Aires, es el texto de un bellaco que expone una situación y la da no sólo por buena, sino por intocable obviando las causas que la provocan. Y lo hace no sólo porque esté convencido de los hechos que expone, sino también en aras del propio interés, pues la declaración se produjo en el curso de sus enfrentamientos con la presidenta del gobierno argentino durante la tramitación y aprobación de la ley que autorizaba el matrimonio homosexual. Algo que estamos cansados de ver y de oír en las actuales tertulias televisivas y radiofónicas, pero que uno nunca esperaría de todo un cardenal de la Iglesia Católica.
Se trata de una declaración no sólo machista, sino, más aún, misógina. Revela el hondo desprecio de su autor por la mujer. Y es de la misma estirpe de las que se hacían en otro tiempo para justificar la esclavitud, sosteniendo que los negros eran esclavos porque su incapacidad intelectual era inferior a la de los blancos. Es decir, los blancos atrapan a un grupo de negros, los encadenan y, látigo en mano, los obligan a que trabajen para ellos y, a continuación, las mejores cabezas blancas, entre ellas las de miembros de la Iglesia Católica, elaboran toda una filosofía en la que se prueba que los negros son imbéciles y por eso tienen que trabajar para los blancos. Del mismo modo, durante siglos los varones nos hemos dedicado a sojuzgar a la mujer valiéndonos de nuestra fuerza y ahora decimos que la mujer no está naturalmente capacitada para ocupar los puestos que ocupamos nosotros. Con falacias como estas, que en otro tiempo llegaron a admitir hasta los negros, y hoy siguen aceptando muchas mujeres, los hombres blancos hemos construido la historia durante los últimos milenios.
Pero la declaración del hasta hace dos días cardenal Bergoglio ofrece aún otros aspectos no menos miserables, uno de carácter histórico y otro de viva actualidad. Bergoglio no es ningún idiota, de manera que, en primer lugar, no puede ignorar que los comienzos de la religión en la historia humana no se hicieron bajo los designios de un dios, sino de los de una diosa, la Diosa Madre, entidad amable y creativa, a la que los seres humanos celebraban con fiestas y danzas que han llegado hasta la actualidad. Del mismo modo que no ignorará que en aquellos momentos los grupos humanos organizaban su vida bajo un sistema matriarcal, o lo que es lo mismo, por si a alguno le suena raro, eran las mujeres las que ostentaban, más que el poder, la capacidad de dirección. Vestigios de esta situación quedan aún en determinados lugares en los que el apellido de la madre predomina sobre el del padre.
Eran los tiempos en los que los seres humanos no habían encontrado aún la relación entre la unión sexual y el embarazo de la mujer, motivo que le daba a la mujer un carisma superior al del hombre y que, como ponen de relieve los arqueoetnólogos, la mujer no utilizó en su provecho. Fue el descubrimiento del papel del varón en la reproducción humana el que le abrió los ojos al hombre para desnivelar la balanza a su favor. Luego, su superior fuerza física hizo el resto para convertirlo en dominador de la mujer. Una dominación que se acentuó con el invento de la propiedad privada y de la herencia, elementos que dieron lugar a la aparición del patriarcado. Fue el momento en que la Diosa Madre fue sustituida por los distintos dioses masculinos, furinbundos, de rostro austero, vengativos y crueles, un ejemplo de los cuales es el Dios bíblico, representante del cual en la tierra ha sido nombrado Bergoglio.
Como casi nadie ignora, y Bergoglio, por supuesto, tampoco, el patriarcado hunde sus raíces en el hecho de que, salvo que, modernamente, una monja le dé el cambiazo, una mujer sabe siempre que el nuevo ser que tiene en sus brazos es su hijo o su hija, en tanto el hombre, transmisor del apellido y de la herencia, no puede estar seguro, a menos que encierre a la mujer y la prive del contacto con otros hombres o, más suavemente, la encadene con los lazos del matrimonio.
Por todo ello y aunque lo aparente, Bergoglio no describe una realidad con su declaración, sino que defiende un sistema, el patriarcal, que a él como hombre y como miembro de una organización regida exclusivamente por hombres le viene de maravilla, un sistema que, entre otras cosas, ha creado monstruos como la Iglesia Católica y que a lo largo de la historia ha llevado a la humanidad de desastre en desastre.
Pero hay un segundo aspecto aún más deplorable que se deriva de esta declaración. Vivimos una época de cambio. No hace falta ser un lince para comprobarlo. Se sabe que en todos los tiempos, desde la instauración del patriarcado, la mujer, en general, ha sido maltratada por su marido o pareja. Pero, sin duda, nunca como en la actualidad, los hombres, maridos, novios o parejas, han llevado el maltrato hasta la muerte. Ello se debe a los intentos de emancipación de la mujer y en muchos casos a la consecución de su independencia económica y de su libertad. En este marco, la declaración de Berboglio, actual papa Francisco I, resulta especialmente repugnante, pues impulsa a creer que si la mujer es inferior al hombre, puesto que no está capacitada para ocupar los mismos puestos, los hombres podemos, si nos apatece, hasta partirle la cara cuantas veces se nos ocurra. Es el mismo tipo de pensamiento por el que deben regirse los curas pederastas cuando se encuentran ante el menor al que se disponen a violar.
A través de esta declaración, el nuevo papa condena a la mitad de la población mundial a la subordinación y a la obediencia. Se une así a los hombres de otras religiones e ideologías, como el Islam, consideradas como reaccionarias por el mundo occidental, incluidos los católicos. Claro que pedirle otra cosa a este hombre, que va por la vida de humilde, sería como pedirle peras al olmo, sobre todo después de oírle decir en su primera homilía como pontífice que el que no reza al Señor reza al diablo, porque cuando no se confiesa a Jesucristo se confiesa la mundanidad del demonio, o lo que viene a ser lo mismo: quien no está conmigo está contra mí, consigna que tanta sangre de hombres y de mujeres ha hecho correr en el curso de los siglos.

P.D. Una vez publicada esta entrada, me llegan informes acerca de que las declaraciones adjudicadas al cardenal Bergoglio pueden ser un montaje, de modo que nunca fueron dichas por el cardenal. Quede constancia de esta duda, toda vez que no está en mi ánimo la idea de difamar al nuevo papa. No obstante, no voy a retirar la entrada. Y ello por un motivo: por que, aunque puede que el cardenal Bergoglio no las haya realizado, las citadas declaraciones se correponden palabra por palabra con la doctrina católica de los últimos tiempos (en la Edad Media incluso discutían acerca de si la mujer tenía o no alma). Quiten pues el nombre de Bergoglio y sustituyanlo por el de cualquiera de los prebostes del catolicismo, desde Juan Pablo II a Demetrio Fernández, obispo de Córdoba, por ejemplo, porque la mayoría de ellos han hecho declaraciones semejantes.


 

domingo, 10 de marzo de 2013

Para curar la locura

El ejemplo de lo que al día de hoy hace la Iglesia Católica con los pobres y con los enfermos, especialmente los de enfermedades complicadas, se encuentra, respectivamente, en Agnes Gonxha, más conocida por el seudónimo de Teresa de Calcuta, y en el santuario de Lourdes. A los pobres, mantenerlos en la pobreza para poder practicar con ellos la caridad. Para los enfermos procurarles un milagro que, además de curarlos y entre otras cosas, lleve a los altares a su benefactor.
Existe algo hermoso en el sufrimiento y la muerte, en como un pobre acepta su muerte y sufre como la Pasión de Cristo. El mundo gana con su sufrimiento. Cuesta creer que algo tan brutal haya salido de la boca de un ser humano, pero este es uno de los lemas bajo los que la señora Teresa amparaba su dedicación a los pobres, en principio de la India y luego de medio mundo. A los pobres, socorrerlos y punto, esto es lo máximo que, sin llegar a las exageraciones de la señora Teresa, hace la Iglesia Católica.
En otro tiempo, cuando la erradicación de la pobreza podía considerarse una empresa prácticamente imposible, quizás bastara con los remedios paliativos. Al día de hoy, sin embargo, acabar con la pobreza sería tarea bien sencilla si los grandes poderes económicos, entre ellos la Iglesia, se lo propusieran. Aun a pequeña escala, no es lo mismo ayudar al pobre que atacar la pobreza. Qué lejos de la monja de Calcuta queda, por ejemplo, Vicente Ferrer, quien en la misma India sí que ha logrado erradicar la pobreza en el ámbito de su actuación. Pero mientras a la monja la hacían santa, Ferrer tuvo que abandonar la Iglesia para poder llevar a cabo su tarea.
Lo de la enfermedad es más chusco aún. El santuario de Lourdes, en Francia recibe anualmente la visita de miles de peregrinos que acuden en busca de la curación de sus dolencias. Es, probablemente, el santuario católico más famoso. Pero no el único. En Galicia (España) existe uno especializado en la curación de la locura. Se trata del Santuario de Nuestra Señora del Corpiño, en la Parroquia de Santa Eulalia de Losón, municipio de Lalín (Pontevedra).
Situado en el centro geográfico de Galicia, el santuario se levanta en un paraje sombrío y misterioso, tan propio de las tierras gallegas. Su fundación se remonta al siglo XIII, cuando unos pastores que huían de una fenomenal tormenta se refugiaron en unas ruinas en las que encontraron una imagen de la Virgen que, ¡oh, virtud!, resultaría milagrosa.
A partir de entonces, dos veces al año, centenares de afligidos por trastornos síquicos de variada gravedad, bastantes de ellos considerados como poseídos por el maligno, acuden al santuario acompañados por familiares y amigos con el propósito de impetrar de la Virgen su curación.
Esta petición no se hace de cualquier manera, sino que al respecto existe todo un ritual convenientemente organizado por la propia Iglesia que se desarrolla a lo largo de nueve días, es decir, una novena. Para empezar, el primero de los días un sacerdote pone sobre la cabeza de los enfermos sus manos y algunas reliquias, mientras musita determinadas oraciones. A continuación, los desquiciados son llevados a la sacristía y desde allí van pasando uno a uno bajo la imagen de la Virgen, que se encuentra en su camarín, mientras en el templo los acompañantes forman una indescriptible algarabía a base de cantos, gritos, lloros, lamentaciones, risas y rezos. La catarsis llega a tal extremo que la gente brinca, salta, se retuerce, cada vez más exaltada, se tiran de los pelos, se golpean el pecho, patean el suelo, braman. Un espectáculo insólito, que sigue sucediendo actualmente, en el siglo XXI, y que asombra, sobrecoge y abochorna, a partes iguales al espectador neutral. Después de que los pacientes hayan pasado bajo la imagen de la Virgen y en medio del follón del templo, que no consigue calmarse, el sacerdote dice la misa.
Al día siguiente, bien tempranito, los pacientes y sus acompañantes, se lavan la cara tres veces en una fuente próxima. Por la tarde sacan en procesión a la Virgen y los orates y endemoniados vuelven a pasar tres veces bajo las andas. De nuevo se reproduce el espectáculo del templo, sólo que ahora, al aire libre, en un tono decididamente demencial: gritos inenarrables, sacudidas, saltos, carreras, ataques de nervios que llegan al furor y a la ira, maldiciones, rotura de ropas, desmayos colectivos, etc., una auténtica bacanal rabiosa que espanta hasta a los animales que pueblan los montes de los alrededores a bastante kilómetros de distancia.
 La ceremonia se repite del mismo modo y con las misma reacciones durante los nueve días que dura la novena. A su conclusión, los peregrinos retornan a sus lugares de origen, no sin antes haberse aprovisionado de estampas, libros, medallas, reliquias y toda clase de artículos sacros que pueden adquirirse en la magnífica tienda que para la ocasión tiene montada el santuario.
Dicen los que dicen que no son pocos los locos y majarones que recobran la cordura. Y los que no lo hacen no dudan en volver con la siguiente romería convencidos de que en esta ocasión la Virgen tendrá piedad de ellos y los sanará. De modo que si usted, amigo lector, tiene algún demente, lunático o maniático, no digamos ya si se trata de un endemoniado, en su familia o entre el círculo de sus allegados no lo lleve al siquiatra que lo hartará de pastillas y no lo curará. Llévelo a la Virgen del Corpiño que, si no vuelve curado, al menos el majara y usted se habrán divertido de lo lindo.

domingo, 3 de marzo de 2013

El silencio de Dios

El silencio es un síntoma. El que calla cuando es necesario hablar o es un necio insulso que no sabe qué decir, o es un canalla que esta conforme con la situación de que se trate, si es que no la provocó él, o quizás lo que ocurra es que no existe. No podemos esperar, por ejemplo, que hable el caballo volador experto en música y gran compositor de sinfonías porque, sencillamente, nadie ha tenido jamás constancia de su existencia.
Hay silencios y silencios. Repugnante para todo el que tenga un mínimo de sensibilidad es el de la Conferencia Episcopal Española ante la corrupción salvaje que asola al país. Un silencio de esta categoría por parte de quien nadie duda de su existencia convierte al que calla, lo quiera o no, en cómplice directo de dicha corrupción. Alguien al que, si no protagoniza la corrupción, ésta, desde luego, le favorece.
Sin embargo, el más estruendoso de los silencios es el silencio de Dios. ¿Qué ocurre? ¿No hay nada que impela a Dios a hablar al ser humano? ¿Tuvo agallas para crearlo y ahora no es capaz de enfrentarse a su criatura para decirle que Él es el culpable de su triste situación? ¿Tuvo agallas para crear un mundo en el que la supervivencia de unos sólo puede lograrse mediante la muerte de otros, un mundo en el que la norma primera es la del despilfarro, y ahora carece de valor para explicarle por qué lo hizo a la única criatura hecha a su imagen y semejanza y, por tanto, capaz de entenderle?
El señor Ratzinger, papa dimisionario, visitando no recuerdo qué campo de concentración de Alemania (campo que él colobaró en crear, aunque fuera de forma indirecta), se preguntaba dónde había estado Dios en aquellos espantosos años, o lo que viene a ser lo mismo, por qué había callado Dios ante tragedias tan terribles. Ahora, al tiempo de su dimisión, Ratzinger afirma, sin embargo, que el Señor, es decir Dios, le ha dicho que está de acuerdo con su renuncia.
La realidad parace estar más cerca del Ratzinger preguntón que del papa dimisionario, pues si se echa la vista atrás no es difícil comprobar que a lo largo de la historia humana no hay prueba alguna de que Dios le haya hablado jamás a ningún miembro de la humanidad, solo o acompañado. Hay hombres que afirman haber hablado con Dios, pero para creerlos debemos fiarnos de su palabra pues ni contaron con testigos de semejante hazaña ni fueron capaces de mostrar siquiera una prueba de su experiencia.
En la Biblia se cuenta uno de los casos más célebres de la historia, el de Moisés en el monte Sinai con la zarza ardiente. Pero ante este fantástico relato cabe preguntarse cómo conoció este hecho el escribano bíblico. Tal y como está contado sólo cabe una respuesta: el propio Moisés lo informó de lo que acababa de ocurrirle, sin más. Con lo que todo se reduce a un acto de fe, el mismo acto de fe bobalicón que hacíamos cuando de niños creíamos que el lobo podía hablarle a Caperucita, por ejemplo, en uno de los deliciosos cuentos que leíamos o nos leían.
Se mire como se mire, el silencio de Dios es aplastante. Hay teólogos que afirman que Dios se manifiesta silenciosamente en  el corazón del hombre. Otros sostienen que Dios habla a través de sus obras.
Respecto a la primera de las afirmaciones hoy sabemos que cuando los teólogos dicen el corazón se refieren realmente al cerebro, ya que el corazón es un mero músculo que ni oye ni entiende, y todos sabemos también hasta qué punto somos capaces de crear en nuestro cerebro las historias más absurdas y disparatas con la vitola de verdaderas.
¿Y qué decimos de las obras de Dios? Los teológos aseguran que así como un cuadro, una escultura, una sinfonía, forman parte del lenguaje de su autor y por tanto pueden decirmos mucho de su personalidad, también el mundo, como creación divina, constituye el leguaje a través del cual Dios se manifiesta y nos revela su ser. Esta afirmación, sin embargo, no deja de ser un pobre sofisma, pues un cuadro, una escultura, una sinfonía, etc. son obras indudablemente humanas, obras que, aunque no lleven firma, sabemos con total certeza que han sido realizadas por un ser humano, en tanto que nadie puede asegurar que el mundo haya sido efectivamente creado por Dios, algo que será necesario demostrar antes de cualquier especulación y que hasta la fecha nadie ha conseguido hacer.
Dios calla y calla y calla. Esta es la realidad. La tozudez de su silencio resulta exasperante hasta para los místicos más hondos. Algunos de éstos han relatado experiencias a través de las cuales habrían entrado en contacto con la gloria de Dios. Pero ni uno solo ha dicho que haya hablado con Él y mucho menos que Dios le haya dirigido la palabra, circunstancias que, de todos modos, necesitarían para ser creídas el peso de la prueba.
 Ni para bien ni para mal. Ni para consolarnos ni para maldecirnos. Dios no dice nunca nada. Por más que filosofemos, por más que nos esforcemos en elaborar argumentos que nos parezcan realmente brillantes, el silencio es cuanto honradamente podemos predicar de Él. Todo lo demás son fantasías, humo o ilusiones de desesperados.
Los teólogos nos presenta a Dios como un ser esencialmente amoroso. Dios es ante todo amor, repiten incansablemente. Pero, aunque se nieguen a reconocerlo, ellos saben que un silencio tan lato y tan profundo no es propio de un Dios amoroso. Es mucho más propio de un Dios inexistente.