lunes, 30 de diciembre de 2013

Cásate y sé sumisa

                              
Manuela N. (una amiga, permitid que no diga su apellido porque no cuento con su autorización) recordaba muy bien la historia de Santa Rita de Casia (1381-1457) contada por doña Claudia, su profesora en el colegio de primaria. Desde lo alto del encerado, el moño sobre la nuca, un vestido oscuro ajustado al talle y cerrado hasta el cuello, medias gruesas y zapatos negros de charol con un tacón de apenas dos centímetros, doña Claudia abría levemente los brazos y exclamaba:
-Santa Rita fue una mujer excepcional.
Enseguida un suspiro, profundo, para atraer por completo la atención de las alumnas, todas de entre ocho y nueve años, y de nuevo su voz, de una melosidad empalagosa: Rita no se llamaba Rita, sino Margarita, el Rita era un diminutivo que le sonaba horroroso, pero que ella aceptaba con paciencia y humildad. Era una niña extraordinariamente obediente, y en esta palabreja doña Claudia hacía una pausa y miraba a sus alumnas una por una como si pretendiera fulminarlas, tan obediente, alzaba aún más la voz, como para olvidarse de su vocación de ser monja y a los catorce años aceptar casarse con un hombre al que ni siquiera conocía, sólo para cumplir el deseo de sus padres, ojo, el deseo, ni siquiera la orden.
Rita nació en Rocca-Porena, una pedanía de Casia, en la Umbría italiana. El marido era sereno en la aldea. Mucho mayor que ella, le salió bebedor y mujeriego. La maltrataba. Le propinaba enormes palizas que más de una vez pusieron a Rita al borde de la muerte. ¿Y cómo respondía ella a aquel comportamiento? Perdonando a su hombre. Siempre. Paliza tras paliza. Rogando a Dios no que terminara aquel suplicio, sino por la regeneración del marido, para que su marido se arrepintiera de sus maldades y volviera a la senda de los buenos cristianos.
Dos hijos tuvo con aquel malvado, mellizos, y los dos le salieron clavaditos al padre. Ya desde la misma cuna constituyeron una tortura para la madre, tortura que fue aumentando y acentuándose con toda clase de vejaciones orales y físicas a medida que los niños crecían y llegaban a la adolescencia. Y aquí, doña Claudia abría por completo sus brazos, alzaba su cabeza y exclamaba:
-Ved cuán tortuosos, cuán lóbregos pueden llegar a ser los caminos del señor.
¿Y para qué tanta tortuosidad y lobreguez? Con el objeto de ejercitar nuestras almas ante las continuas tentaciones de Satanás. Ante aquellas pruebas, la buena de Rita ni desfallecía ni desesperaba. Ni un reproche siquiera salía de sus labios. Sólo oraciones, de la mañana a la noche. ¿Y qué le pedía al altísimo? El sacrificio mayor que una esposa y madre puede desear: ver a su marido y a los hijos de su sangre muertos en paz con Dios antes de que, por la senda que andaban, acabaran en el infierno. ¡Y lo logró! Marido e hijos, estos poco más que adolescentes, murieron en sus brazos reconciliados con el Creador. ¡Un milagro!
-Porque cuando se las pedimos con verdadera fe, Dios escucha siempre nuestras súplicas -aseveraba doña Claudia, los ojos en blanco y la respiración agitada.
Libre de las cargas familiares, Santa Rita pretendió entrar en el convento de la agustinas de Casia, pero las monjas le vetaron la entrada, con el argumento de que sólo admitían vírgenes. Nuevo milagro: la viuda apareció un día dentro del recinto, a pesar de sus altos muros y de sus formidables puertas firmemente cerradas. El mismo San Agustín la trasladó en sus brazos. La madre superiora no tuvo más remedio que admitirla.
En el convento no cesó Dios Nuestro Señor de obrar prodigios maravillosos a través de ella. En primer lugar, los estigmas, el más doloroso de los cuales una astilla de madera que el propio Cristo en persona le clavó en la frente, en memoria de la corona de espinas que le había desgarrado la cabeza a Él. Florecían además las rosas en pleno invierno sobre un lecho de nieve, plantas que ya murieron reverdecían y volvían a dar flores, pajarillos de variado plumaje entonaban dulcísimos himnos a su paso.
Doña Claudia enlazaba aquí sus manos en el pecho, suspiraba casi en éxtasis y concluía:
-A su muerte su celda exhalaba un perfume dulcísimo -pausa, larga, y vuelta a la normalidad-. Santa Rita murió hace más de quinientos años, pero su cuerpo no conoció la putrefacción, incorrupto se conserva en la basílica de Casia construida exprofeso poco después de su santificación por parte de León XIII.
Sí, mi amiga Manuela N. recordaba muy bien aquella historia y la forma de contarla de doña Claudia. Era el modelo de mujer que la Iglesia había impuesto durante mucho tiempo en los territorios en los que se había instalado: esposa y madre sufrida y fervorosa o monja. En Santa Rita se habían cumplido las dos en una sola persona. Un modelo medieval que, a juicio de Manuela, no había producido más que dolor, montañas y montañas de dolor para el género femenino.
Soltera porque quería, todavía de magnifico ver a sus cincuenta y dos años y con media docena de amantes a sus espaldas, gracias a que en los últimos decenios la mujer había conseguido conquistar no toda, pero sí buena parte de su libertad, Manuela recordó aquella historia porque era el día de su cumpleaños y había recibido un  regalo que, cuando menos, le pareció anómalo. Todos sus amigos le habíamos hecho muchos regalos, pero una compañera del instituto en el que daba clase de Ciencias Sociales, le había regalado Cásate y sé sumisa, de Constanza Miriano, el libro que había publicado en España el arzobispo de Granada y con el que, a juicio de Manuela, la indecente italiana y el no menos indecente arzobispo pretendían volver a la Edad Media.
Manuela pensó que aquel regalo era una broma, a pesar de que quien se lo había hecho era miembro del Opus y la dedicatoria no era nada alentadora. En cualquier caso, tan pronto como se marchó de su casa el último de sus amigos, Manuela tomo el libro y entró con él en el cuarto de baño. Allí, una tras otra, fue arrancando todas sus hojas y, tras trocearlas en pedacitos, las fue echando al inodoro. De cuando en cuando vaciaba la cisterna, convencida de que, si no actuaba con cuidado, podía producirse un atasco de proporciones inimaginables.

P.S.- Nada de esta entrada es imaginario. Todo lo que en ella se cuenta es absolutamente verídico.

4 comentarios:

Grillo dijo...

Qué cosas cuentas !
Creo a ojos cerrados que es todo cierto, real.
También a mi - a nosotros en el cole religioso - no contaban unos camelos, tan camelos y tan pormenorizados que incluso siendo niños la mitad de la clase no nos creíamos nada. Eso sí: tomábamos buena nota, no fuera que al día siguiente le preguntaban a uno ¿Qué fue del santo niño Tarsicio?
- Pues que 'los malos' lo apiolaron mientras guardaba el copón contra su pecho.
De verdad, luego en la calle decíamos que aquél pobre chavea era bobo y le tocaron tiempos difíciles...

Feliz año.

Feliz 2014.
Grillo

Paco Muñoz dijo...

Quiero pensar que Manuela N. no creía en la historia a pesar de recordarla de pe a pa, la prueba el deshojado del panfleto de otra sumisa. Pero la historia de la "santa" a pesar de las fumadas de la narradora o de quien la escribiera, puede ser real, la sumisión era así y maridos hijos de puta e hijos también, los ha habido y habrá siempre. Lo que esperaba leer, y no sé, es de que viene eso de "Santa Rita, Santa Rita, lo que se da no se quita"
Un abrazo Rafael

Molón Suave dijo...

Grillo: Así está contada la historia de Santa Rita de Casia por la Iglesia católica, y así la contaba aquella maestra (me consta) a la que sólo cambié el nombre.
Lo de San Tarsicio es acojonante. Pero no se queda atrás lo de Santo Dominguito Savio. Todavía recuerdo la revista guarrilla (para la época, señoritas en bikinis) que rompí en un arrebato místico por influencia de su historia.
Feliz Año.

Molón Suave dijo...

Paco: Todo es real, Manuela existe y Santa Rita de Casia también. Su historia está exagerada en cuanto a los milagros, claro, pero en lo demás es absolutamente verídica. Tuvo ese marido, tuvo esos hijos, los tres murieron, se quedó viuda y entró en un convento, no sin grandes dificultades por su condición de viuda.
Ahora bien, hay tres santas Rita. No sé de cuál de ellas si dice ese refranillo. Pero prometo averiguarlo.
Feliz año.