lunes, 14 de octubre de 2013

El sitio de Dios


¿Dónde estaba Dios?, se preguntaba el dimisionario Benedicto XVI durante su visita a uno de los campos de concentración, creo recordar que Auschwitz, en el que los nazis asesinaron impunemente a cientos de miles de judíos.
Quizás, desde su dorado exilio, se lo esté preguntando de nuevo con ocasión de las muertes odiosas de casi tres centenares de inmigrantes en aguas de la isla de Lampedusa, con el cinismo de las autoridades, tanto italianas como europeas y la indiferencia absoluta de los ciudadanos.
Esta, obviamente, es una pregunta retórica. Y es también una pregunta estúpida, no por la pregunta en sí, sino por la altura de su vida en que el antiguo papa se la plantea.
Benedicto, Joseph Ratzinger antes de alcanzar el trono papal, es un hombre ilustrado, un poderoso teólogo, distinguido en los debates del concilio Vaticano II, al que acudió como consultor del cardenal Joseph Frings, es decir, sabe perfectamente que la respuesta a su pregunta se encuentra en el evangelio y él debe conocerla, al menos, desde su primera juventud, cuando, tras la derrota del ejército nazi, en cuyas filas sirvió, se inclinó por el sacerdocio. En realidad, todos los cristianos deben conocerla.
Lo cuenta Mateo en el capítulo segundo de su evangelio, versículos dieciséis a dieciocho: Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había averiguado de los magos.
¿Dónde estaba Dios entonces? Cada vez que, de niño, leía este versículo en un viejo librito que rodaba por casa me sentía horrorizado. Qué clase de Dios era aquel que permitía el asesinato a sangre fría de decenas, tal vez cientos de niños inocentes que no arrastraban culpa alguna, pues no habían tenido tiempo de empezar a vivir. Los sacerdotes nos explicaban con toda clase de detalles que la cualidad principal de Dios era su bondad. ¿Pero cómo podía un Dios bondadoso permitir semejante infamia? Para mí existía una flagrante contradicción entre la predicada bondad de Dios y el hecho preciso de estas muertes horrendas que para nada servían en el proyecto redentor del Redentor. Antes de consentir aquella matanza, ¿un Dios bondadoso no pudo haber tocado el corazón de Herodes para aplacar su ira? ¿Haber tocado su memoria para hacerle olvidar la visita de los magos? ¿No pudo inducir a los magos a que, regresando por el mismo camino, mintieran a Herodes diciéndole, por ejemplo, que se habían equivocado y que el tal niño no existía? ¿No valía más la vida de todos aquellos inocentes que el pecado de una leve mentira?
Cierto día, ya adolescente, le hice en privado estas preguntas a don Antonio, un padre salesiano, joven y dicharachero, que me parecía el más cercano del colegio. ¿Su respuesta?: ¿Quién eres tú para conocer los designios de Dios? ¿No pretenderás dirigir su voluntad? Lo que Dios hace o deja de hacer es bueno para nosotros, aunque en muchas ocasiones no sepamos por qué. Esta respuesta, con idénticas preguntas y con la afirmación final la había escuchado ya muchas veces y seguiría escuchándola durante mucho tiempo, no dirigida exclusivamente a mí, sino a los cristianos en general, desde los púlpitos y desde los altares, durante los homilías y fuera de ellas. Los cristianos, incluidos su sesudos teólogos no ofrecen otra respuesta. A ninguno les preocupan aquellas muertes, sencillamente porque se trata de la voluntad de Dios y la voluntad de Dios es inescrutable.
En la actualidad, cada día mueren en el mundo diecisiete mil (17.000) niños de HAMBRE, niños pequeños, muchos con sólo semanas, con días de edad. Se trata de una muerte lenta que conlleva un sufrimiento extraordinariamente cruel para el que la padece. ¿Se deberán estar muertes también a la voluntad de Dios? Quizás Herodes degollando a aquellos niños fuera menos cruel que estas sociedades cristianas nuestras que defienden con uñas y dientes al naciturus para dejarlo morir después, una vez que ha nacido, una vez que desde un par de células se ha convertido en un verdadero ser humano.
Pero la pregunta sigue en el aire: ¿Dónde estaba Dios en el aciago momento en el que los soldados de Herodes arrancaban a los niños de los brazos de su madre y los degollaban? La respuesta está ahí: en el mismo evangelio de Mateo, en los versículos trece a quince del mismo capítulo segundo. Es imposible que en más de dos mil años de historia no la hayan visto los cristianos, incluidos sus sesudos teólogos y, claro está, el eminente Benedicto Ratzinger. La han visto y la conocen, como la hemos visto todos los que hemos leído el evangelio, pero la respuesta es tan aterradora que no se atreven a aceptarla: Dios estaba en Egipto, había huido cobardemente en brazos de la que ahora era su madre y acompañado por el que pasaba por su padre. Es decir, Dios estaba lejos del lugar del crimen y, por omisión, al lado del asesino. Dios estaba donde seguía estando en tiempos de los nazis y donde está ahora, durante los naufragios de Lampedusa o en la muerte de esos diecisiete mil niños diarios: lejos de los débiles y junto a los poderosos que son a los que les interesa tenerlo a su lado.


 

8 comentarios:

Lansky dijo...

Pues Dios está en el punto de fuga de los cuadrod barrocos, como explico en mi penúltimo post, 'Un paraíso trivial'.

Molón Suave dijo...

Cierto, Lansky. Leí tu entrada, muy instructiva, como todas las tuyas. Dios en el punto de fuga, lejos, siempre lejos, huido, desaparecido, inexistente.

Miroslav Panciutti dijo...

Un día yo pregunté:
¿Abuelo, dónde esta Dios?
Mi abuelo se puso triste,
y nada me respondió.

Mi abuelo murió en los campos,
sin rezo ni confesión.
Y lo enterraron los indios
flauta de caña y tambor.

Al tiempo yo pregunté:
¿Padre, qué sabes de Dios?
Mi padre se puso serio
y nada me respondió.

Mi padre murió en la mina
sin doctor ni protección.
¡Color de sangre minera
tiene el oro del patrón!

Mi hermano vive en los montes
y no conoce una flor.
Sudor, malaria y serpientes,
es la vida del leñador.

Y que naide le pregunte
si sabe dénde esta Dios:
Por su casa no ha pasado
tan importante señor.

Yo canto por los caminos,
y cuando estoy en prisión,
oigo las voces del pueblo
que canta mejor que yo.

Si hay una cosa en la tierra
más importante que Dios
es que naide escupa sangre
pa’ que otro viva mejor.

¿Qué Dios vela por los pobres?
Tal vez sí, y tal vez no.
Lo seguro es que Él almuerza
en la mesa del patrón.

Atahualpa Yupanqui
Preguntitas sobre Dios

Molón Suave dijo...

Ah, Yupanqui: ¡qué buena puntería tenía el joío!

Numeros dijo...

Para ser honestos, la versión de un Dios bondadoso es bastante reciente. Si uno repasa la historia de las religiones lo que más nos encontramos son con dioses cabrones e hijos de puta. De hecho no creo que el propio Jehova hubiese ganado ningún concurso de popularidad en el Egipto de los faraones después de haberles mandado las siete plagas.

También tiene en su haber el lanzar un diluvio para que exterminase toda la vida sobre la faz de la Tierra, lo que no deja de tener su miga.

Podemos seguir con Éxodo 20:5:

No los adorarás ni los servirás; porque yo, el Señor tu Dios, soy Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen,

o con Salmos 94:1

Oh Señor, Dios de las venganzas, oh Dios de las venganzas, ¡resplandece!

Claro que si uno se fija en los dioses de otras mitologías, (Kali, Buluc Chabtan, Cronos, Júpiter/Zeus...) tampoco desentona tanto.

En consecuencia, y por vuestro bien, mas vale que os hagáis creyentes y cumpláis con sus mandamientos, porque si es misericordioso, os podréis salvar, pero a poco que nos salga un pelín cabroncete, las vais a pasar muy, pero que muy, putas... y por toda la eternidad.

Molón Suave dijo...

Más o menos, señor Números, está usted planteando la apuesta de Pascal. A mi juicio, hay que ser más cobarde que el propio Dios para apuntarse a ella.
Ítem más: oiga, a mí nadie me preguntó si me creaba o no. Vale, aceptémoslo. Pero no me pida ni Dios que encima aplauda.

Paco Muñoz dijo...

Con tan ilustres comentaristas, no se atreve uno a decir nada, pro la realidad es que esas preguntas se las ha hecho uno siempre. A pesar de no ser creyente, en muy dificil no opinar cuando ves la constante mentira y la forma de cortar el debate de esta gente.
Un abrazo

Alfonso dijo...

Entre: "los designios de Dios son inescrutables" y "lo que atares o desatares en la Tierra será lo mismo que en el cielo" estos ganapanes de las ropas talares, justificados en semejantes principios de autoridad divina, han hecho lo que les ha salido de los cojones.

Y así nos va...