domingo, 6 de octubre de 2013

El cónclave de las letrinas

El cónclave. La elección del sumo pontífice romano, como se sabe, controlada y dirigida por el Espíritu Santo, fue evolucionando a lo largo del tiempo hasta alcanzar la forma actual. Al principio, dicha elección del entonces todavía nada más que obispo de Roma era realizada por los fieles romanos. Más tarde, los electores fueron sólo los clérigos, aunque en bastantes ocasiones el nombramiento lo hacía directamente el emperador. No sería hasta el año 898 cuando Juan IX estableció que los electores fueran eclusivamente los cardenales, si bien las votaciones se realizaban públicamente, lo que daba lugar a la intromisión del pueblo romano, con continuas algaradas que en muchas ocasiones terminaban en batallas campales con muertos incluidos.
La primera reunión privada de los cardenales tuvo lugar en 1118, con la elección de Gelasio II. Sin embargo, debido tanto a que al elegido le bastaban la mitad más uno de los votos emitidos como al hecho de que las reuniones no eran secretas, las algaradas y motines populares no concluyeron. Para evitar el primero de los problemas, el Concilio de Letrán de 1179 estableció que el nuevo papa debía contar al menos con el apoyo de los dos tercios de los votantes. Con esta norma se eligió a Lucio III en 1181.  El segundo problema tardaría aún casi cien años en resolverse. El Espíritu Santo, como se ve, es lento en sus inspiraciones y además es caprichoso y tiene un raro gusto por el embrollo y la confusión.
El término cónclave viene del latín cum clavis, esto es, bajo llave, debido a la férrea reclusión a la que se someten los cardenales para llevar a cabo la elección. Esta norma, que pretendía acabar con las intromisiones de la nobleza y del pueblo, fue establecida en 1274 por Gregorio X en la bula Ubi Periculum.
Los cónclaves son secretos. Los conclavistas están obligados bajo pena de excomunión a guardar absoluto silencio acerca de las negociaciones, controversias, transacciones y acuerdos que se establecen entre ellos para llegar al nombramiento del nuevo pontífice. No obstante, siempre han existido y existen informaciones acerca de lo ocurrido en numerosas elecciones. Uno de los relatos más precisos es el Diario de Bondone de Branchis, maestro de ceremonias en el cónclave celebrado en 1559, en el que el Espíritu Santo permitió que se produjera un fuerte enfrentamiento entre los partidos español y francés y que culminó con el nombramiento del cardenal Giovani Angelo de Médicis, Pío IV.
Pero el relato más jugoso es, sin duda, el realizado por Eneas Silvio Picolomini, Pío II, en su texto Así fui papa, especie de autobiografía, en cuyo capítulo Cuatro días de agosto narra detalladamente los tejemanejes y entresijos del cónclave que en 1458 lo aupó al trono pontificio. El Espíritu Santo debía estar más que complacido con las peleas, sobornos y amenazas que constituyeron la base de un cónclave que culminó en el complot urdido por Guillermo D'Estouteville, cardenal de Rouen.
¡Tres días sembrando la cizaña de calumnias y simonías!, exclama el narrador, hasta que a la tercera noche, mientras Picolomini dormía, el de Rouen logró reunir a un grupo de cardenales en las letrinas, comprometiéndose por escrito a entregarles magistraturas, altos cargos, prebendas de todo tipo a cambio de sus votos. ¡Hasta las rentas de sus fincas llegó a distribuir!, vuelve a exclamar Eneas. De este modo juraron darle su voto Colonna, Rodrigo de Borja, los cardenales de Pavía, Génova, San Sixto, Aviñón y dos griegos. Indecisos, abandonaron la reunión Felipe de Bolonia, Orsini y el cardenal de Santa Anastasia.
El cardenal de Rouen se vio con la corona papal en la cabeza. El cónclave estaba formado por dieciochos cardenales, ocho italianos, cinco españoles, dos franceses, dos griegos y un portugués, por lo que D'Estouteville necesitab doce votos para ser elegido. Ya tenía ocho seguros. Otros tres más que probables: once. Y a la vista de este número estaba seguro de que entre los ausentes a la reunión alguno lo votaría, convencido de que, como era costumbre, al hacerlo papa obtendría tras la elección el correspondiente pago.
¡Oh! ¿Pero podía el Espíritu Santo permitir semejante tropelía? Desde luego que no. El complot se vino abajo cuando, en plena madrugada, Felipe de Bolonia, angustiado por lo que iba a pasar, despertó a Picolomini y le contó lo ocurrido en las letrinas. Descubierta la trama, al día siguiente, sin nuevos conciliábulos, por lo que el narrador cuenta, Eneas consiguió con facilidad los dos tercios de los votos, dejando al de Rouen con tres palmos de narices y convirtiéndose en Pío II. La reunión cardenalicia pasaría, no obstante, a la historia como El cónclave de las letrinas, nombre más que apropiado, no sólo, obviamente, para este cónclave, sino para la inmensa mayoría de los celebrados hasta la fecha, como uno puede descubrir con facilidad a poco que se atreva a bucear en la historia.

Fuentes:
Pío II.- Así fui papa.
Antonio Castro Zafra.- Los círculos del poder.
Pierre Lanfrey.- Historia política de los papas.

 

2 comentarios:

Melastregues dijo...

Hola Molón un gusto de volver a leerte después de estas largas vacaciones (espero). Un abrazo

Molón Suave dijo...

Hola, Melastregues: El mismo gusto de verte a ti por aquí. Fueron vacaciones, sí, aunque antes también una rotura del radio a la altura de la muñeca por una caída tonta, ya recuperado. Un abrazo para ti y para todos los buenos anticlericales, de los que guardamos siempre el mejor recuerdo.