miércoles, 8 de mayo de 2013

Y ahora vamos a hablar de sexo

Y vamos a hablar claro.
Treinta pares de orejas enhiestas, como las de las liebres. Universidad Laboral de Córdoba. Último curso. Dieciocho años más o menos y calientes a todas horas, más que la chimenea de un alto horno. Primavera. A través de las ventanas, el cielo azul y la espesa arboleda del parque que se extendía a lo largo de los colegios. Bandadas de escandalosos gorriones se perseguían entre las ramas. El biscuter del profesor de matemáticas aparcado en el borde de la acera. Un espectáculo verlo subir y, mucho mejor, bajar del vehículo, con su esplendorosa humanidad de alrededor de ciento cuarenta kilos de peso, mínimo. Hasta apuestas hacíamos para ver cuándo se quedaba atascado y tenía que entrar a clase con el cochecito de juguete a modo de salvavidas. No recuerdo su nombre. Sólo que era enorme. Se ponía a explicar de cara a la pizarra tapando las formulas con su formidable orondez. Cuando terminaba volvía la cabeza y preguntaba: ¿Os habéis enterado? Y nosotros: Síííííí. Y el muy... borraba lo que había escrito sin darnos tiempo no ya a copiarlo, sino ni siquiera a verlo.
Pero a lo que íbamos.
Pronto saldréis a la vida, empezaréis a trabajar, os echaréis novia, formaréis una familia.
Clase de religión. Profesor, el padre Zabalza, un dominico no muy alto, pero bien conformado, apuesto, guapetón, buen pelotero y con fama de ligón entre la legión de limpiadoras y cocineras que atendían al servicio, gran parte de ellas lindas muchachas en flor. Aunque el verdadero ligón era el hermano... ¡Vaya! ¡También olvidé su nombre! Un tipo berriondo, al que llamábamos El Bombilla, porque la tonsura natural le abarcaba toda la cabeza, a excepción de una tirilla de pelo que le llegaba de oreja a oreja pasando por la nuca, y que iba detrás de las muchachas mayorcitas, veinticinco, treinta años como mucho, como los becerros detrás de la teta de su madre.
¿Pero vamos  o no vamos?
Trabajar ya éramos bastantes los que lo hacíamos, en verano, en las más diversas ocupaciones. Novia no eran pocos los que la tenían. Más de uno y más de dos habían ido de putas, ellos mismos lo contaban. A ver por donde nos salía el buen dominico.
Aquella novia con la que terminaríamos casándonos iba a ser la mujer más importante de nuestra vida. Tan importante como nuestra madre, circunloquiaba el fraile. Por ello teníamos que poner el mayor cuidado en elegirla. La belleza, la simpatía, constituían aspectos positivos, pero ni mucho menos los más relevantes. La importancia de aquella mujer se encontraba en que sería la madre de nuestros hijos, sublime motivo por el que deberíamos valorar ante todo sus cualidades morales. Debería ser noble, recta, con una gran capacidad de sacrificio y de amor. Una mujer, en resumen, como nuestra madre, ya lo había dicho. O, mejor aún, como la Virgen María, capaz de renunciar a los atractivos mundanos y de entregarse por entero para alumbrar al Salvador del mundo.
Vale, bien, muy bien, ¿pero y el sexo?, ? ¿no era de él de lo que íbamos a hablar?
Tranquilos, muchachos, la impaciencia es la madre de la mayoría de los errores humanos.
A través de las ventanas, las hojas de la catalpa, de un verde aterciopelado, las agujas de los abetos, ¿vamos a contarlas una a una?, los ramos preciosos de las adelfas, blancos, amarillos, fucsia. Por el centro de la calzada, meditabundo, el profesor de Formación del Espíritu Nacional, un imbécil, pelo blanco, camisa azul, al que se le saltaban las lágrimas cada vez que nombraba a José Antonio, y lo nombraba algo así como quince o veinte veces por clase de cincuenta minutos.
Nada, que se nos va el santo al cielo y no estamos en lo que estamos. El dominico perorando a sus anchas desde la cumbre de la tarima. Las mujeres son flores delicadas, decía en aquel momento, todos ya cansados de escucharlo y deseando que la clase terminara. A una mujer, continuaba con su sermón el pelotero, no había que preguntarle por el seso, por la inteligencia, sino por su decoro, por su modestia, por su honestidad, por sus dotes para dirigir y administrar una casa. Lo que las mujeres buscaban en los hombres no era tanto amor como seguridad, fortaleza, una sombra bajo la que cobijarse. Esto era lo que, en primer lugar, las diferenciaba de nosotros. Ahora bien, el amor era necesario, constituía la argamasa primera que sellaba la unión de la pareja.
Pero bueno, vamos a ver, ¿hay sexo o no hay sexo?
Ahora va, ahora va.
Los hombres éramos rudos, las mujeres suaves, delicadas. Esto era necesario que lo comprendiéramos para saber cómo teníamos que tratarlas. Nosotros éramos el ímpetu, el dinamismo; ellas, por el contrario, la pasividad, la calma. La tensión se apoderaba de nosotros con harta  frencuencia. Las mujeres, en cambio, eran como el mar, tenían sus mareas al ritmo que les marcaba una naturaleza mucho más tranquila. En una palabra, éramos más ardientes que ellas, motivo por el que corríamos el riesgo de importunarlas con nuestras exigencias, hasta el punto de poner en riesgo no la unión de la pareja, porque el matrimonio era para toda la vida, pero sí la paz y la armonía del hogar. Debéis saber -la voz ahora ligeramente aflautada del fraile- debéis saber y tenerlo muy presente en el futuro que, después de la unión conyugal, una mujer tarda dos meses e incluso más en volver a tener deseo.
¿Qué, cómo, cuándo, dónde? Un coro de voces repentinamente excitadas. ¿Dos meses? ¿Qué decía el padre cura?
Dos meses. He dicho dos meses, sí. O más. Y durante ese tiempo el hombre debe respetarla y mantenerse casto hasta que ella esté de nuevo propicia.
¡Pero bueno! ¿Quién? ¿Por qué? ¿De qué manera? Un revuelo de preguntas, de opiniones, de quejas, alguna maldición por lo bajo y, por encima del alboroto, una voz, la de un asturiano recio, un hombre ya, con cara y voz y modales de hombre: ¿Dos meses acostado junto a una mujer y sin poder tocarla? ¡No es justo! Usted lo tiene más fácil, a fin de cuentas, usted duerme solo.
El sacerdote sonrió, alzó la mano como para pedir silencio y responder al asturiano. Pero en aquel momento sonó el timbre que indicaba el final de la clase y lo que hizo fue despedirse y abandonar el aula hasta el próximo día. Las clases prosiguieron hasta el final del curso, pero aunque se lo insinuamos en más de una ocasión, nunca más se volvió a hablar del tema.

16 comentarios:

Lansky dijo...

¡Qué tremendo! Y yo me pregunto: ¿por qué propalaban esos errores? ¿Pensaban que así estimulaban la dichosa castidad? Lo cierto es que era una ‘educación’ que nos convertía en ignorantes del otro sexo (me niego a llamarlo género), y la ignorancia es madre de muchas cosas, la incomprensión, la brutalidad y el maltrato, la incomprensión. Mira, Molón, eran unos malditos canallas y cuanto deje uno de creerlos mejor. Pobres chavales

Grillo dijo...

Pues excepto por lo del Biscuter me estás relatando la misma historia que nos contaban a nosotros en el cole.
¡ Qué desvarío !

En quinto de bachillerato había uno que en los recreos nos decía 'estos tienen tonsura para besarse cuando hacen el amor'.

Molón Suave dijo...

Lansky: En efecto, se trataba de inculcarnos el modelo de familia cristiana que estos elementos tienen en la cabeza, una familia en la que la relación entre el hombre y la mujer está orientada exclusivamente a la procreación. En esta relación es pecado incluso mirar a tu mujer con lascivia, ya lo recordaba no hace tanto el nunca bien poderado JPII (léase jotapedos). La mujer, además, es tratada siempre como un ser de segunda categoría, a la que el hombre debe, como mucho, debe cuidar, incluso mimar, pero nunca tratar como un igual. En aquella época pocos éramos ya los que creíamos y la declaración del dominico sólo nos confirmó una cosa, que ya que, al parecer, sabía tanto acerca de las mujeres, era, en efecto, un ligón. Pero sí, daño nos hicieron también y bastante en lo que se refiere al trato con el sexo opuesto, daño que superamos, los que lo hiciemos, a base de encontronazos y no pocas lecturas adecuadas.
Otro sí: Yo escribo esto blog como el náufrago que lanza una botella al mar con su mensaje. Sé que la mayor parte de los que me leéis estáis en mi onda, pero confío en llegarle a alguno al que haga dudar y el permita, al menos, empezar a dejar de creer. No trato de desahogarme ni de alcanzar ningún tipo de catarsis o algo por el estilo. Simplemente, es una de mis formas (practico otras)de poner de relieve lo dañino que para la humanidad ha sido y es el cristianismo, especialmente el católico.

Molón Suave dijo...

Grillo: Lo del biscuter era memorable. Supongo que recordaras aquello cochecitos que iban casi a pedales. Pues imagínate un tío de unos cincuenta años, metro ochenta o más y ciento cuarenta kilos de peso como mínimo intentando subirse a él o bajarse. Una odisea que nosotros contemplábamos desde las ventanas de nuestra aula los días en que le tocaba darnos clase. A veces, en otras clases, física o tecnología, etc, hasta el profesor correspondiente, que había hecho su entrada unos momentos antes, no se recataba en observarlo él también cuando se bajaba para ir a otras aulas o cuando se subía para largarse.
Por otra parte me consta que este tipo de explicaciones, con mayor o menor tacto, estaban generalizadas en los colegios religiosos y no faltaban tampoco en los colegios estatales, en los que actuaba el cura de religión, muchas veces el rector o el coadjutor de la correspondiente parroquia.

harazem dijo...

Coño, Molón, sí que hemos compartido cosas... Yo también estuve en la Laboral (de interno por un error burocrático) y conocí al Padre Zabalza... Pero eso que cuentas... eso debió de ser antes de que yo llegara, que me ha dicho un pajarito que eres mayor que yo. Pero desde luego a mí ninguno de aquellos frailes (no eran demasiado malos después de todos, salvo el cabrón del Tapia, me habló nunca de sexo. Yo creo que debieron de darse cuenta que a pesar de las ingentes cantidades de bromuro que nos endiñaban en la leche, el diablillo que teníamos entre las piernas no dejaba de pedir guerra ni un solo minuto. Así que si además ellos se ponían a hablarnos de esas cosas, aunque fuera eso tan frustrante de los dos meses... podíamos ponernos como picos de plancha aún mas.

Molón Suave dijo...

Harazem: No, si, escarbando, escarbando verás tú como vamos a ser hasta parientes.
No hace falta pajarito, soy mayor que tú, seguro. Y, claro, debí estar en la Uni antes que tú. Yo externo. Los curas aquellos, en efecto, no eran en general demasiado malos y tampoco fueron los que más nos hablaron de sexo. Sólo en los ejercicios espirituales, que hacíamos todos los años (tú, seguramente, te libraste de ellos) y poco más. El Zabalza sólo nos habló aquella vez, que yo recuerde. Eso sí, cada uno a su manera, sacaba el tema así como incidentalmente. Por ejemplo, el que nos daba literatura, cierto día, hablando de Benavente, se descolgó diciendo que se masturbaba estando casado, lo cual era tan repugnante como monstruoso. Y eso fue todo lo que dijo del autor de Los intereses creados. Yo no recuerdo a ese Tapia, a no ser que fuera el hermano calvo del que hablo en mi entrada. Por sus nombres, sólo recuerdo al padre Roces, al Larrañeta, al Villacorta y al Zalbaza. No sé si tú llegaste a conocerlos.
Y, por supuesto, con lo que nos contó aquel día el Zabalza nos puso más calientes aún de lo que estábamos y ni uno nos creímos lo que dijo de la mujer, lo de los dos meses, se entiende, lo demás, claro, estaba en el ambiente, no era necesario que el nos informara.

Grillo dijo...

Claro que recuerdo el Biscuter Molón. Y el Yseta: un huevo de tres ruedas que se abría por el fontal.

Ninguno de los dos tenían marcha atrás.

Susana Peiro dijo...

“Las mujeres son flores delicadas”…desde luego, y tenemos vocación para los floreros, estimado dominico.
Las Chicas con Historia que compartimos habitualmente, Molón, testimonian con su propia vida qué tan dañinos fueron esos discursos y la manera en que influyeron negativamente en las vidas de nuestros mayores. Aaaah, ese timbre que sonó en el momento justo, hubiera sido extremadamente interesante escuchar los argumentos del sacerdote ¡para alquilar balcones!
Saludazo amigo!

Melastregues dijo...

Yo tengo que decir que, má o menos es la media que saco (cada 22 días). Debe ser cosa de la edad y no de la prédica de dominicos....
jajajajaja.

Molón Suave dijo...

Susana: Ese discurso en esta España nuestra influyó poderosamente en mi generación, de modo que, más tarde, no fueron pocos los malentendidos que tuvimos con vosotras y no sólo en materia de sexo. El timbre sonó y el cura se fue. Luego le preguntamos muchas veces, pero nunca más volvió a hablar del tema.

Molón Suave dijo...

Melastregues: Bueno, pues tú vas fenómeno con ese ritmo. Yo no paso ya de las cuatro estaciones. De manera que mi enhorabuena. Y un abrazo para todos los anticlericales, a los que no dejo de seguir.

Paco Muñoz dijo...

Es buenísima la película, de esa España profunda que muchos queremos olvidar y otros se empeñan en volver a traerla. Biscúter, mosquito (ayer vi uno), las colas del carbón o del petróleo. etc. Es poco más o menos el mensaje que yo afortunada o desafortunadamente nunca escuché por acabar el colegio a los nueve años, y haber estado con D. Enrique Rodríguez Castro (D. Tabique) en Alta de Santa Ana, de los siete a los nueve. Allí no se hablaba de sexo, tampoco era la edad oportuna, solo la lectura del Quijote. Eso sí por mi cercanía con el Cabildo, sabíamos de los líos de faldas que se daban en determinados canónigos, y seguro que la frecuencia de estos "machos" no era de de medía sesenta días. Algunos como dice Molón estamos ya en la cuarta "C" de la vida. El titulillo dice así: Con veinte años una C, ¡Coño! Con treinta dos Ces, Coño y Cama. con cuarenta tres Ces, Coño, Cama y Comodidad, y pasados los cincuenta cuatro Ces, Coño, Cama, Comodidad y Casualidad. Eso en el mejor de los casos. Claro que también la industria farmacéutica colabora, y bien, en determinadas limitaciones testiculares.

Molón Suave dijo...

Paco: esa fue tu suerte. Empezaste a trabajar pronto, pero te libraste de que te metieran estos líos en la cabeza. Eso machos del cabildo seguro que cambiaban abundantemente de hembra, así no tenían que esperar los "sesenta días" del dominico. Pasados los cincuentas, una C más, la dee cuatro, cuatro estaciones, si se da la casualidad.
Un abrazo

Anónimo dijo...

Paco Muñoz:

Yo recuerdo también de chiquitillo en Málaga las colas para el racionamiento de tabaco, de pan blanco y de aceite.
Y llegué a ver los coches con la caldera de gasógeno detrás; un pestazo y poquísima fuerza. Un algunas cuestas hacían bajar a los 5 o 6 viajeros apretujados.

Grillo

Emma dijo...

De esos barros estos lodos...

Molón Suave dijo...

Tienes razón, Emma, "de esos barros estos lodos" Y siempre la hipocresía encima de la mesa y de los púlpitos, pues la clase pudiente, tenían en gran número sus amantes, ellos sobre todo, pero también ellas. No hay más que ver casos como el de "inmortal" Alfonso Paso, un catolicazo como la copa de un pino que tuvo tres o cuatro amantes dejó un verdadero follón con un testamento que había que repartir con un montón de gente, hijos bastardos incluidos.