domingo, 10 de noviembre de 2013

Sor Magdalena

Cabe la posibilidad de que sea eterna. Quizás por ello nadie conoce con exactitud su lugar de nacimiento. Algunos lo sitúan en el sur y hasta se atreven a señalar una localidad y una fecha. Dadas las características del personaje, no sería de extrañar que esos tales estuvieran en lo cierto; no obstante, teniendo en cuenta la enorme variedad de elucubraciones que al respecto existen, nosotros silenciaremos los nombres y nos limitaremos a dar exclusivamente cuenta de los hechos.
Naciera donde naciera, es cosa cierta que, desde que era un bebé, sus padres le inculcaron con tesón la piedad cristiana. Magdalena, una niña impresionable, acogió aquella educación igual que la mejor tierra la semilla de trigo.
A los cinco años, como muestra precoz de lo que iba a ser su vida en lo sucesivo, tuvo su primera visión: un ángel divino emergiendo de un manto de luz que la tuvo ciega durante varios días. Poco después recibió la visita del mismo Jesucristo. Éste le pidió que se crucificara, como lo habían crucificado a él, y la niña, ni corta ni perezosa, agarró unos clavos y un martillo y se perforó manos y pies dispuesta, no sabemos bien cómo, a clavarse en la pared de su cuarto. El propio Cristo le arrancó los clavos y le curó las heridas, dejándole no obstante una señal en sus manos, consistente en el anquilosamiento de los dedos meñiques, que se le quedaron de por vida ridículamente más pequeños de lo normal. Por aquella época, acostumbraba a retirarse para orar a una oscura cueva distante media legua de su casa. Muchas tardes, ya oscureciendo, acudía a ella y luego, por inexplicable teletransporte, despertaba en la cama de su casa empezando a clarear el día.
Vendría a tener Magdalena unos doce años de edad cuando una noche, dicen que de agosto y extremadamente calurosa, recibió la visita de un apuesto y, al parecer, bellísimo mancebo, quien le aseguró que, si ella no ponía objeción, la acompañaría el resto de su vida, convirtiéndola en santa si hacía todo lo que él le dijera. ¿Quién hubiera tenido fuerzas para negarse a una compañía y a un ofrecimiento semejantes? Seamos sinceros: nadie. Mucho menos Magdalena que, anhelante de santidad, asintió llena de gozo, del mismo modo que hacía tanto tiempo había aceptado una visita semejante la Virgen María. Consta que a partir de aquel momento su fama de santidad traspasó las fronteras de su aldea y se fue extendiendo por el país como un reguero de pólvora.
Allá por los albores del siglo XVI está documentada su profesión en un convento de Córdoba. Oh, y aquí sí que fueron prodigiosos sus prodigios. Lo primero, los estigmas, llagas en las manos, en el costado y en los pies, llagas que no cerraban nunca y que le producían un continuo tormento. Luego, los éxtasis, semanas y semanas sin comer, hasta siete años a sólo un mendrugo de pan y un vaso de agua diarios,  las levitaciones, el halo luminoso que envolvía su rostro y hasta la predicción del futuro. ¡Cómo creció su fama entonces! ¡Y cómo los necesitados de milagros acudían al convento, en una mano su petición y en la otra su óbolo! ¡Hasta Carlos I, el todopoderoso emperador, envío la mantilla del futuro Felipe II para que Magdalena, ya sor Magdalena, la bendijese! ¿Fue gracias a esta bendición que Felipe II sería luego tan aficionado al esoterismo y a las reliquias, a todo lo que desprendía el tufillo de milagroso?
¿Y qué fue, la envidia o el rencor por una petición no satisfecha? No hay certeza. La historia es confusa en este punto. Al parecer, el mancebo que, fiel a su promesa, la acompañaba, siempre de forma invisible, tomaba cuerpo y se materializaba por las noches en la celda de sor Magdalena, cuyas exclamaciones de gozo se escuchaban en todo el convento. Es posible que una monja denunciara estas apariciones. O el capellán. O un arriero que pasaba por allí y que, a pesar de haber dejado una buena limosna al convento, no consiguió que sor Magdalena curara la cojera de una de sus mulas.
Sea como fuere, lo cierto es que intervino la Inquisición y que un oportuno encierro en las mazmorras inquisitoriales junto con un par de interrogatorios fueron suficientes para arrancar a sor Magdalena la confesión de que todo, desde las llagas hasta los ayunos, era una superchería y que el mancebo que la visitaba no era otro que el demonio. La Inquisición fue benigna con ella. No la mandó a la hoguera, como acostumbraba, sino a un convento del norte, de donde no debería salir el resto de su vida.
¿Qué ocurrió? ¿Murió en el convento? No. ¿Escapó de él? Así debió ser, puesto que un siglo más tarde testigos de probada probidad dan cuenta de su aparición en Portugal. Se había cambiado el nombre. Ahora se hacía llamar sor Visitación y estaba algo más vieja, pero era ella, sin duda, sor Magdalena. Parece que el mancebo la había abandonado, pero de nuevo surgieron las llagas y los éxtasis y los ayunos y la iluminación del rostro, todo. De nuevo voló su fama de santa por todo el país. Más, ay, que la pobre monja no iba a tener reposo. Otra vez una denuncia la puso en manos de la Inquisición y ésta, de nuevo benévolamente, la volvió a encerrar en un convento.
Tampoco murió en este nuevo encierro. Debió escapar de él, como escapó del primero, porque dos siglos más tarde, es decir, en el XIX, se presentó nada menos que en Madrid. Otra vez se había cambiado el nombre. En su documentación figuraba como sor Patrocinio, pero era ella, todo el mundo lo sabía, sor Magdalena. En esta ocasión la acompañaba un fraile capuchino, cuentan testigos que algo rijoso, el cual le había hecho entrega de una reliquia por cuyos méritos la buena monja pudo recuperar sus prodigios. Su fama creció tanto que llegó a entrar en la Corte, convirtiéndose en consejera de Isabel II y de su delicado marido. Pero estaba visto que sor Magdalena no había de disfrutar mucho tiempo de sus éxitos. En esta ocasión, no fue la Inquisición -ya no existía-, sino la revolución la que dio al traste con su labor. Gentes mal encaradas fueron una noche a por ella con no muy buenas intenciones y la monja se vio obligada a huir a Francia.
No, tampoco murió en Francia. Nada menos que a finales del siglo XX se encontraba de nuevo en Córdoba en un nuevo convento, del que rápidamente fue nombrada abadesa. Había aprendido mucho en los últimos siglos y ya no quería saber nada de prodigios ni de artimañas ni de nada. Sólo quería vivir en paz y sufrir con paciencia algunos achaques que arrastraba, especialmente una vieja artrosis que le producía constantes dolores. Otra vez había cambiado su nombre. En esta ocasión -los tiempos ya no eran los mismos- disponía de un brillante Documento Nacional de Identidad en el que constaba el nombre de Isabel. Alguien, ¿el antiguo mancebo, el franciscano?, no se sabe, pero alguien le ofreció la semilla de una planta prodigiosa que aliviaría tanto sus sufrimientos físicos como los espirituales. La monja sembró las semillas en el huerto del convento y unas semanas más tarde el huerto se había convertido en un verde y lujuriante paraíso. Ah, qué feliz fue entonces sor Magdalena y con ella toda la comunidad. La hierba era de fumar, pero ellas la tomaban en infusión, tacita va y tacita viene, todo el día dale que dale, con lo que su contento no terminaba nunca.
Jamás vivieron mujeres tan alegres entre los muros de aquel convento. Dícese que sus risas, sus carreras, su alborotos eran la mejor oración que había subido nunca a las alturas, que nunca estuvo la comunidad tan cerca de Dios. Un milagro real, verdadero, sin trucos ni supercherías.
Más, ay aflicción, que a sor Magdalena no la había destinado el Señor para el gozo, sino para el tormento. Toda la vida hubieran podido las monjitas vivir con aquella nueva felicidad, si, con la excusa de su estado semirruinoso,  al obispado cordobés no se le hubiera ocurrido iniciar los trámites para vender el convento a una inmobiliaria, con vistas a construir un hotel. Una inesperada visita de ciertos miembros prominentes del cabildo catedralicio puso al descubierto el pastel que se cocía en el huerto y sor Magdalena fue desterrada de nuevo a algún convento del norte cuyo nombre y localización se ignoran. Algunos creen que allí, por fin, terminará su vida. Pero son legión los que están convencidos de que algún día, cuando menos se espere, reaparecerá otra vez dispuesta a proseguir su camino de gloria y de dolor.

Fuentes: Son tan numerosas y dispares que es mejor no mencionar ninguna para no volver loco al posible lector, aunque a Dios ponemos por testigo de que todos y cada uno de los hechos aquí narrados son absolutamente verdaderos.
 

5 comentarios:

Numeros dijo...

Curiosidades de la vida. Los tan cacareados estigmas de la cruz son TODOS falsos. A Jesús no le clavaron las manos. Los clavos iban en las muñecas, entre el cúbito y el radio.

Si los clavos hubiesen estado en las manos, éstas se hubiesen desgarrado porque no pueden aguantar el peso del cuerpo. Además de hacerlo así no se hubiese cumplido la profecía:

Jn 19:36 Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliera la Escritura que dice: “No le quebrarán ningún hueso.”

Molón Suave dijo...

¿Quiere eso decir que todos los que han sufrido estigmas son unos falsarios? Yo creo que no. Lo que prueba es la fuerza de la psiquis sobre el físico.

En efecto, esa es la cuestión principal de los evangelios, QUE SE ESCRIBIERON PARA QUE SE CUMPLIERAN LAS ESCRITURAS.

Numeros dijo...

Lo siento pero me he explicado mal. Efectivamente los estigmatizados no tienen porque ser necesariamente unos falsarios: para ello tendrían que haberse hecho ellos mismos los estigmas.

Lo que quería decir es que los estigmas no salen donde deberían salir, por lo tanto su origen no puede ser divino y su razón debe ser terrenal.

Paco Muñoz dijo...

Al pronto pensé ¡Leche! María Magdalena pero no, me había dejado llevar, Sor Magdalena. Durante el desarrollo de su azarosa y placentera a la vez vida (por el mocito pinturero)pensé otra vez, esta era la que sin salir de su habitación lo sabía todo, la del convento de Santa Inés a la que el "mocito" le contaba por la noche lo que ocurría en la ciudad, pero no, no era tampoco. Después cuando se fue a Madrid, pensé, a que ahora va a ser Sor María (la que no sabemos si ha muerto o no), seguro, pero tampoco. Y al final se quedó en el último traslado, bueno penúltimo, porque seguro aparece de nuevo. Eso sí lo que no sabemos es si la hipoteca o el préstamo lo pagó o no. Un abrazo.

Molón Suave dijo...

Psco: Todos los hechos narrados son reales. Lo único inventado es otorgárselos a una misma persona que va perviviendo en la historia. La primera, sor Magdalena de la Cruz, da nombre a las demás. Esta fue una monja iluminada cordobesa, del convento de Santa Isabel. Las otras se deducen fácilmente, aunque la última sólo si eres cordobés. Eso sí, lo de la hierba mágica, que también es auténtico, no creo que sean muchos los que lo sepan. Un abrazo.