lunes, 9 de diciembre de 2013

Reivindicación de la espiritualidad

Para mi amigo Rafa Jiménez

La religión católica, bajo cuyas directrices he sido educado y cuyos desmanes y pretensiones sigo padeciendo, reclama para sí desde sus orígenes el monopolio de la espiritualidad.
Los santos padres y teólogos de la Iglesia católica afirman llenos de humildad que, del mismo modo que fuera de ella no hay salvación, igualmente fuera de ella tampoco existe la espiritualidad. Para ellos, toda experiencia espiritual consistiría en último término, en la visión o, al menos, el vislumbre de Dios y de su gloria a partir de un soporte de carácter místico.
Tal pretensión, sostenida a lo largo del tiempo, es literalmente una falacia y es también un abuso de dominio que la propia Iglesia y sus teólogos, saben perfectamente que no les corresponde. En realidad, todas las religiones incurren en una falacia semejante y reclaman un monopolio de índole parecida, participando de igual manera en el mismo tipo de abuso.
Ocurre igual que con la bondad. Históricamente, sólo el individuo perteneciente a una creencia religiosa gozaba de la capacidad de ser bueno, en tanto tal capacidad quedaba inexorablemente vedada para los demás. Por primera vez, después de dos mil años de historia, un papa, el actual, ha afirmado que no es necesario ser creyente para ser bueno y que, en consecuencia, un ateo puede serlo también. Tal declaración supone ciertamente una revolución siquiera conceptual, aunque al papa se le ha olvidado una puntualización que no carece de importancia, la de que, en tanto el creyente procura ejercer la bondad con la esperanza de un premio, el ateo no espera nada a cambio de ser bueno, salvo, quizás, la satisfacción íntima de haber obrado bien.
Del mismo modo que un ateo puede ser tan bueno y aun mejor que un creyente, el ser humano en general no necesita en absoluto de Dios para gozar de experiencias espirituales y, correlativamente, la espiritualidad no exige trascendencia alguna ni se constituye en prueba de la existencia de Dios o de otra vida más allá de la última y definitiva línea que señala la muerte.
¿Pero en qué consiste exactamente la espiritualidad? Tal vez debiéramos haber empezado por aquí. No soy filósofo, de modo que, aunque tal fuera mi intención, no podría emplear conceptos complejos o alambicados. Mi lenguaje no es otro que el de la gente corriente con cierto bagaje cultural y mis conclusiones fruto de lecturas variadas a lo largo del tiempo así como de experiencias de distinto orden.
Con estas premisas, podríamos aproximarnos a una definición de la espiritualidad diciendo antes de nada que se trata de una capacidad puramente humana. Inteligencia, memoria, razón, en mayor o menor grado, las compartimos con otros animales. La espiritualidad, sin embargo, de acuerdo con los conocimientos científicos actuales, es la única de nuestras capacidades que nos distingue del resto de los seres que habitamos este planeta.
¿Pero en qué consiste esta capacidad? No es fácil sintetizar una respuesta. No obstante, en el marco de ésta encontraríamos necesariamente la conciencia de sí, la intuición de esencias, el poder de abstracción o de captar conceptos generales, la sensibilidad y la mayor o menor disposición para controlar y dominar los impulsos naturales.
Ahora bien, formando todos estos aspectos parte de ella o, mejor, constituyéndose en su base, la espiritualidad, en el sentido que aquí nos interesa, sólo puede entenderse situándola en el campo de las emociones, que, por otra parte, es el que realmente le corresponde. En última instancia, la espiritualidad consistiría en la capacidad de emocionarnos, en el sentido profundo del término, una capacidad que se pone de manifiesto en las experiencias espirituales, territorio no filosófico que es el que la Iglesia reclama exclusivamente para sí.
Una experiencia espiritual consiste pues en una emoción profunda, un como salir de uno mismo elevándose por encima tanto de la pura consciencia como de la noción del tiempo. Tal emoción puede ser de carácter religioso, como quiere la Iglesia, pero en modo alguno queda restringida a él. La contemplación de un mar en calma o agitado, un amanecer radiante o un atardecer en el que la luz no acaba de ser vencida por las sombras, el hayedo de un día de otoño, el panorama abierto ante nosotros en el silencio de la cumbre de una montaña, una obra de arte, etc. etc., abren una ventana de posibilidades que pueden lograr que nos transfiguremos hasta el punto de pasar más allá de los sentidos y de llegar a captar de un modo inefable, y desde luego gozoso, la inmensidad de la que formamos parte.
Con mayor o menor intensidad, quién no ha vivido alguna vez una experiencia de esta índole. Lo difícil es explicárnosla a nosotros mismos, y no digamos explicársela a los demás, cuando inesperadamente volvemos a nuestro ser. Ello ocurre porque durante este tiempo más o menos largo dejamos literalmente de vivir, para ser arrastrados fuera y a pesar de nosotros mismos.
Pero que tales experiencias sean inexplicables o que puedan suceder al margen de nuestra voluntad no significa que no podamos ejercitarnos para ponernos en situación de disfrutarlas. Sólo se necesita como paso previo educación, cultura, sensibilidad y, sobre todo, desapego de las cosas materiales. Todo ello puede enseñarse y trabajarse, está al alcance de cualquier que se lo proponga y, desde luego, no tiene nada que ver con la religión ni con sus dogmas.
Me ocurrió un día en Toledo, hace ya bastante tiempo. Yo me encontraba en Madrid haciendo un curso que no viene al caso cuando tuve la oportunidad de bajar a la actual capital de Castilla-La Mancha. Toledo era entonces una ciudad tranquila, íntima, evocadora y silenciosa. Nada que ver con las masas de turistas que en el día de hoy abarrotan hasta el último de sus rincones en cualquier época del año. Y nada que ver tampoco con esa caterva de políticos autonómicos que la han convertido en el centro de un saqueo sistemático de las arcas públicas y del estado de bienestar de la región (véase el aeropuerto de Ciudad real, los recortes en la sanidad o las privatizaciones). Deambulé al azar por sus calles entrañables hasta que tropecé con la Iglesia de Santo Tomé y descubrí El entierro del Conde de Orgaz. El famoso cuadro del Greco se guarda hoy en un museo dispuesto en el interior del templo. Entonces se encontraba colgado en el muro del atrio, entrando a la derecha. Yo conocía aquel cuadro de las copias más o menos afortunadas de los libros de estudiante. Pero encontrarlo allí, enorme, ocupando la casi totalidad del muro, con las numerosas figuras que lo pueblan y su brillante colorido me produjo tal deslumbramiento que me quedé anonadado. Recuerdo que había un banco de piedra adosado al muro frontero y que en él me senté para contemplarlo a mis anchas. No puedo contar todo lo que experimenté aquella mañana, porque ni yo mismo lo sé muy bien. Una oleada de emociones me embargó, todas ellas gozosas. Arrobado, perdida por completo la noción del tiempo, tal vez entré en éxtasis, tal vez volé. No lo sé. Sólo sé que sólo volví en mí cuando alguien, un sacristán, me tocó en el hombro porque iban a cerrar la iglesia. Miré el reloj: habían trascurrido más de tres horas, cuando yo pensaba que sólo habían pasado unos minutos.
No me avergüenzo de esta experiencia, que no tiene relación alguna con la religión, por más que el cuadro tenga carácter religioso. Por aquella época, hacía ya mucho que yo había dejado de creer en esos cuentos con los que a ratos tratan de amedrentarnos y a ratos de endulzarnos la existencia. He tenido otras muchas experiencias semejantes, aunque ninguna que ni de lejos se aproxime a la intensidad de esta. Sé que no soy el único que las ha tenido y estoy seguro de que la mayoría de los que esto lean las han tenido y las seguirán teniendo también.
 

18 comentarios:

Lansky dijo...

No me convence tu definición de espiritualidad como lo que nos diferencia de los animales (y el uso del secador del pelo también, como miles de cosas, más de grado que de cualidad). La espiritualidad es lo que se opone a la ‘materialidad’, aunque no está netamente separada de ella, es decir, a las meras necesidades básicas; por ejemplo, un esclavo que tiene cubiertas sus necesidades mejor que si anduviera libre por su cuenta, de cobijo, alimento etc., y sin embargo echa de menos su libertad, que sería en este caso un elemento de espiritualidad. El Humanismos es también una forma de espiritualidad.

Sni embargo, al jerarquía católica (distingamos) ha visto siempre con recelo lo espiritual, incluso ‘su’ espiritualidad (léase místicos), y lo que la interesa es el monopolio ‘moral’ que es cosa bien distinta.

En fin, aquí hay mucho, pero que mucho que hilar, sin olvidar que bajo ese rótulo de la espiritualidad se cobijan muchas chorradas, sinvergonzonerías y negocios que juegan con una necesidad ‘inmaterial’ de las gentes.

Un saludo

Molón Suave dijo...

No digo que la espiritualidad nos diferencie de los animales, sino que es lo único puramente humano, hasta el momento. Ni siquiera la defino. Sólo hago una aproximación
Decir que la espiritualidad es lo que se opone a la materialidad es no aclarar ni la espiritualidad ni la materialidad.
Lo de más es opinión.

Lansky dijo...

nada en esencia nos separa de los animales, la espiritualidad sea lo que sea, tampoco, todo lo que nos separa de ellos son cuestiones de grado, sea la fabricación de herramientas o el lenguaje articulado; al menos eso es loq eu suguiere la moderna antopología y yo estoyd e acuerdo.

Y disculpa si por alguna razón que se me escapa totalmente te molestó mi comentario

Miroslav Panciutti dijo...

Decir que "nada en esencia nos separa de los animales" obliga a definir qué se entiende por esencia, camino que lleva a interminables discusiones bizantinas. Como el propio Lansky escribe en su post de hoy, algo importante (sea esencial o no) nos distingue de los animales no humanos y es la conciencia. Ésta, como también se ha investigado desde los ámbitos científicos (en especial desde la neurología) resulta de la propia evolución del cerebro, nada mágico desde luego. Pero lo cierto es que sí creo que nos hace una "especie especial".

En cuanto a tu definición de espiritualidad, desde luego podría matizarse y mejorarse, pero no me parece tan desatinada. Lo que sí tengo claro es que, para que exista, es necesaria la conciencia, lo cual lleva a que cabe suponer, en principio, que esas singulares emociones no se producen en los animales y, por tanto, nos diferencia de ellos (entre otras cosas más).

ben dijo...

Muy interesante el tema.Como expe
riencia propia,creo haber vivido
cierto grado de experitualidad en
mi época de 15-17 años,cuando por
libre albedrio,pasé una época de
comunión diaria,en la iglesia de
San Pablo.Cada mañana me levantaba
muy temprano e iba a San Pablo,con
el frío que hace en Córdoba en invierno.En el momento de tomar la
hostia er la culminación de acer
carme a Dios y a su espiritud.
Ese tiempo ya pasó,he sentido a
veces algo parecido,por el naci
miento de mis hijos y mis nietos,
pero creo que eso es ya amor.
Pero creo que dentro de una religión y fuera de ella,se puede
conseguir la espiritualidad,bus
cando a Dios en los creyentes o
buscando el equilibrio con el Uni
verso que nos rodea.
Saludos.

Lansky dijo...

Nada de bizantinismos Miroslav: como somos animales, todo lo que no separa de los otros animales son cuestiones d egardo, no de esencia.

Numeros dijo...

Hay algo que hasta donde sé si nos separa de los animales y que es la prueba del algodón que utilizan los antropólogos para hablar de seres humanos y no de primates.

Y es algo tremendamente espiritual: el culto a la muerte.

Hay animales que utilizan, como nosotros, herramientas; pero no hay, que se sepa, animal que perfume, acicale y decore a sus muertos, para luego darles sepultura, de una u otra manera: eso es un punto en común a todos los seres humanos.

Molón Suave dijo...

Lanski: En modo alguno me molestó tu comentario. Si te contesté tan rápida o bruscamente fue por falta de tiempo. El lenguaje escrito dificulta mucho los matices.
De todos modos, insisto: cuando aproximo una definición de la espiritualidad yo no separo al ser humano de los animales, sino que afirmo que es lo que nos distingue del RESTO de los animales, con lo que estoy diciendo que somos tan animales como los demás que pueblan la tierra. Por mi parte no tengo inconveniente en admitir que la espiritualidad forma parte de ese grado que, según tú, nos distingue de los animales. En esencia, en efecto, nada nos separa de éstos. Pero es que en esencia nada nos separa tampoco de cada una de las cualesquiera estrellas que pueblan el universo, pues en último término quizás no seamos más que eso, polvo de estrellas.
El tema, por otra parte, es bien complejo y yo me limito a hacer una más que concisa aproximación a él. Obviamente, no es este el lugar para tratarlo más a fondo.
Estoy de acuerdo contigo en que con la espiritualidad hay mucho camelista viviendo del cuento, pero ese ya no es mi problema, ni su existencia niega dicha espiritualidad.

Molón Suave dijo...

Miroslav: Lo primero que sitio en el marco de la espiritualidad es, en efecto la conciencia de sí, o percepción del propio sujeto, añado ahora, así como la intuición de esencias. Yo también creo que la espiritualidad es una capacidad fruto de la evolución del cerebro y, en último término, un conjunto de reacciones químicas, "nada mágico, desde luego.

Molón Suave dijo...

Ben: completamente de acuerdo contigo.

Molón Suave dijo...

Números: Aunque yo no creo que exista otra vida más allá de esta, el acicalamiento, adorno y posterior entierro de los muertos sí que puede formar parte de una cierta espiritualidad, aunque esta ya, seguramente, con motivaciones mágicas, al menos en sus orígenes.

Lansky dijo...

Esto mío de hoy va de espiritualidad, me parece, tal como yo la entiendo. Un abrazo (abrir con botón derecho de ratón):
http://www.lansky-al-habla.com/2013/12/no-se-como-titular-este-post.html

Molón Suave dijo...

Lansky: Yo no sé qué pasa, o me pasa, con tu blog. Escribo un comentario y cuando intento enviártelo desaparece. Lo he intentado en dos ocasiones, una con mi nombre y otra como anónimo, firmando debajo. Y en ambos caso, ¡flus! voló. Al limbo donde dicen que van o iban las almitas de los niños no bautizados.
Más o menos te decía lo siguiente:
Tú y yo no estamos tan alejados. Suscribo casi plenamente tu descripción del ser humano. El casi se debe a los ceros que, según tú, la evolución biológica le añade a la unidad animal. Si estos ceros quieres significar una supremacía del ser humano sobre el resto de los animales, yo no estaría de acuerdo, pues yo no creo que esa supremacía exista. Del mismo modo que un león no me parece superior a una hormiga, a una mariposa o, mismamente, a la garrapata que le chupa la sangre, tampoco el hombre me parece superior al resto de los seres que pueblan este planeta. Sí con más habilidades, aunque cada día tiendo a pensar más si estas habilidades no son, en realidad, un hándicap para la vida, habida cuenta la enorme capacidad de destrucción de que dan muestra los humanos como especie.
En cuanto a la espiritualidad en concreto, tampoco creo que estemos tan distantes. Mi blog se inscribe en el marco de la religión, no precisamente para promocionarla, sino todo lo contrario. Desde aquí me limito a definir simplemente la espiritualidad como una capacidad. Tu blog, en cambio, se encuadra en el campo de la ciencia, con el que yo me identifico por completo. Desde este campo y con los conocimientos actuales, puede que la espiritualidad no sea más que una conjunto de reacciones químicas provocadas por un estímulo exterior. En cualquier caso, se trata de algo que nos transforma por completo, aunque no sea más que temporalmente. Y esta transformación no tiene nada de esotérica ni de trascendente, sea de carácter religioso o no.

Lansky dijo...

No creo hablar de supremacia. Esos ceros significan exactamente lo mismo: un salto cualitativo, una emergencia, como otras en la evolución biológica. ¿Somos exactamente lo mismo que un leon o una hormiga? Pues no,¿mejores? pues tampoco

P.S.- Solo te pasa a ti lo de los comentarios, o sea, que puede ser un problema del rutter de ambos o del tuyo

Numeros dijo...

tampoco el hombre me parece superior al resto de los seres que pueblan este planeta

¿Me está diciendo entonces que Ud. no se considera superior, digamos por ejemplo, a una cucaracha?

Me parece amigo mío que tiene Ud. un problema grave de autoestima. ;-)

Lansky dijo...

Números, depende del punto de vista, desde el exclusivamente biológico tan eficiente y perfecta es una bacteria como tú. Otra cosa es la complejidad, que no es ni mejor ni peor, sino eso: compleja

Molón Suave dijo...

Números: La contestación que te da Lansky es la misma o muy semejante a la que te hubiera dado yo. En el conjunto de los seres de este planeta, cada ser ocupa su lugar, con su correspondiente especialización. Yo tengo bien mi autoestima, te lo aseguro. Procuro, además, controlar mi soberbia, tratando de respetar el medio que habito y no contribuir a su destrucción con complejos de superioridad.

Anónimo dijo...

. COMO DESARROLLAR INTELIGENCIA ESPIRITUAL
EN LA CONDUCCION DIARIA

Cada señalización luminosa es un acto de conciencia

Ejemplo:

Ceder el paso a un peatón.

Ceder el paso a un vehículo en su incorporación.

Poner un intermitente

Cada vez que cedes el paso a un peatón

o persona en la conducción estas haciendo un acto de conciencia.


Imagina los que te pierdes en cada trayecto del día.


Trabaja tu inteligencia para desarrollar conciencia.


Atentamente:
Joaquin Gorreta 55 años