lunes, 28 de octubre de 2013

Insaciables

A veces, uno tiene la impresión de que la vida, la historia, consisten, más que en una línea recta u ondulada, en una gran rueda que no cesa de girar a mayor o menor velocidad alrededor de su eje. Parece que avanzamos, que cada vez estamos más lejos del punto de partida, cuando en realidad no hacemos más que dar vueltas y vueltas, pasando una y otra vez por los mismos lugares por los que ya hemos pasado.
¿Una prueba? Aquí está otra vez la religión en los colegios. Ciertamente, la religión en España no se fue nunca de las aulas, pero ahora, en un Estado aconfesional, vuelve otra vez como asignatura formal evaluable y con una nota que contará tanto para pasar de curso como para la obtención de becas. Los que sufrimos en nuestras carnes y, lo que es peor, en nuestra mente el azote de una educación controlada en último término por la Iglesia católica no podemos dejar de pensar en esa rueda de la que hablaba más arriba.
En realidad, cuando hablamos de religión, así, en general, como yo acabo de hacerlo no hacemos otra cosa más que mentir. Porque la asignatura que desde el ministerio de educación pretenden imponer a los niños y adolescentes españoles no consiste en el estudio del fenómeno religioso, o en el de la historia de las religiones, sino pura y llanamente en el aprendizaje específico de la doctrina de una sola religión, la católica. El ministro Wert, que como buen católico cuenta incluso con su barragana particular, lo sabe perfectamente.
Considerada como fenómeno o como una parte nada desdeñable de la historia, la religión es una materia muy digna de estudio, quizás hasta necesaria para una formación integral del individuo y desde luego, como tal materia forma parte del aparato cultural, sociológico y aun científico de la humanidad. Por el contrario, el aprendizaje de la doctrina de una religión concreta, en este caso la católica, no pertenece al territorio de la ciencia, sino al de la creencia. El contenido de esta materia no encuentra su justificación en la evidencia, en el razonamiento o en alguno de los componentes del método científico. Por carecer, carece incluso de verdaderos argumentos, pues su fundamento se sitúa exclusivamente en la fe en unos curiosos y antiquísimos escritos, interpretados además por unos señores que, considerándolos honrados, lo que ya es considerar, tienen más de viejos hechiceros tribales que de seres humanos dotados de razón. En una palabra, con esta asignatura no se trata de educar al alumno, sino de procurar convertirlo en miembro, seguidor o fiel de la religión católica.
Bien, a pesar de todo ello, la religión católica vuelve a los colegios y lo hace con todos los honores. Vuelve en detrimento de las demás religiones que hoy se practican en España y vuelve sufragada con el dinero de todos los españoles, sean estos católicos, mahometanos, budistas, evangelistas o, sencillamente, ateos, hasta el punto de que en este país se mantiene una situación que debe ser única en el mundo, la de que los profesores de religión los nombran a su entero capricho los obispos en tanto el costo de los mismos corre enteramente por cuenta del Estado, es decir, de la totalidad de los españoles. Y no es baladí el importe de este costo para las arcas estatales, pues se sitúa nada menos que en el orden de los quinientos (500) millones de euros cada año.
Con la nueva ley del señor Wert y, el día que esté plenamente aprobada, de todo el gobierno, la Iglesia católica recupera una de sus principales banderas, que, en realidad, nunca perdió, pero que en los últimos tiempos iba estando cada vez algo más deslucida. Se trata de una bandera importante, pues del trabajo que los profesores hagan en la mente de los alumnos dependerá en no corta medida que en el futuro deje de disminuir el número de fieles, como viene ocurriendo en la actualidad. Deberían estar contentos los señores obispos. Y, sin embargo, no lo están. Todavía quieren más. Insaciables en su afán de conseguir prosélitos piden ahora que la religión, esto es, la doctrina católica, tenga la consideración y por tanto las mismas horas de clase que una asignatura fundamental, matemáticas, o física, o química, o lengua. Piden que allí donde haya padres que no deseen que sus hijos la cursen, la doctrina católica no tenga otra asignatura como alternativa, sino una hora de estudio, sin duda con la intención de que los chavales, aburridos, se integren en la clase episcopal. Piden ser ellos los que señalen la hora en que debe impartirse su asignatura, de modo que sea aquella en que estimen que los niños y adolescentes se encuentran en mejor disposición de aprender. Dicen que todo esto forma parte del Concordato de 1979, Concordato que, según ellos, el Estado español viene incumpliendo sistemáticamente.
El origen de esta fundamentalismo episcopal se encuentra en el evangelio de Mateo. Id pues, escribe el evangelista, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. De los cuatro, este es el único evangelista que anota una orden tan tajante. Hay, sin embargo, dos importantes acotaciones que hacer. La primera de ellas es que este evangelio, cuyo autor real no es el discípulo del mismo nombre, fue escrito cuando ya se empezaba a dudar de la inmediata vuelta de Cristo, como Éste mismo parecía haber anunciado, y lo que interesaba era extender como fuera la nueva religión. Ni siquiera se conserva el original, sino sólo copias plagadas de interpolaciones, por lo que, teniendo en cuenta el mensaje contenido en los otros tres evangelios, es más que posible que Cristo, dando por buena su existencia, no pronunciara jamás semejantes palabras. Pero aún admitiendo que las pronunciara, y esta es la segunda acotación, es pura maravilla el empeño que ponen los obispos españoles en cumplir este mandato, en tanto se olvidan por completo de aquellos otros que, como el ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, del mismo Mateo, hacen referencia expresa a la pobreza y a la dificultad de que un rico entre en el reino de los cielos. Todo ello sin tener en cuenta que en la orden anteriormente citada no figura por ninguna parte que los hacedores de discípulos y enseñantes de lo mandado deban cobrar por llevar a cabo su misión.
 

2 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Molón es una pieza extraordinaria tu reflexión. He anotado cosas muy significativas. No es ciencia si no creencia. Y lo de la barragana del individuo este es único. Son cristianos para lo que les interesa, para atesorar dineros y poder. Después de la espalda la garganta, espero que la semana que viene esté bien si no la descambio. Un abrazo y saludos a Lola.

Molón Suave dijo...

Ya he visto por Facebook, Paco, que la cosa no va muy bien. Dichosa salud cuando el DNI empieza a estar gastado. Hago votos por un pronto restablecimiento. Y piénsate lo del cambio, cuando se tiene un tesoro hay que pensárselo mucho. Un abrazo.