viernes, 20 de diciembre de 2013

Las brujas de Saboya

Nadie puede conocer los designios de Dios, sostienen los hombres de la Iglesia. A la vista del recorrido histórico de la institución bien puede afirmarse que ese Dios al que sus fieles invocan es un tipo como mínimo tan retorcido como impenetrable.
El condado de Saboya ocupó en su día parte de los Alpes nororientales de Italia y parte del sur de Francia. En 1391, siendo un niño todavía, accedió a la jefatura condal Amadeo VIII (1383-1451), gobernando con la ayuda de su abuela Borna de Borbón hasta su mayoría de edad. El nuevo conde se reveló como un buen gobernante. Engrandeció su Estado, adquiriendo, por conquista o por compra, diversos territorios, entre ellos el condado de Ginebra. En 1401 contrajo matrimonio con María de Borgoña, con la que tuvo nueve hijos. Gracias a sus habilidades diplomáticas, así como a su afinidad con la política del imperio, en 1416, el emperador Segismundo elevó el condado saboyano a la categoría de ducado.
La región de Saboya es un territorio abrupto, con altas montañas y profundos y recoletos valles, lugar lleno de encanto y también de misterio, propicio para la existencia tanto de raros personajes como de inexplicables prodigios.
El concilio de Constanza (1414-1418) había puesto fin al llamado Cisma de Occidente tras conseguir la abdicación o la deposición de los tres papas enfrentados, Gregorio XII, Juan XXIII y Benedicto XIII y eligiendo a Martín V (1417-1431) como único pontífice. La Iglesia, sin embargo no había logrado la paz. El concilio había establecido la necesidad imperiosa de reformar las estructuras eclesiásticas y, para ello, había impuesto al papado la celebración de sucesivos concilios, así como había dejado caer la supremacía de la autoridad conciliar sobre la autoridad papal.
Martín V, poco amigo de concilios, pese a haber sido elegido por uno, se vio forzado a convocar uno nuevo en Pavía, con el objeto principal de proceder a la reforma de la Iglesia. Diferentes vicisitudes obligaron al papa a disolver este concilio nada más iniciarse y a convocar otro en Basilea. Martín V murió en 1431, cuando el concilio aún no había acabado de ponerse en marcha. El colegio cardenalicio eligió como sucesor a Eugenio IV (1431-1447). La elección bien puede considerarse espuria, pues antes de ella los cardenales firmaron un documento por el que obligaba al futuro elegido, uno de entre ellos, a respetar tanto sus cargos como sus numerosas prebendas.
En el año de la elección (1431) de Eugenio IV, Amadeo VIII de Saboya se encontraba en la cima de su poder. Aquel año, unas brujas que vivían en el hondón de un valle perdido acudieron a él para profetizarle que más pronto que tarde llegaría a ser papa
Impresionado por la profecía, mandó construir un castillo en Rapaille, a orillas del lago Lemán, cercando con un elevado muro el bosque que lo circundaba y, en 1434, abdicó en su hijo Luis, fundó la orden de San Mauricio, con media docena de caballeros de su corte, y se retiró al castillo recién terminado.
Mientras tanto, el concilio de Basilea proseguía sus sesiones, en medio de fuertes discusiones acerca de la validez o no de la elección de Eugenio IV, así como de la supremacía o no del concilio sobre el papa. Tal tensión alcanzaron los enfrentamientos que, ante la imposibilidad de un acuerdo, los conciliares que defendían a Eugenio IV abandonaron Basilea y corrieron a postrarse ante el papa. Corría el año 1438. Los conciliaristas no se arredraron, sino que tras pedir reiterada e infructuosamente la renuncia de Eugenio IV procedieron a su destitución.
El concilio se planteó entonces la necesidad de elegir un nuevo pontífice. Todas las miradas de los conciliaristas se volvieron hacia Luigi d'Aleman, cardenal de Arlés. Pero éste se negó a aceptar su posible designación. Debemos elegir -dijo a la asamblea- una persona con autoridad, un poderoso príncipe que ponga al servicio del Concilio, además de su energía y santidad, sus relaciones con otros príncipes, su propio estado y sus riquezas: porque de todo esto carece el Concilio y, precisamente,  todo esto es lo que va a necesitar el nuevo papa para enfrentarse con éxito a los cismáticos de  Roma y al antipapa Eugenio IV.
Después de estas palabras, el concilio ya no tuvo dudas y el 5 de noviembre de 1439 los padres conciliares designaron como pontífice a Amadeo de Saboya, quien aceptó la elección, tomando el nombre de Félix V.
De este modo se cumplió la profecía que le habían hecho las brujas ocho años antes. Lo que no se cumplieron fueron las  expectativas de los conciliares. Amadeo era bajito, más bien escuchimizado y bizco. El único rasgo de nobleza del que podía presumir era su luenga barba, pero una vez que se la raparon, aparte de las manchas que cubrían su cara, con su rostro pequeño y frío -como lo describe Eneas Silvio Piccolomini- la mirada torcida... y las mejillas flacas y caídas, más parecía un mono que un papa.
Pero esto no fue lo malo. La iglesia se encontraba de nuevo con dos pontífices. El recién nombrado, como se ve, ni siquiera era clérigo. Pero, además, no estuvo dispuesto a poner ni un solo florín para la nueva empresa. Más aún, cuando se enteró de que el concilio había suprimido los impuestos más cuantiosos para las arcas eclesiásticas, exclamó: ¿De qué vivirá el papa en el futuro? ¿Acaso creéis que yo voy a consumir mis bienes privando a mis hijos de la herencia? ¡Jamás haría algo así!
Sin embargo, una vez nombrado no era cosa de deponerlo y el papado de Félix V siguió adelante entre Basilea y el territorio de su ducado, del mismo modo que siguió el de Eugenio IV en Roma. El problema se resolvió del mismo modo que se había resuelto el del todavía reciente Cisma de Occidente, no por medios eclesiásticos, sino por el apoyo que los reyes y principales de los distintos territorios europeos prestaron a uno u otro papa, es decir, por medio del más puro juego de intereses terrenales, que era la forma en que Dios procedía por este tiempo a elegir a su principal representante.
De este modo, en 1449, Félix V acabó renunciando al papado ante Nicolás V, nuevo papa elegido por los cardenales de Roma tras la muerte de Eugenio IV. A pesar de su protagonismo en el cisma, el pontífice nombró a Amadeo cardenal de Santa Sabina, así como legado pontificio y vicario vitalicio de Saboya, cargos que ocuparía hasta el día de su muerte.

Fuentes: Así fui papa.- Pío II
             Diccionario de los papas.- Juan Decio
            La situación europea en época del concilio de Basilea.- Álvarez Palenzuela.

PS.- El castillo de Rapaille sigue existiendo. Hoy forma parte de unos pujantes viñedos que producen uno de los mejores vinos de Francia.

1 comentario:

Melastregues dijo...

Feliz año y abrazos infinitos para Lola y para ti