lunes, 4 de noviembre de 2013

El nombre de los papas

Cuando yo era adolescente y buena parte de mi vida se desarrollaba aún en el seno de la Iglesia, una de las cosas que más despertaba mi curiosidad era el nombre de los papas, cuál era la razón por la que los papas cambiaban de nombre cuando ascendían al trono pontificio. Ninguno de los sacerdotes a los que les hice la pregunta me dio la misma respuesta. Para unos se trataba de humildad, el papa cambiaba de nombre para mostrar a la totalidad del genero humano que su nombramiento no se debía a sus cualidades sino a la libre y directa designación de Dios. Según otros, con aquel cambio se ponía de manifiesto que a partir del momento de ser nombrado el papa dejaba de ser una persona normal para convertirse en Vicario de Cristo. Otros, en fin, aseguraban que de aquel modo la Iglesia ponía de relieve que la autoridad del papa, jefe supremo y omnímodo de los católicos, no sólo no tenía nada que ver con la de los reyes y altos mandatarios de las distintas naciones, sino que era muy superior, por ser de orden espiritual.
Ninguna de estas respuestas respondía a la verdad. Se trataba, cosa rara, de desconocimiento de la historia o, mucho más probablemente, de una más de las mentiras más o menos piadosas con las que pretendían endulzarme la realidad, al tiempo que, en este caso, conferían al papa un carisma mayor aún del que de hecho poseía.
La verdad es mucho más prosaica. También más terrenal, tan terrenal que pertenece al juego de la pura política. Hasta la mitad del siglo X los papas y antipapas que se sucedieron en Roma conservaron su nombre cuando accedieron al papado, desde el mismo San Pedro, dando por buena la relación que contiene el Liber Pontificalis, hasta Agapito II (946-955).
El X es un siglo sobre el que la Iglesia prefiere pasar de puntillas. Nada menos que nueve papas murieron asesinados, de los veintisiete que se sucedieron a lo largo de él. Una familia, los Túsculos, patronímico que tiene su origen en Tusculum, ciudad etrusca del mismo nombre, situada a unos veinticuatro kilómetros de Roma y cuyas ruinas pueden contemplarse en la actualidad, controla en la Ciudad Eterna el poder político y el espiritual. Tres mujeres de esta familia son las verdaderas protagonistas de tal poder, Teodora, esposa de Teofilato, el primero de los Túsculos y senador romano, y sus hijas, Teodora (mismo nombre de su madre) y sobre todo Marozia. Liutprando de Cremona, cronista de la época, trata a estas tres mujeres de prostitutas. Es posible y así lo sostienen algunos eruditos que Liutprando exagerara, pero lo que nadie discute es que estas damas hicieron un uso amplio de su cuerpo para alcanzar el poder o para mantenerlo.
Marozia, por ejemplo, que es la que más nos interesa en esta ocasión, siendo aún una bella y rozagante adolescente, fue amante del papa Sergio III (904-911), con el que llegó a tener un hijo, al que puso por nombre Juan, el cual, andando el tiempo, alcanzaría el solio pontificio como Juan XI (931-935). Tras la muerte de Sergio III, Marozia contrajo matrimonio con Guido de Toscana, con el que tuvo otro hijo, Alberico. Siendo ya papa su hijo Juan, Marozia enviudó. Entonces ofreció su mano (cabe decir mejor su cuerpo) a Hugo de Provenza, rey de este territorio y también de Italia, con la idea de que el papa lo coronara emperador y de este modo ella se convertiría en emperatriz. Contra esta trama se alzó Alberico, el hijo de Marozia y, por tanto, hermanastro de Juan XI, quien, al frente de la nobleza y del pueblo romanos alejó a Hugo y encarceló a su madre y a su hermanastro (932). Marozia y Juan XI no salieron de la prisión. En ella fueron asesinados por orden de Alberico en 935.
Este Alberico, Túsculo de los pies a la cabeza, era un señor de armas tomar. Logró hacerse con todo el poder y entre el 932 y el 946 reinó como príncipe y senador de los romanos, aunque su cargo oficial era el de Prefecto. En su lecho de muerte logró arrancar de los nobles y del clero de Roma la promesa de que tras la desaparición del papa Agapito II, a la sazón reinante, fuese designado papa su hijo Ottaviano, conde de Tusculum.
Así sucedió. En 955, tras la muerte de Agapito II, Ottaviano subió al trono papal. Sólo tenía dieciocho años, pero ya era también, por herencia paterna, Prefecto de Roma, reuniéndose así en su persona el poder temporal y el espiritual. Ottaviano era un buen elemento. Más que el ejercicio de sus cargos, a él lo que le interesaba era la caza, la buena comida y, sobre todo, las mujeres, de las que gozó en abundancia y variedad. Memorable son sus relaciones con el emperador germano Otón I, llenas de zalamerías, súplicas y traiciones por parte del pontífice. Pero lo que en este momento más interesa de esta historia es que para diferenciar un cargo u otro de los dos que ostentaba, cuando firmaba documentos civiles lo hacía como Ottaviano, su nombre, y cuando los documentos eran eclesiásticos lo hacía como Juan. Con este nombre, como Juan XII, pasó a la historia, iniciando así, de un modo en absoluto trascendente o espiritual la costumbre del cambio de nombre por parte del elegido papa.

Fuente:
Los círculos del poder.- Antonio Castro Zafra
Diccionario de los papas.- Juan Dacio.
Historia de la Iglesia.- José Orlandis.

 

12 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Juan XII es probablemente el que ostenta el liderato en maldades y corrupciones entre los sumos pontífices, lo cual ya tiene mérito. En todos los textos sobre los papas (siempre escritos por anticlericales, claro) no falta. Lo que no sabía es que fue quien instituyó la costumbre del cambio de nombre, siempre se aprende algo. Aún más importante que eso fue que le regaló el título de emperador a su aliado Otón, dando origen a una entidad política que duraría hasta Napoleón.

En todo caso, al margen de juicios morales, lo que es evidente es que la Iglesia y los papas han sido fundamentales en la historia de occidente hasta hace casi nada (y ese minúsculo Estado sigue contando mucho en el mundo actual).

Lansky dijo...

En cierto modo cambiarse de nombre para ejercer el oficio, o mantener dos para distinguirlos, lo hacen casi todos los artistas, desde Picasso a Monet.

Del comentario anterior: "En todos los textos sobre los papas (siempre escritos por anticlericales, claro)..." . Pues resulta que no: la historia y biografía de papas es una fecunda rama tambiién de la más pura hagiografía

Miroslav Panciutti dijo...

Redacté con poca precisión esa frase, Lansky. No quería decir que todos los textos sobre los papas hayan sido escrito por anticlericales (conozco de sobra que hay muchos hagiográficos, incluso tengo alguno), sino que en todos los escritos anticlericales destacan a Juan XII.

De todas maneras, en dos historias "católicas" de la Iglesia que tengo (la del jesuita García Villoslada y otros de finales de los cincuenta, y la más reciente de la BAC) ponen bastante mal a ese Papa, aunque, claro, sin llegar a regodearse en los extremos de perversión a que llegó.

Molón Suave dijo...

No sé yo, Miroslav si Juan XII es el papa más malvado de la historia. Creo que hay bastantes candidatos para tal honor.
Por otra parte, me parece que la mayoría de los que han escrito sobre los papas han hecho principalmente hagiografía. Al menos hasta bien avanzando el siglo XIX. En general, los historiadores son sumamente respetuosos con la Iglesia. Algunos, Juan Laboa Martín, por ejemplo, llegan a afirmar incluso que no es posible escribir la historia de la Iglesia si se carece de fe, ya que se olvida el sentido trascendente de la Organización. Seguramente el que la Iglesia posea hasta el 30% e incluso más de los edificios y el territorio urbano de muchas ciudades Europeas, Roma, por ejemplo, o Toledo, debe formar parte de esa maravillosa trascendencia.

Molón Suave dijo...

Lansky: eso que dices es verdad, pero ninguno de esos artistas dan de su cambio de nombre las explicaciones que me daban a mí con respecto al de los papas.

Molón Suave dijo...

Se me olvidaba añadir lo curioso y extravagante que resulta el Espíritu Santo al elegir al vicario de su compañero de divinidad. ¡Vaya elementos a los que elegía!

Lansky dijo...

Molon, ¿sabías que el papa Urbano VIII había prohibido fumar en las iglesias indignado porque los sacerdotes oficiaban con un cigarro en los labios? (Cf.- Ch. C. Mann: 1493; una nueva historia del mundo después de Colón)

Molón Suave dijo...

Pues no, Lansky, no lo sabía. Pero tomo nota.

Numeros dijo...

Muy buena entrada. Pero recapacitemos. Si no te vas a poder poner tibio de todo, acumular riquezas y tirarse a todo lo que se menea, ¿pa' qué coños nadie va a querer ser Papa?

Cura Persona a la que todo el mundo llama padre, excepto sus hijos que le llaman tío.

Grillo dijo...

Muy interesante. No sabía yo 'de la misa la mitad', pero no me extraña nada de los que nos cuentas.

Yo estoy convencido de que todos los Papas son ateos, y bien se encargan quienes los eligen, los del cónclave, que no se cuele y llegue a Pontífice ninguno que de verdad sea creyente, porque a la larga sus decisiones serían tremendas; aparte del pésimo precedente que sentarían y los chollos que harían perder. Bueno: se lo cargarían al día siguiente si por error entre u hombre de fe y de buena fe.
Me parece de cajón. Tampoco no creo que haya un solo banquero que piense exclusivamente en el bien económico de sus clientes en vez de su propio beneficio.

Ya veréis el cachondeo mediático que va a haber con este Francisco que se ha dejado fotografiar con esa nariz roja de payaso en una entrevista con un grupo de esos que van por hospitales tratando de alegrar un poquito a niños muy enfermitos.

Molón Suave dijo...

Números: Yo tuve un tío cura con una "sobrina" de la que jamás logré saber quiénes eran sus padres. De niño me tragué el sapo. Ya de mayor, comprendí que la "sobrina" era en realidad hija, aunque hasta el día de hoy no he conseguido averiguar quién sería la madre. De todas formas, el buen hombre, quiero decir el cura, la crió bien, le dio una educación y, como tenía bastante poder donde vivía, Linares (Jaén) le averiguo un excelente marido.

Molón Suave dijo...

Grillo: Probablemente sea cierta tu apreciación acerca de los papas. Quizás, creyentes o no, si tocan materias más o menos relacionadas con la fe puedan llevar adelante su proyecto, con la seguridad de que, una vez fallecido, las aguas volverán a su cauce. Hay un ejemplo cercano en el tiempo: Juan XXIII y el Concilio Vaticano II. Con las normas emanadas de aquel concilio la Iglesia dio un salto importante hacia la modernidad, salto que luego dio hacia atrás con el dubitativo Pablo VI y, sobre todo, con el nunca bien ponderado Juan Pablo II.
Ahora bien, si en lugar de materias de fe (en sentido amplio), lo que trata el papa es de reformar el sistema de finanzas para acercarse aunque sólo sea mínimamente a los dictados del evangelio el riesgo de morir antes de tiempo se multiplica de manera exponencial. Ahí tienes el caso de Juan Pablo I, liquidado al mes de pontificado por su intención de reformar a fondo el Banco del Vaticano (Instituto para las Obras de Religión, le llaman oficialmente con toda la cara, apartando entre otros al célebre arzobispo Marcinkus. Hay un excelente libro, "En nombre de Dios", de David A. Yallop, en el que se cuenta como fue asesinado este hombre de buenas intenciones. Yo lo tengo del Círculo de Lectores, pero creo que es fácil bajárselo de la red.