domingo, 24 de noviembre de 2013

Jericó

¡Qué bellas eran las historias de la Historia Sagrada y con qué fervor, con qué donosura nos las contaba en el colegio don Antonio, el joven sacerdote salesiano!
Jericó, por ejemplo.
En aquellos días azules de la infancia, con la imaginación acuciada casi siempre por el hambre, las palabras de don Antonio penetraban a través de nuestros oídos como seductores caramelos de miel que nos llenaban de entusiasmo y de fervor.
La de Jericó era una de nuestras favoritas. Elegido por Yahvéh tras la muerte de Moisés, Josué fue el gran héroe destinado a tomar posesión de la tierra prometida. Esta posesión, apropiación realmente y, aun mejor, conquista, no fue pacífica. Aquella no era una tierra baldía, sino que estaba poblada, sin duda, por gentes más civilizadas que los israelitas, pues ya vivían en ciudades, en tanto los hijos del pueblo escogido por Dios no habían dejado de ser medio nómadas, a pesar de su larga estancia en el avanzado Egipto. Ninguna de estas cuestiones le interesaba al sacerdote. A nosotros tampoco. A don Antonio porque, a no dudar, conocía la historia completa y a nosotros porque, por nuestra edad, teníamos vedado aún aquel conocimiento. Al salesiano lo único que le interesaba transmitirnos era la intervención de Dios en apoyo de los judíos. Y a nosotros el maravilloso prodigio que aquella intervención representaba.
Jericó fue la primera ciudad con la que se encontraron los israelitas nada más cruzar el Jordán. Se trataba de una ciudad importante, con formidables murallas ante las que, de atacar, se estrellarían sin remedio las fuerzas israelíes. Mas, allí estaba Yahvéh para allanar el camino a su pueblo. Un heraldo suyo le indicó a Josué la estrategia a seguir. Bastarían siete días para que la ciudad cayera en su poder. Y sin lucha. Y aquí la voz del sacerdote adquiría tonalidades no sólo de miel, sino hasta de ambrosía. Cómo podría hacerse algo así. Sencillísimo. Durante siete días el pueblo debería dar una vuelta completa alrededor de la muralla, con el arca de la alianza al frente y siete sacerdotes tocando sendas trompetas detrás. El séptimo día, al terminar la vuelta, el pueblo entero debería prorrumpir en un potente clamor y la muralla se vendría abajo.  Y, ¡oh maravilla!, tal y como había anunciado el heraldo divino, la muralla cayó y de este modo tan sencillo, los israelitas se hicieron con la ciudad.
Esta historia la cuenta la Biblia en el libro de Josué, capítulos seis y siete. Don Antonio la embellecía, no tanto por su forma de narrarla, sino, mucho más, por silenciar un detalle que la convierte en un acontecimiento bárbaro y aterrador. Dios ordenó a Josué que Jericó fuera consagrada al anatema. Este término ha ido perdiendo fuerza a lo largo del tiempo. En la actualidad, significa reprobación, condenación, en el ámbito de la vida civil; en el ámbito de la religión católica significa excomunión, especialmente la que se promulga con solemnidad e imprecaciones. En la Edad Media, el término tenía un significado exclusivamente religioso y constituía una maldición que arrojaba a quien la recibía fuera de la Iglesia y de la sociedad civil. En la Grecia clásica, el anatema era únicamente una ofrenda hecha a los dioses. Para los judíos de la Biblia, en cambio, era una maldición divina que podía ser dirigida tanto a personas como a cosas y que conllevaba el exterminio o destrucción de unas y de otras.
Tras la caída de las murallas, pues, Jericó debía ser completamente destruida. Y así fue. Consagraron al anatema -dice la Biblia- todo lo que había en la ciudad, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, bueyes, ovejas y asnos, a filo de espada. Luego los israelíes, sigue contando la Biblia, prendieron fuego a la ciudad con todo lo que contenía. Sólo la plata, el oro y los objetos de bronce y de hierro los depositaron en el tesoro de la casa de Yahvéh. Únicamente la ramera Rajab, que había protegido a los espías enviados por Josué, y su familia, se libraron de la matanza.
Ahora bien, hubo un judío, Akán, hijo de Zéraj, de la tribu de Judá, que, obviando el anatema, guardó para sí un hermoso manto de Senaar, doscientos siclos de plata y un lingote de oro de cincuenta siclos de peso. Tal delito, considerado como un sacrilegio, trajo consigo, según cuenta la Biblia, la derrota de los israelíes a manos de los habitantes de la ciudad de Ay. Cuando Josué, que tenía contacto directo con Él, se quejó ante Yahvéh de haber abandonado a su pueblo, incumpliendo su promesa de entregarle la tierra prometida, Yahvéh le informó de la violación del anatema, exigiéndole el descubrimiento del culpable y su destrucción por el fuego, junto con su familia y todas sus pertenencias. Los versículos diez a quince del capítulo siete del libro de Josué, en los que se narra la decisión divina son tan sobrecogedores como repugnantes para cualquier ser medianamente civilizado. Al día siguiente, el culpable fue descubierto y él y toda su familia y sus bienes entregados al fuego, en un lugar al que llamaron Valle de Akor, palabreja que viene a significar traer la desgracia.
Si los católicos leyeran la Biblia, en lugar de conformarse con las historias que les contaban en su infancia, seguramente experimentarían tanto pavor como asco ante este Dios obsceno y terrible al que dicen adorar, que se gloria con el asesinato en masa de unas de sus criaturas a manos de otras creadas igualmente por él. La Iglesia, a la que le gusta muy, pero muy poquito el Viejo Testamento, aunque no reniega de él, hace hincapié en el Evangelio para presentar, a través de Cristo, a un Dios justo, pero bondadoso y lleno de misericordia y de amor. Pero si, como los teólogos afirman, las tres personas de la Trinidad constituyen un solo Dios, es evidente que tanto Yahvéh es Jesús, como Jesús es Yahvéh y, por tanto, el Evangelio no sería más que una operación de marketing para seguir vendiendo la religión a una humanidad evolucionada que ya no podía, ni puede, aceptar las ínfulas asesinas de los viejos dioses.

4 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Es curiosa y evidente la maldad que encierran esas escrituras. Claro escritas por unos en su favor para engañar, y en eso no se ha perdido la costumbre al que sustenta el invento, al pueblo, y atemorizarlo con las consecuencias de no cumplir lo previsto, o el anatema. El pueblo elegido por uno de los miles de dioses que pululan por la tierra.

Ayer, en la manifestación contra la violencia en las mujeres que no genero, unas chicas llevaban un cartel en el que cuestionaba la injerencia de la iglesia en la sociedad, yo, que me meto hasta en los charcos para meterme en todo, como la abuela del chiste, les dije sí muy bien, pero luego a casarse por la iglesia, o a "recomendar" al compañero hacerlo. Una me dijo, yo no me voy a casar por la iglesia, tajantemente. La otra me dijo que la iglesia hacía cosas muy buenas, y la iglesia no era solo la oficial, que ella era cristiana pero que no compartía muchas cosas y que no se iba a casar por la iglesia tampoco. Me añadió que había muchas iglesias y que esas no querían la injerencia en asuntos civiles. Lo comprendí lo mismo que comprendo a muchos cristianos que quieren serlo en su ámbito privado, y huyen de los rosarios magnos, concentraciones magnas y folklore. Lo que pasa es que contradicen a sus normas y les pueden aplicar el anatema de la desobediencia.

Otra cosa curiosa que siempre me ha llamado la atención sobre las historias de la iglesia, es el odio que alimentaba contra los judíos el fascismo, que no franquismo, cuando en realidad era el pueblo judío el que sustentaba su religión, a demás de que el referente sagrado era también un judío. Bueno, no hay nada más que acordarse de aquella mixtura compleja o amalgama imposible, la confabulación marxisto-judeo-masónica contra el fascismo.

Un abrazo y siempre se aprende en el Cuaderno Escarlata.

Molón Suave dijo...

No pude ir a la manifestación. Lola tiene un catarro gordo, lleva tres días afónica y con algo de fiebre. Pero tienes razón: mucha pancarta, pero luego se casan por la Iglesia. Es verdad que las bodas civiles superan ya a las religiosas, pero eso es únicamente por el efecto de los divorciados, que no pueden volver a casarse por la Iglesia, porque ésta no admite el divorcio.
Cierto también, los judíos tienen en su contra el acotamiento étnico, como consecuencia de su religión. Esto los lleva al aislamiento en el seno de las sociedades en las que se instalan. Además, como pueblo elegido por Dios, se consideran superiores, circunstancia que, junto a la anterior, hace fácil que se despierte el odio hacia ellos y que cualquier gerifalte mueva a la gente en su contra. La historia está llena de ejemplos.
La chiquita de la manifestación está completamente equivocada: la Iglesia no hace cosas buenas; hay organizaciones dentro de la Iglesia que sí las hacen, lo que no es lo mismo. Por ejemplo, Cáritas. Esta ONG sólo recibe de la Iglesia el 2% de su presupuesto, el resto, es decir, el 98% lo recibe del Estado y de particulares, que pueden ser católicos o no. Hay cristianos de base que también hacen cosas buenas. La primera no estar de acuerdo con la mayoría de las actitudes y directrices de la jerarquía, aspirando a cambiar dichas actitudes y directrices, sin darse cuenta de que no lo lograrán jamás. Toda esta gente de buena voluntad, al no abandonar a la Iglesia, que es lo que deberían hacer si fueran sensatos, lo que hacen es mantener con vida al monstruo que, como se ve en Córdoba con el chorro de procesiones de actos de fe con que nos adoban a diario, puede estar herido, y de hecho lo está, pero no por ello es menos dañino.

Grillo dijo...

Si no recuerdo mal... los cristianos se pasaron un par de siglos medio escondidos en las catacumbas. Como entonces no sabían escribir, la tradición se la iban pasando boca-oído: lo que creían o pensaban hacer. Una vez liberados o permitidos ¿Fué el emperador Contanstino a instancias de su madre quien abrió la veda?

Entonces los disparates que empezaron a escribir - quienes ya sabían hacerlo - fueron de risa. Y así proliferaron biblias a porrillo. Fue muchos siglos después cuando un Papa se plantó y dio por única y verdadera la que actualmente se lee.

Un disparate, insisto, infumable y que solo se creen las beatas o los niños adocenados en los colegios religiosos, hasta que se hacen adultos con criterio y abandonan la fe y cuestionan los dogmas .

Pero a ver quién es el GUAPO capaz de borrar o destruir una sociedad, una empresa, que lleva más de dos mil años en marcha, guerreando y saliendo a flote por fas o nefas. Eso ya no lo echa abajo ni DIOS. ¿no dijo Aristóteles que Dios no podía desdecirse?

(Chiste malo: Ya veis que la Lotería Nacional, prácticamente creada hace nada en comparación, NO se viene abajo a pesar del estúpido y carísimo anuncio de este año...)

El antiguo testamento es una de las mayores salvajadas que jamás se ha escrito.
Respecto a los judíos, Israel, los terrenos ocupados y el monumental lío (solo hablan judío unos 7 millones de personas; hay casi el triple que hablan swahili) siempre me pareció un asunto estrafalario/atrabiliario. Ellos se toman así mismos por EL PUEBLO ELEGIDO y van por ahí dando la vara, con superioridad, y así ocurre los palos que les dan.
Lo de Hitler no tiene perdón: es el mayor carnicero loco y despiadado asesino de la Humanidad.
Pero ahora ha cesado su persecución tan masiva y enloquecida... y, como son 'los elegidos', volverán a mearse fuera del tiesto en cuanto tengan oportunidad (armamento y espías no les faltan) y volverá otro iluminado a diezmarlos. Asi lo creen: se llaman también 'el pueblo errante' y 'erran' y yerran'.

Biblias, mitos y leyendas aparte, a los efectos prácticos y personales, de la vida diaria, a mi un judío me parece un tipo como yo. Pero si un semejante, blanco, verde, islamista, malagueño mormón o judío se me sube a las barbas, le arreo un soplamocos y que no me tachen de discriminatorio ni racista. Un borde es un borde y le aguanto lo mismo de poco en Álora como en Sebastopol.

De las niñas pijas creyentes o no, os contaré otro día algunas anécdotas contradictoias de mucha risa.

[Tío, porfa, usa una tipografía mayor. Esa letra tan menuda y sin párrafos separados me va a dejar cegatón perdío. Gracias.]

Molón Suave dijo...

Grillo: he estado unos días fuera de contexto y no sé de cuando es tu comentario. Lo descubro ahora y como no me gusta dejar ninguno sin contestar, ahí va, tras pedirte perdón por el posible retraso:
La primera Biblia que utilizaron las comunidades cristianas fue la conocida como de los 70, traducción al griego de viejos textos judíos escritos en arameo y en hebrero, hecha por setenta dos fulanos judíos (se llama " de los 70" para abreviar) La primera propiamente cristiana (si así puede llamarse) es la Vulgata, una traducción al latín de la de los setenta mandada hacer al papa Dámaso por San Jerónimo.
Esto en cuanto al Antiguo Testamento. El nuevo es mucho peor. No existe original de los canónicos, es decir, de los que acepta la Iglesia. Los que hay son copias de copias. Cada comunidad cristiana manejaba una copia más o menos parecida. En el siglo IV se procedió a la refundación de todas o parte de esas copias. Esto se hizo bajo el control de Constantino, que eligió a los "sabios" que debían realizar el trabajo, el primero de ellos el célebre Eusebio de Cesarea, seguramente el historiador más embustero de la historia. Constantino era todavía pagano, pero comprendió que en aquel momento necesitaba una religión única en el imperio que le permitiese mantenerlo unido más fácilmente. Entre los diversos cristianismo existentes en el momento se inclinó por el católico, no sólo porque parecía ser el más numeroso, sino también el más dócil y cercano al poder. Como se sabe, Constantino murió cristiano, pero no católico. En su leche de muerte fue bautizado por un obispo arriano. El joío se lo quiso llevar to p'alante: el poder en la tierra y la gloria en el cielo. La madre de Constantino no influyó prácticamente nada en su política con relación a los cristianos, salvo en su apego a los católicos, bastante exagerado por estos.
Por lo demás, todo lo que dices del Pueblo Elegido y los de Málaga, etc, cómo no estar de acuerdo. Los judíos, indudablemente, han sufrido lo suyo a lo largo de la historia, pero también han jugado y juegan al victimismo. Y, naturalmente, ese empeño de ser el Pueblo Elegido les atrae, como mínimo, la hincha de los demás. Es un poco lo que ocurre con el chuleta del barrio (quitando lo chusco de la comparación)Pienso que seis millones de muertos no dan derecho a montar la que tienen montada en estos momentos.
En otro orden de cosas, yo de ordenadores y de blogs sé lo mismo que de telesféricos (tengo vértigo. Ahora bien, en honor a ti voy a ver si soy capaz de poner la letra más grande en mis entradas.